21 de marzo 2018    /   IDEAS
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Una cosa diminuta en el interior de un arenque hizo que Ámsterdam fuera la ciudad más liberal del mundo

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Cada vez que viajamos a Ámsterdam nos maravillamos de que la gente cruce a toda velocidad en bicicleta, sin casco, sin apenas señales de tráfico; un caos que, sin embargo, parece funcionar razonablemente bien. También nos sorprenden los coffee shops, donde los ciudadanos pueden consumir marihuana. Las prostitutas posando en escaparates. El hecho de que la eutanasia esté autorizada. O que no te condenen si blasfemas.

Ámsterdam es, aún hoy, el epítome de la libertad y el progresismo, si bien en su época durada (allá por el siglo XVII) era el centro del mundo en muchos sentidos, tanto en lo social como en lo económico. Explicar en pocas palabras cómo una pequeña ciudad fundada precariamente sobre ciénagas y pantanos, constantemente amenazada por inundaciones, llegó a ser lo que es hoy no es fácil. Son muchas las causas, conectadas unas con otras como en un inextricable mecano. Pero si hemos de seleccionar una, quizá la menos conocida, entonces debemos fijarnos en la base de la dieta de la región: el arenque.

El secreto que albergaba el arenque

La gastronomía holandesa, digámoslo ya, es aburrida y monocroma hasta el hartazgo. Durante siglos, de hecho, la base de la pirámide nutricional la constituía un pez rico en grasas que conocemos con el nombre de arenque. Este tipo de pesca era la que alimentaba muchas tierras del norte de Europa, y los holandeses no eran ni mejores ni peores en esa actividad. Sin embargo, estos hallaron por casualidad algo en las entrañas de los arenques. Algo que cambiaría para siempre el futuro de la nación.

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Estaban a principios del siglo XV. Y el hallazgo era una especie de apéndice conocido como ciego pilórico que se encontraba en el estómago del arenque. Este apéndice alberga enzimas digestivas que, al sumergirse en salmuera junto al páncreas tras eviscerar el pez, permitía que se conservara en buen estado por mucho más tiempo. Parece un descubrimiento baladí, pero hemos de tener en cuenta de que en esta época no existían frigoríficos ni sistemas eficaces de conservación, lo que no permitía almacenar demasiada comida sin que ésta se pudriera. Este apéndice, sin embargo, permitió ampliar los horizontes del país, como explica Russell Shorto en su libro Ámsterdam:

Este descubrimiento les dio a los pescadores holandeses, al menos en teoría, la capacidad de alejarse de las costas y adentrarse en las aguas profundas, heladas e impetuosas del mar del Norte. En medio de ese mar estaba ubicado en Banco Dogger, una región amplia y relativamente poco profunda que contenía el equivalente a una mina de oro, pues estaba repleta de cardúmenes de arenques, con sus cuerpos plateados y carnosos.

Esta forma de conservación no solo permitía ir a buscar arenques a lugares más remotos, sino también permitía que estos tuvieran mejor sabor. ¿Ya está? ¿Todo es tan simple? ¿Un país desarrolla una industria de exportación de arenques por media Europa y se hace rica y próspera, amén de liberal? Ni mucho menos. Ese apéndice lleno de enzimas digestivas iba a ser la primera pieza de una larga hilera. Al poder ir a buscar comida a lugares más remotos, eso también fue un poderoso incentivo para desarrollar embarcaciones más sofisticadas. Por ejemplo, en 1416, los astilleros del pueblo de Hoorn, al norte de Ámsterdam, construyeron un barco de quilla larga y robusta y de interior cavernoso. Además, en el propio barco se instalaron modificaciones para poder eviscerar y salar los arenques.

Había nacido el barco arenquero, una suerte de factoría flotante, que permitía a las los neerlandeses permanecer en altamar durante cinco semanas o más pescando, procesando pescados y pescando de nuevo. Acapararon así el mercado del arenque, despachando toneladas a países como Francia, Alemania, Polonia y Rusia. A medida que se iban llenando las arcas de la provincia de Holanda con más y más dinero, se establecieron mejores regulaciones que permitían la cooperación entre todos no solo administrar las cargas de los barcos, sino para mejorar las instalaciones del puerto y hasta enviar barcos de guerra a fin de proteger las flotas pesqueras. En su punto culmen, los pescadores de la provincia capturaban unos 200 millones de arenques al año.

amsterdam-3158853_960_720

Toda esta de eclosión de comercio internacional implementó también un poderoso cariz psicológico: aprender a respetar (o pasar por alto) las costumbres y creencias de los extranjeros. El puerto de Ámsterdam, así, se fue convirtiendo en un nodo donde convergían ideas llegadas de todos los lugares, como sigue Shorto:

A su vez, los comerciantes de la ciudad se convertían en expertos en comercio internacional: pagaban un buen precio por todos los datos sobre los acontecimientos lejanos que pudieran generarles un rédito económico y adaptaban la carga de sus embarcaciones en función de ellos. Cuando el sur de Europa sufría una mala cosecha, por ejemplo, las embarcaciones de Ámsterdam regresaban del puerto báltico de Danzig, donde habían llevado arenque, cargadas de trigo y centeno, de modo que luego las flotas neerlandesas pudieran suministrar grano proveniente de Polonia a las mesas de España e Italia. Asimismo, estas embarcaciones transportaban vino de Francia al Báltico y traían cerveza de Alemania para su consumo en los Países Bajos.

Silicon Valley de arenques

El secreto de la innovación consiste en permitir que las ideas fluyan sin freno y que la colaboración se establezca sin fronteras geográficas, políticas, ideológicas y hasta étnicas. Así es como funcionan las dinamos de innovación como Silicon Valley, en California. Y así es como empezó a operar el puerto de Ámsterdam. La suma del dinero (industria) y el respeto de las ideas por muy estrafalarias que fueran (en aras de convivir y cooperar con los extranjeros) permitió llevar a cabo innovaciones inimaginables, pero también que muchos pensadores de países con las libertadas coartadas empezaran a desplazarse a aquella babilonia de culturas.

Este nodo multicultural creció exponencialmente cuando la nación empezó a dirigir viajes a las Indias Orientales a fin de traer especias y otros productos de lujo inéditos en Occidente. La tecnología de los barcos y la idiosincrasia holandesa permitieron que estos viajes fueran los más lucrativos, amén de que más tarde podían recalar en el puerto mejor acondicionado, abastecido e interconectado del mundo. Un puerto tan semejante a Silicon Valley también atrajo la codicia de otros comerciantes que instalaron allí sus industrias y negocios para abastecer las necesidades de las innumerables personas que estaba por allí de paso.

Y como el pez que se muerde la cola, eso trajo aparejado más cooperación y altruismo, mayor cohesión social, menos racismo y xenofobia. Pero había dos cosas más. Dos factores que diferenciaban todavía más a Ámsterdam del resto de puertos populosos: la religión y las tierras cenagosas.

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Empecemos con la tierra. El feudalismo era la estructura jerárquica vertical de las sociedades medievales de Europa, en virtud de la cual el señor feudal controlaba sus tierras y a los campesinos que las trabajaban a cambio de una renta. Sin embargo, en las provincias que conformaban los Países Bajos nunca se llegó a instaurar el sistema feudal porque allí no había tierras, sino un lugar legamoso que no tardaría en ser devorado por el mar. ¿Quién querría controlar un sitio así? ¿Sauron?

Además, muchas de las tierras habían sido ganadas al mar gracias a los propios neerlandeses, así que eran tierras nuevas, sin dueño, como si una isla hubiera emergido de la nada. Tal y como resume un dicho holandés: «Dios creó la Tierra, pero los holandeses crearon Holanda». De este modo, a principios del siglo XVI, apenas el 5% de las tierras de la provincia de Holanda eran propiedad de los nobles.

Esta dinámica inédita en la que los habitantes eran más independientes y no servían a nadie, donde la jerarquía no era tan inflexible, seguramente propició una cultura mucho más abierta donde las personas, con esfuerzo y tesón, podían prosperar y ser dueños de su destino. Entre los sumergidos en el feudalismo, sin embargo, había una idea que sobrevolaba sobre cualquier otra: que nacías como Dios había determinado, y que ya disfrutarías de una vida mejor tras la muerte.

Fuera religión

Y todo esto propició el segundo factor que hace del populoso puerto de Ámsterdam un lugar especial. Dios no estaba allí. Al menos, no es forma de oscura burocracia del Sacro Imperio Romano. Durante el Feudalismo, el señor feudal estaba a su vez sujeto a la autoridad feudal de otro señor con mayor jerarquía: la Iglesia.

No obstante, Holanda tuvo la fortuna de convertirse al protestantismo, esto es, que la esencia del cristianismo no residía en la Iglesia Católica, que el poder del Vaticano era más terreno que divino, que el Papa no era alguien a quien obedecer, que es solo el individuo, en sus estudio de las Sagradas Escrituras, el que debía cultivar su cristianismo, sin fiarse de lo que dijera el cura del lugar (lo que a su vez obligaba al individuo a aprender a leer, aunque solo fuera para leer la Biblia).

water-2846406_960_720

Holanda, abierta a las ideas nuevas, acostumbrada a lidiar con otras ideologías y pareceres, ajena a los señores feudales, pues, propició el nacimiento de personas como Erasmo de Rotterdam, el que finalmente convertirían a los neerlandeses en verdaderamente independientes no solo de la religión institucionalizada. Eso explica en gran parte la rapidez con la que el pueblo se adhirió a la Reforma Protestante.

Así es como nacería, también la típica tolerancia de esta sociedad, que siglos más tarde derivaría en el vocablo gedogen (soportar o mirar a otro lado respecto a determinadas actividades ilegales por pragmatismo, por convivencia). Este ambiente atrajo, a su vez, a personas de todo el mundo que llevaban un estilo de vida alternativo, llenando de ideas todavía más heterodoxas el país:

En los años posteriores al manifiesto de Lutero, cuando se reinventaba espontáneamente el cristianismo en toda Europa, Ámsterdam era un imán para las sectas que condenaban las imágenes sagradas en todas sus formas, las que se oponían a la guerra bajo cualquier circunstancia (y defendían a muerte esa idea), las que desafiaban a todo tipo de organización eclesiástica y las que pregonaban que el corazón humano gozaba de supremacía sobre las Sagradas Escrituras. Muchas de estas sectas cayeron bajo el peso de su propio exotismo o fueron aplastadas por la Inquisición, pero durante un tiempo prosperaron, y Ámsterdam funcionó como centro de experimentación contracultural, al estilo del siglo XVI.

O como añade el psicólogo cognitivo de Harvard Steven Pinker en Los ángeles que llevamos dentro:

Allí tenían cabida católicos, anabaptistas, protestantes de diversas confesiones y judíos cuyos antepasados habían sido expulsados de Portugal. Albergaba numerosas editoriales con una actividad dinámica y eficiente al imprimir libros polémicos y exportarlos a países donde habían sido prohibidos. Un amsterdanés, Spinoza, sometió la Biblia a un análisis literario y elaboró una teoría que no dejaba margen para un Dios animado. En 1656 fue excomulgado por su comunidad judía, cuyos miembros, con el recuerdo de la Inquisición todavía fresco, tenían miedo de causar problemas entre los cristianos de alrededor. Para Spinoza no fue ninguna tragedia, como habría podido serlo si hubiera vivido en un pueblo aislado, pues simplemente se mudó a otro barrio y de ahí a otra ciudad holandesa tolerante, Leiden. En ambos sitios fue bien recibido en la comunidad de escritores, pensadores y artistas.

Estos fueron, pues, los mimbres iniciales del ascenso de Ámsterdam de pequeña ciudad portuaria en un rincón distante de Europa a ser el epicentro del liberalismo y uno de los centros de poder más influyentes del mundo: un descubrimiento casual en las entrañas de los arenques + unas tierras ganadas al mar y por tanto ajenas al feudalismo + una independencia del individuo alfabetizado y dueño de su destino que combatir a la Iglesia + la apertura de miras a una miríada de nuevas ideas heteróclitas que entraban y salían a través de uno de los puertos más modernos del mundo, mientras todos, en aras de seguir comerciando, se encogían de hombros, gedogen.

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Ámsterdam es, aún hoy, el epítome de la libertad y el progresismo, si bien en su época durada (allá por el siglo XVII) era el centro del mundo en muchos sentidos, tanto en lo social como en lo económico. Explicar en pocas palabras cómo una pequeña ciudad fundada precariamente sobre ciénagas y pantanos, constantemente amenazada por inundaciones, llegó a ser lo que es hoy no es fácil. Son muchas las causas, conectadas unas con otras como en un inextricable mecano. Pero si hemos de seleccionar una, quizá la menos conocida, entonces debemos fijarnos en la base de la dieta de la región: el arenque.

El secreto que albergaba el arenque

La gastronomía holandesa, digámoslo ya, es aburrida y monocroma hasta el hartazgo. Durante siglos, de hecho, la base de la pirámide nutricional la constituía un pez rico en grasas que conocemos con el nombre de arenque. Este tipo de pesca era la que alimentaba muchas tierras del norte de Europa, y los holandeses no eran ni mejores ni peores en esa actividad. Sin embargo, estos hallaron por casualidad algo en las entrañas de los arenques. Algo que cambiaría para siempre el futuro de la nación.

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Estaban a principios del siglo XV. Y el hallazgo era una especie de apéndice conocido como ciego pilórico que se encontraba en el estómago del arenque. Este apéndice alberga enzimas digestivas que, al sumergirse en salmuera junto al páncreas tras eviscerar el pez, permitía que se conservara en buen estado por mucho más tiempo. Parece un descubrimiento baladí, pero hemos de tener en cuenta de que en esta época no existían frigoríficos ni sistemas eficaces de conservación, lo que no permitía almacenar demasiada comida sin que ésta se pudriera. Este apéndice, sin embargo, permitió ampliar los horizontes del país, como explica Russell Shorto en su libro Ámsterdam:

Este descubrimiento les dio a los pescadores holandeses, al menos en teoría, la capacidad de alejarse de las costas y adentrarse en las aguas profundas, heladas e impetuosas del mar del Norte. En medio de ese mar estaba ubicado en Banco Dogger, una región amplia y relativamente poco profunda que contenía el equivalente a una mina de oro, pues estaba repleta de cardúmenes de arenques, con sus cuerpos plateados y carnosos.

Esta forma de conservación no solo permitía ir a buscar arenques a lugares más remotos, sino también permitía que estos tuvieran mejor sabor. ¿Ya está? ¿Todo es tan simple? ¿Un país desarrolla una industria de exportación de arenques por media Europa y se hace rica y próspera, amén de liberal? Ni mucho menos. Ese apéndice lleno de enzimas digestivas iba a ser la primera pieza de una larga hilera. Al poder ir a buscar comida a lugares más remotos, eso también fue un poderoso incentivo para desarrollar embarcaciones más sofisticadas. Por ejemplo, en 1416, los astilleros del pueblo de Hoorn, al norte de Ámsterdam, construyeron un barco de quilla larga y robusta y de interior cavernoso. Además, en el propio barco se instalaron modificaciones para poder eviscerar y salar los arenques.

Había nacido el barco arenquero, una suerte de factoría flotante, que permitía a las los neerlandeses permanecer en altamar durante cinco semanas o más pescando, procesando pescados y pescando de nuevo. Acapararon así el mercado del arenque, despachando toneladas a países como Francia, Alemania, Polonia y Rusia. A medida que se iban llenando las arcas de la provincia de Holanda con más y más dinero, se establecieron mejores regulaciones que permitían la cooperación entre todos no solo administrar las cargas de los barcos, sino para mejorar las instalaciones del puerto y hasta enviar barcos de guerra a fin de proteger las flotas pesqueras. En su punto culmen, los pescadores de la provincia capturaban unos 200 millones de arenques al año.

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Toda esta de eclosión de comercio internacional implementó también un poderoso cariz psicológico: aprender a respetar (o pasar por alto) las costumbres y creencias de los extranjeros. El puerto de Ámsterdam, así, se fue convirtiendo en un nodo donde convergían ideas llegadas de todos los lugares, como sigue Shorto:

A su vez, los comerciantes de la ciudad se convertían en expertos en comercio internacional: pagaban un buen precio por todos los datos sobre los acontecimientos lejanos que pudieran generarles un rédito económico y adaptaban la carga de sus embarcaciones en función de ellos. Cuando el sur de Europa sufría una mala cosecha, por ejemplo, las embarcaciones de Ámsterdam regresaban del puerto báltico de Danzig, donde habían llevado arenque, cargadas de trigo y centeno, de modo que luego las flotas neerlandesas pudieran suministrar grano proveniente de Polonia a las mesas de España e Italia. Asimismo, estas embarcaciones transportaban vino de Francia al Báltico y traían cerveza de Alemania para su consumo en los Países Bajos.

Silicon Valley de arenques

El secreto de la innovación consiste en permitir que las ideas fluyan sin freno y que la colaboración se establezca sin fronteras geográficas, políticas, ideológicas y hasta étnicas. Así es como funcionan las dinamos de innovación como Silicon Valley, en California. Y así es como empezó a operar el puerto de Ámsterdam. La suma del dinero (industria) y el respeto de las ideas por muy estrafalarias que fueran (en aras de convivir y cooperar con los extranjeros) permitió llevar a cabo innovaciones inimaginables, pero también que muchos pensadores de países con las libertadas coartadas empezaran a desplazarse a aquella babilonia de culturas.

Este nodo multicultural creció exponencialmente cuando la nación empezó a dirigir viajes a las Indias Orientales a fin de traer especias y otros productos de lujo inéditos en Occidente. La tecnología de los barcos y la idiosincrasia holandesa permitieron que estos viajes fueran los más lucrativos, amén de que más tarde podían recalar en el puerto mejor acondicionado, abastecido e interconectado del mundo. Un puerto tan semejante a Silicon Valley también atrajo la codicia de otros comerciantes que instalaron allí sus industrias y negocios para abastecer las necesidades de las innumerables personas que estaba por allí de paso.

Y como el pez que se muerde la cola, eso trajo aparejado más cooperación y altruismo, mayor cohesión social, menos racismo y xenofobia. Pero había dos cosas más. Dos factores que diferenciaban todavía más a Ámsterdam del resto de puertos populosos: la religión y las tierras cenagosas.

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Empecemos con la tierra. El feudalismo era la estructura jerárquica vertical de las sociedades medievales de Europa, en virtud de la cual el señor feudal controlaba sus tierras y a los campesinos que las trabajaban a cambio de una renta. Sin embargo, en las provincias que conformaban los Países Bajos nunca se llegó a instaurar el sistema feudal porque allí no había tierras, sino un lugar legamoso que no tardaría en ser devorado por el mar. ¿Quién querría controlar un sitio así? ¿Sauron?

Además, muchas de las tierras habían sido ganadas al mar gracias a los propios neerlandeses, así que eran tierras nuevas, sin dueño, como si una isla hubiera emergido de la nada. Tal y como resume un dicho holandés: «Dios creó la Tierra, pero los holandeses crearon Holanda». De este modo, a principios del siglo XVI, apenas el 5% de las tierras de la provincia de Holanda eran propiedad de los nobles.

Esta dinámica inédita en la que los habitantes eran más independientes y no servían a nadie, donde la jerarquía no era tan inflexible, seguramente propició una cultura mucho más abierta donde las personas, con esfuerzo y tesón, podían prosperar y ser dueños de su destino. Entre los sumergidos en el feudalismo, sin embargo, había una idea que sobrevolaba sobre cualquier otra: que nacías como Dios había determinado, y que ya disfrutarías de una vida mejor tras la muerte.

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Y todo esto propició el segundo factor que hace del populoso puerto de Ámsterdam un lugar especial. Dios no estaba allí. Al menos, no es forma de oscura burocracia del Sacro Imperio Romano. Durante el Feudalismo, el señor feudal estaba a su vez sujeto a la autoridad feudal de otro señor con mayor jerarquía: la Iglesia.

No obstante, Holanda tuvo la fortuna de convertirse al protestantismo, esto es, que la esencia del cristianismo no residía en la Iglesia Católica, que el poder del Vaticano era más terreno que divino, que el Papa no era alguien a quien obedecer, que es solo el individuo, en sus estudio de las Sagradas Escrituras, el que debía cultivar su cristianismo, sin fiarse de lo que dijera el cura del lugar (lo que a su vez obligaba al individuo a aprender a leer, aunque solo fuera para leer la Biblia).

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Holanda, abierta a las ideas nuevas, acostumbrada a lidiar con otras ideologías y pareceres, ajena a los señores feudales, pues, propició el nacimiento de personas como Erasmo de Rotterdam, el que finalmente convertirían a los neerlandeses en verdaderamente independientes no solo de la religión institucionalizada. Eso explica en gran parte la rapidez con la que el pueblo se adhirió a la Reforma Protestante.

Así es como nacería, también la típica tolerancia de esta sociedad, que siglos más tarde derivaría en el vocablo gedogen (soportar o mirar a otro lado respecto a determinadas actividades ilegales por pragmatismo, por convivencia). Este ambiente atrajo, a su vez, a personas de todo el mundo que llevaban un estilo de vida alternativo, llenando de ideas todavía más heterodoxas el país:

En los años posteriores al manifiesto de Lutero, cuando se reinventaba espontáneamente el cristianismo en toda Europa, Ámsterdam era un imán para las sectas que condenaban las imágenes sagradas en todas sus formas, las que se oponían a la guerra bajo cualquier circunstancia (y defendían a muerte esa idea), las que desafiaban a todo tipo de organización eclesiástica y las que pregonaban que el corazón humano gozaba de supremacía sobre las Sagradas Escrituras. Muchas de estas sectas cayeron bajo el peso de su propio exotismo o fueron aplastadas por la Inquisición, pero durante un tiempo prosperaron, y Ámsterdam funcionó como centro de experimentación contracultural, al estilo del siglo XVI.

O como añade el psicólogo cognitivo de Harvard Steven Pinker en Los ángeles que llevamos dentro:

Allí tenían cabida católicos, anabaptistas, protestantes de diversas confesiones y judíos cuyos antepasados habían sido expulsados de Portugal. Albergaba numerosas editoriales con una actividad dinámica y eficiente al imprimir libros polémicos y exportarlos a países donde habían sido prohibidos. Un amsterdanés, Spinoza, sometió la Biblia a un análisis literario y elaboró una teoría que no dejaba margen para un Dios animado. En 1656 fue excomulgado por su comunidad judía, cuyos miembros, con el recuerdo de la Inquisición todavía fresco, tenían miedo de causar problemas entre los cristianos de alrededor. Para Spinoza no fue ninguna tragedia, como habría podido serlo si hubiera vivido en un pueblo aislado, pues simplemente se mudó a otro barrio y de ahí a otra ciudad holandesa tolerante, Leiden. En ambos sitios fue bien recibido en la comunidad de escritores, pensadores y artistas.

Estos fueron, pues, los mimbres iniciales del ascenso de Ámsterdam de pequeña ciudad portuaria en un rincón distante de Europa a ser el epicentro del liberalismo y uno de los centros de poder más influyentes del mundo: un descubrimiento casual en las entrañas de los arenques + unas tierras ganadas al mar y por tanto ajenas al feudalismo + una independencia del individuo alfabetizado y dueño de su destino que combatir a la Iglesia + la apertura de miras a una miríada de nuevas ideas heteróclitas que entraban y salían a través de uno de los puertos más modernos del mundo, mientras todos, en aras de seguir comerciando, se encogían de hombros, gedogen.

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  • Buen artículo. Toca los puntos más importantes que explican la tradicional tolerancia holandesa. Hay solo un matiz que discutiría; la afirmación de que solo un 5% de las tierras estaban en manos de nobles.
    Supongo que el autor sabrá la diferencia entre Holanda y Países Bajos. En Holanda en sí el conde de Holanda fue durante la Edad Media el dueño y señor de esas tierras y nobleza local también tenía tierras. No tengo datos pero lo supongo porque la tierra ha sido siempre su principal fuente de riqueza. Eso sí, las relaciones de poder entre nobleza y ciudades era diferente a la de otro lugares con mayor presencia feudal. Aquí la incipiente burguesía tuvo más dinero y pudo defender mejor sus intereses. En cuanto al campo la nobleza concedió algunos derechos a los campesinos que se atrevieron a adecentar tierras pantanosas, pero eso no los hizo propietarios. He estudiado historia de Holanda y nunca me he encontrado con un tema de campesionado propietario. De todas formas lo dicho, buen artículo.

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