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23 de enero 2018    /   DIGITAL
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Cuando tengamos una app para hacer amigos de verdad será mejor que si nos tocara la lotería

23 de enero 2018    /   DIGITAL     por          
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Quien tiene un amigo tiene un tesoro. Menudo cliché, ¿verdad? Sin embargo, empezaremos este artículo siguiendo la filosofía cinematográfica que pregonaba Hitchcock, a saber: es más interesante partir de un cliché para terminar en otro sitio que empezar en otro sitio para acabar en un cliché.

Vayamos con otro cliché: conócete a ti mismo. El problema de las creencias populares y los aforismos mil veces repetidos es que aciertan solo por azar. Hasta que no disponemos de literatura científica al respecto, ignoramos si han dado en el clavo más allá de lo que podamos sentir en nuestras entrañas, lo cual no suele ser muy fiable. Ahora disponemos de esa evidencia científica para tachar el «conócete a ti mismo» de la lista de tareas.

No, conocerse a sí mismo no es buena idea (si sabemos cómo somos de verdad, probablemente nos deprimiremos) y también tiene algo de entelequia: como descubrió ya Michel de Montaigne tras pasarse la vida escribiendo ensayos sobre sí mismo, nuestro «yo» cambia continuamente y desafía cualquier firme descripción. Somos unos desconocidos de nosotros mismos, como afirman los profesores de psicología Richard Nisbett, de la Universidad de Michigan, y Timothy D. Wilson, de la Universidad de Virginia.

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La mejor forma de conocernos es a través del reflejo de los demás. Sobre todo si buscamos a nuestros semejantes.

Sí, tachemos también el cliché de que los polos opuestos se atraen, que todo el mundo tiene algo interesante que aportarnos o que estar con individuos idénticos a nosotros mismos es aburridísimo. En casos puntuales, esas ideas tienen sentido, pero en términos generales están totalmente equivocadas. Como ya expliqué, las personas se organizan en redes sociales basadas en la homofilia (amor a los iguales), es decir, la tendencia consciente o inconsciente de asociarse con sujetos que se parecen a ellas, ya sea porque comparten sus intereses, historias o aspiraciones. Algo que también se puede extender al amor, como escribió la investigadora del comportamiento humano en la Universidad Rutgers Helen Fisher en su libro The New Psychology of Love:

La mayoría de los hombres y mujeres se enamoran de individuos con los mismos antecedentes étnicos, sociales, religiosos, educativos y económicos, de quienes tienen un atractivo físico similar, una inteligencia equiparable, actitudes y expectativas, valores e intereses semejantes, y destrezas sociales y de comunicación análogas.

Por ello, tener amigos es como vivir en una cámara de ecos donde nuestra voz se multiplica y nos induce la sensación de que somos algo mucho más importante que una simple mota de polvo.

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Más valioso que el dinero

Hace unos días hablábamos de cómo el conocimiento era más valioso que el dinero cuando las necesidades básicas ya están cubiertas. De hecho, casi todo es más valioso que el dinero en tales circunstancias. Sin embargo, si lo que buscamos es obtener una buena dosis de felicidad perdurable en el tiempo, entonces las relaciones sociales son mucho más eficaces que el dinero o que un golpe de suerte con la lotería.

El dinero supone una gran diferencia para quienes no tienen nada. Pero si disponemos de este en una cantidad razonable, ganar más no proporcionará mayor satisfacción, porque el vínculo entre dinero y felicidad no es lineal (si lo fuera, los multimillonarios serían miles de veces más felices que los millonarios). Como abunda en ello el profesor de psicología de Harvard Daniel Gilbert en el libro Las mejores decisiones (edición de John Brockman):

Las relaciones sociales son un indicador de la felicidad mucho más sólido que el dinero. Las personas felices tienen redes sociales extensas y buenas relaciones con los integrantes de estas redes. Lo que encuentro interesante es que, si bien el dinero mantiene una relación débil y compleja con la felicidad y la correlación de la felicidad con las relaciones sociales es sólida y simple, la mayoría de nosotros dedicamos la mayor parte de nuestro tiempo a intentar ser felices buscando la riqueza.

Las buenas relaciones sociales mejoran la presión arterial, los niveles de las hormonas del estrés, las pautas de sueño y las funciones cognitivas. De hecho, la soledad, si es persistente en el tiempo, puede ser tan peligrosa para la salud como la obesidad, aumentando un 50% la probabilidad de morir. Es lo que sostiene Julianne Holt-Lunstad, profesora de psicología de la Universidad Brigham Young, después de presentar dos metanálisis (estudios de conjunto de estudios). El primero concernía a más de 300.000 adultos en 148 estudios, mientras que el segundo incluyó 70 estudios con más de 3,4 millones de adultos. La soledad es tan mala que puede equipararse a fumar quince cigarrillos al día a efectos de nuestra salud.

Además, cuando nos acostumbramos a la soledad, más tarde nos resulta más difícil relacionarnos con nuestros semejantes. Y si se capta el entorno social como algo hostil, nuestro organismo segrega cortisol, la hormona del estrés, que reduce nuestra protección contra los virus y la inflamación. Directamente, la soledad afecta a la producción de leucocitos de la sangre, tal y como sostienen John Cacioppo, de la Universidad de Chicago, Steven W. Cole, de la Universidad de California en Los Ángeles, y John P. Capitanio, del Centro de Investigación Nacional de Primates de la Universidad de California.

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Apps para hacer amigos

Las apps que sirven para socializar no son muy útiles porque mayormente acaban por convertirse en herramientas para ligar, además de que sus sistemas de búsqueda y emparejamiento son muy toscos. Pero, habida cuenta de que la soledad es uno de los principales problemas de salud pública en la actualidad, una app que use algoritmos entrenados para conectarnos con personas afines a nosotros tendrá un efecto psicológico superior a que nos tocase la lotería.

El problema de las apps es que apenas permiten introducir elementos de nuestra personalidad o nuestros gustos para hacer match con semejantes. Además, como ya hemos dicho, en caso de que se permitiera algo así, tampoco nos conocemos a nosotros mismos tanto como sería deseable. Quienes pueden conocernos mejor son los algoritmos.

Imaginemos que se desarrolla una app que permite cribar a los demás por cientos de parámetros que incluso van más allá del nivel de estudios, creencias religiosas, postura política, edad o lugar de nacimiento. Una app que permita localizar a los veggies, a los que pertenezcan al gluten free movement o al Zero Waste, a quienes gusten de asistir a hackathons y sean adictos a los libros prácticos How to. A los que se evaden en fiestas rave hasta el amanecer o se han visto todas las TED Talks, incluso las más magufas.

Imaginemos que incluso podemos buscar a personas que abandonaron la facultad porque perseguían algo más ambicioso en el horizonte, los college drop out. O yendo más allá, a individuos que se adscriban al pensamiento «me gusta sentirme galvanizado por la posibilidad del éxito y aterrado por el riesgo al fracaso» o «Ese ha sido siempre el signo de mi vida: la intermitencia, la indefinición, la mala salud psíquica, las bruscas alucinaciones de la identidad. (…) Uno de esos ciudadanos deseosos de significarse». Incluso, por qué no, dónde podemos encontrar personas que hacen maratones nocturnos de películas del género screwball comedy para pillar el sueñecito. ¿Eh?

Toda esta información sobre nuestra personalidad no la introduciríamos nosotros mismos, que apenas nos conocemos en realidad y seguramente nos autoengañaríamos en un buen número de factores, sino que se desprendería de las migas de pan que vamos dejando cuando navegamos por internet, los datos de nuestro GPS, el tipo de fotografías que subimos a Instagram y un largo etcétera. No es algo tan descabellado habida cuenta de que apps para ligar como Tinder ya pueden contar con más de 800 páginas de datos sobre cada uno de nosotros.

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En el capítulo 4×04 de Black Mirror (‘Hang the DJ’) se plantea una idea similar a esta para buscar pareja sentimental. Aquí se presenta una app que toma el mando de tu vida, obligándote a pasar por distintas relaciones sean o no de tu agrado durante un tiempo concreto, a fin de estar preparado emocionalmente para iniciar una relación estable con tu futura media naranja.

Imagina un sistema de esta índole incluido en tu smartphone, como otras apps tan necesarias para el cuidado de nuestra salud tipo la de Steps. Imagina que vibra el dispositivo, lo miras y te indica que a cien metros a la redonda ha localizado a tres personas que encajan mejor que nosotros de lo que jamás hubiéramos podido ni imaginar. Pulsar, avisar y un café, ¿por qué no?

Mark Twain escribió una vez: «Dentro de veinte años te arrepentirás más de las cosas que no hiciste que de las que sí llegaste a hacer. Así que suelta amarras. Sal a todo trapo de la seguridad de esta bahía. Hincha tus velas con vientos de cambio. Explora. Suena. Descubre». Va siendo hora de añadir; haz amigos y cuida de los que ya tienes como si fuera todo el oro de Fort Knox.

Por ello, aprovecho esta pequeña tribuna para declarar abiertamente que quiero hacer más amigos, mejores amigos, amigos más íntimos. También amigos con los que compartir ciertas parcelas de mi intimidad. Porque sé que eso es más importante que la mayoría de las cosas que consideramos importantes. A partir de ahora, voy a aceptar más citas, dejándome llevar por el ánimo de Twain. Al menos, hasta que aparezca esa app algorítmica que nos presentará muy pronto. ¿Tomamos un café?

Quien tiene un amigo tiene un tesoro. Menudo cliché, ¿verdad? Sin embargo, empezaremos este artículo siguiendo la filosofía cinematográfica que pregonaba Hitchcock, a saber: es más interesante partir de un cliché para terminar en otro sitio que empezar en otro sitio para acabar en un cliché.

Vayamos con otro cliché: conócete a ti mismo. El problema de las creencias populares y los aforismos mil veces repetidos es que aciertan solo por azar. Hasta que no disponemos de literatura científica al respecto, ignoramos si han dado en el clavo más allá de lo que podamos sentir en nuestras entrañas, lo cual no suele ser muy fiable. Ahora disponemos de esa evidencia científica para tachar el «conócete a ti mismo» de la lista de tareas.

No, conocerse a sí mismo no es buena idea (si sabemos cómo somos de verdad, probablemente nos deprimiremos) y también tiene algo de entelequia: como descubrió ya Michel de Montaigne tras pasarse la vida escribiendo ensayos sobre sí mismo, nuestro «yo» cambia continuamente y desafía cualquier firme descripción. Somos unos desconocidos de nosotros mismos, como afirman los profesores de psicología Richard Nisbett, de la Universidad de Michigan, y Timothy D. Wilson, de la Universidad de Virginia.

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La mejor forma de conocernos es a través del reflejo de los demás. Sobre todo si buscamos a nuestros semejantes.

Sí, tachemos también el cliché de que los polos opuestos se atraen, que todo el mundo tiene algo interesante que aportarnos o que estar con individuos idénticos a nosotros mismos es aburridísimo. En casos puntuales, esas ideas tienen sentido, pero en términos generales están totalmente equivocadas. Como ya expliqué, las personas se organizan en redes sociales basadas en la homofilia (amor a los iguales), es decir, la tendencia consciente o inconsciente de asociarse con sujetos que se parecen a ellas, ya sea porque comparten sus intereses, historias o aspiraciones. Algo que también se puede extender al amor, como escribió la investigadora del comportamiento humano en la Universidad Rutgers Helen Fisher en su libro The New Psychology of Love:

La mayoría de los hombres y mujeres se enamoran de individuos con los mismos antecedentes étnicos, sociales, religiosos, educativos y económicos, de quienes tienen un atractivo físico similar, una inteligencia equiparable, actitudes y expectativas, valores e intereses semejantes, y destrezas sociales y de comunicación análogas.

Por ello, tener amigos es como vivir en una cámara de ecos donde nuestra voz se multiplica y nos induce la sensación de que somos algo mucho más importante que una simple mota de polvo.

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Más valioso que el dinero

Hace unos días hablábamos de cómo el conocimiento era más valioso que el dinero cuando las necesidades básicas ya están cubiertas. De hecho, casi todo es más valioso que el dinero en tales circunstancias. Sin embargo, si lo que buscamos es obtener una buena dosis de felicidad perdurable en el tiempo, entonces las relaciones sociales son mucho más eficaces que el dinero o que un golpe de suerte con la lotería.

El dinero supone una gran diferencia para quienes no tienen nada. Pero si disponemos de este en una cantidad razonable, ganar más no proporcionará mayor satisfacción, porque el vínculo entre dinero y felicidad no es lineal (si lo fuera, los multimillonarios serían miles de veces más felices que los millonarios). Como abunda en ello el profesor de psicología de Harvard Daniel Gilbert en el libro Las mejores decisiones (edición de John Brockman):

Las relaciones sociales son un indicador de la felicidad mucho más sólido que el dinero. Las personas felices tienen redes sociales extensas y buenas relaciones con los integrantes de estas redes. Lo que encuentro interesante es que, si bien el dinero mantiene una relación débil y compleja con la felicidad y la correlación de la felicidad con las relaciones sociales es sólida y simple, la mayoría de nosotros dedicamos la mayor parte de nuestro tiempo a intentar ser felices buscando la riqueza.

Las buenas relaciones sociales mejoran la presión arterial, los niveles de las hormonas del estrés, las pautas de sueño y las funciones cognitivas. De hecho, la soledad, si es persistente en el tiempo, puede ser tan peligrosa para la salud como la obesidad, aumentando un 50% la probabilidad de morir. Es lo que sostiene Julianne Holt-Lunstad, profesora de psicología de la Universidad Brigham Young, después de presentar dos metanálisis (estudios de conjunto de estudios). El primero concernía a más de 300.000 adultos en 148 estudios, mientras que el segundo incluyó 70 estudios con más de 3,4 millones de adultos. La soledad es tan mala que puede equipararse a fumar quince cigarrillos al día a efectos de nuestra salud.

Además, cuando nos acostumbramos a la soledad, más tarde nos resulta más difícil relacionarnos con nuestros semejantes. Y si se capta el entorno social como algo hostil, nuestro organismo segrega cortisol, la hormona del estrés, que reduce nuestra protección contra los virus y la inflamación. Directamente, la soledad afecta a la producción de leucocitos de la sangre, tal y como sostienen John Cacioppo, de la Universidad de Chicago, Steven W. Cole, de la Universidad de California en Los Ángeles, y John P. Capitanio, del Centro de Investigación Nacional de Primates de la Universidad de California.

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Apps para hacer amigos

Las apps que sirven para socializar no son muy útiles porque mayormente acaban por convertirse en herramientas para ligar, además de que sus sistemas de búsqueda y emparejamiento son muy toscos. Pero, habida cuenta de que la soledad es uno de los principales problemas de salud pública en la actualidad, una app que use algoritmos entrenados para conectarnos con personas afines a nosotros tendrá un efecto psicológico superior a que nos tocase la lotería.

El problema de las apps es que apenas permiten introducir elementos de nuestra personalidad o nuestros gustos para hacer match con semejantes. Además, como ya hemos dicho, en caso de que se permitiera algo así, tampoco nos conocemos a nosotros mismos tanto como sería deseable. Quienes pueden conocernos mejor son los algoritmos.

Imaginemos que se desarrolla una app que permite cribar a los demás por cientos de parámetros que incluso van más allá del nivel de estudios, creencias religiosas, postura política, edad o lugar de nacimiento. Una app que permita localizar a los veggies, a los que pertenezcan al gluten free movement o al Zero Waste, a quienes gusten de asistir a hackathons y sean adictos a los libros prácticos How to. A los que se evaden en fiestas rave hasta el amanecer o se han visto todas las TED Talks, incluso las más magufas.

Imaginemos que incluso podemos buscar a personas que abandonaron la facultad porque perseguían algo más ambicioso en el horizonte, los college drop out. O yendo más allá, a individuos que se adscriban al pensamiento «me gusta sentirme galvanizado por la posibilidad del éxito y aterrado por el riesgo al fracaso» o «Ese ha sido siempre el signo de mi vida: la intermitencia, la indefinición, la mala salud psíquica, las bruscas alucinaciones de la identidad. (…) Uno de esos ciudadanos deseosos de significarse». Incluso, por qué no, dónde podemos encontrar personas que hacen maratones nocturnos de películas del género screwball comedy para pillar el sueñecito. ¿Eh?

Toda esta información sobre nuestra personalidad no la introduciríamos nosotros mismos, que apenas nos conocemos en realidad y seguramente nos autoengañaríamos en un buen número de factores, sino que se desprendería de las migas de pan que vamos dejando cuando navegamos por internet, los datos de nuestro GPS, el tipo de fotografías que subimos a Instagram y un largo etcétera. No es algo tan descabellado habida cuenta de que apps para ligar como Tinder ya pueden contar con más de 800 páginas de datos sobre cada uno de nosotros.

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En el capítulo 4×04 de Black Mirror (‘Hang the DJ’) se plantea una idea similar a esta para buscar pareja sentimental. Aquí se presenta una app que toma el mando de tu vida, obligándote a pasar por distintas relaciones sean o no de tu agrado durante un tiempo concreto, a fin de estar preparado emocionalmente para iniciar una relación estable con tu futura media naranja.

Imagina un sistema de esta índole incluido en tu smartphone, como otras apps tan necesarias para el cuidado de nuestra salud tipo la de Steps. Imagina que vibra el dispositivo, lo miras y te indica que a cien metros a la redonda ha localizado a tres personas que encajan mejor que nosotros de lo que jamás hubiéramos podido ni imaginar. Pulsar, avisar y un café, ¿por qué no?

Mark Twain escribió una vez: «Dentro de veinte años te arrepentirás más de las cosas que no hiciste que de las que sí llegaste a hacer. Así que suelta amarras. Sal a todo trapo de la seguridad de esta bahía. Hincha tus velas con vientos de cambio. Explora. Suena. Descubre». Va siendo hora de añadir; haz amigos y cuida de los que ya tienes como si fuera todo el oro de Fort Knox.

Por ello, aprovecho esta pequeña tribuna para declarar abiertamente que quiero hacer más amigos, mejores amigos, amigos más íntimos. También amigos con los que compartir ciertas parcelas de mi intimidad. Porque sé que eso es más importante que la mayoría de las cosas que consideramos importantes. A partir de ahora, voy a aceptar más citas, dejándome llevar por el ánimo de Twain. Al menos, hasta que aparezca esa app algorítmica que nos presentará muy pronto. ¿Tomamos un café?

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