22 de mayo 2014    /   IDEAS
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Artes marciales para acabar con la violencia mexicana

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En muchas de las colonias más humildes de México, el hecho de que un niño acabe los estudios es casi una proeza, teniendo en cuenta el gravísimo fracaso escolar que impera entre los críos de las áreas marginales. Por otro lado, el hecho de que ese mismo chico acabe involucrado en asuntos de droga y violencia es proporcionalmente casi igual de fácil.
«Nosotros queremos aportar nuestro grano de arena en la construcción de un país mejor en ese sentido», dice Roberto Gutiérrez Rúelas, uno de los dos fundadores de la escuela de estudios y deportiva  Malala Academia A.C. «Lo que ocurría es que si les poníamos maestros, educadoras y asesorías posiblemente no querrían venir por sí mismos, y no queríamos que vinieran obligados». El aliciente que él y su socio brasileño Helio Nunes Carcereri acordaron para atraer a su escuela gratuita a los menores fueron clases de artes marciales. «A los niños les gustan. Nosotros, que somos dos enamorados de ellas, les proponemos un canje: que el niño pague sus horas de entrenamiento haciendo su tarea».
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Malala Academia, cuyo nombre se puso en honor a la pequeña activista paquistaní Malala Yousafzai (estudiante que lucha por el derecho a la educación de las niñas en su país, víctima de un grave atentado –no mortal- en 2012 debido a sus ideas), es un centro comunitario donde, según sus fundadores, «se comparten valores, trabajo duro y sobre todo una visión de lo que podría ser México con un alto nivel de educación y un bajo índice de violencia».
«Lo que hacemos en ese mismo lugar es, por un lado, ofrecer maestros calificados, instalaciones dignas, acceso a computadoras e internet y libros de estudio para el apoyo en las tareas de los estudiantes para generar en ellos un interés real en el cumplimiento de sus deberes», explica Gutiérrez. Por el otro, tratan de «inculcar a los chicos los valores» que a ellos dos les enseñaron desde jóvenes las técnicas de lucha profesionales.
«Helio y yo platicábamos del creciente índice de delincuencia entre los niños de nuestro país. Cómo la violencia y las drogas cada vez tomaban más niños como rehenes», matiza el instructor el rizoma de su idea. «En nuestro caso, en nuestra vida, las artes marciales habían sido muy importantes para que hoy seamos las personas que somos. Por eso pensamos que podía ser un camino que los niños aprendieran un arte que pudiera inculcarles una disciplina, pasión, trabajo en equipo, y a la vez de ser el motor que les atrajera hasta aquí. Que tuvieran interés por hacer sus tareas».

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La máxima de estos dos emprendedores de tatami es que «infancia es destino». Dicen que teniendo en cuenta que «vivimos rodeados por comunidades donde prevalece la delincuencia infantil, las adicciones, la violencia intrafamiliar, el desinterés de los padres por los hijos y una desintegración familiar creciente», quisieron crear un espacio donde los jóvenes se reunieran para hacer sus tareas y trabajos escolares ayudados por profesionales voluntarios a la vez que aprendían diferentes artes marciales y, sobre todo, «sus valores fundamentales»:
«Respeto: en todo momento, y en cada lugar», empiezan enumerando. «Disciplina: como el motor que genera visiones de mejora; motivación: que hace crecer una ansia de progreso; actitud: la forma como se encaran los retos diarios; lealtad: porque engrandece las amistades; y espíritu de superación: que crea una visión de éxito para toda la vida».
«Lo que me apasiona de este proyecto es cómo puedes girar el rumbo de un niño destinado a una vida de violencia y drogadicción hacia un futuro de éxito y felicidad con solo dedicarle tiempo a su educación y a la práctica de estos deportes», esgrime Gutiérrez. «Es una transformación casi mágica».
Para llevar a cabo su proyecto, piden fondos que les permitan abrir cuantas más Malala Academias posibles por México. En sus cuatro meses de funcionamiento ya cuentan con más de 150 niños becados, 12 maestros voluntarios y con una comunidad de cerca de 8.000 amigos en las redes.
«Buscamos un México mejor, un mejor Estado y una mejor comunidad», añade el fundador; «en Malala cada niño representa una oportunidad de éxito y una semilla de mejora en cada comunidad. Por eso trabajamos todos los días en enseñarles los valores que les convertirán en seres humanos transformadores de su futuro y del espacio social que les rodea. La única salida a nuestros retos sociales generacionales es la educación».
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En muchas de las colonias más humildes de México, el hecho de que un niño acabe los estudios es casi una proeza, teniendo en cuenta el gravísimo fracaso escolar que impera entre los críos de las áreas marginales. Por otro lado, el hecho de que ese mismo chico acabe involucrado en asuntos de droga y violencia es proporcionalmente casi igual de fácil.
«Nosotros queremos aportar nuestro grano de arena en la construcción de un país mejor en ese sentido», dice Roberto Gutiérrez Rúelas, uno de los dos fundadores de la escuela de estudios y deportiva  Malala Academia A.C. «Lo que ocurría es que si les poníamos maestros, educadoras y asesorías posiblemente no querrían venir por sí mismos, y no queríamos que vinieran obligados». El aliciente que él y su socio brasileño Helio Nunes Carcereri acordaron para atraer a su escuela gratuita a los menores fueron clases de artes marciales. «A los niños les gustan. Nosotros, que somos dos enamorados de ellas, les proponemos un canje: que el niño pague sus horas de entrenamiento haciendo su tarea».
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Malala Academia, cuyo nombre se puso en honor a la pequeña activista paquistaní Malala Yousafzai (estudiante que lucha por el derecho a la educación de las niñas en su país, víctima de un grave atentado –no mortal- en 2012 debido a sus ideas), es un centro comunitario donde, según sus fundadores, «se comparten valores, trabajo duro y sobre todo una visión de lo que podría ser México con un alto nivel de educación y un bajo índice de violencia».
«Lo que hacemos en ese mismo lugar es, por un lado, ofrecer maestros calificados, instalaciones dignas, acceso a computadoras e internet y libros de estudio para el apoyo en las tareas de los estudiantes para generar en ellos un interés real en el cumplimiento de sus deberes», explica Gutiérrez. Por el otro, tratan de «inculcar a los chicos los valores» que a ellos dos les enseñaron desde jóvenes las técnicas de lucha profesionales.
«Helio y yo platicábamos del creciente índice de delincuencia entre los niños de nuestro país. Cómo la violencia y las drogas cada vez tomaban más niños como rehenes», matiza el instructor el rizoma de su idea. «En nuestro caso, en nuestra vida, las artes marciales habían sido muy importantes para que hoy seamos las personas que somos. Por eso pensamos que podía ser un camino que los niños aprendieran un arte que pudiera inculcarles una disciplina, pasión, trabajo en equipo, y a la vez de ser el motor que les atrajera hasta aquí. Que tuvieran interés por hacer sus tareas».

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La máxima de estos dos emprendedores de tatami es que «infancia es destino». Dicen que teniendo en cuenta que «vivimos rodeados por comunidades donde prevalece la delincuencia infantil, las adicciones, la violencia intrafamiliar, el desinterés de los padres por los hijos y una desintegración familiar creciente», quisieron crear un espacio donde los jóvenes se reunieran para hacer sus tareas y trabajos escolares ayudados por profesionales voluntarios a la vez que aprendían diferentes artes marciales y, sobre todo, «sus valores fundamentales»:
«Respeto: en todo momento, y en cada lugar», empiezan enumerando. «Disciplina: como el motor que genera visiones de mejora; motivación: que hace crecer una ansia de progreso; actitud: la forma como se encaran los retos diarios; lealtad: porque engrandece las amistades; y espíritu de superación: que crea una visión de éxito para toda la vida».
«Lo que me apasiona de este proyecto es cómo puedes girar el rumbo de un niño destinado a una vida de violencia y drogadicción hacia un futuro de éxito y felicidad con solo dedicarle tiempo a su educación y a la práctica de estos deportes», esgrime Gutiérrez. «Es una transformación casi mágica».
Para llevar a cabo su proyecto, piden fondos que les permitan abrir cuantas más Malala Academias posibles por México. En sus cuatro meses de funcionamiento ya cuentan con más de 150 niños becados, 12 maestros voluntarios y con una comunidad de cerca de 8.000 amigos en las redes.
«Buscamos un México mejor, un mejor Estado y una mejor comunidad», añade el fundador; «en Malala cada niño representa una oportunidad de éxito y una semilla de mejora en cada comunidad. Por eso trabajamos todos los días en enseñarles los valores que les convertirán en seres humanos transformadores de su futuro y del espacio social que les rodea. La única salida a nuestros retos sociales generacionales es la educación».
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