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3 de septiembre 2017    /   IDEAS
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Arabia Saudí: ¿enemigo o aliado necesario?

3 de septiembre 2017    /   IDEAS     por          
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¿Qué está pasando en Arabia Saudí? ¿Es realmente la fuente ideológica del terrorismo yihadista que se expande por el mundo? ¿Por qué ejerce tanto poder sobre Occidente? ¿Tiene sentido responsabilizar a este país por los atentados de Barcelona? Lo cierto es que la cobertura en las últimas semanas no siempre ha ayudado a entenderlo y menos por las palabras de los tertulianos que opinan alegremente en las radios y televisiones españolas sobre el tema.

Javier Martín (1972) ha dedicado toda su vida adulta a cubrir Oriente medio. Cubrió la guerra de Irak, fue delegado de Efe en El Cairo, Teherán, Jerusalén y actualmente vive en Túnez, país que usa como base de operaciones para cubrir el norte de África para la agencia de noticias española. Entre sus cinco libros publicados, está la Casa de Saúd (2013), que traza la transformación de Arabia Saudí de pueblo de pastores pobre a «pueblo de pastores ricos, sin evolución cultural ni refinamiento» que riega el mundo musulmán de petrodólares para primar su visión integrista del islam, a la vez que se nutre de armas y conocimiento de empresas occidentales que ignoran sus desmanes a cambio de enormes cantidades de dinero.

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Donald y Melania Trump, el rey de Arabia Saudí y el presidente de Egipto, Abdelfatah Al-Sisi, inauguran el nuevo centro para combatir el extremismo en Riad en mayo de 2017. Arabia Saudí fue el primer país que visitó Donald Trump desde que llegó a la Casa Blanca. (Fuente: Departamento de estado)

En la última semana, varios partidos políticos han señalado a Felipe VI como cómplice en la venta de armas a Arabia Saudí, un país al que consideran la principal fuente de financiación del terrorismo. ¿Tiene fundamento la acusación?

En 2016, la venta de armas en el mundo superó los niveles de la guerra fría. Según el Instituto Internacional de Investigación de la Paz de Estocolmo (SIPRI), el primer importador de armas mundial fue la India, con un 14% de la cuota de mercado; Arabia Saudí el segundo, con un 7%, por delante de China, que apenas llega al 4,7%. El cuarto lugar fue para Emiratos Árabes Unidos, país satélite de Arabia Saudí, con un 4,6%. Desde 2001, la teocracia saudí ha multiplicado cerca de 300x su gasto en armas y defensa. En 2013, un año antes de la proclamación del Estado Islámico, Arabia Saudí gastó más de 70.000 millones de euros en armas, la mitad de lo que gastaron el resto de países de Oriente Medio.

Según el mismo instituto, España es el séptimo exportador mundial de armas, por detrás de Alemania y los cinco países miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU, que tienen en su mano los instrumentos legales necesarios para fomentar la paz. Oficialmente, en 2016 España vendió más de 116 millones de euros en armas a Arabia Saudí, más de la mitad de ellos en proyectiles y munición que, según informaciones de los servicios secretos, se han utilizado en conflictos como el del Yemen, única guerra en la que Arabia Saudí participa directamente, aparte de la coalición internacional en Siria, Irak o Libia.

Hay quien afirma que estas acusaciones no tienen fundamento. Una cosa es armarse y otra, financiar al ISIS. De hecho, la propia Arabia Saudí ha sido víctima de ataques de Daesh en 2016.

La ideología del Estado Islámico, como la de la mayoría de los grupos salafistas radicales, proviene del wahabismo, la interpretación oficial del Islam en Arabia Saudí, que muchos teólogos y eruditos musulmanes de prestigio consideran herética. Grupos como Al Qaida o el Estado Islámico llevan la interpretación wahabi a la literalidad y consideran que los dirigentes musulmanes actuales, en particular los saudíes, han perdido la esencia de sus antepasados, se han corrompido moralmente y por ello hay que combatirles.

En paralelo, Arabia Saudí ha iniciado un bloqueo a Catar junto a sus aliados acusando a su gobierno de financiar grupos terroristas como el ISIS. ¿En qué quedamos entonces?

Resulta paradójico que un país con estrechos vínculos con el yihadismo internacional acuse a un rival de apoyar el terrorismo. El conflicto se remota al inicio de las primaveras árabes, momento en el que Catar, apoyado en la riqueza que le proporcionó el descubrimiento del mayor yacimiento de gas del mundo y en la influencia que le proporcionaba la televisión Al Jazeera, trató de liberarse de la tutela política, económica y militar que Arabia Saudí ejercía sobre todos los países de la península Arábiga —excepto Yemen— a través del Consejo de Cooperación del Golfo Pérsico (CCG).

Catar apoyó las primaveras árabes que Arabia Saudí combatió tanto interna como externamente, al considerar la ola de libertad, dignidad y justicia social un peligro para su régimen. Y decidió apoyar a los Hermanos Musulmanes, una ideología que la dictadura saudí considera una amenaza existencial, ya que ataca su modelo teocrático. Arabia Saudí acusa a los Hermanos Musulmanes de practicar el terrorismo, pese a que la cofradía dejó de atentar y desmanteló su brazo clandestino hace varias décadas.

(Lee también: ¿Por qué debería importarte la crisis de Catar?).

Otros acusan a ambos países de financiar al ISIS. ¿Son creíbles estas acusaciones?

La principal fuente de financiación del Estado Islámico es el comercio de crudo y de combustible. A ello se suma, de forma descendente, el cobro de impuestos, la extorsión, la venta de antigüedades y las donaciones procedentes del sistema de limosna musulmana. La mayoría de ellas proceden de asociaciones caritativas instaladas en el Golfo Pérsico, en su mayoría de Arabia Saudí. Estas mismas organizaciones, comprometidas con la difusión mundial del wahabismo —una de las políticas nacionales de Arabia Saudí—, financian la construcción de mezquitas, madrasas y proyectos de cooperación en territorios bajo control del Estado Islámico.

En enero, el ministro de exteriores de Arabia Saudí también acusó a Irán en Davos de apoyar al ISIS alegando que si no se había producido un ataque en Irán «era por algo». Irán a la vez acusó a los saudíes de estar detrás de los ataques terroristas el pasado junio en Teherán que reivindicó el ISIS. ¿Qué está pasando?

Es una acusación antigua, fruto del pulso por el poder y la influencia regional que las dos teocracias musulmanas libran desde la caída del último Sha de Persia, en 1979. Durante los años en que Al Qaida era la principal amenaza terrorista internacional, Arabia Saudí acusaba igualmente al régimen de Teherán de dar cobijo a los líderes de la citada organización. Lo cierto, en cualquier caso, es que un atentado de Al Qaida o Estado Islámico es difícil de llevar a cabo en territorio iraní por dos razones principales: primero, por el blindaje de seguridad de un régimen con poderosos enemigos, como Israel, encastillado desde hace décadas; segundo, por la ausencia de una comunidad suní en la que se puedan apoyar los yihadistas.

Echemos la mirada hacia los orígenes de la familia real saudí que abordas en tu libro. ¿Cómo nace su estrecha relación con el wahabismo, esa ideología que se asocia con el radicalismo islámico hoy?

Tanto el ISIS como Arabia Saudí se basan en las teorías de Momad albdel Wahab, un clérigo del siglo XVII que se apropió y desarrolló la interpretación rigorista del Islam de Ibn Taymiya, un monje guerrero sirio del siglo XIII, y las teorías regresionistas del filósofo de origen persa Al Ghazali, el hombre que erradicó la interpretación de los textos, la innovación intelectual y el pensamiento crítico de la cultura islámica.

Abdel Wahab era un predicador pobre y marginado en la Arabia del siglo XVII, al que varios de los señores feudales y poblaciones de los oasis expulsaron por la radicalidad y la intransigencia de su doctrina. Ibn al Saud era uno de esos señores o emires que ambicionaba la conquista de toda la península. Ambos hombres se necesitaban. Abdelwahab necesitaba un hombre de armas que le protegiera y Ibn Saud un hombre de religión que bendijera su sed territorial. Firmaron un acuerdo que aún hoy vincula a ambas familias.

Con el descubrimiento del petróleo, la familia real accede a una riqueza sin precedentes. ¿Qué efectos tiene sobre el país? ¿Cómo lo justifican bajo el prisma religioso?

Arabia Saudí pasa de ser un país de pastores pobres a otro de pastores ricos, sin evolución cultural ni refinamiento. En 1945 firma un acuerdo secreto con Estados Unidos que garantiza a Washington el puesto de socio preferente en el mercado petrolero a cambio de un apoyo político y militar americano al régimen saudí. Un acuerdo que han respetado todos los presidentes estadounidenses, incluido el reticente Obama.

El boicot petrolero de 1973, que rebosó las arcas saudíes de petrodólares, y la caída seis años después del último sha de Persia le convirtieron en el principal socio árabe de la Casa Blanca. La justificación religiosa era la misma que se acordó en el pacto del siglo XVII. Allí quedó establecido que la familia saudí era el custodio de los lugares más sagrados del islam. Pero ya entonces, un grupo de puristas conocidos como Ijwan (Hermanos) denunciaron que el petróleo había corrompido a la familia real e instó a derrocarla. En 1979 ocuparon la Gran Mezquita de La Meca, pero fueron masacrados por el régimen con ayuda de Francia y los propios Estados Unidos.

¿Cuándo empieza Arabia Saudí a financiar mezquitas por todo el mundo? ¿Quién es el ideólogo de la diplomacia de mezquitas?

A partir del bum petrolero de 1973. Su ideólogo fue el jeque Absulaziz Bin Baz, un clérigo salafista que en la década de los 80 aún creía que la Tierra era plana y que fue Gran Muftí de La Meca, máxima autoridad religiosa del reino.

¿Qué presupuesto tiene Arabia Saudí para este tipo de proyectos? ¿La financiación es transparente?

Como todo lo que tiene que ver con las finanzas de Arabia Saudí, se desconocen las cifras exactas, pero se sabe que son millonarias. La teocracia saudí es una dictadura controlada por una familia real de unos 15.000 miembros que manejan todos los recursos y resortes del régimen. No hay una sola institución independiente. El poder legislativo, ejecutivo y judicial está controlado por las diversas ramas de la familia real —en constante conflicto— y por la casta clerical, que tampoco es uniforme.

Muchos defensores del islam critican al wahabismo como una tergiversación de su religión pero no hay ninguna rama que tenga más influencia ahora mismo en el mundo. ¿El wahabismo ha ganado la partida para convertirse en la corriente dominante del islam?

Sí, no solo en Arabia Saudí, sino también en Asia Central. Las comunidades wahabíes más influyentes y poderosas económicamente están asentadas en Pakistán, Afganistán y la India.

Durante su presidencia, Obama se quejó de que la ortodoxia estadounidense le obligaba a tratar a Arabia Saudí como un aliado pese al papel que, según él, juegan en fomentar el terrorismo antiamericano. Trump criticó a Arabia Saudí durante su campaña pero fue el primer país que visitó cuando tomó la presidencia. El Gobierno de Reino Unido ha decidido no publicar un informe que encargó David Cameron en 2015 que señala a Arabia Saudí como principal fuente de financiación de grupos radicales en suelo británico, de acuerdo a medios como The Guardian. ¿Cómo ha conseguido ejercer tanta influencia Arabia Saudí en estos países?

Primero fue el petróleo. Ahora son las armas. Arabia Saudí es el segundo importador de armamento del mundo, un negocio que mueve cifras millonarias fabulosas. El primer exportador es Estados Unidos, al que Riad comprá más del 70% de sus armas. Le siguen Rusia, China, Francia, Alemania y el Reino Unido, todos ellos —menos Alemania— miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU.

Arabia Saudí ha jugado, además, un papel fundamental en el otro asunto que vincula a Washington con Oriente Medio: la defensa del sionismo y del estado de Israel. Aunque parezca una contradicción, Riad ha contribuido a esa misión mediante el apoyo de políticas inviables como la solución de los dos estados o la propuesta de reconocimiento árabe a Israel, lanzada en la cumbre árabe de Beirut y que dinamitó la poca unidad y solidaridad que quedaba.

España tampoco está fuera de su esfera de influencia. El país ha vendido armas valoradas en más de 1.000 millones de euros en la última década. Sus empresas actualmente desarrollan proyectos gigantescos como el AVE de Meca a Medina o el futuro metro de Riad. En Cádiz el astillero de Navantia fabrica barcos para el ejército saudí. ¿Esta dependencia dificulta tomar medidas contra la llegada de imanes formado en Arabia Saudí, por ejemplo?

Evidentemente, pero no solo a nivel nacional. En 2016, el Parlamento Europeo votó a favor de un embargo de armas a Arabia Saudí por los supuestos crímenes de guerra cometidos en Yemen. La decisión del Parlamento fue ignorada por el Consejo Europeo, y la decisión soberana de la Cámara quedó sin efecto.

¿En un país que no respeta los derechos humanos se puede diferenciar éticamente los proyectos destinados a armamento frente a proyectos de infraestructura?

Desde la ética es difícil aceptar que un país que restringe los derechos de las mujeres —que no pueden conducir, salir de casa o viajar sin permiso de un varón o compañía de un hombre de su familia—, que segrega por sexo los espacios públicos, que condena a los homosexuales, que aplica la pena de muerte, que obliga a palos a hombres y mujeres a rezar, que prohíbe la edificación de lugares de culto no islámico, que impide la exhibición de cruces —ya sea en la bandera de Suiza o en el escudo del Barcelona o el Real Madrid—, que obliga a las mujeres a cubrirse de pies a cabeza, que difunde una interpretación rigorista del islam contraria a la carta fundacional de la ONU, que amputa los miembros a los ladrones, que lapida adúlteras, diferencia entre hombres y mujeres ante la ley y condena a latigazos por beber alcohol, que detiene a los opositores y los encarcela sin garantías legales ni derecho a juicio forme parte del comité de Derechos Humanos de la ONU.

Paradójicamente este creciente cuestionamiento de la relación con Arabia Saudí llega en un momento en el que el país está poniendo en marcha reformas sin precedentes empezando por el nombramiento de un heredero de 31 años con fuertes tintes reformistas. ¿Qué puede significar esto para el país?

Las reformas son meramente cosméticas. La concesión del voto a las mujeres no va más allá de un acto simbólico, y la formación de un consejo consultivo o parlamento es una mascarada. La designación del nuevo príncipe heredero es el fruto de una lucha fratricida, de una conspiración palaciega, entre las distintas ramas de la familia real. Pese a su edad, el nuevo príncipe heredero representa el triunfo de la vertiente más retrógrada y conservadora, y augura políticas más represivas.

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Año 2015: encuentro entre John Kerry, el entonces secretario de estado de Estados Unidos con el Príncipe Mohammed bin Salman,  próximo heredero de la corona Saudí (Fuente: Gobierno de Estados Unidos)

Entre sus grandes reformas está lo que llama el Vision 2030, un ambicioso plan para reducir la dependencia del petróleo del reino. ¿Es realista?

Es una necesidad. La edad del crudo barato ha muerto y la dependencia económica, financiera y energética del petróleo es muy acusada. La población se ha triplicado en el reino en cuatro décadas —de los 10 millones a principios de los años 80 a los 30 actuales—, aumentando la demanda interna hasta el punto de que Arabia Saudí, un país exportador, se ha visto obligado a importar combustible. La reforma es obligatoria, queda por ver si será viable.

Uno de los buques insignias de este plan es la construcción de un complejo turístico gigantesco donde regirán las leyes internacionales y las «mujeres podrán llevar bikini». ¿Están imitando el modelo de Dubai y Abu Dhabi?

No. Es un proyecto que ha despertado la animadversión de la casta clerical, y será complejo de llevar a cabo. Es difícil, además, que pueda competir con la oferta turística de los vecinos y de otros países árabes.

Se habla también de una leve apertura social. Este año se han celebrado más conciertos que nunca, el poder de la policía de la moral se está limitando y empieza a haber mujeres en puestos de responsabilidad. ¿Es un espejismo?

Es una pura operación de marketing, un maquillaje que busca cambiar una imagen sin tocar los pilares del reino. Mientras sea así, será aceptada por la casta religiosa, ya que no amenaza ni los privilegios de la familia real ni los suyos propios.

¿El ejército tiene un poder desestabilizador como en otros países de Oriente Medio?

A día de hoy, el ejército está bajo el poder del príncipe heredero. Existen pocas opciones de que haya una revolución en palacio, aunque si la guerra en Yemen sigue por los mismos derroteros, puede socavar y obstaculizar el control absoluto al que aspira el futuro monarca, su padre y el resto de su rama.

Y ¿qué ocurre con los jóvenes? Más del 50% de la población tiene menos de 25 años y el paro juvenil es un problema creciente.

Es uno de los grandes problemas que resolver. La distancia entre la familia real y el resto de la población es cada vez mayor. Y cada vez más evidente la brecha social entre los más ricos y los más pobres. El problema es que estos carecen de vehículos políticos y sociales que vertebren ese descontento. No existen partidos, ni asociaciones de estudiantes, ni organizaciones de la sociedad civil a los que sumarse para dar rienda a esas frustraciones. El activismo solo es posible en las mezquitas —hay miles de opositores en las cárceles por un simple tuit—, y eso lleva a que muchos de ellos caigan en las redes del radicalismo. Según un informe del Parlamento iraquí, de los cerca de 30.000 voluntarios que se sumaron al Estado Islámico en los últimos dos años, un 10% eran saudíes.

¿Hay razones para el optimismo? Aunque Arabia Saudí es una dictadura, está permitido el uso de Facebook e Instagram. Su clase media viaja por todo el mundo. Tienen smartphones y televisión por satélite. ¿Van a aceptar el conservadurismo dentro de 10 o 20 años?

Al hilo de lo anterior, lo más probable es que sirva para que la radicalización avance. Creemos que las redes sociales son un espacio de libertad, de democracia, de modernidad que disfrutamos… Pero también vemos que son utilizadas como un instrumento para la radicalización. Daesh también usa internet y otras redes sociales para difundir su mensaje del odio. Debemos entender, además, que lo que perciben a través de las redes sociales puede ser muy distinto. En vez de abrir su mente, ciertas imágenes pueden servir para reforzar la idea de que el resto del mundo está corrupto moralmente y es necesario salvarlo a través de la yihad.

Estos jóvenes ven noticias como el del rico heredero saudí de 29 años que ha sido fotografiado besándose con Rihanna en Ibiza. O el hombre más rico de Arabia Saudí Alwaleed bin Talal, que se pavonea por Occidente con su mujer sin velo y ha prometido donar toda su fortuna como Warren Buffet.

Esas son el tipo de imágenes y acciones que en la década de los 70 llevaron a los puristas ijwan a declarar corrupta a la familia real y a ocupar la Gran Mezquita de La Meca para tratar de derrocarla. Sin otras alternativas, en una sociedad en la que avanza la injusticia social, este tipo de imágenes refuerza el discurso de los más intransigentes.

Si necesitan modernizarse para reducir su dependencia del petróleo, ¿no van a necesitar a las mujeres? Con una educación retrógrada será complicado conseguir el desarrollo prometido.

Para ellos, es una cuestión simplemente técnica. Han llegado a la conclusión de que para acabar con los problemas de suministro energético o de combustible, sirve con invertir en paneles solares y molinos de viento. No se han planteado una revolución social, como tampoco se la plantearon en el resto de los países musulmanes. Y esa es la razón final del fracaso de las llamadas primaveras árabes. Acometieron la revolución política, pero obviaron la revolución cultural, único motor real de cambio.

Imaginemos un escenario hipotético en el que Occidente decide dejar de apoyar a Arabia Saudí. ¿Cuál sería la alternativa a la familia real saudí? ¿No estaríamos abriendo la puerta a un régimen todavía más radical?

Arabia Saudí, como el resto de las dictaduras, ha explotado la máxima «más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer». Para acabar con el yihadismo, hay que romper con el sistema viciado de alianzas internacionales y clientelismos económicos que se forjaron a lo largo del siglo XX. Es un riesgo que las generaciones futuras nos agradecerían.

Cuando un tema de un país lejano como Arabia Saudí empieza a dominar las noticias, proliferan los tertulianos que opinan sobre el país sin tener mucho conocimiento. ¿Hay alguna afirmación que te haya sorprendido escuchar en los últimos días en los medios? ¿Alguna burrada que te gustaría corregir?

Desgraciadamente, eso daría pie a otra entrevista tan larga como esta. Y no solo sobre la cuestión de Arabia Saudí, del mundo árabe-musulmán en general. Solo me gustaría aprovechar la oportunidad para volver a subrayar algo: la islamofobia es el mayor éxito del Estado Islámico, un cuchillo clavado en el corazón del sistema de valores construido tras la Segunda Guerra Mundial. Y que el sistema económico en el que vivimos, que privilegia el comercio de armas, es la razón que permite que el yihadismo subsista y vaya a prolongarse en el futuro.

¿Qué está pasando en Arabia Saudí? ¿Es realmente la fuente ideológica del terrorismo yihadista que se expande por el mundo? ¿Por qué ejerce tanto poder sobre Occidente? ¿Tiene sentido responsabilizar a este país por los atentados de Barcelona? Lo cierto es que la cobertura en las últimas semanas no siempre ha ayudado a entenderlo y menos por las palabras de los tertulianos que opinan alegremente en las radios y televisiones españolas sobre el tema.

Javier Martín (1972) ha dedicado toda su vida adulta a cubrir Oriente medio. Cubrió la guerra de Irak, fue delegado de Efe en El Cairo, Teherán, Jerusalén y actualmente vive en Túnez, país que usa como base de operaciones para cubrir el norte de África para la agencia de noticias española. Entre sus cinco libros publicados, está la Casa de Saúd (2013), que traza la transformación de Arabia Saudí de pueblo de pastores pobre a «pueblo de pastores ricos, sin evolución cultural ni refinamiento» que riega el mundo musulmán de petrodólares para primar su visión integrista del islam, a la vez que se nutre de armas y conocimiento de empresas occidentales que ignoran sus desmanes a cambio de enormes cantidades de dinero.

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Donald y Melania Trump, el rey de Arabia Saudí y el presidente de Egipto, Abdelfatah Al-Sisi, inauguran el nuevo centro para combatir el extremismo en Riad en mayo de 2017. Arabia Saudí fue el primer país que visitó Donald Trump desde que llegó a la Casa Blanca. (Fuente: Departamento de estado)

En la última semana, varios partidos políticos han señalado a Felipe VI como cómplice en la venta de armas a Arabia Saudí, un país al que consideran la principal fuente de financiación del terrorismo. ¿Tiene fundamento la acusación?

En 2016, la venta de armas en el mundo superó los niveles de la guerra fría. Según el Instituto Internacional de Investigación de la Paz de Estocolmo (SIPRI), el primer importador de armas mundial fue la India, con un 14% de la cuota de mercado; Arabia Saudí el segundo, con un 7%, por delante de China, que apenas llega al 4,7%. El cuarto lugar fue para Emiratos Árabes Unidos, país satélite de Arabia Saudí, con un 4,6%. Desde 2001, la teocracia saudí ha multiplicado cerca de 300x su gasto en armas y defensa. En 2013, un año antes de la proclamación del Estado Islámico, Arabia Saudí gastó más de 70.000 millones de euros en armas, la mitad de lo que gastaron el resto de países de Oriente Medio.

Según el mismo instituto, España es el séptimo exportador mundial de armas, por detrás de Alemania y los cinco países miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU, que tienen en su mano los instrumentos legales necesarios para fomentar la paz. Oficialmente, en 2016 España vendió más de 116 millones de euros en armas a Arabia Saudí, más de la mitad de ellos en proyectiles y munición que, según informaciones de los servicios secretos, se han utilizado en conflictos como el del Yemen, única guerra en la que Arabia Saudí participa directamente, aparte de la coalición internacional en Siria, Irak o Libia.

Hay quien afirma que estas acusaciones no tienen fundamento. Una cosa es armarse y otra, financiar al ISIS. De hecho, la propia Arabia Saudí ha sido víctima de ataques de Daesh en 2016.

La ideología del Estado Islámico, como la de la mayoría de los grupos salafistas radicales, proviene del wahabismo, la interpretación oficial del Islam en Arabia Saudí, que muchos teólogos y eruditos musulmanes de prestigio consideran herética. Grupos como Al Qaida o el Estado Islámico llevan la interpretación wahabi a la literalidad y consideran que los dirigentes musulmanes actuales, en particular los saudíes, han perdido la esencia de sus antepasados, se han corrompido moralmente y por ello hay que combatirles.

En paralelo, Arabia Saudí ha iniciado un bloqueo a Catar junto a sus aliados acusando a su gobierno de financiar grupos terroristas como el ISIS. ¿En qué quedamos entonces?

Resulta paradójico que un país con estrechos vínculos con el yihadismo internacional acuse a un rival de apoyar el terrorismo. El conflicto se remota al inicio de las primaveras árabes, momento en el que Catar, apoyado en la riqueza que le proporcionó el descubrimiento del mayor yacimiento de gas del mundo y en la influencia que le proporcionaba la televisión Al Jazeera, trató de liberarse de la tutela política, económica y militar que Arabia Saudí ejercía sobre todos los países de la península Arábiga —excepto Yemen— a través del Consejo de Cooperación del Golfo Pérsico (CCG).

Catar apoyó las primaveras árabes que Arabia Saudí combatió tanto interna como externamente, al considerar la ola de libertad, dignidad y justicia social un peligro para su régimen. Y decidió apoyar a los Hermanos Musulmanes, una ideología que la dictadura saudí considera una amenaza existencial, ya que ataca su modelo teocrático. Arabia Saudí acusa a los Hermanos Musulmanes de practicar el terrorismo, pese a que la cofradía dejó de atentar y desmanteló su brazo clandestino hace varias décadas.

(Lee también: ¿Por qué debería importarte la crisis de Catar?).

Otros acusan a ambos países de financiar al ISIS. ¿Son creíbles estas acusaciones?

La principal fuente de financiación del Estado Islámico es el comercio de crudo y de combustible. A ello se suma, de forma descendente, el cobro de impuestos, la extorsión, la venta de antigüedades y las donaciones procedentes del sistema de limosna musulmana. La mayoría de ellas proceden de asociaciones caritativas instaladas en el Golfo Pérsico, en su mayoría de Arabia Saudí. Estas mismas organizaciones, comprometidas con la difusión mundial del wahabismo —una de las políticas nacionales de Arabia Saudí—, financian la construcción de mezquitas, madrasas y proyectos de cooperación en territorios bajo control del Estado Islámico.

En enero, el ministro de exteriores de Arabia Saudí también acusó a Irán en Davos de apoyar al ISIS alegando que si no se había producido un ataque en Irán «era por algo». Irán a la vez acusó a los saudíes de estar detrás de los ataques terroristas el pasado junio en Teherán que reivindicó el ISIS. ¿Qué está pasando?

Es una acusación antigua, fruto del pulso por el poder y la influencia regional que las dos teocracias musulmanas libran desde la caída del último Sha de Persia, en 1979. Durante los años en que Al Qaida era la principal amenaza terrorista internacional, Arabia Saudí acusaba igualmente al régimen de Teherán de dar cobijo a los líderes de la citada organización. Lo cierto, en cualquier caso, es que un atentado de Al Qaida o Estado Islámico es difícil de llevar a cabo en territorio iraní por dos razones principales: primero, por el blindaje de seguridad de un régimen con poderosos enemigos, como Israel, encastillado desde hace décadas; segundo, por la ausencia de una comunidad suní en la que se puedan apoyar los yihadistas.

Echemos la mirada hacia los orígenes de la familia real saudí que abordas en tu libro. ¿Cómo nace su estrecha relación con el wahabismo, esa ideología que se asocia con el radicalismo islámico hoy?

Tanto el ISIS como Arabia Saudí se basan en las teorías de Momad albdel Wahab, un clérigo del siglo XVII que se apropió y desarrolló la interpretación rigorista del Islam de Ibn Taymiya, un monje guerrero sirio del siglo XIII, y las teorías regresionistas del filósofo de origen persa Al Ghazali, el hombre que erradicó la interpretación de los textos, la innovación intelectual y el pensamiento crítico de la cultura islámica.

Abdel Wahab era un predicador pobre y marginado en la Arabia del siglo XVII, al que varios de los señores feudales y poblaciones de los oasis expulsaron por la radicalidad y la intransigencia de su doctrina. Ibn al Saud era uno de esos señores o emires que ambicionaba la conquista de toda la península. Ambos hombres se necesitaban. Abdelwahab necesitaba un hombre de armas que le protegiera y Ibn Saud un hombre de religión que bendijera su sed territorial. Firmaron un acuerdo que aún hoy vincula a ambas familias.

Con el descubrimiento del petróleo, la familia real accede a una riqueza sin precedentes. ¿Qué efectos tiene sobre el país? ¿Cómo lo justifican bajo el prisma religioso?

Arabia Saudí pasa de ser un país de pastores pobres a otro de pastores ricos, sin evolución cultural ni refinamiento. En 1945 firma un acuerdo secreto con Estados Unidos que garantiza a Washington el puesto de socio preferente en el mercado petrolero a cambio de un apoyo político y militar americano al régimen saudí. Un acuerdo que han respetado todos los presidentes estadounidenses, incluido el reticente Obama.

El boicot petrolero de 1973, que rebosó las arcas saudíes de petrodólares, y la caída seis años después del último sha de Persia le convirtieron en el principal socio árabe de la Casa Blanca. La justificación religiosa era la misma que se acordó en el pacto del siglo XVII. Allí quedó establecido que la familia saudí era el custodio de los lugares más sagrados del islam. Pero ya entonces, un grupo de puristas conocidos como Ijwan (Hermanos) denunciaron que el petróleo había corrompido a la familia real e instó a derrocarla. En 1979 ocuparon la Gran Mezquita de La Meca, pero fueron masacrados por el régimen con ayuda de Francia y los propios Estados Unidos.

¿Cuándo empieza Arabia Saudí a financiar mezquitas por todo el mundo? ¿Quién es el ideólogo de la diplomacia de mezquitas?

A partir del bum petrolero de 1973. Su ideólogo fue el jeque Absulaziz Bin Baz, un clérigo salafista que en la década de los 80 aún creía que la Tierra era plana y que fue Gran Muftí de La Meca, máxima autoridad religiosa del reino.

¿Qué presupuesto tiene Arabia Saudí para este tipo de proyectos? ¿La financiación es transparente?

Como todo lo que tiene que ver con las finanzas de Arabia Saudí, se desconocen las cifras exactas, pero se sabe que son millonarias. La teocracia saudí es una dictadura controlada por una familia real de unos 15.000 miembros que manejan todos los recursos y resortes del régimen. No hay una sola institución independiente. El poder legislativo, ejecutivo y judicial está controlado por las diversas ramas de la familia real —en constante conflicto— y por la casta clerical, que tampoco es uniforme.

Muchos defensores del islam critican al wahabismo como una tergiversación de su religión pero no hay ninguna rama que tenga más influencia ahora mismo en el mundo. ¿El wahabismo ha ganado la partida para convertirse en la corriente dominante del islam?

Sí, no solo en Arabia Saudí, sino también en Asia Central. Las comunidades wahabíes más influyentes y poderosas económicamente están asentadas en Pakistán, Afganistán y la India.

Durante su presidencia, Obama se quejó de que la ortodoxia estadounidense le obligaba a tratar a Arabia Saudí como un aliado pese al papel que, según él, juegan en fomentar el terrorismo antiamericano. Trump criticó a Arabia Saudí durante su campaña pero fue el primer país que visitó cuando tomó la presidencia. El Gobierno de Reino Unido ha decidido no publicar un informe que encargó David Cameron en 2015 que señala a Arabia Saudí como principal fuente de financiación de grupos radicales en suelo británico, de acuerdo a medios como The Guardian. ¿Cómo ha conseguido ejercer tanta influencia Arabia Saudí en estos países?

Primero fue el petróleo. Ahora son las armas. Arabia Saudí es el segundo importador de armamento del mundo, un negocio que mueve cifras millonarias fabulosas. El primer exportador es Estados Unidos, al que Riad comprá más del 70% de sus armas. Le siguen Rusia, China, Francia, Alemania y el Reino Unido, todos ellos —menos Alemania— miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU.

Arabia Saudí ha jugado, además, un papel fundamental en el otro asunto que vincula a Washington con Oriente Medio: la defensa del sionismo y del estado de Israel. Aunque parezca una contradicción, Riad ha contribuido a esa misión mediante el apoyo de políticas inviables como la solución de los dos estados o la propuesta de reconocimiento árabe a Israel, lanzada en la cumbre árabe de Beirut y que dinamitó la poca unidad y solidaridad que quedaba.

España tampoco está fuera de su esfera de influencia. El país ha vendido armas valoradas en más de 1.000 millones de euros en la última década. Sus empresas actualmente desarrollan proyectos gigantescos como el AVE de Meca a Medina o el futuro metro de Riad. En Cádiz el astillero de Navantia fabrica barcos para el ejército saudí. ¿Esta dependencia dificulta tomar medidas contra la llegada de imanes formado en Arabia Saudí, por ejemplo?

Evidentemente, pero no solo a nivel nacional. En 2016, el Parlamento Europeo votó a favor de un embargo de armas a Arabia Saudí por los supuestos crímenes de guerra cometidos en Yemen. La decisión del Parlamento fue ignorada por el Consejo Europeo, y la decisión soberana de la Cámara quedó sin efecto.

¿En un país que no respeta los derechos humanos se puede diferenciar éticamente los proyectos destinados a armamento frente a proyectos de infraestructura?

Desde la ética es difícil aceptar que un país que restringe los derechos de las mujeres —que no pueden conducir, salir de casa o viajar sin permiso de un varón o compañía de un hombre de su familia—, que segrega por sexo los espacios públicos, que condena a los homosexuales, que aplica la pena de muerte, que obliga a palos a hombres y mujeres a rezar, que prohíbe la edificación de lugares de culto no islámico, que impide la exhibición de cruces —ya sea en la bandera de Suiza o en el escudo del Barcelona o el Real Madrid—, que obliga a las mujeres a cubrirse de pies a cabeza, que difunde una interpretación rigorista del islam contraria a la carta fundacional de la ONU, que amputa los miembros a los ladrones, que lapida adúlteras, diferencia entre hombres y mujeres ante la ley y condena a latigazos por beber alcohol, que detiene a los opositores y los encarcela sin garantías legales ni derecho a juicio forme parte del comité de Derechos Humanos de la ONU.

Paradójicamente este creciente cuestionamiento de la relación con Arabia Saudí llega en un momento en el que el país está poniendo en marcha reformas sin precedentes empezando por el nombramiento de un heredero de 31 años con fuertes tintes reformistas. ¿Qué puede significar esto para el país?

Las reformas son meramente cosméticas. La concesión del voto a las mujeres no va más allá de un acto simbólico, y la formación de un consejo consultivo o parlamento es una mascarada. La designación del nuevo príncipe heredero es el fruto de una lucha fratricida, de una conspiración palaciega, entre las distintas ramas de la familia real. Pese a su edad, el nuevo príncipe heredero representa el triunfo de la vertiente más retrógrada y conservadora, y augura políticas más represivas.

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Año 2015: encuentro entre John Kerry, el entonces secretario de estado de Estados Unidos con el Príncipe Mohammed bin Salman,  próximo heredero de la corona Saudí (Fuente: Gobierno de Estados Unidos)

Entre sus grandes reformas está lo que llama el Vision 2030, un ambicioso plan para reducir la dependencia del petróleo del reino. ¿Es realista?

Es una necesidad. La edad del crudo barato ha muerto y la dependencia económica, financiera y energética del petróleo es muy acusada. La población se ha triplicado en el reino en cuatro décadas —de los 10 millones a principios de los años 80 a los 30 actuales—, aumentando la demanda interna hasta el punto de que Arabia Saudí, un país exportador, se ha visto obligado a importar combustible. La reforma es obligatoria, queda por ver si será viable.

Uno de los buques insignias de este plan es la construcción de un complejo turístico gigantesco donde regirán las leyes internacionales y las «mujeres podrán llevar bikini». ¿Están imitando el modelo de Dubai y Abu Dhabi?

No. Es un proyecto que ha despertado la animadversión de la casta clerical, y será complejo de llevar a cabo. Es difícil, además, que pueda competir con la oferta turística de los vecinos y de otros países árabes.

Se habla también de una leve apertura social. Este año se han celebrado más conciertos que nunca, el poder de la policía de la moral se está limitando y empieza a haber mujeres en puestos de responsabilidad. ¿Es un espejismo?

Es una pura operación de marketing, un maquillaje que busca cambiar una imagen sin tocar los pilares del reino. Mientras sea así, será aceptada por la casta religiosa, ya que no amenaza ni los privilegios de la familia real ni los suyos propios.

¿El ejército tiene un poder desestabilizador como en otros países de Oriente Medio?

A día de hoy, el ejército está bajo el poder del príncipe heredero. Existen pocas opciones de que haya una revolución en palacio, aunque si la guerra en Yemen sigue por los mismos derroteros, puede socavar y obstaculizar el control absoluto al que aspira el futuro monarca, su padre y el resto de su rama.

Y ¿qué ocurre con los jóvenes? Más del 50% de la población tiene menos de 25 años y el paro juvenil es un problema creciente.

Es uno de los grandes problemas que resolver. La distancia entre la familia real y el resto de la población es cada vez mayor. Y cada vez más evidente la brecha social entre los más ricos y los más pobres. El problema es que estos carecen de vehículos políticos y sociales que vertebren ese descontento. No existen partidos, ni asociaciones de estudiantes, ni organizaciones de la sociedad civil a los que sumarse para dar rienda a esas frustraciones. El activismo solo es posible en las mezquitas —hay miles de opositores en las cárceles por un simple tuit—, y eso lleva a que muchos de ellos caigan en las redes del radicalismo. Según un informe del Parlamento iraquí, de los cerca de 30.000 voluntarios que se sumaron al Estado Islámico en los últimos dos años, un 10% eran saudíes.

¿Hay razones para el optimismo? Aunque Arabia Saudí es una dictadura, está permitido el uso de Facebook e Instagram. Su clase media viaja por todo el mundo. Tienen smartphones y televisión por satélite. ¿Van a aceptar el conservadurismo dentro de 10 o 20 años?

Al hilo de lo anterior, lo más probable es que sirva para que la radicalización avance. Creemos que las redes sociales son un espacio de libertad, de democracia, de modernidad que disfrutamos… Pero también vemos que son utilizadas como un instrumento para la radicalización. Daesh también usa internet y otras redes sociales para difundir su mensaje del odio. Debemos entender, además, que lo que perciben a través de las redes sociales puede ser muy distinto. En vez de abrir su mente, ciertas imágenes pueden servir para reforzar la idea de que el resto del mundo está corrupto moralmente y es necesario salvarlo a través de la yihad.

Estos jóvenes ven noticias como el del rico heredero saudí de 29 años que ha sido fotografiado besándose con Rihanna en Ibiza. O el hombre más rico de Arabia Saudí Alwaleed bin Talal, que se pavonea por Occidente con su mujer sin velo y ha prometido donar toda su fortuna como Warren Buffet.

Esas son el tipo de imágenes y acciones que en la década de los 70 llevaron a los puristas ijwan a declarar corrupta a la familia real y a ocupar la Gran Mezquita de La Meca para tratar de derrocarla. Sin otras alternativas, en una sociedad en la que avanza la injusticia social, este tipo de imágenes refuerza el discurso de los más intransigentes.

Si necesitan modernizarse para reducir su dependencia del petróleo, ¿no van a necesitar a las mujeres? Con una educación retrógrada será complicado conseguir el desarrollo prometido.

Para ellos, es una cuestión simplemente técnica. Han llegado a la conclusión de que para acabar con los problemas de suministro energético o de combustible, sirve con invertir en paneles solares y molinos de viento. No se han planteado una revolución social, como tampoco se la plantearon en el resto de los países musulmanes. Y esa es la razón final del fracaso de las llamadas primaveras árabes. Acometieron la revolución política, pero obviaron la revolución cultural, único motor real de cambio.

Imaginemos un escenario hipotético en el que Occidente decide dejar de apoyar a Arabia Saudí. ¿Cuál sería la alternativa a la familia real saudí? ¿No estaríamos abriendo la puerta a un régimen todavía más radical?

Arabia Saudí, como el resto de las dictaduras, ha explotado la máxima «más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer». Para acabar con el yihadismo, hay que romper con el sistema viciado de alianzas internacionales y clientelismos económicos que se forjaron a lo largo del siglo XX. Es un riesgo que las generaciones futuras nos agradecerían.

Cuando un tema de un país lejano como Arabia Saudí empieza a dominar las noticias, proliferan los tertulianos que opinan sobre el país sin tener mucho conocimiento. ¿Hay alguna afirmación que te haya sorprendido escuchar en los últimos días en los medios? ¿Alguna burrada que te gustaría corregir?

Desgraciadamente, eso daría pie a otra entrevista tan larga como esta. Y no solo sobre la cuestión de Arabia Saudí, del mundo árabe-musulmán en general. Solo me gustaría aprovechar la oportunidad para volver a subrayar algo: la islamofobia es el mayor éxito del Estado Islámico, un cuchillo clavado en el corazón del sistema de valores construido tras la Segunda Guerra Mundial. Y que el sistema económico en el que vivimos, que privilegia el comercio de armas, es la razón que permite que el yihadismo subsista y vaya a prolongarse en el futuro.

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Opiniones 1
  • Una conversación interesantísima. Sólo tengo que añadir un pero: el “dichoso” Muhammad ibn ‘Abd al-Wahhab, cuya doctrina nos amarga la vida, vivió en el siglo XVIII y no un siglo antes, como erróneamente se indica en la entrevista. Parece una ironía de la Historia que este tío viviera en tiempos de la Ilustración y sus revoluciones.

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