fbpx
4 de abril 2018    /   CREATIVIDAD
por
 

Objetos artísticos hechos con pelos de personas

4 de abril 2018    /   CREATIVIDAD     por          
Compártelo twitter facebook whatsapp
thumb image

Si se contemplan desde lejos, parecen bordados primorosos realizados con paciencia y meticulosidad con delicados hilos de seda. Flores de lis, coronas que rodean retratos familiares, cadenas trenzadas… Solo al acercarte y observar de cerca esas filigranas, te darás cuenta de que no son hilos ni es seda: es pelo humano.

En la época victoriana, hombres y mujeres se intercambiaban mechones de pelo como muestra de amistad y cariño igual que hoy se dedican fotos y comparten selfis. La fotografía no era un arte al alcance de cualquiera, pero una buena melena sí era algo habitual en la sociedad del siglo XIX. Y pocas cosas hay más íntimas y personales que el cabello.

From the collection of John Whitenight and Frederick LaValley. Image courtesy John Whitenight and Frederick LaValley. Photograph by Alan Kolc.
From the collection of John Whitenight and Frederick LaValley. Image courtesy John Whitenight and Frederick LaValley. Photograph by Alan Kolc.

Alrededor del pelo se creó una especie de culto que hizo proliferar el arte realizado con cabello. Igual servía para recordar a la persona amada y ausente que al difunto. «En gran medida se consideraba como una forma de retrato», explica Emily Snedden Yates, special project manager en The College of Physicians de Filadelfia (EEUU).

«Algunos se crearon a partir del cabello de un difunto como señal de luto y se convertían en recuerdos muy queridos. Otros se creaban con el pelo de alguien vivo para trazar un árbol genealógico o para ser intercambiados como muestra de amistad».

Aunque no es un arte que naciera en el siglo XIX, sí fue en esta época cuando tuvo su mayor esplendor. Principalmente en Francia, Estados Unidos y Reino Unido. «Esta era de recuerdo sentimental estuvo principalmente influida por dos acontecimientos históricos que ocurrieron simultáneamente en dos continentes distintos», explica Snedden Yates.

En Gran Bretaña, la muerte producida por unas fiebres tifoideas del esposo de la reina Victoria, el príncipe Alberto, sumió a la monarca en un estado de luto que duraría todo su largo reinado y que contagió a sus súbditos. En Estados Unidos, por otro lado, la Guerra Civil (1861-1865) afectó a millones de personas causando bajas que supusieron un 3,7% de la población.

«Estos eventos devastadores empaparon los Estados Unidos y al Reino Unido con una conciencia aguda de la muerte y la pérdida, y una aguda apreciación por la brevedad de la vida», continúa explicando Snedden Yates. «El sentimentalismo sobre la mortalidad se convirtió en una obsesión. Los avances tecnológicos, como la fotografía y los nuevos procesos de fabricación de la revolución industrial, también alentaron que la práctica del arte capilar fuera ampliamente difundida».

From the collection of Pamela Moschini. Image courtesy of The College of Physicians of Philadelphia. Photograph by Evi Numen.
From the collection of Pamela Moschini. Image courtesy of The College of Physicians of Philadelphia. Photograph by Evi Numen.

Estos trabajos artesanales eran realizados principalmente por mujeres. Ellas hicieron la mayoría de las muestras que se conservan como una actividad doméstica más, al igual que la costura o la música. Pero también hubo profesionales que se dedicaron a crear estas pequeñas obras de arte como forma de ganarse la vida, la mayoría de ellos hombres.

A diferencia de otros materiales naturales, el cabello no se descompone con el paso del tiempo. El pelo humano tiene unas cualidades químicas que permiten su conservación durante cientos o incluso puede que miles de años. Por otro lado, el hecho de que las pelucas que tanto furor causaron en los nobles de los siglos XVII y XVIII pasaran de moda, provocó que no pocos peluqueros y artistas del cabello perdieran su trabajo.

Esta vena sentimental y romántica del XIX les ofreció una nueva oportunidad de volver a ganarse el pan con la herramienta que tan bien sabían manejar: el cabello. De ahí que las primeras joyas de este tipo estuvieran hechas para las clases más altas ya que incluían además elementos decorativos lujosos como perlas o piedras preciosas. Pero poco a poco esta artesanía capilar fue democratizándose cada vez más hasta pasar a ser un trabajo común dentro de la rutina femenina.

From the collection of Evan Michelson. Image courtesy of The College of Physicians of Philadelphia. Photograph by Evi Numen.
From the collection of Evan Michelson. Image courtesy of The College of Physicians of Philadelphia. Photograph by Evi Numen.

A esta popularización contribuyó en gran medida la aparición de manuales y guías que enseñaban a realizar este tipo de diseños. Publicaciones que enseñaban a tejer los cabellos de los seres queridos siguiendo los patrones que se les ofrecían, como hoy se aprende en tutoriales en YouTube. Algunos títulos publicados en América fueron Self-Instructor in the Art of Hair Work, Dressing Hair, Making Curls, Switches, Braids, and Hair Jewelry of Every Description, de Mark Campbell, (1867); Ladies Fancywork: Hints and Helps to Home Taste and Recreations, por Mrs. C.S. Jones y Henry T. Williams (1877) o la revista Godey’s Lady’s Book.

Las creaciones europeas y las americanas mostraban algunas diferencias. Las coronas y guirnaldas eran más comunes en Estados Unidos, mientras que el cabello francés del siglo XIX, explica Snedden Yates, muestran a menudo marcos ovales y cabellos negros pensados como muestras de luto. Una gran variedad de estas joyas capilares se muestra en la exposición Woven Strands: The Art of Human Hair Work, organizada por el Mütter Museum del College of Physicians de Filadelfia y el Morbid Anatomy Museum de Nueva York.

From the collection of Eden Daniels. Image courtesy of The College of Physicians of Philadelphia. Photograph by Evi Numen.
From the collection of Eden Daniels. Image courtesy of The College of Physicians of Philadelphia. Photograph by Evi Numen.

No es el arte más conocido quizá por que estas creaciones estaban destinadas a lucirse en la intimidad de los hogares. Sin embargo, son muchas las que se conservan aunque todavía se las considera como un raro ejemplo de labor. «Como una forma de arte muy personal, históricamente, el arte capilar se hizo en el hogar para exhibirlo en el hogar, que es parte de la razón por la cual no se ha difundido tan rápido como otras artes de salón», confirma la special project manager del College of Physicians.

From the collection of Jennifer Berman. Image courtesy of The College of Physicians of Philadelphia. Photograph by Evi Numen
From the collection of Jennifer Berman. Image courtesy of The College of Physicians of Philadelphia. Photograph by Evi Numen

«Posiblemente se ha pasado por alto este tipo de material porque es parte del cuerpo humano». Y porque por muy íntimo y cariñoso que pudiera ser para la sociedad victoriana, hoy da un poco de repelús contemplarlo.

Si se contemplan desde lejos, parecen bordados primorosos realizados con paciencia y meticulosidad con delicados hilos de seda. Flores de lis, coronas que rodean retratos familiares, cadenas trenzadas… Solo al acercarte y observar de cerca esas filigranas, te darás cuenta de que no son hilos ni es seda: es pelo humano.

En la época victoriana, hombres y mujeres se intercambiaban mechones de pelo como muestra de amistad y cariño igual que hoy se dedican fotos y comparten selfis. La fotografía no era un arte al alcance de cualquiera, pero una buena melena sí era algo habitual en la sociedad del siglo XIX. Y pocas cosas hay más íntimas y personales que el cabello.

From the collection of John Whitenight and Frederick LaValley. Image courtesy John Whitenight and Frederick LaValley. Photograph by Alan Kolc.
From the collection of John Whitenight and Frederick LaValley. Image courtesy John Whitenight and Frederick LaValley. Photograph by Alan Kolc.

Alrededor del pelo se creó una especie de culto que hizo proliferar el arte realizado con cabello. Igual servía para recordar a la persona amada y ausente que al difunto. «En gran medida se consideraba como una forma de retrato», explica Emily Snedden Yates, special project manager en The College of Physicians de Filadelfia (EEUU).

«Algunos se crearon a partir del cabello de un difunto como señal de luto y se convertían en recuerdos muy queridos. Otros se creaban con el pelo de alguien vivo para trazar un árbol genealógico o para ser intercambiados como muestra de amistad».

Aunque no es un arte que naciera en el siglo XIX, sí fue en esta época cuando tuvo su mayor esplendor. Principalmente en Francia, Estados Unidos y Reino Unido. «Esta era de recuerdo sentimental estuvo principalmente influida por dos acontecimientos históricos que ocurrieron simultáneamente en dos continentes distintos», explica Snedden Yates.

En Gran Bretaña, la muerte producida por unas fiebres tifoideas del esposo de la reina Victoria, el príncipe Alberto, sumió a la monarca en un estado de luto que duraría todo su largo reinado y que contagió a sus súbditos. En Estados Unidos, por otro lado, la Guerra Civil (1861-1865) afectó a millones de personas causando bajas que supusieron un 3,7% de la población.

«Estos eventos devastadores empaparon los Estados Unidos y al Reino Unido con una conciencia aguda de la muerte y la pérdida, y una aguda apreciación por la brevedad de la vida», continúa explicando Snedden Yates. «El sentimentalismo sobre la mortalidad se convirtió en una obsesión. Los avances tecnológicos, como la fotografía y los nuevos procesos de fabricación de la revolución industrial, también alentaron que la práctica del arte capilar fuera ampliamente difundida».

From the collection of Pamela Moschini. Image courtesy of The College of Physicians of Philadelphia. Photograph by Evi Numen.
From the collection of Pamela Moschini. Image courtesy of The College of Physicians of Philadelphia. Photograph by Evi Numen.

Estos trabajos artesanales eran realizados principalmente por mujeres. Ellas hicieron la mayoría de las muestras que se conservan como una actividad doméstica más, al igual que la costura o la música. Pero también hubo profesionales que se dedicaron a crear estas pequeñas obras de arte como forma de ganarse la vida, la mayoría de ellos hombres.

A diferencia de otros materiales naturales, el cabello no se descompone con el paso del tiempo. El pelo humano tiene unas cualidades químicas que permiten su conservación durante cientos o incluso puede que miles de años. Por otro lado, el hecho de que las pelucas que tanto furor causaron en los nobles de los siglos XVII y XVIII pasaran de moda, provocó que no pocos peluqueros y artistas del cabello perdieran su trabajo.

Esta vena sentimental y romántica del XIX les ofreció una nueva oportunidad de volver a ganarse el pan con la herramienta que tan bien sabían manejar: el cabello. De ahí que las primeras joyas de este tipo estuvieran hechas para las clases más altas ya que incluían además elementos decorativos lujosos como perlas o piedras preciosas. Pero poco a poco esta artesanía capilar fue democratizándose cada vez más hasta pasar a ser un trabajo común dentro de la rutina femenina.

From the collection of Evan Michelson. Image courtesy of The College of Physicians of Philadelphia. Photograph by Evi Numen.
From the collection of Evan Michelson. Image courtesy of The College of Physicians of Philadelphia. Photograph by Evi Numen.

A esta popularización contribuyó en gran medida la aparición de manuales y guías que enseñaban a realizar este tipo de diseños. Publicaciones que enseñaban a tejer los cabellos de los seres queridos siguiendo los patrones que se les ofrecían, como hoy se aprende en tutoriales en YouTube. Algunos títulos publicados en América fueron Self-Instructor in the Art of Hair Work, Dressing Hair, Making Curls, Switches, Braids, and Hair Jewelry of Every Description, de Mark Campbell, (1867); Ladies Fancywork: Hints and Helps to Home Taste and Recreations, por Mrs. C.S. Jones y Henry T. Williams (1877) o la revista Godey’s Lady’s Book.

Las creaciones europeas y las americanas mostraban algunas diferencias. Las coronas y guirnaldas eran más comunes en Estados Unidos, mientras que el cabello francés del siglo XIX, explica Snedden Yates, muestran a menudo marcos ovales y cabellos negros pensados como muestras de luto. Una gran variedad de estas joyas capilares se muestra en la exposición Woven Strands: The Art of Human Hair Work, organizada por el Mütter Museum del College of Physicians de Filadelfia y el Morbid Anatomy Museum de Nueva York.

From the collection of Eden Daniels. Image courtesy of The College of Physicians of Philadelphia. Photograph by Evi Numen.
From the collection of Eden Daniels. Image courtesy of The College of Physicians of Philadelphia. Photograph by Evi Numen.

No es el arte más conocido quizá por que estas creaciones estaban destinadas a lucirse en la intimidad de los hogares. Sin embargo, son muchas las que se conservan aunque todavía se las considera como un raro ejemplo de labor. «Como una forma de arte muy personal, históricamente, el arte capilar se hizo en el hogar para exhibirlo en el hogar, que es parte de la razón por la cual no se ha difundido tan rápido como otras artes de salón», confirma la special project manager del College of Physicians.

From the collection of Jennifer Berman. Image courtesy of The College of Physicians of Philadelphia. Photograph by Evi Numen
From the collection of Jennifer Berman. Image courtesy of The College of Physicians of Philadelphia. Photograph by Evi Numen

«Posiblemente se ha pasado por alto este tipo de material porque es parte del cuerpo humano». Y porque por muy íntimo y cariñoso que pudiera ser para la sociedad victoriana, hoy da un poco de repelús contemplarlo.

Compártelo twitter facebook whatsapp
Un encierro para encontrar la felicidad
Consejos de superhéroes para combatir a asesinos en serie
Jugar a la guerra para explicar la historia
Infografías en dólares para denunciar la desigualdad en EEUU
 
Especiales
 
facebook twitter whatsapp

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

El rollo legal de las cookies

La Ley 34/2002 nos obliga a avisarte de que usamos cookies propias y de terceros (ni de cuartos ni de quintos) con objetivos estadísticos y de sesión y para mostrarte la 'publi' que nos da de comer. Tenemos una política de cookies majísima y bla bla bla. Si continúas navegando, asumimos que aceptas y que todo guay. Si no te parece bien, huye y vuelve por donde has venido, que nadie te obliga a entrar aquí. Pincha este enlace para conocer los detalles. Tranquilo, este mensaje solo sale una vez. Esperamos.

ACEPTAR
Aviso de cookies