27 de julio 2017    /   CREATIVIDAD
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Las octogenarias que están revolucionando el mercado del arte

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Carmen Herrera es pintora. Nació en Cuba en 1915 y a mediados de los años 50 se trasladó a Nueva York. En la ciudad norteamericana comenzó a desarrollar una obra que discurre entre la abstracción y el minimalismo.

Después de décadas de trabajo, en 2003 Herrera vendió su primera obra. Hoy, con más de cien años, es una artista valorada por galeristas y coleccionistas estadounidenses.


Algo semejante sucedió con Carol Rama, pintora italiana contemporánea de Alberto Burri y Piero Manzoni. Aunque sus obras nunca fueron valoradas como las de sus colegas, desde que la Bienal de Arte de Venecia le concedió el León de Oro en 2003, sus cuadros son codiciadas piezas de coleccionista.

Los ejemplos de Herrera, Rama y otras artistas como Irma Blank, Etel Adnan o Geta Brătescu han provocado que críticos y galeristas detecten una nueva tendencia en el mundo del arte: la revalorización de la figura y la obra de mujeres artistas de edad avanzada.

Si bien es cierto que muchas de estas creadoras eran conocidas por un selecto grupo de expertos, ahora es cuando han llegado al gran público. Comisarios y directores de ferias de arte com Basel han comenzado a organizar exposiciones de sus obras, algunas de las cuales han sido vendidas en subasta a precios muy elevados.


¿La razón de este drástico giro en la vida de las artistas? Según la periodista Anna Louie Sussman, de artsy.net, el interés de los coleccionistas por mujeres artistas nacidas entre las décadas de 1910 a 1940 respondería a que aglutinan novedad y seguridad a partes iguales.

En otras palabras, cuando se concibe el mundo del arte en términos de rentabilidad, los autores jóvenes son mucho más impredecibles que artistas con décadas de trabajo a sus espaldas, aunque sean desconocidos.

Por otra parte, el mundo actual parece mostrarse más receptivo con creadoras, prescriptoras veteranas y personalidades como Iris Apfel, que lo mismo asiste a un desfile en París, que colabora con una revista internacional o participa en la campaña de publicidad de un utilitario.

Resuelta esa primera cuestión, aún queda otra aún más importante: ¿por qué no fueron reconocidas esas artistas en su momento? La respuesta es muy sencilla. El machismo del mundo del arte hizo que las obras de esas mujeres fueran valoradas por galeristas y comisarios hombres de forma diferente a las firmadas por sus compañeros hombres.

Por eso, museos de todo el mundo están intentando corregir esta anomalía adquiriendo obras de artistas con las que tapar los huecos existentes en sus colecciones.

Sin embargo, no todo el mundo está de acuerdo con esta nueva tendencia. Algunos incluso ven en ello un fin puramente mercantilista que nada tiene que ver con la calidad del arte. «Mostrar el trabajo de una anciana afroamericana olvidada es una forma muy sencilla de obtener notoriedad y atención hacia tu galería», declaraba la crítica de arte Marta Gnyp a Anna Louie Sussman.


De todos modos, muchos consideran que este tipo de movimientos destinados a promover la igualdad y desterrar el sexismo en el mundo del arte son positivos. Y aun así, también pueden dejar cierto amargor. Carol Rama, por ejemplo, vio como sus cuadros eran expuestos en el MACBA de Barcelona, del Museo de Arte Moderno de París y otros centros de arte de Irlanda, Finlandia e Italia. Pero ese éxito sobrevenido no evitó que falleciera en 2015 en una situación económica muy precaria que venía arrastrando desde hacía décadas.

Aunque otras artistas no pasen por las penurias de Roma, como sucede con Geta Brătescu, también viven esta fama con cierta tristeza porque, por su deteriorada salud, no pueden viajar para inaugurar sus exposiciones o supervisar el montaje de las instalaciones.

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Después de décadas de trabajo, en 2003 Herrera vendió su primera obra. Hoy, con más de cien años, es una artista valorada por galeristas y coleccionistas estadounidenses.


Algo semejante sucedió con Carol Rama, pintora italiana contemporánea de Alberto Burri y Piero Manzoni. Aunque sus obras nunca fueron valoradas como las de sus colegas, desde que la Bienal de Arte de Venecia le concedió el León de Oro en 2003, sus cuadros son codiciadas piezas de coleccionista.

Los ejemplos de Herrera, Rama y otras artistas como Irma Blank, Etel Adnan o Geta Brătescu han provocado que críticos y galeristas detecten una nueva tendencia en el mundo del arte: la revalorización de la figura y la obra de mujeres artistas de edad avanzada.

Si bien es cierto que muchas de estas creadoras eran conocidas por un selecto grupo de expertos, ahora es cuando han llegado al gran público. Comisarios y directores de ferias de arte com Basel han comenzado a organizar exposiciones de sus obras, algunas de las cuales han sido vendidas en subasta a precios muy elevados.


¿La razón de este drástico giro en la vida de las artistas? Según la periodista Anna Louie Sussman, de artsy.net, el interés de los coleccionistas por mujeres artistas nacidas entre las décadas de 1910 a 1940 respondería a que aglutinan novedad y seguridad a partes iguales.

En otras palabras, cuando se concibe el mundo del arte en términos de rentabilidad, los autores jóvenes son mucho más impredecibles que artistas con décadas de trabajo a sus espaldas, aunque sean desconocidos.

Por otra parte, el mundo actual parece mostrarse más receptivo con creadoras, prescriptoras veteranas y personalidades como Iris Apfel, que lo mismo asiste a un desfile en París, que colabora con una revista internacional o participa en la campaña de publicidad de un utilitario.

Resuelta esa primera cuestión, aún queda otra aún más importante: ¿por qué no fueron reconocidas esas artistas en su momento? La respuesta es muy sencilla. El machismo del mundo del arte hizo que las obras de esas mujeres fueran valoradas por galeristas y comisarios hombres de forma diferente a las firmadas por sus compañeros hombres.

Por eso, museos de todo el mundo están intentando corregir esta anomalía adquiriendo obras de artistas con las que tapar los huecos existentes en sus colecciones.

Sin embargo, no todo el mundo está de acuerdo con esta nueva tendencia. Algunos incluso ven en ello un fin puramente mercantilista que nada tiene que ver con la calidad del arte. «Mostrar el trabajo de una anciana afroamericana olvidada es una forma muy sencilla de obtener notoriedad y atención hacia tu galería», declaraba la crítica de arte Marta Gnyp a Anna Louie Sussman.


De todos modos, muchos consideran que este tipo de movimientos destinados a promover la igualdad y desterrar el sexismo en el mundo del arte son positivos. Y aun así, también pueden dejar cierto amargor. Carol Rama, por ejemplo, vio como sus cuadros eran expuestos en el MACBA de Barcelona, del Museo de Arte Moderno de París y otros centros de arte de Irlanda, Finlandia e Italia. Pero ese éxito sobrevenido no evitó que falleciera en 2015 en una situación económica muy precaria que venía arrastrando desde hacía décadas.

Aunque otras artistas no pasen por las penurias de Roma, como sucede con Geta Brătescu, también viven esta fama con cierta tristeza porque, por su deteriorada salud, no pueden viajar para inaugurar sus exposiciones o supervisar el montaje de las instalaciones.

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Opiniones 2
  • SÓLO PUEDO DECIR ALGO SOBRE ESTA NOTA…….” YA ESTÁ TODO INVENTADO….” MEZCLAMOS Y………LISTOOO!!!!

  • Cómo me alegro. El patriarcado nos ha excluido de la historia, además de ponerlo todo muy difícil, pero ha debido de haber muchas mujeres como éstas detrás de cosas positivas que tenemos y entendemos hoy. No pasaremos a la historia pero estamos aquí! 🙂 Gracias y saludos!

  • Comentarios cerrados.

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