4 de julio 2016    /   IDEAS
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El arte político de conspirar

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La conspiración es a la política como la religión a los afligidos: la creación de una explicación admisible ante la adversidad. De la misma forma que muchos se acercan a la fe para intentar dar respuesta a cosas que no pueden entender como la muerte, la injusticia o el miedo, los conspiranoicos crean tramas que les blindan ante el fracaso de los suyos.

Ni la religión ni las conspiraciones suelen estar secundadas por los hechos, pero reconfortan el alma de algunos que pueden llegar, incluso, a defenderlas usando la negación: no hay hechos que las apoyen, pero tampoco pruebas de que no tengan razón, así que crean una especie de ‘duda razonable’ sobre la que siguen su camino tranquilizando su conciencia. Total, el ser humano lleva milenios buscando un artífice máximo de todo lo que nos rodea y no podemos explicar, de la misma forma que lleva milenios buscando explicaciones a lo que no puede aceptar ni comprender.

El problema de las conspiraciones, como el de la religión, es cuando la explicación que se da uno mismo para defenderse ante el mundo se intenta exportar e imponer a los demás. Como yo creo esto, todos debéis creerlo, porque no es que no sea dudoso, sino que es la verdad. Así, de la necesidad de criar animales que no consumieran alimentos ‘humanos’ y se adaptaran a las condiciones climáticas áridas se llegó a la prohibición de comer cerdo para los musulmanes. De la misma forma, todo aquel que apoye a una fuerza política y no secunde su particular conspiración es visto como alguien que no cumple la ortodoxia del partido. La circunstancia convertida en rito y el rito en mandato.

La conspiración en España

La historia de nuestra política reciente está llena de conspiraciones y misterios. Palabras como ‘Paracuellos’, ‘GAL’ o ’23F’ tienen lecturas muy diferentes según la ideología que se profese. Pocos conservadores ‘pata negra’ se libran de vincular ‘Paracuellos’ con ‘Carrillo’. Pocos socialistas ‘pata negra’ despejan la ‘X’ del GAL señalando a Felipe González. No hay buen conspirador que no se preste a explicar el 23F sin hablar de los misterios alrededor del papel de la Corona.

Pero el género de la conspiración ha visto reverdecer sus laureles en los convulsos últimos tiempos de nuestra política. Hace pocos años, y tras sufrir el peor atentado terrorista de nuestra historia, en el que 192 personas fueron asesinadas, España se convirtió en un laboratorio de conspiraciones. El Gobierno al mando entonces utilizó la situación para intentar ocultar la auténtica autoría del atentado y evitar así el impacto electoral: como la primera reacción en un país con un grupo terrorista activo era pensar que el atentado era cosa de ETA, y como la opinión pública estaba en contra de la participación de España en Irak, no era buena idea para los intereses del partido gobernante reconocer a tres días de las elecciones que el 11M era un atentado islamista.

Al final se produjo lo que ahora se conoce como ‘efecto Streisand’: a fuerza de intentar ir contra algo lo acabas haciendo más fuerte. El partido en el Gobierno pasó de la mayoría absoluta a la oposición —eso sí, no porque perdiera muchos votos sino porque se movilizó el electorado contrario—. Quién sabe si, de no haber puesto en marcha la campaña conspirativa de la autoría del atentado, el impacto hubiera sido menor.

Pero la conspiración no se detuvo ahí. Cierta parte del partido, ayudada por una pareja de periodistas más interesada en hacer dinero sumando audiencia que en conocer la verdad, mantuvo durante años viva la tesis de la conspiración. Y no hay conspiración que se precie sin alguien a quien culpar: la versión oficial de la trama mantenía que, por acción u omisión, la investigación de la autoría había dejado ciertos interrogantes clamorosos; la versión oficiosa, que el nuevo gobierno se había visto beneficiado directamente por lo ocurrido y quién sabe (gran axioma conspirativo) si, incluso, lo alentó de alguna forma. Eso, claro, nunca se reconoce abiertamente, sólo se insinúa.

Pasada más de una década del 11M, con sentencia en firme y mil reproches y pruebas desmontando la trama, la conspiración sigue viva para algunos que de vez en cuando publican alguna información abriendo interrogantes útiles. Por qué el hombre debería comer cerdo cuando la genética prueba que somos casi iguales.

Del 11M al ‘pucherazo’: distintos protagonistas, mismo fin

A cada hecho traumático le suele suceder una conspiración. También tuvo la suya el 11S, en este caso desde la izquierda más radical —y marginal— de EEUU. Incluso los hechos menos traumáticos tienen su ‘cara oscura’, como viene pasando con la Transición española en los últimos años, que es presentada como una operación encubierta del establishment para perpetuar ciertos engranajes del régimen franquista. Y ese mismo argumento se repite desde las elecciones de hace unas semanas, en lo que se ha llamado ‘el pucherazo’, sosteniendo que los malos resultados de Unidos Podemos tienen que ver con una acción planificada y consensuada por encuestadores —que inflaron expectativas— y Gobierno —que poco menos que habría cometido fraude electoral—. Donde antes se hablaba de propuestas y gestión ahora sólo hay hueco para la conspiración.

Se cumplen, además, todos los preceptos, uno por uno. Primero: la conspiración es una respuesta enfurecida a algo que no se puede aceptar, como son los decepcionantes resultados obtenidos. Segundo: la identificación del enemigo, en este caso un ministro del Interior cuestionado y tramposo que habría manipulado los resultados. Tercero: la ayuda de la causalidad, ya que el voto por correo funciona mal —o no funciona—… exactamente igual que no funcionaba en elecciones anteriores. Cuarto: si no compartes la visión del dogma, estás fuera de la ortodoxia y si no, basta con pasearse por los comentarios y respuestas a este artículo de Nacho Escolar criticando la teoría conspirativa —hasta aparece la expresión «la verdad»—.

Los argumentos esgrimidos por quienes sostienen la tesis del ‘pucherazo’ electoral se basan en el tipo de argumentación que muchos creyentes hacen cuando se les señala la falta de evidencia científica en religión: ningún líder del partido ha apoyado la conspiración, pero… tampoco la ha desmentido. «Algo hay», dicen, como quien justifica la existencia de un ser supremo porque los humanos llevan milenios pensando tal cosa, igual que antes se pensaba que el mar acababa en una cascada infinita precedida de dragones y monstruos marinos.

Las conspiraciones, además, se buscan la gasolina para avivar su llama en las malas prácticas de los contrarios. Se habla, por ejemplo, de que los medios ya no hablan de Venezuela (último párrafo de esta entrevista a Monedero), arma con la que se criticaba a UP durante la campaña. O incluso se fabrican supuestas pruebas que avalen la tesis, como las críticas al proceso de un miembro de una mesa electoral —que, como sucede con el voto por correo, siempre han funcionado así de mal, pero no supone que se escamoteen millones de votos—, o como la supuesta portada de The New York Times hablando de fraude electoral, burdamente retocada.

Al final, las cosas que no podemos aceptar o entender acaban teniendo respuestas mucho menos complicadas. La Tierra es redonda y gira alrededor del Sol, así que no hay cascadas infinitas ni monstruos milenarios. Nacemos y morimos, y se acaba nuestra historia. El mundo es injusto, sin más. Y no pasa nada por comer cerdo.

De la misma forma, hubo errores, malas gestiones y contradicciones en la investigación del 11M, lo cual no implica ni mucho menos que se encubriera misterio alguno o que hubiera manos negras desde partidos políticos que aprovecharan el atentado en su favor.

Por su parte, Unidos Podemos ha conseguido unir a la gran mayoría de la izquierda política actual, ser una tercera fuerza significativa en apenas dos años y amenazar al PSOE consiguiendo los mismos diputados que hace seis meses aunque los socialistas perdieran cinco. Esto no es un fracaso, aunque sí lo sea a la luz de las expectativas generadas, por lo que el problema cabe buscarlo más en lo segundo que en lo primero.

La política depende más de sensaciones que de números, y eso explica que el PSOE celebrara como una victoria el peor resultado de su historia mientras UP se vea sumida en una enorme crisis tras haber logrado algo impensable hace pocos meses. Mientras, los conspiradores seguirán intentando encontrar teorías inverosímiles para alojar su alma democrática en la vida que —dicen— hay después de esta.

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Ni la religión ni las conspiraciones suelen estar secundadas por los hechos, pero reconfortan el alma de algunos que pueden llegar, incluso, a defenderlas usando la negación: no hay hechos que las apoyen, pero tampoco pruebas de que no tengan razón, así que crean una especie de ‘duda razonable’ sobre la que siguen su camino tranquilizando su conciencia. Total, el ser humano lleva milenios buscando un artífice máximo de todo lo que nos rodea y no podemos explicar, de la misma forma que lleva milenios buscando explicaciones a lo que no puede aceptar ni comprender.

El problema de las conspiraciones, como el de la religión, es cuando la explicación que se da uno mismo para defenderse ante el mundo se intenta exportar e imponer a los demás. Como yo creo esto, todos debéis creerlo, porque no es que no sea dudoso, sino que es la verdad. Así, de la necesidad de criar animales que no consumieran alimentos ‘humanos’ y se adaptaran a las condiciones climáticas áridas se llegó a la prohibición de comer cerdo para los musulmanes. De la misma forma, todo aquel que apoye a una fuerza política y no secunde su particular conspiración es visto como alguien que no cumple la ortodoxia del partido. La circunstancia convertida en rito y el rito en mandato.

La conspiración en España

La historia de nuestra política reciente está llena de conspiraciones y misterios. Palabras como ‘Paracuellos’, ‘GAL’ o ’23F’ tienen lecturas muy diferentes según la ideología que se profese. Pocos conservadores ‘pata negra’ se libran de vincular ‘Paracuellos’ con ‘Carrillo’. Pocos socialistas ‘pata negra’ despejan la ‘X’ del GAL señalando a Felipe González. No hay buen conspirador que no se preste a explicar el 23F sin hablar de los misterios alrededor del papel de la Corona.

Pero el género de la conspiración ha visto reverdecer sus laureles en los convulsos últimos tiempos de nuestra política. Hace pocos años, y tras sufrir el peor atentado terrorista de nuestra historia, en el que 192 personas fueron asesinadas, España se convirtió en un laboratorio de conspiraciones. El Gobierno al mando entonces utilizó la situación para intentar ocultar la auténtica autoría del atentado y evitar así el impacto electoral: como la primera reacción en un país con un grupo terrorista activo era pensar que el atentado era cosa de ETA, y como la opinión pública estaba en contra de la participación de España en Irak, no era buena idea para los intereses del partido gobernante reconocer a tres días de las elecciones que el 11M era un atentado islamista.

Al final se produjo lo que ahora se conoce como ‘efecto Streisand’: a fuerza de intentar ir contra algo lo acabas haciendo más fuerte. El partido en el Gobierno pasó de la mayoría absoluta a la oposición —eso sí, no porque perdiera muchos votos sino porque se movilizó el electorado contrario—. Quién sabe si, de no haber puesto en marcha la campaña conspirativa de la autoría del atentado, el impacto hubiera sido menor.

Pero la conspiración no se detuvo ahí. Cierta parte del partido, ayudada por una pareja de periodistas más interesada en hacer dinero sumando audiencia que en conocer la verdad, mantuvo durante años viva la tesis de la conspiración. Y no hay conspiración que se precie sin alguien a quien culpar: la versión oficial de la trama mantenía que, por acción u omisión, la investigación de la autoría había dejado ciertos interrogantes clamorosos; la versión oficiosa, que el nuevo gobierno se había visto beneficiado directamente por lo ocurrido y quién sabe (gran axioma conspirativo) si, incluso, lo alentó de alguna forma. Eso, claro, nunca se reconoce abiertamente, sólo se insinúa.

Pasada más de una década del 11M, con sentencia en firme y mil reproches y pruebas desmontando la trama, la conspiración sigue viva para algunos que de vez en cuando publican alguna información abriendo interrogantes útiles. Por qué el hombre debería comer cerdo cuando la genética prueba que somos casi iguales.

Del 11M al ‘pucherazo’: distintos protagonistas, mismo fin

A cada hecho traumático le suele suceder una conspiración. También tuvo la suya el 11S, en este caso desde la izquierda más radical —y marginal— de EEUU. Incluso los hechos menos traumáticos tienen su ‘cara oscura’, como viene pasando con la Transición española en los últimos años, que es presentada como una operación encubierta del establishment para perpetuar ciertos engranajes del régimen franquista. Y ese mismo argumento se repite desde las elecciones de hace unas semanas, en lo que se ha llamado ‘el pucherazo’, sosteniendo que los malos resultados de Unidos Podemos tienen que ver con una acción planificada y consensuada por encuestadores —que inflaron expectativas— y Gobierno —que poco menos que habría cometido fraude electoral—. Donde antes se hablaba de propuestas y gestión ahora sólo hay hueco para la conspiración.

Se cumplen, además, todos los preceptos, uno por uno. Primero: la conspiración es una respuesta enfurecida a algo que no se puede aceptar, como son los decepcionantes resultados obtenidos. Segundo: la identificación del enemigo, en este caso un ministro del Interior cuestionado y tramposo que habría manipulado los resultados. Tercero: la ayuda de la causalidad, ya que el voto por correo funciona mal —o no funciona—… exactamente igual que no funcionaba en elecciones anteriores. Cuarto: si no compartes la visión del dogma, estás fuera de la ortodoxia y si no, basta con pasearse por los comentarios y respuestas a este artículo de Nacho Escolar criticando la teoría conspirativa —hasta aparece la expresión «la verdad»—.

Los argumentos esgrimidos por quienes sostienen la tesis del ‘pucherazo’ electoral se basan en el tipo de argumentación que muchos creyentes hacen cuando se les señala la falta de evidencia científica en religión: ningún líder del partido ha apoyado la conspiración, pero… tampoco la ha desmentido. «Algo hay», dicen, como quien justifica la existencia de un ser supremo porque los humanos llevan milenios pensando tal cosa, igual que antes se pensaba que el mar acababa en una cascada infinita precedida de dragones y monstruos marinos.

Las conspiraciones, además, se buscan la gasolina para avivar su llama en las malas prácticas de los contrarios. Se habla, por ejemplo, de que los medios ya no hablan de Venezuela (último párrafo de esta entrevista a Monedero), arma con la que se criticaba a UP durante la campaña. O incluso se fabrican supuestas pruebas que avalen la tesis, como las críticas al proceso de un miembro de una mesa electoral —que, como sucede con el voto por correo, siempre han funcionado así de mal, pero no supone que se escamoteen millones de votos—, o como la supuesta portada de The New York Times hablando de fraude electoral, burdamente retocada.

Al final, las cosas que no podemos aceptar o entender acaban teniendo respuestas mucho menos complicadas. La Tierra es redonda y gira alrededor del Sol, así que no hay cascadas infinitas ni monstruos milenarios. Nacemos y morimos, y se acaba nuestra historia. El mundo es injusto, sin más. Y no pasa nada por comer cerdo.

De la misma forma, hubo errores, malas gestiones y contradicciones en la investigación del 11M, lo cual no implica ni mucho menos que se encubriera misterio alguno o que hubiera manos negras desde partidos políticos que aprovecharan el atentado en su favor.

Por su parte, Unidos Podemos ha conseguido unir a la gran mayoría de la izquierda política actual, ser una tercera fuerza significativa en apenas dos años y amenazar al PSOE consiguiendo los mismos diputados que hace seis meses aunque los socialistas perdieran cinco. Esto no es un fracaso, aunque sí lo sea a la luz de las expectativas generadas, por lo que el problema cabe buscarlo más en lo segundo que en lo primero.

La política depende más de sensaciones que de números, y eso explica que el PSOE celebrara como una victoria el peor resultado de su historia mientras UP se vea sumida en una enorme crisis tras haber logrado algo impensable hace pocos meses. Mientras, los conspiradores seguirán intentando encontrar teorías inverosímiles para alojar su alma democrática en la vida que —dicen— hay después de esta.

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