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12 de agosto 2015    /   CREATIVIDAD
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Artefactos: los cachivaches poéticos de Nicanor Parra

12 de agosto 2015    /   CREATIVIDAD     por          
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En 1972 el poeta Nicanor Parra publicó sus primeros Artefactos. Una mezcla de poemas visuales, aforismos, eslóganes publicitarios, reflexiones filosóficas y viñetas humorísticas que fueron acogidas con unanimidad de opiniones: todas malas.
Hermano de la folclorista, cantante y poeta Violeta Parra, Nicanor había adquirido estatus propio en el mundo del arte al revolucionar la poesía chilena con Poemas y Antipoemas. Se trataba de un libro publicado en 1954 que daba el pistoletazo de salida a la Antipoesía, una nueva forma de escribir que rompía con las estructuras de la gran tradición poética chilena.
Parra bromearía sobre ese hecho en su Cueca de los poetas donde, sin cuestionar la calidad de Pablo Neruda, Vicente Huidobro y Pablo de Rokha, él mismo se citaba como renovación de ese triunvirato:
«Pablo de Rokha es bueno / Pero Vicente / Vale el doble y el triple / Dice la gente. / Huifa, ay, ay, ay. / Dice la gente, sí, / No cabe duda / Que el más gallo se llama / Pablo Neruda. / Huifa, ay, ay, ay. / Corre que ya te agarra / Nicanor Parra».
Pablo Neruda también bromearía al respecto diciendo que eso que hacía Nicanor no eran Antipoesías, sino Antiparras, pero lo cierto es que esa nueva forma de abordar ese género supuso una ruptura tanto formal como conceptual. Su intención era desarrollar una obra accesible a todos públicos, con un lenguaje coloquial, con temas cotidianos y muy directa. Algo así como la poesía pasada por el punk, pero décadas antes de que Johnny Rotten se pusiera imperdibles, en los pañales.

Para aquellos que no acababan de entenderlo, Parra publicaría La montaña rusa, poema contenido en Versos de salón (1962) en que aclaraba el concepto y afirmaba una vez más la contundencia de la antipoesía:
«Durante medio siglo la poesía fue / el paraíso del tonto solemne. /Hasta que vine yo y me instalé con mi montaña rusa. / Suban, si les parece. / Claro que yo no respondo si bajan / echando sangre por boca y narices».

En la década de los 60 Nicanor Parra ya era un escritor consagrado y de éxito. Talentoso hasta el punto de renovar el lenguaje poético en castellano, prestigioso profesor universitario de física y matemáticas, cantante junto a su hermana Violeta Parra, con la que grabaría algunos de sus poemas, hombre comprometido con las ideas de izquierda que viajaba frecuentemente a Cuba y la URSS… Parecía que nada podía torcerse. Pero se torció.

Mientras asistía en Washington a un Congreso Internacional de Poesía organizado por la Biblioteca del Congreso, Nicanor Parra, junto a otros participantes, fue invitado por la esposa del presidente Nixon a la Casa Blanca. Como buena anfitriona, Pat Nixon les enseñó las dependencias, les invitó a una taza de té y les regaló un libro, aunque tal vez hubiera sido más propio que fuera al revés.

Corría 1970, en plena Guerra Fría, y el hecho no fue muy bien visto por las autoridades cubanas que pasaron de admirar y cuidar a Parra a estigmatizarlo, calificarlo de cómplice del imperialismo yanqui, expulsarlo como miembro del jurado del Premio Casa de las Américas y considerar incompatible su presencia en la Casa Blanca con cualquier actividad cultural en la Isla.
Tras el rechazo cubano, no se hizo esperar el rechazo de la izquierda chilena e internacional. Sus clases en la universidad fueron boicoteadas por los estudiantes, sus colegas le dieron la espalda y muchos aún recuerdan ver a Parra sentado solo en el patio de la facultad con un cartel que ponía «Doy explicaciones».

Aunque en un primer momento intentó que aquellos que lo criticaban entrasen en razón y recuperar el aprecio de las autoridades culturales cubanas, Parra decidió continuar haciendo lo que mejor sabía hacer. ¿Dar clases? No. Escribir. Ese mismo año 1970 publicó Palabras obscenas, demoledor poemario surgido de esa triste experiencia en el que reivindicaba su libertad como poeta y ponía los puntos sobre las íes a tanto inquisidor:
«Si el Kremlin no rompe con USA / si Luxemburgo no rompe con USA / por qué demonios voy a romper yo. / Alguien podría tener la amabilidad de decirme / por qué demonios voy a romper yooo…!»

Además de esos poemas de desagravio, el conflicto de la Casa Blanca provocó que Parra comenzase a explorar nuevos lenguajes poéticos a partir de la antipoesía. Una búsqueda que, dos años después, acabaría dando lugar a los Artefactos.

Publicados por la editorial de la Universidad Católica de Chile, los Artefactos eran dos centenares de tarjetas postales dibujadas y diseñadas por Juan Guillermo Tejeda, presentadas en una caja, que contenían frases, dibujos, dibujos con frases, poemas, chistes, collages, grabados y aforismos que, en palabras de su autor, buscaban «la misma eficacia que tiene un aviso en el diario».

Los artefactos tenían como antecedente El Quebrantahuesos (un diario-collage-mural del que ya hablaremos en otra ocasión) y eran el resultado de la explosión de su obra anterior. «Los antipoemas estaban tan cargados de pathos, que tenían que reventar», explicaba Parra, que continuaba: «Los artefactos son más bien como fragmentos de una granada. La granada no se lanza entera contra la muchedumbre. Primero tiene que explotar: los fragmentos salen disparados a altas velocidades, o sea, están dotados de una gran cantidad de energía y pueden atravesar entonces la capa exterior del lector».
Su objetivo era el «de penetrar, de romper, de sacar al lector de su modorra y pincharlo», pero, tal y como estaban las cosas, Parra era consciente que su acogida podría no ser buena. «Estoy seguro que con mis artefactos voy a perder a todos mis lectores. Eso es inevitable: cada vez que he publicado un libro se ha puesto una cruz en la hipotética tumba de Nicanor Parra». No andaba del todo errado.
Las críticas fueron demoledoras. La derecha consideró que eran objetos obscenos sin gracia ni ingenio. La izquierda dijo que eran productos nacidos del resentimiento con el único objetivo de atacarla y que Parra era el mejor propagandista de los movimientos reaccionarios.

El golpe de Estado de Pinochet contra el gobierno de Salvador Allende no mejoraría las cosas. En 1973 el nuevo rector de la Universidad Católica de Chile, el almirante Jorge Sweet, puso los Artefactos como ejemplo de la degradación moral a la que había llegado el país y mandó quemar las cajas que aún restaban en los almacenes.

Con el tiempo estas creaciones poéticas comenzarían a tomar diferentes formas y convivirían con el resto de la obra de Parra. Algunos abandonaron las dos dimensiones del papel para convertirse en poemas objeto creados con elementos cotidianos. Otros pasaron a realizarse en bandejas de confitería y a ser protagonizados por un corazón con ojos, brazos y pies que acostumbra a proferir inteligentes reflexones.

Otros se han realizando pintando u horadando tablillas procedentes de la construcción de su casa en la Isla Negra. Otros más tomaron formas diversas. Ese es el caso de «La deuda de Chile», artefacto formado por decenas de figuritas de todos los presidentes chilenos de la historia colgados del cuello y pendientes del techo, y que casi le costó el puesto a la responsable de Cultura cuando se presentó en Chile. En definitiva, adquieran la forma que adquieran, los Artefactos continúan manteniendo todo el poder de su onda expansiva y su efecto revulsivo.

En 1972 el poeta Nicanor Parra publicó sus primeros Artefactos. Una mezcla de poemas visuales, aforismos, eslóganes publicitarios, reflexiones filosóficas y viñetas humorísticas que fueron acogidas con unanimidad de opiniones: todas malas.
Hermano de la folclorista, cantante y poeta Violeta Parra, Nicanor había adquirido estatus propio en el mundo del arte al revolucionar la poesía chilena con Poemas y Antipoemas. Se trataba de un libro publicado en 1954 que daba el pistoletazo de salida a la Antipoesía, una nueva forma de escribir que rompía con las estructuras de la gran tradición poética chilena.
Parra bromearía sobre ese hecho en su Cueca de los poetas donde, sin cuestionar la calidad de Pablo Neruda, Vicente Huidobro y Pablo de Rokha, él mismo se citaba como renovación de ese triunvirato:
«Pablo de Rokha es bueno / Pero Vicente / Vale el doble y el triple / Dice la gente. / Huifa, ay, ay, ay. / Dice la gente, sí, / No cabe duda / Que el más gallo se llama / Pablo Neruda. / Huifa, ay, ay, ay. / Corre que ya te agarra / Nicanor Parra».
Pablo Neruda también bromearía al respecto diciendo que eso que hacía Nicanor no eran Antipoesías, sino Antiparras, pero lo cierto es que esa nueva forma de abordar ese género supuso una ruptura tanto formal como conceptual. Su intención era desarrollar una obra accesible a todos públicos, con un lenguaje coloquial, con temas cotidianos y muy directa. Algo así como la poesía pasada por el punk, pero décadas antes de que Johnny Rotten se pusiera imperdibles, en los pañales.

Para aquellos que no acababan de entenderlo, Parra publicaría La montaña rusa, poema contenido en Versos de salón (1962) en que aclaraba el concepto y afirmaba una vez más la contundencia de la antipoesía:
«Durante medio siglo la poesía fue / el paraíso del tonto solemne. /Hasta que vine yo y me instalé con mi montaña rusa. / Suban, si les parece. / Claro que yo no respondo si bajan / echando sangre por boca y narices».

En la década de los 60 Nicanor Parra ya era un escritor consagrado y de éxito. Talentoso hasta el punto de renovar el lenguaje poético en castellano, prestigioso profesor universitario de física y matemáticas, cantante junto a su hermana Violeta Parra, con la que grabaría algunos de sus poemas, hombre comprometido con las ideas de izquierda que viajaba frecuentemente a Cuba y la URSS… Parecía que nada podía torcerse. Pero se torció.

Mientras asistía en Washington a un Congreso Internacional de Poesía organizado por la Biblioteca del Congreso, Nicanor Parra, junto a otros participantes, fue invitado por la esposa del presidente Nixon a la Casa Blanca. Como buena anfitriona, Pat Nixon les enseñó las dependencias, les invitó a una taza de té y les regaló un libro, aunque tal vez hubiera sido más propio que fuera al revés.

Corría 1970, en plena Guerra Fría, y el hecho no fue muy bien visto por las autoridades cubanas que pasaron de admirar y cuidar a Parra a estigmatizarlo, calificarlo de cómplice del imperialismo yanqui, expulsarlo como miembro del jurado del Premio Casa de las Américas y considerar incompatible su presencia en la Casa Blanca con cualquier actividad cultural en la Isla.
Tras el rechazo cubano, no se hizo esperar el rechazo de la izquierda chilena e internacional. Sus clases en la universidad fueron boicoteadas por los estudiantes, sus colegas le dieron la espalda y muchos aún recuerdan ver a Parra sentado solo en el patio de la facultad con un cartel que ponía «Doy explicaciones».

Aunque en un primer momento intentó que aquellos que lo criticaban entrasen en razón y recuperar el aprecio de las autoridades culturales cubanas, Parra decidió continuar haciendo lo que mejor sabía hacer. ¿Dar clases? No. Escribir. Ese mismo año 1970 publicó Palabras obscenas, demoledor poemario surgido de esa triste experiencia en el que reivindicaba su libertad como poeta y ponía los puntos sobre las íes a tanto inquisidor:
«Si el Kremlin no rompe con USA / si Luxemburgo no rompe con USA / por qué demonios voy a romper yo. / Alguien podría tener la amabilidad de decirme / por qué demonios voy a romper yooo…!»

Además de esos poemas de desagravio, el conflicto de la Casa Blanca provocó que Parra comenzase a explorar nuevos lenguajes poéticos a partir de la antipoesía. Una búsqueda que, dos años después, acabaría dando lugar a los Artefactos.

Publicados por la editorial de la Universidad Católica de Chile, los Artefactos eran dos centenares de tarjetas postales dibujadas y diseñadas por Juan Guillermo Tejeda, presentadas en una caja, que contenían frases, dibujos, dibujos con frases, poemas, chistes, collages, grabados y aforismos que, en palabras de su autor, buscaban «la misma eficacia que tiene un aviso en el diario».

Los artefactos tenían como antecedente El Quebrantahuesos (un diario-collage-mural del que ya hablaremos en otra ocasión) y eran el resultado de la explosión de su obra anterior. «Los antipoemas estaban tan cargados de pathos, que tenían que reventar», explicaba Parra, que continuaba: «Los artefactos son más bien como fragmentos de una granada. La granada no se lanza entera contra la muchedumbre. Primero tiene que explotar: los fragmentos salen disparados a altas velocidades, o sea, están dotados de una gran cantidad de energía y pueden atravesar entonces la capa exterior del lector».
Su objetivo era el «de penetrar, de romper, de sacar al lector de su modorra y pincharlo», pero, tal y como estaban las cosas, Parra era consciente que su acogida podría no ser buena. «Estoy seguro que con mis artefactos voy a perder a todos mis lectores. Eso es inevitable: cada vez que he publicado un libro se ha puesto una cruz en la hipotética tumba de Nicanor Parra». No andaba del todo errado.
Las críticas fueron demoledoras. La derecha consideró que eran objetos obscenos sin gracia ni ingenio. La izquierda dijo que eran productos nacidos del resentimiento con el único objetivo de atacarla y que Parra era el mejor propagandista de los movimientos reaccionarios.

El golpe de Estado de Pinochet contra el gobierno de Salvador Allende no mejoraría las cosas. En 1973 el nuevo rector de la Universidad Católica de Chile, el almirante Jorge Sweet, puso los Artefactos como ejemplo de la degradación moral a la que había llegado el país y mandó quemar las cajas que aún restaban en los almacenes.

Con el tiempo estas creaciones poéticas comenzarían a tomar diferentes formas y convivirían con el resto de la obra de Parra. Algunos abandonaron las dos dimensiones del papel para convertirse en poemas objeto creados con elementos cotidianos. Otros pasaron a realizarse en bandejas de confitería y a ser protagonizados por un corazón con ojos, brazos y pies que acostumbra a proferir inteligentes reflexones.

Otros se han realizando pintando u horadando tablillas procedentes de la construcción de su casa en la Isla Negra. Otros más tomaron formas diversas. Ese es el caso de «La deuda de Chile», artefacto formado por decenas de figuritas de todos los presidentes chilenos de la historia colgados del cuello y pendientes del techo, y que casi le costó el puesto a la responsable de Cultura cuando se presentó en Chile. En definitiva, adquieran la forma que adquieran, los Artefactos continúan manteniendo todo el poder de su onda expansiva y su efecto revulsivo.

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