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16 de septiembre 2016    /   IDEAS
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Asúmelo y madura: los adultos no aprenden como los niños

16 de septiembre 2016    /   IDEAS     por          
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Hay que reconocerlo. Esta época ha llevado la exaltación de la juventud hasta las últimas y más ridículas consecuencias. Nuestros abuelos querían ser mayores, sus hijos sesenteros querían tener siempre veinte años y nosotros hemos decidido que la edad más maravillosa es la infancia, la única en la que se puede ser verdadera y plenamente feliz. La única en la que aprendíamos en la escuela como si respirásemos. ¡Ah! Si fuésemos niños eternamente como Peter Pan, quizás llegaríamos a convertirnos en pequeños Einstein y a hacerlo sin esfuerzo. ¡Sin esfuerzo! ¡Esa es la clave!

Antes de explicar por qué los adultos no aprenden ni pueden aprender exactamente como los niños en la enseñanza reglada, hay una confusión que conviene aclarar desde el principio. Que no asimilen el conocimiento como en la guardería, el colegio o, en muchos casos, la universidad no significa que el sistema educativo y la empresa no estén pisoteando voluntaria o involuntariamente la creatividad individual en demasiadas ocasiones.

La cháchara de las justificaciones ya la conocemos: «El trabajo en equipo es esencial», «no hay que ir de estrella por la vida» o «esto siempre se ha hecho así y no cambiamos lo que funciona». Olvidan, obviamente, que sin trabajo individual no hay trabajo en equipo, que hacer las cosas de otra forma con convicción no es ir de estrella, sino tener la valentía de estrellarse siendo innovador… y que siempre hay que cambiar lo que funciona precisamente para que siga funcionando y se adapte a las nuevas realidades.

Los adultos tienden a mostrar resistencia ante aquellos que les imponen sus deseos e ideas unilateralmente. Eso es lo que explica que, conforme van creciendo, se sientan cada vez más incómodos con el profesor

Nunca he visto a un directivo de una multinacional que diga que no cambia lo que funciona y que lleve el mismo coche durante más de diez años. Como anunció el jeque Zaki Yamani en un arrebato de ingenio en el quicio del siglo XXI, «la Edad de Piedra no se terminó por falta de piedras».

Volvemos a los motivos por los que los adultos no aprenden como los niños en las aulas. Los más comunes tienen que ver con los que identificó y popularizó Malcolm Knowles, un experto en educación, en los años 60. Empezamos con ellos.

Los adultos tienden a mostrar resistencia ante aquellos que les imponen sus deseos e ideas unilateralmente. Eso es lo que explica que, conforme van creciendo, se sientan cada vez más incómodos con el profesor que se limita a afirmar desde la tarima: esto es lo que hay y lo vais a aprender porque necesitáis, ¡oh pequeños vasallos¡, aprobar y sacar buena nota en el examen. Mi examen. Mi obra. Mi juicio supremo.

 

Yo lo viví

La experiencia también es un elemento diferencial entre niños y adultos, dijo Knowles, porque estos últimos llegan a las aulas o sus equivalentes virtuales con un bagaje de vivencias que les permite absorber información de una forma distinta. Además, están convencidos de que la experiencia práctica —lo que llaman absurdamente el ‘mundo real’, como si la teoría la hubiesen inventado en Marte— es crucial para su aprendizaje y les proporciona argumentos y maneras de pensar que pueden cuestionar, completar o confirmar lo que sostiene el profesor.

La propensión a aprender en los adultos suele estar relacionada con la relevancia que le den en sus vidas a lo que les están enseñando. No es frecuente escuchar en educación infantil, salvo que se esté tratando con superdotados, reviejos o directamente con el niño diabólico, que tal o cual asignatura no sirven para nada.

Sin embargo, conforme van creciendo, la perspectiva cambia y los másteres que se realizan después de adquirir experiencia laboral tienen dos opciones. O imparten algo que ayuda a sus alumnos en ámbitos muy concretos de sus vidas —normalmente el mundo del trabajo— o sencillamente desaparecen. Es verdad que hay tantos posgrados pésimos en España que, a veces, parece que se reproducen por metástasis.

La orientación del aprendizaje también cambia cuando se madura, según Knowles. Es común que, cuando son jóvenes, aprendan en clase por una mezcla entre el gusto de aprender y la ausencia de mejores alternativas. Cuando maduran, sin embargo, lo hacen, por lo general, con una finalidad muy específica: solucionar problemas aquí y ahora o satisfacer una necesidad concreta de conocimiento.

Otro elemento clave que diferencia a los adultos de los niños es el enorme protagonismo del motor propio, es decir, la pulsión que sienten por asimilar nuevas ideas, técnicas y enfoques

Ya no se acepta con resignación que la aplicación, sobre todo en el mundo laboral, de lo que se está absorbiendo en el aula sea a muy largo plazo o imposible. Tampoco se acepta recibir un curso de escritura creativa en el que nadie, salvo el profesor, aprenda a escribir creativamente.

Otro elemento clave que diferencia a los adultos de los niños es el enorme protagonismo del motor propio, es decir, la pulsión que sienten por asimilar nuevas ideas, técnicas y enfoques. Como el programa formativo que se cursa como adultos no es estrictamente obligatorio, la pasión individual por conocer, especializarse o comprender una realidad desde un ángulo distinto se convierten en algo imprescindible. Esto no quiere decir que los niños o los adolescentes no la sientan, sino que tiene mucho más peso e influencia en la educación de los adultos.

Seamos sinceros: la motivación de los niños y adolescentes depende más de los padres, los amigos y el profesor (¡Oh capitán, mi capitán!), mientras que la de los adultos anida como un halcón en el corazón de cada alumno.

 

Odio a Peter Pan

Es verdad que existen adultos que siguen pensando que toda —repetimos: toda— su motivación tienen que servírsela sus jefes, profesores y empresas en bandeja de plata. Resulta triste y ridículo que Peter Pan haya pasado los 25 y siga esperando que Wendy, Campanilla y el Capitán Garfio le lleven a clase en volandas. Bienvenidos a la oficina de Nunca Jamás, el paraíso de Mr. Dámelo-todo-hecho-como-si-fuera-idiota porque me-he-creído-la-tontería-de-que-mi-jefe-es-un-líder.   

Es importante recordar, igualmente, que los adultos necesitan combinar esa motivación con el estímulo de un profesor que les ayude a ser todavía más conscientes de la necesidad de aprender, de todas las valiosas razones por las que están allí, de cómo van a conseguir los objetivos por los que se matricularon. No hace falta decir que los profesores de matemáticas de secundaria no suelen explayarse sobre la necesidad de los logaritmos neperianos.  

Aprendamos como lo que somos: adultos. Recuperemos la curiosidad de lo que fuimos: niños

Dicho todo esto, conviene aclarar una última confusión que también es frecuente. Que los adultos no puedan aprender de la misma forma que los niños en la enseñanza reglada no significa que no tengan que seguir su ejemplo en muchos aspectos.

Sería extraordinario recuperar aquella enorme y voraz curiosidad por todo (lo útil y lo aparentemente inútil), aquella disposición a dejarse sorprender humildemente por la experiencia como si fuese un eterno juego, aquella valentía para abordar continuamente retos que hacen superarse sin darle más importancia al resultado que al puro hecho de crecer. Aquella vida, en definitiva, en la que el miedo al ridículo era tan ridículo como el miedo al fracaso y aquel momento preciso en el que no disecaban el mundo para hacerlo coincidir con su ideología, sus definiciones y sus prejuicios.  

Aprendamos como lo que somos: adultos. Recuperemos la curiosidad de lo que fuimos: niños. Y caminemos dejándonos envejecer sin pudor, sin vértigo, sin freno, sin dejar de crecer. Sin dejar de ser lo que somos por admirar un pasado reescrito y un futuro por escribir, por leer, por aprender con una curiosidad sin fin, sin hoy, sin mañana. Sin ayer.

Hay que reconocerlo. Esta época ha llevado la exaltación de la juventud hasta las últimas y más ridículas consecuencias. Nuestros abuelos querían ser mayores, sus hijos sesenteros querían tener siempre veinte años y nosotros hemos decidido que la edad más maravillosa es la infancia, la única en la que se puede ser verdadera y plenamente feliz. La única en la que aprendíamos en la escuela como si respirásemos. ¡Ah! Si fuésemos niños eternamente como Peter Pan, quizás llegaríamos a convertirnos en pequeños Einstein y a hacerlo sin esfuerzo. ¡Sin esfuerzo! ¡Esa es la clave!

Antes de explicar por qué los adultos no aprenden ni pueden aprender exactamente como los niños en la enseñanza reglada, hay una confusión que conviene aclarar desde el principio. Que no asimilen el conocimiento como en la guardería, el colegio o, en muchos casos, la universidad no significa que el sistema educativo y la empresa no estén pisoteando voluntaria o involuntariamente la creatividad individual en demasiadas ocasiones.

La cháchara de las justificaciones ya la conocemos: «El trabajo en equipo es esencial», «no hay que ir de estrella por la vida» o «esto siempre se ha hecho así y no cambiamos lo que funciona». Olvidan, obviamente, que sin trabajo individual no hay trabajo en equipo, que hacer las cosas de otra forma con convicción no es ir de estrella, sino tener la valentía de estrellarse siendo innovador… y que siempre hay que cambiar lo que funciona precisamente para que siga funcionando y se adapte a las nuevas realidades.

Los adultos tienden a mostrar resistencia ante aquellos que les imponen sus deseos e ideas unilateralmente. Eso es lo que explica que, conforme van creciendo, se sientan cada vez más incómodos con el profesor

Nunca he visto a un directivo de una multinacional que diga que no cambia lo que funciona y que lleve el mismo coche durante más de diez años. Como anunció el jeque Zaki Yamani en un arrebato de ingenio en el quicio del siglo XXI, «la Edad de Piedra no se terminó por falta de piedras».

Volvemos a los motivos por los que los adultos no aprenden como los niños en las aulas. Los más comunes tienen que ver con los que identificó y popularizó Malcolm Knowles, un experto en educación, en los años 60. Empezamos con ellos.

Los adultos tienden a mostrar resistencia ante aquellos que les imponen sus deseos e ideas unilateralmente. Eso es lo que explica que, conforme van creciendo, se sientan cada vez más incómodos con el profesor que se limita a afirmar desde la tarima: esto es lo que hay y lo vais a aprender porque necesitáis, ¡oh pequeños vasallos¡, aprobar y sacar buena nota en el examen. Mi examen. Mi obra. Mi juicio supremo.

 

Yo lo viví

La experiencia también es un elemento diferencial entre niños y adultos, dijo Knowles, porque estos últimos llegan a las aulas o sus equivalentes virtuales con un bagaje de vivencias que les permite absorber información de una forma distinta. Además, están convencidos de que la experiencia práctica —lo que llaman absurdamente el ‘mundo real’, como si la teoría la hubiesen inventado en Marte— es crucial para su aprendizaje y les proporciona argumentos y maneras de pensar que pueden cuestionar, completar o confirmar lo que sostiene el profesor.

La propensión a aprender en los adultos suele estar relacionada con la relevancia que le den en sus vidas a lo que les están enseñando. No es frecuente escuchar en educación infantil, salvo que se esté tratando con superdotados, reviejos o directamente con el niño diabólico, que tal o cual asignatura no sirven para nada.

Sin embargo, conforme van creciendo, la perspectiva cambia y los másteres que se realizan después de adquirir experiencia laboral tienen dos opciones. O imparten algo que ayuda a sus alumnos en ámbitos muy concretos de sus vidas —normalmente el mundo del trabajo— o sencillamente desaparecen. Es verdad que hay tantos posgrados pésimos en España que, a veces, parece que se reproducen por metástasis.

La orientación del aprendizaje también cambia cuando se madura, según Knowles. Es común que, cuando son jóvenes, aprendan en clase por una mezcla entre el gusto de aprender y la ausencia de mejores alternativas. Cuando maduran, sin embargo, lo hacen, por lo general, con una finalidad muy específica: solucionar problemas aquí y ahora o satisfacer una necesidad concreta de conocimiento.

Otro elemento clave que diferencia a los adultos de los niños es el enorme protagonismo del motor propio, es decir, la pulsión que sienten por asimilar nuevas ideas, técnicas y enfoques

Ya no se acepta con resignación que la aplicación, sobre todo en el mundo laboral, de lo que se está absorbiendo en el aula sea a muy largo plazo o imposible. Tampoco se acepta recibir un curso de escritura creativa en el que nadie, salvo el profesor, aprenda a escribir creativamente.

Otro elemento clave que diferencia a los adultos de los niños es el enorme protagonismo del motor propio, es decir, la pulsión que sienten por asimilar nuevas ideas, técnicas y enfoques. Como el programa formativo que se cursa como adultos no es estrictamente obligatorio, la pasión individual por conocer, especializarse o comprender una realidad desde un ángulo distinto se convierten en algo imprescindible. Esto no quiere decir que los niños o los adolescentes no la sientan, sino que tiene mucho más peso e influencia en la educación de los adultos.

Seamos sinceros: la motivación de los niños y adolescentes depende más de los padres, los amigos y el profesor (¡Oh capitán, mi capitán!), mientras que la de los adultos anida como un halcón en el corazón de cada alumno.

 

Odio a Peter Pan

Es verdad que existen adultos que siguen pensando que toda —repetimos: toda— su motivación tienen que servírsela sus jefes, profesores y empresas en bandeja de plata. Resulta triste y ridículo que Peter Pan haya pasado los 25 y siga esperando que Wendy, Campanilla y el Capitán Garfio le lleven a clase en volandas. Bienvenidos a la oficina de Nunca Jamás, el paraíso de Mr. Dámelo-todo-hecho-como-si-fuera-idiota porque me-he-creído-la-tontería-de-que-mi-jefe-es-un-líder.   

Es importante recordar, igualmente, que los adultos necesitan combinar esa motivación con el estímulo de un profesor que les ayude a ser todavía más conscientes de la necesidad de aprender, de todas las valiosas razones por las que están allí, de cómo van a conseguir los objetivos por los que se matricularon. No hace falta decir que los profesores de matemáticas de secundaria no suelen explayarse sobre la necesidad de los logaritmos neperianos.  

Aprendamos como lo que somos: adultos. Recuperemos la curiosidad de lo que fuimos: niños

Dicho todo esto, conviene aclarar una última confusión que también es frecuente. Que los adultos no puedan aprender de la misma forma que los niños en la enseñanza reglada no significa que no tengan que seguir su ejemplo en muchos aspectos.

Sería extraordinario recuperar aquella enorme y voraz curiosidad por todo (lo útil y lo aparentemente inútil), aquella disposición a dejarse sorprender humildemente por la experiencia como si fuese un eterno juego, aquella valentía para abordar continuamente retos que hacen superarse sin darle más importancia al resultado que al puro hecho de crecer. Aquella vida, en definitiva, en la que el miedo al ridículo era tan ridículo como el miedo al fracaso y aquel momento preciso en el que no disecaban el mundo para hacerlo coincidir con su ideología, sus definiciones y sus prejuicios.  

Aprendamos como lo que somos: adultos. Recuperemos la curiosidad de lo que fuimos: niños. Y caminemos dejándonos envejecer sin pudor, sin vértigo, sin freno, sin dejar de crecer. Sin dejar de ser lo que somos por admirar un pasado reescrito y un futuro por escribir, por leer, por aprender con una curiosidad sin fin, sin hoy, sin mañana. Sin ayer.

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  • Hola, Gonzalo:

    Gracias de veras por escribir este artículo. Lo considero verdaderamente inspirador para afrontar una vida llena de inquietudes con las virtudes que siempre tuvimos y sin las limitaciones que los adultos nos imponemos en nuestra propia mente. El hecho de ser más conscientes de qué somos y del mundo a nuestro alrededor también nos hace medir más cada paso y guardar un miedo atroz a desbaratar todo por cuanto luchamos.

    Seamos adultos y no menospreciemos a los niños que nosotros mismos fuimos. La vida es un largo y ameno aprendizaje personal si nos preocupamos por recuperar nuestra personalidad.

    Un saludo cordial.

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