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29 de junio 2018    /   IDEAS
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Ser artista callejero ¿es un trabajo invisible?

29 de junio 2018    /   IDEAS     por          
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Sucedió en junio de 2013, en la calle Preciados de Madrid. Un hombre armado con una guitarra se encontraba cantando una de las canciones más famosas del momento.

«Only know you love her when you let her go,
Only know you’ve been high when you’re feeling low…»

De pronto, la policía interrumpió el concierto y multó al sorprendido artista. El problema es que no era un simple músico callejero, sino el artista británico Mike Rosenberg, más conocido como Passenger, que estaba presentando su último disco con un concierto gratuito, tal como había anunciado pocas horas antes en su cuenta de Twitter.

Rosenberg es un músico acostumbrado a tocar en la calle en cada una de las ciudades que visita, algo que ya había hecho días antes en lugares como Glasgow o Londres.

Pero Madrid, por lo visto, era diferente.

Artistas callejeros en Madrid, el trabajo invisible

Jhonkelly e Ingrid sufren cuando nadie los mira.

Lo primero es el cuello. Después, la parte baja de su espalda. Poco a poco, como un lento río de magma, la rigidez se apodera de todo su cuerpo hasta que finaliza en una contractura masiva.

Todo eso sucede cuando nadie los mira. Pero aún hay más.

Los segundos pasan, los minutos. Las horas. Horas en las que nadie entrega esa moneda que les haría moverse y destruir la coraza de tensión sostenida; ni un triste céntimo de cobre de los que todo el mundo odia encontrar perdido por su cartera.

Para Jhonkelly e Ingrid, dos venezolanos llegados hace pocos meses a la capital, cada hora sumada sin ser vistos es una hora más de pobreza, un acúmulo de tiempo y de fuerzas malgastadas. Vestidos de gris y negro y subidos sobre una caja de madera pintada, ambos forman el Escultor encantado, una de las estatuas vivientes de la Puerta del Sol de Madrid.

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Sin embargo, aunque las contracturas y la ausencia de dinero les duelen, lo que realmente les afecta es otra forma de no ser mirados: la que llevan a cabo quienes piensan que lo que hacen no es un trabajo. Y entre ellos se encuentra el Ayuntamiento de Madrid.

«Ninguno de nosotros tiene un sitio asignado en la plaza –explica Jhonkelly a Yorokobu–. Si lo mandan quitar a uno, pues uno se tiene que retirar… y ya».

Eso es precisamente lo que ocurrió hace pocos días en Madrid. La policía, bajo ordenanza municipal, ordenó desalojar de la Puerta del Sol a Mickey Mouse, Winnie the Pooh, el Pato Donald, la famosa Cabra saltarina y las diversas estatuas humanas que se colocan a diario en la plaza.

Los argumentos esgrimidos eran los de mantener la estética de un lugar tan emblemático como la Puerta del Sol, evitar que los turistas sean molestados, cumplir el Plan de Prevención y Protección del Terrorismo y defender los derechos de otros comerciantes, como lleva exigiendo desde hace tiempo la Asociación de Comerciantes e Industriales de Preciados, Carmen, Sol y adyacentes (Apreca). La Apreca argumenta que estas personas emplean el espacio de la Puerta del Sol para su beneficio de forma gratuita y sin solicitar autorización.

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Sin embargo, Jhonkelly cuenta una realidad algo diferente: «Se ha intentado varias veces hacer un convenio con el Ayuntamiento para que nos asignen un permiso como tal. Mi cuñado, el creador del Escultor encantado, lleva ya años intentándolo, pero no hay permiso. Algo que sí ocurre con los compañeros músicos. Así que… es cuestión de suerte».

Desde 2013, los músicos callejeros pueden acceder a un permiso para desarrollar su actividad en la calle, que se otorga a aquellos que trabajen con amplificadores y altavoces. El problema es que este permiso excluye a mimos, estatuas vivientes, ilusionistas, titiriteros y demás artistas callejeros, dejándolos desprotegidos de cara a las autoridades.

Ser estatua viviente en otras ciudades: un trabajo

En Londres ya no vale la excusa del «es que no llevo nada suelto» para pagar a un músico callejero. A finales de mayo de este año, Sadiq Kahn, el alcalde de la capital inglesa presentó el nuevo sistema de pago con tecnología contactless que utilizarán los trabajadores callejeros de la ciudad.

Como dijo Kahn durante la presentación, «Londres es la capital global de la música y para que siga manteniendo ese estatus, es de vital importancia que respaldemos a las estrellas del mañana». Y se lo ha tomado muy en serio: ahora se podrá dar propinas a los diferentes artistas callejeros de la ciudad (músicos, mimos, ilusionistas, estatuas vivientes…) usando una tarjeta de crédito a través de los lectores de tarjetas que repartirá la compañía sueca iZettle.

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Cuando Sadiq Kahn le dio a Londres el estatus de capital global de la música, no iba nada desencaminado. Podría decirse incluso que es la capital de los artistas callejeros. En 2015, Kahn lanzó el programa Busk in London, a través del cual se legalizó la figura de los artistas callejeros y se establecieron una serie de normas para el desarrollo de la actividad, entre las que estaba la delimitación de zonas por horarios, los requerimientos de cada zona (para determinadas actividades y lugares se exige solicitar una licencia) y las normas de comportamiento.

Barcelona es otro de los lugares que se puso manos a la obra para regular el oficio de estatua humana. En 2011 se estableció un proceso de selección en el que se exigía la posesión de un título o la acreditación de estudios de teatro, aparte de un pago anual por la ocupación de la vía pública. De más de 80 candidatos, salieron finalmente 30, que fueron agrupados en un sector de la Rambla.

Durante los años posteriores, los trabajadores han manifestado su descontento por la falta de espacio y la pérdida de ingresos por culpa de las nuevas normas. En mayo de este año tuvo lugar la última protesta frente al consistorio, en la cual manifestaron su deseo de volver a ocupar el espacio completo de la Rambla, así como su descontento por la reducción de 30 a 24 estatuas y por la norma a través de la cual se les da el estatus de vendedores ambulantes en lugar del de artistas.

Ser estatua humana ¿es un trabajo?

«Puede serlo, sí; yo creo que sí, ¿por qué no?» dice a Yorokobu Teresa Arias, fisioterapeuta y counsellor del Instituto Galene de psicoterapia de Madrid.

«Pues… entiendo yo que para alguna gente sí», responde Guillermo Zurita, médico y psicoterapeuta.

«Parece que sí, ¿no? Yo creo que sí. Es muy difícil ser una estatua, no moverte… Eso ya es un trabajo. Gastas energía, los músculos se tensan…», dice por su parte Juana Brenes, ginecóloga del hospital Clínico de Madrid.

«Por una parte, yo creo que no –explica la fisioterapeuta y osteópata Guadalupe Hoyas–. El espectáculo escénico que desarrollan estas personas, en cierta forma, tiene que ver con la necesidad de exposición como medio artístico. Puede que no sea un trabajo si su fin último, más allá de ganar dinero, es la visibilidad».

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«A mí me parece que estas personas que están en la calle durante horas y horas como estatua humana se merecen que les paguen por ello, lo que pasa es que depende de la caridad de la gente, con lo cual puede ser un trabajo remunerado o no; pero sí que me parece que es un trabajo», dice la podóloga Rosa María Castro.

¿Qué criterios se siguen para denominar a algo trabajo? ¿Es trabajo aquello que no esté regulado por la Administración?

La RAE explica que el término trabajo es una «ocupación retribuida», una «cosa que es resultado de la actividad humana» y el «esfuerzo humano aplicado a la producción de riqueza». Siguiendo estas definiciones, lo que hace una estatua humana (y, en general, un artista callejero) sí parece ser un trabajo. Sin embargo existe también el pensamiento de que un trabajo debe tener una regulación y, sobre todo, una repercusión fiscal: hay que, como mínimo, cotizar por ello.

En el tema fiscalidad topamos con el eterno dilema de ser autónomo en España. Los ingresos de los trabajadores callejeros son muy inconstantes y de una naturaleza algo diferente a lo habitual. Funcionan en base a un sistema de propinas, las cuales, según la Agencia Tributaria, no están sujetas a IVA, aunque sí a la tributación en el IRPF.

Según explica el artículo 17 del Reglamento del Impuesto sobre la Renta, existe la obligación a retener e ingresar a cuenta, en cuanto se satisfagan, «las rentas recibidas de terceros en conceptos de propina». Aun así existen diferencias, como las propinas recibidas en un restaurante o en un casino, o los casos en los que la propina sea pagada al trabajador directamente o se sumen a la cuenta total del servicio (más aún si el pago es electrónico), actuando la empresa como intermediario.

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La situación de un artista callejero es extraña, porque el sueldo, la propina, el jefe y el trabajador se suelen concentrar en una misma persona (existen excepciones, como el caso de estatuas humanas contratada por un jefe que proporciona el material, como sucede con diversas estructuras de la Puerta del Sol). En Londres, los buskers son considerados trabajadores autónomos y, como tal, realizan sus tributaciones fiscales como lo hacen un panadero o un electricista.

En el caso de Madrid y sus estatuas vivientes, Rita Maestre, la portavoz municipal del Ayuntamiento, realizó hace unos días un comunicado –que coincidió con el desalojo de las figuras de la Puerta del Sol–, en el que explicaba que «estamos viendo cómo conjugar la protección de los espacios emblemáticos con los derechos de las personas a desarrollar su actividad laboral y profesional y la ocupación del espacio público». La intención del ayuntamiento es seguir la línea de las decisiones tomadas respecto a los músicos callejeros.

Mientras el Ayuntamiento decide qué hacer con ellos, Jhonkelly e Ingrid siguen yendo a diario hasta la Puerta del Sol cargados con su caja de material, a la espera de poder terminar una jornada completa sin ser desalojados. La única duda es cuánto tiempo tardará el Ayuntamiento de Madrid en pedirle consejo al alcalde de Londres, que parece haber llevado la situación bastante bien en una ciudad con el doble de habitantes y tres veces más turistas que la capital española.

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Sucedió en junio de 2013, en la calle Preciados de Madrid. Un hombre armado con una guitarra se encontraba cantando una de las canciones más famosas del momento.

«Only know you love her when you let her go,
Only know you’ve been high when you’re feeling low…»

De pronto, la policía interrumpió el concierto y multó al sorprendido artista. El problema es que no era un simple músico callejero, sino el artista británico Mike Rosenberg, más conocido como Passenger, que estaba presentando su último disco con un concierto gratuito, tal como había anunciado pocas horas antes en su cuenta de Twitter.

Rosenberg es un músico acostumbrado a tocar en la calle en cada una de las ciudades que visita, algo que ya había hecho días antes en lugares como Glasgow o Londres.

Pero Madrid, por lo visto, era diferente.

Artistas callejeros en Madrid, el trabajo invisible

Jhonkelly e Ingrid sufren cuando nadie los mira.

Lo primero es el cuello. Después, la parte baja de su espalda. Poco a poco, como un lento río de magma, la rigidez se apodera de todo su cuerpo hasta que finaliza en una contractura masiva.

Todo eso sucede cuando nadie los mira. Pero aún hay más.

Los segundos pasan, los minutos. Las horas. Horas en las que nadie entrega esa moneda que les haría moverse y destruir la coraza de tensión sostenida; ni un triste céntimo de cobre de los que todo el mundo odia encontrar perdido por su cartera.

Para Jhonkelly e Ingrid, dos venezolanos llegados hace pocos meses a la capital, cada hora sumada sin ser vistos es una hora más de pobreza, un acúmulo de tiempo y de fuerzas malgastadas. Vestidos de gris y negro y subidos sobre una caja de madera pintada, ambos forman el Escultor encantado, una de las estatuas vivientes de la Puerta del Sol de Madrid.

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Sin embargo, aunque las contracturas y la ausencia de dinero les duelen, lo que realmente les afecta es otra forma de no ser mirados: la que llevan a cabo quienes piensan que lo que hacen no es un trabajo. Y entre ellos se encuentra el Ayuntamiento de Madrid.

«Ninguno de nosotros tiene un sitio asignado en la plaza –explica Jhonkelly a Yorokobu–. Si lo mandan quitar a uno, pues uno se tiene que retirar… y ya».

Eso es precisamente lo que ocurrió hace pocos días en Madrid. La policía, bajo ordenanza municipal, ordenó desalojar de la Puerta del Sol a Mickey Mouse, Winnie the Pooh, el Pato Donald, la famosa Cabra saltarina y las diversas estatuas humanas que se colocan a diario en la plaza.

Los argumentos esgrimidos eran los de mantener la estética de un lugar tan emblemático como la Puerta del Sol, evitar que los turistas sean molestados, cumplir el Plan de Prevención y Protección del Terrorismo y defender los derechos de otros comerciantes, como lleva exigiendo desde hace tiempo la Asociación de Comerciantes e Industriales de Preciados, Carmen, Sol y adyacentes (Apreca). La Apreca argumenta que estas personas emplean el espacio de la Puerta del Sol para su beneficio de forma gratuita y sin solicitar autorización.

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Sin embargo, Jhonkelly cuenta una realidad algo diferente: «Se ha intentado varias veces hacer un convenio con el Ayuntamiento para que nos asignen un permiso como tal. Mi cuñado, el creador del Escultor encantado, lleva ya años intentándolo, pero no hay permiso. Algo que sí ocurre con los compañeros músicos. Así que… es cuestión de suerte».

Desde 2013, los músicos callejeros pueden acceder a un permiso para desarrollar su actividad en la calle, que se otorga a aquellos que trabajen con amplificadores y altavoces. El problema es que este permiso excluye a mimos, estatuas vivientes, ilusionistas, titiriteros y demás artistas callejeros, dejándolos desprotegidos de cara a las autoridades.

Ser estatua viviente en otras ciudades: un trabajo

En Londres ya no vale la excusa del «es que no llevo nada suelto» para pagar a un músico callejero. A finales de mayo de este año, Sadiq Kahn, el alcalde de la capital inglesa presentó el nuevo sistema de pago con tecnología contactless que utilizarán los trabajadores callejeros de la ciudad.

Como dijo Kahn durante la presentación, «Londres es la capital global de la música y para que siga manteniendo ese estatus, es de vital importancia que respaldemos a las estrellas del mañana». Y se lo ha tomado muy en serio: ahora se podrá dar propinas a los diferentes artistas callejeros de la ciudad (músicos, mimos, ilusionistas, estatuas vivientes…) usando una tarjeta de crédito a través de los lectores de tarjetas que repartirá la compañía sueca iZettle.

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Cuando Sadiq Kahn le dio a Londres el estatus de capital global de la música, no iba nada desencaminado. Podría decirse incluso que es la capital de los artistas callejeros. En 2015, Kahn lanzó el programa Busk in London, a través del cual se legalizó la figura de los artistas callejeros y se establecieron una serie de normas para el desarrollo de la actividad, entre las que estaba la delimitación de zonas por horarios, los requerimientos de cada zona (para determinadas actividades y lugares se exige solicitar una licencia) y las normas de comportamiento.

Barcelona es otro de los lugares que se puso manos a la obra para regular el oficio de estatua humana. En 2011 se estableció un proceso de selección en el que se exigía la posesión de un título o la acreditación de estudios de teatro, aparte de un pago anual por la ocupación de la vía pública. De más de 80 candidatos, salieron finalmente 30, que fueron agrupados en un sector de la Rambla.

Durante los años posteriores, los trabajadores han manifestado su descontento por la falta de espacio y la pérdida de ingresos por culpa de las nuevas normas. En mayo de este año tuvo lugar la última protesta frente al consistorio, en la cual manifestaron su deseo de volver a ocupar el espacio completo de la Rambla, así como su descontento por la reducción de 30 a 24 estatuas y por la norma a través de la cual se les da el estatus de vendedores ambulantes en lugar del de artistas.

Ser estatua humana ¿es un trabajo?

«Puede serlo, sí; yo creo que sí, ¿por qué no?» dice a Yorokobu Teresa Arias, fisioterapeuta y counsellor del Instituto Galene de psicoterapia de Madrid.

«Pues… entiendo yo que para alguna gente sí», responde Guillermo Zurita, médico y psicoterapeuta.

«Parece que sí, ¿no? Yo creo que sí. Es muy difícil ser una estatua, no moverte… Eso ya es un trabajo. Gastas energía, los músculos se tensan…», dice por su parte Juana Brenes, ginecóloga del hospital Clínico de Madrid.

«Por una parte, yo creo que no –explica la fisioterapeuta y osteópata Guadalupe Hoyas–. El espectáculo escénico que desarrollan estas personas, en cierta forma, tiene que ver con la necesidad de exposición como medio artístico. Puede que no sea un trabajo si su fin último, más allá de ganar dinero, es la visibilidad».

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«A mí me parece que estas personas que están en la calle durante horas y horas como estatua humana se merecen que les paguen por ello, lo que pasa es que depende de la caridad de la gente, con lo cual puede ser un trabajo remunerado o no; pero sí que me parece que es un trabajo», dice la podóloga Rosa María Castro.

¿Qué criterios se siguen para denominar a algo trabajo? ¿Es trabajo aquello que no esté regulado por la Administración?

La RAE explica que el término trabajo es una «ocupación retribuida», una «cosa que es resultado de la actividad humana» y el «esfuerzo humano aplicado a la producción de riqueza». Siguiendo estas definiciones, lo que hace una estatua humana (y, en general, un artista callejero) sí parece ser un trabajo. Sin embargo existe también el pensamiento de que un trabajo debe tener una regulación y, sobre todo, una repercusión fiscal: hay que, como mínimo, cotizar por ello.

En el tema fiscalidad topamos con el eterno dilema de ser autónomo en España. Los ingresos de los trabajadores callejeros son muy inconstantes y de una naturaleza algo diferente a lo habitual. Funcionan en base a un sistema de propinas, las cuales, según la Agencia Tributaria, no están sujetas a IVA, aunque sí a la tributación en el IRPF.

Según explica el artículo 17 del Reglamento del Impuesto sobre la Renta, existe la obligación a retener e ingresar a cuenta, en cuanto se satisfagan, «las rentas recibidas de terceros en conceptos de propina». Aun así existen diferencias, como las propinas recibidas en un restaurante o en un casino, o los casos en los que la propina sea pagada al trabajador directamente o se sumen a la cuenta total del servicio (más aún si el pago es electrónico), actuando la empresa como intermediario.

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La situación de un artista callejero es extraña, porque el sueldo, la propina, el jefe y el trabajador se suelen concentrar en una misma persona (existen excepciones, como el caso de estatuas humanas contratada por un jefe que proporciona el material, como sucede con diversas estructuras de la Puerta del Sol). En Londres, los buskers son considerados trabajadores autónomos y, como tal, realizan sus tributaciones fiscales como lo hacen un panadero o un electricista.

En el caso de Madrid y sus estatuas vivientes, Rita Maestre, la portavoz municipal del Ayuntamiento, realizó hace unos días un comunicado –que coincidió con el desalojo de las figuras de la Puerta del Sol–, en el que explicaba que «estamos viendo cómo conjugar la protección de los espacios emblemáticos con los derechos de las personas a desarrollar su actividad laboral y profesional y la ocupación del espacio público». La intención del ayuntamiento es seguir la línea de las decisiones tomadas respecto a los músicos callejeros.

Mientras el Ayuntamiento decide qué hacer con ellos, Jhonkelly e Ingrid siguen yendo a diario hasta la Puerta del Sol cargados con su caja de material, a la espera de poder terminar una jornada completa sin ser desalojados. La única duda es cuánto tiempo tardará el Ayuntamiento de Madrid en pedirle consejo al alcalde de Londres, que parece haber llevado la situación bastante bien en una ciudad con el doble de habitantes y tres veces más turistas que la capital española.

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  • Me gustó mucho el artículo. Soy pintor y maestro de pintura con más de 12 años de experiencia y acabé trabajando en una gasolinera por la frustración que produce que no se valore el trabajo de un artista, detras de un artista no solo está la obra que precenta, hay años de estudio, sacrificios, talento y muchas horas de trabajo. Mis felicitaciones a todos los que no se rinden y definden su arte. Yo en lo personal lo e retomado y no pienso rendirme.

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