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4 de noviembre 2015    /   ENTRETENIMIENTO
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Hablas más árabe de lo que crees

4 de noviembre 2015    /   ENTRETENIMIENTO     por          
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Cuando el presidente del Gobierno dijo aquello de que «los españoles son muy españoles y mucho… españoles» pareció olvidar el pasado de mestizaje que nos caracteriza y que nos ha hecho tal como somos. Así que sí, somos españoles, pero lo de «mucho» vamos a ponerlo en duda:  también somos un poco romanos, un poco bárbaros y un poco moros.
En español tenemos unos 4.000 arabismos, algunos en desuso pero otros muy vigentes. Detectarlos no es tan fácil, fuera de los ya conocidos o aquellos que empiezan por al- y que enseguida nos hacen sospechar de su origen no latino. Pero hay otros muchos términos que tienen una raíz árabe que saben disimular muy bien.
Los gitanos en el Sacromonte de Granada, dice la Wikipedia, bailan zambras (zamr), esos bailes flamencos y sensuales que llegaron a estar prohibidos en nuestro país hace unas décadas y que el Diccionario define como la fiesta que usaban los moriscos con bulla, regocijo y baile. No es de extrañar que con tanto jolgorio se produjera algazara, ese ruido de muchas voces juntas que por lo común nace de la alegría y de la palabra árabe hispánica alḡazara (locuacidad), y esta a su vez del árabe clásico ḡazārah  (abundancia).
Guardamos en la alcoba (qubbah) nuestros secretos más íntimos, colgamos en la puerta del baño el albornoz (burnūs) y nos tumbamos obedientes en el diván (dīwān) de nuestro psicoanalista. Fijamos nuestro peinado con laca (lakk) y más de una pinta sus labios color carmesí (qarmazí) para salir a la calle a comerse el mundo.
Más rico o más obrero, todos hemos crecido en un barrio (barrī) y nos hemos perdido por los arrabales de la ciudad (rabaḍ) temerosos de encontrar en la oscuridad de un callejón a algún asesino (ḥaššāšīn). Curiosa palabra esta, asesino, que en árabe significaba «adicto al cáñamo indio» o lo que es lo mismo, al hachís (ḥašīš), eso que fumamos a escondidas para alegrarnos un poquito el alma. Los ḥaššāšīn cometían sus atroces crímenes puestísimos de ese estupefaciente .
Cuando tenemos hambre, nos hacemos una sopa de fideos (fidáwš), asamos berenjenas (bāḏinǧānah), cocemos zanahorias (safunnárya) o abrimos una lata de mejillones en escabeche (assukkabáǧ).  El pan que comían nuestros abuelos se cocía con mimo en las tahonas (aṭṭāḥūn[ah]). Cocinamos con el aceite (azzayt) que se produce en las almazaras (ma‘ṣarah). ¿Y qué hay del postre? Una raja de sandía (sindiyyah) o un sorbete (šarbah) de limón (laymūn). Si hemos bebido agua, la hemos servido en una jarra (ǧarrah). Y cuando nos encontramos mal, pedimos un jarabe (šarāb) que nos alivie el dolor.
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Viajando por la península hemos conocido el Guadalquivir (al-wādi al-kabīr, ‘el río grande’),  Guadalajara (wād al-ḥaŷarah,’ río de piedras’), varias Alcalá (al-qal’at, ‘castillo’), Calatayud (qal’at Ayyub, ‘Castillo de Ayyub’), Albacete (al-basīṭ, ‘el llano’,’ la llanura’), Gibraltar (Ẏabal Tāriq, monte de Tariq) y Madrid (Mayrit, ‘tierra rica en agua’).
¡Quién no conoce a Fulano (fulān)! O a Almanzor, que perdió el tambor (ṭabbūl) en Calatañazor (Qal`at an-Nusur, ‘Castillo de las Águilas’). ¡Cuántos machitos no han soñado con tener su propio harén (ḥarīm)!
Nuestras casas tienen tabiques (tašbīk), paseamos por ramblas (ramlah), aquellos arenales originarios a los que se refería el término árabe del que provienen. Ya no usamos norias (nā‘ūrah) para sacar agua de las acequias (sāqiyah) ni nuestros peines son de nácar (náqra), ni nos embadurnamos de talco (ṭalq) al salir de la ducha, pero aún vemos nenúfares (naylūfar) en los estanques, si alguien se pone pesado nos da la matraca (miṭraqah) y a más de uno nos gustaría encerrarle en la oscura mazmorra (maṭmūrah) de algún ruinoso castillo. ¡Ojalá (law šá lláh, si Dios quiere) acaben por siempre las guerras y la violencia con la que se ejecuta a inocentes de un disparo en la nuca (nuẖā)!
Podríamos seguir así mucho más tiempo. Basta dar un paseo por el Diccionario para comprobar cuánto conservamos aún de aquellos árabes que llegaron a la península para quedarse unos cuantos siglos. ¿Qué hubiera sido de nuestro idioma si su paso por España no hubiera durado tanto?

Cuando el presidente del Gobierno dijo aquello de que «los españoles son muy españoles y mucho… españoles» pareció olvidar el pasado de mestizaje que nos caracteriza y que nos ha hecho tal como somos. Así que sí, somos españoles, pero lo de «mucho» vamos a ponerlo en duda:  también somos un poco romanos, un poco bárbaros y un poco moros.
En español tenemos unos 4.000 arabismos, algunos en desuso pero otros muy vigentes. Detectarlos no es tan fácil, fuera de los ya conocidos o aquellos que empiezan por al- y que enseguida nos hacen sospechar de su origen no latino. Pero hay otros muchos términos que tienen una raíz árabe que saben disimular muy bien.
Los gitanos en el Sacromonte de Granada, dice la Wikipedia, bailan zambras (zamr), esos bailes flamencos y sensuales que llegaron a estar prohibidos en nuestro país hace unas décadas y que el Diccionario define como la fiesta que usaban los moriscos con bulla, regocijo y baile. No es de extrañar que con tanto jolgorio se produjera algazara, ese ruido de muchas voces juntas que por lo común nace de la alegría y de la palabra árabe hispánica alḡazara (locuacidad), y esta a su vez del árabe clásico ḡazārah  (abundancia).
Guardamos en la alcoba (qubbah) nuestros secretos más íntimos, colgamos en la puerta del baño el albornoz (burnūs) y nos tumbamos obedientes en el diván (dīwān) de nuestro psicoanalista. Fijamos nuestro peinado con laca (lakk) y más de una pinta sus labios color carmesí (qarmazí) para salir a la calle a comerse el mundo.
Más rico o más obrero, todos hemos crecido en un barrio (barrī) y nos hemos perdido por los arrabales de la ciudad (rabaḍ) temerosos de encontrar en la oscuridad de un callejón a algún asesino (ḥaššāšīn). Curiosa palabra esta, asesino, que en árabe significaba «adicto al cáñamo indio» o lo que es lo mismo, al hachís (ḥašīš), eso que fumamos a escondidas para alegrarnos un poquito el alma. Los ḥaššāšīn cometían sus atroces crímenes puestísimos de ese estupefaciente .
Cuando tenemos hambre, nos hacemos una sopa de fideos (fidáwš), asamos berenjenas (bāḏinǧānah), cocemos zanahorias (safunnárya) o abrimos una lata de mejillones en escabeche (assukkabáǧ).  El pan que comían nuestros abuelos se cocía con mimo en las tahonas (aṭṭāḥūn[ah]). Cocinamos con el aceite (azzayt) que se produce en las almazaras (ma‘ṣarah). ¿Y qué hay del postre? Una raja de sandía (sindiyyah) o un sorbete (šarbah) de limón (laymūn). Si hemos bebido agua, la hemos servido en una jarra (ǧarrah). Y cuando nos encontramos mal, pedimos un jarabe (šarāb) que nos alivie el dolor.
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Viajando por la península hemos conocido el Guadalquivir (al-wādi al-kabīr, ‘el río grande’),  Guadalajara (wād al-ḥaŷarah,’ río de piedras’), varias Alcalá (al-qal’at, ‘castillo’), Calatayud (qal’at Ayyub, ‘Castillo de Ayyub’), Albacete (al-basīṭ, ‘el llano’,’ la llanura’), Gibraltar (Ẏabal Tāriq, monte de Tariq) y Madrid (Mayrit, ‘tierra rica en agua’).
¡Quién no conoce a Fulano (fulān)! O a Almanzor, que perdió el tambor (ṭabbūl) en Calatañazor (Qal`at an-Nusur, ‘Castillo de las Águilas’). ¡Cuántos machitos no han soñado con tener su propio harén (ḥarīm)!
Nuestras casas tienen tabiques (tašbīk), paseamos por ramblas (ramlah), aquellos arenales originarios a los que se refería el término árabe del que provienen. Ya no usamos norias (nā‘ūrah) para sacar agua de las acequias (sāqiyah) ni nuestros peines son de nácar (náqra), ni nos embadurnamos de talco (ṭalq) al salir de la ducha, pero aún vemos nenúfares (naylūfar) en los estanques, si alguien se pone pesado nos da la matraca (miṭraqah) y a más de uno nos gustaría encerrarle en la oscura mazmorra (maṭmūrah) de algún ruinoso castillo. ¡Ojalá (law šá lláh, si Dios quiere) acaben por siempre las guerras y la violencia con la que se ejecuta a inocentes de un disparo en la nuca (nuẖā)!
Podríamos seguir así mucho más tiempo. Basta dar un paseo por el Diccionario para comprobar cuánto conservamos aún de aquellos árabes que llegaron a la península para quedarse unos cuantos siglos. ¿Qué hubiera sido de nuestro idioma si su paso por España no hubiera durado tanto?

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