16 de noviembre 2015    /   BUSINESS
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Así convertimos a las personas en monstruos

16 de noviembre 2015    /   BUSINESS     por          
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El encuentro con el Otro, con personas diferentes, ha constituido la experiencia básica y universal de nuestra especie


El Mar Mediterráneo es un enorme cementerio. La guerra que nos estaban contando desde Siria no parecía estar ocurriendo. Hasta que la foto de un niño muerto en una playa inundó las redes sociales. El foco, entonces, apuntó a los que huían de la muerte y aquel niño pronto fue sustituido en las fotos de perfil de Facebook, como si nunca hubiese muerto. Como si nunca hubiese existido.
Los que sobreviven intentan llegar a Europa en condiciones infrahumanas, pero los medios de comunicación les dan un aura de ejército invasor que las autoridades han de reducir. Nadie dirá que son heroicos jóvenes en busca de un futuro mejor. Eso nunca se dice del que viene, sino del que va.
El número les convierte en una masa que no sufre, que no sobrevive, que ataca y arrasa. El inmigrante, el refugiado, el otro, queda deshumanizado y alcanza el extremo de la otredad: se convierte en un temible monstruo que se amarra con sus garras a una frontera como si de una cama en la que dormimos plácidamente se tratase. Los medios hablan de asalto, invasión, avalancha y el pánico se apodera de la gente, quizá porque en el colegio les enseñaron que así se fue a pique el Imperio Romano.
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Zygmunt Bauman también diría que tu país se tambalea. No por los que vienen, sino por la debilidad de estados cuyos líderes se afanan en llenarse la boca hablando de globalización mientras cierran sus fronteras a cal y canto. En Vidas desperdiciadas. La modernidad y sus parias, el sociólogo polaco explica cómo la debilidad de estados que se sostienen sobre una idea de seguridad que han de transmitir a sus ciudadanos se hace patente cada vez que los gobiernos refuerzan sus fronteras y rechazan la inmigración en pos de esa supuesta seguridad.

La propagación global de la forma de vida moderna liberó y puso en movimiento cantidades ingentes, y en constante aumento, de seres humanos despojados de sus hasta ahora adecuados modos y medios de supervivencia.


Si no produces ni consumes (y lo primero te lleva a lo segundo), eres un residuo de la globalización y te van a dejar fuera como quien tira la basura, viene a decir Bauman. Hasta los términos excluyen: el prefijo ‘des-‘ de ‘desempleo’ da una idea de anormalidad, de quedarse al margen, de lo que no ha de ser, y su uso desmedido acaba llevando a la idea de que si no produces, no mereces estar dentro de la sociedad, porque estar empleado es lo normal y porque si no lo estás, probablemente tampoco vayas a consumir.
Los grupos construyen su identidad en contraposición a los otros. Todo lo que no es el forastero, el extraño y el extranjero, o lo que decimos que no es, incluye la afirmación implícita de lo que somos, dentro de la propia negación. Al Otro no solo se le define, también se le cataloga. En función de su cercanía y de nuestra relación con él (diálogo, aislamiento, guerra), creamos forasteros, extranjeros, extraños y monstruos.

Los refugiados, residuos humanos de la zona fronteriza global, «son la encarnación de los forasteros», los forasteros absolutos, forasteros en todas partes y fuera de lugar en todas partes salvo en lugares que están ellos mismos fuera de lugar.


Si en un grupo te consideran forastero, es posible que te hayas acercado con la intención de ser incluido. Desconfiarán de ti, claro. Cuestionarás sus costumbres, también. De cualquier manera, estás más cerca, así que asustas menos. También, porque ser forastero te convierte en un ser que está de paso. No serás una gran molestia, solo un incordio que alterará la normalidad temporalmente pero que, al fin y al cabo, pronto volverá a su lugar de origen.
Si eres extranjero serás un poco más molesto: eres más lejano, quizá vengas del lugar en el que viven los monstruos, que es todo aquello que queda fuera del límite de lo conocido. Como extranjero, serás molesto. Pero no tanto como si fueras inmigrante, porque el extranjero también se irá, pero tú has venido para quedarte y paranoias de diversos tipos comenzarán a poblar el ambiente y la máquina del miedo comenzará a funcionar si, para colmo, no vienes solo.
Para Georg Simmel, el extranjero «no es el que viene hoy y se va mañana, es el que viene hoy y se queda mañana; es, por decirlo así, el emigrante en potencia, que, aunque se haya detenido, no se ha asentado completamente».
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Según Bauman, es la noción de ciudadanía nacional la que divide a las personas en miembros y extranjeros en los estados nación modernos.
Para Lévi-Straus, nos relacionamos con los otros, metafóricamente, comiéndolos (asimilándolos) o vomitándolos (aislándolos o expulsándolos). Son las dos estrategias por parte de los estados actuales ante los inmigrantes. Para Bauman, la asimilación y la expulsión ya no son posibles: la diferencia entre el afuera y el adentro ha quedado difuminado con la globalización.
«Esta imposibilidad, tanto de expulsar masivamente como de asimilar plenamente al otro, explicaría la tendencia actual de intentar contener a las personas inmigrantes fuera de las fronteras de las sociedades más desarrolladas», escriben Amaia Izaola e Imanol Zubero en La cuestión del otro: forasteros, extranjeros, extraños y monstruos. Y he aquí la gran contradicción: el obsesivo cierre de fronteras poco bien hace a la globalización da la que los mismos gobiernos se jactan.

El monstruo es ese otro capaz de atravesar las fronteras, de desobedecer las prohibiciones y de incumplir los tabús, que quiere mezclarse, mestizarse, hibridarse, y, al hacerlo, amenaza con disolver las distinciones que creíamos y queríamos claras. Se convierte, así, en un agente contaminante


Si en un grupo te consideran forastero, es posible que te hayas acercado con la intención de ser incluido. Desconfiarán de ti, claro. Cuestionarás sus costumbres, también. De cualquier manera, estás más cerca, así que asustas menos. También, porque ser forastero te convierte en un ser que está de paso. No serás una gran molestia, solo un incordio que alterará la normalidad temporalmente pero que, al fin y al cabo, pronto volverá a su lugar de origen.
Si eres extranjero serás un poco más molesto: eres más lejano, quizá vengas del lugar en el que viven los monstruos, que es todo aquello que queda fuera del límite de lo conocido. Como extranjero, serás molesto. Pero no tanto como si fueras inmigrante, porque el extranjero también se irá, pero tú has venido para quedarte y paranoias de diversos tipos comenzarán a poblar el ambiente y la máquina del miedo comenzará a funcionar si, para colmo, no vienes solo.
Para Georg Simmel, el extranjero «no es el que viene hoy y se va mañana, es el que viene hoy y se queda mañana; es, por decirlo así, el emigrante en potencia, que, aunque se haya detenido, no se ha asentado completamente».
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Según Bauman, es la noción de ciudadanía nacional la que divide a las personas en miembros y extranjeros en los estados nación modernos.
Para Lévi-Straus, nos relacionamos con los otros, metafóricamente, comiéndolos (asimilándolos) o vomitándolos (aislándolos o expulsándolos). Son las dos estrategias por parte de los estados actuales ante los inmigrantes. Para Bauman, la asimilación y la expulsión ya no son posibles: la diferencia entre el afuera y el adentro ha quedado difuminado con la globalización.
«Esta imposibilidad, tanto de expulsar masivamente como de asimilar plenamente al otro, explicaría la tendencia actual de intentar contener a las personas inmigrantes fuera de las fronteras de las sociedades más desarrolladas», escriben Amaia Izaola e Imanol Zubero en La cuestión del otro: forasteros, extranjeros, extraños y monstruos. Y he aquí la gran contradicción: el obsesivo cierre de fronteras poco bien hace a la globalización da la que los mismos gobiernos se jactan.

El monstruo es ese otro capaz de atravesar las fronteras, de desobedecer las prohibiciones y de incumplir los tabús, que quiere mezclarse, mestizarse, hibridarse, y, al hacerlo, amenaza con disolver las distinciones que creíamos y queríamos claras. Se convierte, así, en un agente contaminante


Cuando deshumanizamos al Otro, lo convertimos en monstruo. Ese monstruo fue el bárbaro, que a su vez fue el salvaje. Todos seres desconocidos que vienen del otro lado y determinados por aquello que el grupo niega para sí: la incultura y la agresividad. El monstruo contamina, contagia enfermedades, ensucia. Es lo que te harán creer a lo largo de los años para justificar el distanciamiento del otro que tu grupo alentará.
Hasta Cristóbal Colón dudó de los dimes y diretes que le llegaban sobre los pueblos de América y lo cuestiona como se explica la monstruosidad del otro, del desconocido. En su Diario de a bordo escribió: «Caniba no es otra cosa sino la gente del Gran Can, que debe ser aquí muy vecinos; y tendrán navíos y vendrán a cautivarlos, y como no vuelven, creen que se los han comido».
hondius

El encuentro con el Otro, con personas diferentes, ha constituido la experiencia básica y universal de nuestra especie


El Mar Mediterráneo es un enorme cementerio. La guerra que nos estaban contando desde Siria no parecía estar ocurriendo. Hasta que la foto de un niño muerto en una playa inundó las redes sociales. El foco, entonces, apuntó a los que huían de la muerte y aquel niño pronto fue sustituido en las fotos de perfil de Facebook, como si nunca hubiese muerto. Como si nunca hubiese existido.
Los que sobreviven intentan llegar a Europa en condiciones infrahumanas, pero los medios de comunicación les dan un aura de ejército invasor que las autoridades han de reducir. Nadie dirá que son heroicos jóvenes en busca de un futuro mejor. Eso nunca se dice del que viene, sino del que va.
El número les convierte en una masa que no sufre, que no sobrevive, que ataca y arrasa. El inmigrante, el refugiado, el otro, queda deshumanizado y alcanza el extremo de la otredad: se convierte en un temible monstruo que se amarra con sus garras a una frontera como si de una cama en la que dormimos plácidamente se tratase. Los medios hablan de asalto, invasión, avalancha y el pánico se apodera de la gente, quizá porque en el colegio les enseñaron que así se fue a pique el Imperio Romano.
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Zygmunt Bauman también diría que tu país se tambalea. No por los que vienen, sino por la debilidad de estados cuyos líderes se afanan en llenarse la boca hablando de globalización mientras cierran sus fronteras a cal y canto. En Vidas desperdiciadas. La modernidad y sus parias, el sociólogo polaco explica cómo la debilidad de estados que se sostienen sobre una idea de seguridad que han de transmitir a sus ciudadanos se hace patente cada vez que los gobiernos refuerzan sus fronteras y rechazan la inmigración en pos de esa supuesta seguridad.

La propagación global de la forma de vida moderna liberó y puso en movimiento cantidades ingentes, y en constante aumento, de seres humanos despojados de sus hasta ahora adecuados modos y medios de supervivencia.


Si no produces ni consumes (y lo primero te lleva a lo segundo), eres un residuo de la globalización y te van a dejar fuera como quien tira la basura, viene a decir Bauman. Hasta los términos excluyen: el prefijo ‘des-‘ de ‘desempleo’ da una idea de anormalidad, de quedarse al margen, de lo que no ha de ser, y su uso desmedido acaba llevando a la idea de que si no produces, no mereces estar dentro de la sociedad, porque estar empleado es lo normal y porque si no lo estás, probablemente tampoco vayas a consumir.
Los grupos construyen su identidad en contraposición a los otros. Todo lo que no es el forastero, el extraño y el extranjero, o lo que decimos que no es, incluye la afirmación implícita de lo que somos, dentro de la propia negación. Al Otro no solo se le define, también se le cataloga. En función de su cercanía y de nuestra relación con él (diálogo, aislamiento, guerra), creamos forasteros, extranjeros, extraños y monstruos.

Los refugiados, residuos humanos de la zona fronteriza global, «son la encarnación de los forasteros», los forasteros absolutos, forasteros en todas partes y fuera de lugar en todas partes salvo en lugares que están ellos mismos fuera de lugar.


Si en un grupo te consideran forastero, es posible que te hayas acercado con la intención de ser incluido. Desconfiarán de ti, claro. Cuestionarás sus costumbres, también. De cualquier manera, estás más cerca, así que asustas menos. También, porque ser forastero te convierte en un ser que está de paso. No serás una gran molestia, solo un incordio que alterará la normalidad temporalmente pero que, al fin y al cabo, pronto volverá a su lugar de origen.
Si eres extranjero serás un poco más molesto: eres más lejano, quizá vengas del lugar en el que viven los monstruos, que es todo aquello que queda fuera del límite de lo conocido. Como extranjero, serás molesto. Pero no tanto como si fueras inmigrante, porque el extranjero también se irá, pero tú has venido para quedarte y paranoias de diversos tipos comenzarán a poblar el ambiente y la máquina del miedo comenzará a funcionar si, para colmo, no vienes solo.
Para Georg Simmel, el extranjero «no es el que viene hoy y se va mañana, es el que viene hoy y se queda mañana; es, por decirlo así, el emigrante en potencia, que, aunque se haya detenido, no se ha asentado completamente».
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Según Bauman, es la noción de ciudadanía nacional la que divide a las personas en miembros y extranjeros en los estados nación modernos.
Para Lévi-Straus, nos relacionamos con los otros, metafóricamente, comiéndolos (asimilándolos) o vomitándolos (aislándolos o expulsándolos). Son las dos estrategias por parte de los estados actuales ante los inmigrantes. Para Bauman, la asimilación y la expulsión ya no son posibles: la diferencia entre el afuera y el adentro ha quedado difuminado con la globalización.
«Esta imposibilidad, tanto de expulsar masivamente como de asimilar plenamente al otro, explicaría la tendencia actual de intentar contener a las personas inmigrantes fuera de las fronteras de las sociedades más desarrolladas», escriben Amaia Izaola e Imanol Zubero en La cuestión del otro: forasteros, extranjeros, extraños y monstruos. Y he aquí la gran contradicción: el obsesivo cierre de fronteras poco bien hace a la globalización da la que los mismos gobiernos se jactan.

El monstruo es ese otro capaz de atravesar las fronteras, de desobedecer las prohibiciones y de incumplir los tabús, que quiere mezclarse, mestizarse, hibridarse, y, al hacerlo, amenaza con disolver las distinciones que creíamos y queríamos claras. Se convierte, así, en un agente contaminante


Si en un grupo te consideran forastero, es posible que te hayas acercado con la intención de ser incluido. Desconfiarán de ti, claro. Cuestionarás sus costumbres, también. De cualquier manera, estás más cerca, así que asustas menos. También, porque ser forastero te convierte en un ser que está de paso. No serás una gran molestia, solo un incordio que alterará la normalidad temporalmente pero que, al fin y al cabo, pronto volverá a su lugar de origen.
Si eres extranjero serás un poco más molesto: eres más lejano, quizá vengas del lugar en el que viven los monstruos, que es todo aquello que queda fuera del límite de lo conocido. Como extranjero, serás molesto. Pero no tanto como si fueras inmigrante, porque el extranjero también se irá, pero tú has venido para quedarte y paranoias de diversos tipos comenzarán a poblar el ambiente y la máquina del miedo comenzará a funcionar si, para colmo, no vienes solo.
Para Georg Simmel, el extranjero «no es el que viene hoy y se va mañana, es el que viene hoy y se queda mañana; es, por decirlo así, el emigrante en potencia, que, aunque se haya detenido, no se ha asentado completamente».
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Según Bauman, es la noción de ciudadanía nacional la que divide a las personas en miembros y extranjeros en los estados nación modernos.
Para Lévi-Straus, nos relacionamos con los otros, metafóricamente, comiéndolos (asimilándolos) o vomitándolos (aislándolos o expulsándolos). Son las dos estrategias por parte de los estados actuales ante los inmigrantes. Para Bauman, la asimilación y la expulsión ya no son posibles: la diferencia entre el afuera y el adentro ha quedado difuminado con la globalización.
«Esta imposibilidad, tanto de expulsar masivamente como de asimilar plenamente al otro, explicaría la tendencia actual de intentar contener a las personas inmigrantes fuera de las fronteras de las sociedades más desarrolladas», escriben Amaia Izaola e Imanol Zubero en La cuestión del otro: forasteros, extranjeros, extraños y monstruos. Y he aquí la gran contradicción: el obsesivo cierre de fronteras poco bien hace a la globalización da la que los mismos gobiernos se jactan.

El monstruo es ese otro capaz de atravesar las fronteras, de desobedecer las prohibiciones y de incumplir los tabús, que quiere mezclarse, mestizarse, hibridarse, y, al hacerlo, amenaza con disolver las distinciones que creíamos y queríamos claras. Se convierte, así, en un agente contaminante


Cuando deshumanizamos al Otro, lo convertimos en monstruo. Ese monstruo fue el bárbaro, que a su vez fue el salvaje. Todos seres desconocidos que vienen del otro lado y determinados por aquello que el grupo niega para sí: la incultura y la agresividad. El monstruo contamina, contagia enfermedades, ensucia. Es lo que te harán creer a lo largo de los años para justificar el distanciamiento del otro que tu grupo alentará.
Hasta Cristóbal Colón dudó de los dimes y diretes que le llegaban sobre los pueblos de América y lo cuestiona como se explica la monstruosidad del otro, del desconocido. En su Diario de a bordo escribió: «Caniba no es otra cosa sino la gente del Gran Can, que debe ser aquí muy vecinos; y tendrán navíos y vendrán a cautivarlos, y como no vuelven, creen que se los han comido».
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