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6 de junio 2017    /   BUSINESS
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Así fue como un hombre se supo hacer amigo de un lobo

6 de junio 2017    /   BUSINESS     por          
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Caperucita Roja, Los tres cerditos y alguno más, seguro. Entre lo que nos enseñaron los cuentos infantiles, había una lección que no fallaba: si viene el lobo, lo mejor es que huyamos (o nos vayamos calladitos a dormir, según la edad). Por nuestro bien. Ese animal de fauces diabólicas solo podía, en nuestro imaginario de fábula, devorar a nuestros familiares, acabar tumbado en nuestro sofá o acogernos como miembro más de su camada, con las penurias que eso conlleva.

Pero esas moralejas infantiles se han acabado. La amistad con un lobo —y hasta el amor— es posible. Lo consiguió Nick Jans y lo ha relatado en el ensayo Lobo Negro. Historia de una amistad salvaje, publicado por Errata Naturae. ¿Cómo hacerla real? Con algo más de tesón, flexibilidad y miedo que en un matrimonio al uso. Y con suerte, cariño y el valor suficiente para ser capaz de fundirse con el entorno sin cortapisas ni prejuicios.

«Nadie pregunta si podemos ser amigos de un perro (el mejor amigo del hombre, se dice por aquí) o gatos o caballos, loros, etc. ¿Por qué no un animal salvaje? He tenido muchos intercambios sociales mutuos con animales completamente salvajes —algunos de unos minutos de duración, otros de varios días y unos de incluso años—, con individuos que me vieron y me conocían totalmente de una manera puramente social, donde cada uno disfrutaba de la compañía del otro», justifica el autor estadounidense por correo electrónico.

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Jans —que ya había escrito sobre el obsesivo vínculo entre un ecologista, Timothy Treadwell, y un oso Grizzly (llevado a la pantalla en forma de documental por Werner Herzog en 2005)— se siente «honrado y emocionado» por que esta historia llegue al público en castellano. Y continúa: «Ninguna de las relaciones anteriores, sin embargo, ha sido tan notable ni correspondida como la que tuvimos con el lobo negro al que llamábamos Romeo. Llegó a ser amigo de otras personas y de sus perros».

Un «regalo» que duró seis años y que le hizo estar unido a él de una forma excepcional. Nada que ver, sin embargo, con convertirse en un «hombre que susurraba a los lobos», dice refiriéndose al libro y la película con ese título dedicado a los caballos. «Lo de Romeo era algo insólito. Podría haber sido un unicornio o un emisario de otro planeta. Era gentil, curioso, juguetón, extremadamente listo y exhibía un alto nivel de inteligencia social».

Nadie pregunta si podemos ser amigos de un perro (el mejor amigo del hombre, se dice por aquí) o gatos o caballos, loros, etc. ¿Por qué no un animal salvaje?

Pongámonos en contexto después de tanto halago. En 2003, con Nick Jans viviendo en Juneau, una de las aldeas iñupiaq de Alaska (donde la etnia esquimal de los inuit), se acercó un ejemplar de lobo negro a la comunidad. Al principio, la desconfianza provocó que solo se le observara, que se controlaran sus pasos y que se prestara atención a la relación con el resto de fauna.

Poco a poco, entre desayunos con la mirada puesta en el ventanal que daba a la calle, Jans fue percibiendo cómo el lobo no era esa figura maléfica de nuestro acervo cultural. Cada día se aproximaba más a la zona de vida humana. Con curiosidad y ganas de ser incluido. «Merodeaba por el barrio, buscaba alpiste y desparramaba basura como un mapache gigante», rememora en las primeras páginas.

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Un día, los tres perros del autor —Dakotah, Gus y Chase— se encontraron de frente con él. A pesar de los gritos y el temor de sus dueños, se irguieron en una postura de respeto y aceptación del nuevo miembro. Hasta que ambos se relajaron y, con una reverencia, se mostraron cierto cariño y hermandad. Entonces empezó un cúmulo de encuentros y aproximaciones que terminó por introducirle en el vecindario como un inquilino más.

«La gente se comportó con extremada tolerancia, en algunos casos fue incluso milagrosa. Aquí, a los osos se les mata por presentar un peligro para la vida humana. A Romeo se le permitió vivir al lado de nuestra sombra, a veces pasando por barrios donde había niños y mascotas jugando. Por supuesto, había muchos que temían o incluso odiaban a los lobos. Pero incluso algunos de mis vecinos, que claramente dijeron que iban a matar al lobo si entraba en su propiedad, se contuvieron (me gustaría pensar por respeto a la comunidad en general)», narra. «Todos dimos un paso atrás y sostuvimos un aliento colectivo. Nunca he estado más orgulloso de una ciudad y de haber sido parte de una comunidad».

Lo describe así en sus impresiones iniciáticas: «No era una mera silueta atisbada fugazmente, sino un animal que nosotros y otras personas pudimos conocer a lo largo de varios años, como él nos conoció a nosotros. Éramos vecinos, eso seguro; y, aunque habrá quien se burle, yo diría que también amigos». Conocido colaborador de medios como Rolling Stone o USA Today, Jans se refiere en todo capítulo a Romeo en pasado, pues vivió allí entre 2003 y 2009.

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Una mañana de ese año, dos cazadores llevaron a cabo lo que todo el mundo se olía: lo dispararon. Y toda aquella semana, apunta, «la vida habitual se detuvo en seco». «La primera vez que lo vi temía por su vida. Y cada vez que lo veía pensaba que podría ser la última. Ese tipo de tensión, por supuesto, aumenta el valor del momento. Era una historia de amor extenuante y estimulante. Y, por supuesto, profundamente triste al final. Casi diría insoportable, aunque no sea del todo cierto. Su pérdida ha sido difícil e incluso tan emotiva después de todos estos años que estoy llorando mientras escribo esto», esgrime Jans. «Sé que el amor vive en la memoria, y mientras alguien recuerde su historia, Romeo sigue entre nosotros».

Creo que la caza de comida, con gran respeto y pensamiento por lo que haces, está bien. Pero la caza de trofeos o el descuido, el asesinato irreflexivo, es reprehensible para mí

¿Qué aprendió de él? «Era verdaderamente un ejemplo de tolerancia y aceptación de los demás. Integraba a todo tipo de perros y seres humanos, aun cuando no actuaban tan bien como debían», responde quien asegura que «nada» le sorprende de los animales. «Son seres inteligentes y hermosos, cada uno perfecto. Me atraen desde la infancia y, tras casi 40 años en Alaska, en la naturaleza, solo he profundizado ese afecto. Lo que podría sorprender a otros es cuánta hondura, espíritu y belleza hay en cualquier vida, incluso la de un insecto, no menos que una ballena. No somos de ninguna manera superiores a ellos, excepto en nuestra capacidad de dominar», zanja.

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«No creo que mi visión de la vida haya cambiado después de Romeo», prosigue quien «siempre» ha esperado «ayudar a hacer del mundo un lugar mejor» y que ahora, contando la historia de su amistad con este lobo negro, siente «esperanza por conseguirlo». La de su familia y allegados sí que pudo dar un pequeño vuelco.

«Conocí a un hombre que había sido un trampero de lobos que se convirtió en uno de los mayores partidarios de Romeo. Imprimió su marca en muchos que de los que estaban allí y en muchos miles más», asegura. «Recibo mails y cartas casi todos los días de todo el mundo y muchos dicen que esta historia ha cambiado su perspectiva o incluso sus vidas. Presenciar y contar la historia de Romeo, lo mejor que pude, ha sido el honor de mi vida».

Ahora, una tumba en la aldea lo recuerda. ‘ROMEO. 2003-2009. EL ESPÍRITU DEL LOBO NEGRO Y AMIGO DE JUNEAU PERDURA EN ESTA TIERRA SALVAJE’, muestra una lápida firmada por ‘La ciudad’. Los cazadores, Jeff Peacock y Park Myers III, fueron juzgados.

Pero, como sopesa Jans, «el Estado no repartió justicia. Ni para el lobo, ni para los osos muertos, ni para nosotros. El sistema había defendido lo suyo y a nosotros nos tocaba hacer lo mismo». Les cayeron 2.600 dólares de multa y tres años de libertad condicional al primero, y 6.250 dólares, 100 horas de trabajo comunitario, todas las armas incautadas y la prohibición de cazar en Alaska al segundo.

lobo portada

Eso también le lleva a cuestionarse algo que ha vivido muy de cerca: la caza. «Viví con los esquimales iñupiaq en el extremo norte de Alaska durante 20 años antes de casarme. Eran cazadores recolectores que todavía dependen de la tierra para la comida. Cazaba junto a ellos y mi cuerpo estaba hecho de alces, caribúes, patos, gansos, osos, castores, etc. También cazaba lobos y vestía sus pieles, como lo hicieron mis vecinos, aunque ahora desearía haber podido recuperar muchas de esas balas», recuerda.

«Creo que la caza de comida, con gran respeto y pensamiento por lo que haces, está bien. Pero la caza de trofeos o el descuido, el asesinato irreflexivo, es reprehensible para mí. Realmente no lo entiendo», concluye, advirtiendo: «Por cierto, sigo comiendo carne y pescado, pero me parece difícil matar y hace mucho tiempo que no apreté el gatillo de un rifle apuntando a un ser vivo».

Mucho menos a un lobo. Animal salvaje con quien ha entablado una amistad épica a pesar de las amenazas infantiles. No es de extrañar que, casi a lo Dickens, inicie esta nueva aventura marcando la dualidad de la existencia. Y contradiciendo, por qué no, los cuentos infantiles.

El suyo, desde luego, no empieza con «érase una vez» sino así: «Es una historia con luces y sombras, esperanza y tristeza, miedo y amor, y quizás una pizca de magia. Es una historia sobre nuestro paso por un mundo menguante, una que necesito contar —ante todo, a mí mismo—. De madrugada, llena el espacio entre los latidos de mi corazón: me mantiene despierto. Dentro de unos años, al menos sabré que no fue solo un sueño y que hubo una vez un lobo negro a las puertas de nuestra casa. Esta es su historia».

Caperucita Roja, Los tres cerditos y alguno más, seguro. Entre lo que nos enseñaron los cuentos infantiles, había una lección que no fallaba: si viene el lobo, lo mejor es que huyamos (o nos vayamos calladitos a dormir, según la edad). Por nuestro bien. Ese animal de fauces diabólicas solo podía, en nuestro imaginario de fábula, devorar a nuestros familiares, acabar tumbado en nuestro sofá o acogernos como miembro más de su camada, con las penurias que eso conlleva.

Pero esas moralejas infantiles se han acabado. La amistad con un lobo —y hasta el amor— es posible. Lo consiguió Nick Jans y lo ha relatado en el ensayo Lobo Negro. Historia de una amistad salvaje, publicado por Errata Naturae. ¿Cómo hacerla real? Con algo más de tesón, flexibilidad y miedo que en un matrimonio al uso. Y con suerte, cariño y el valor suficiente para ser capaz de fundirse con el entorno sin cortapisas ni prejuicios.

«Nadie pregunta si podemos ser amigos de un perro (el mejor amigo del hombre, se dice por aquí) o gatos o caballos, loros, etc. ¿Por qué no un animal salvaje? He tenido muchos intercambios sociales mutuos con animales completamente salvajes —algunos de unos minutos de duración, otros de varios días y unos de incluso años—, con individuos que me vieron y me conocían totalmente de una manera puramente social, donde cada uno disfrutaba de la compañía del otro», justifica el autor estadounidense por correo electrónico.

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Jans —que ya había escrito sobre el obsesivo vínculo entre un ecologista, Timothy Treadwell, y un oso Grizzly (llevado a la pantalla en forma de documental por Werner Herzog en 2005)— se siente «honrado y emocionado» por que esta historia llegue al público en castellano. Y continúa: «Ninguna de las relaciones anteriores, sin embargo, ha sido tan notable ni correspondida como la que tuvimos con el lobo negro al que llamábamos Romeo. Llegó a ser amigo de otras personas y de sus perros».

Un «regalo» que duró seis años y que le hizo estar unido a él de una forma excepcional. Nada que ver, sin embargo, con convertirse en un «hombre que susurraba a los lobos», dice refiriéndose al libro y la película con ese título dedicado a los caballos. «Lo de Romeo era algo insólito. Podría haber sido un unicornio o un emisario de otro planeta. Era gentil, curioso, juguetón, extremadamente listo y exhibía un alto nivel de inteligencia social».

Nadie pregunta si podemos ser amigos de un perro (el mejor amigo del hombre, se dice por aquí) o gatos o caballos, loros, etc. ¿Por qué no un animal salvaje?

Pongámonos en contexto después de tanto halago. En 2003, con Nick Jans viviendo en Juneau, una de las aldeas iñupiaq de Alaska (donde la etnia esquimal de los inuit), se acercó un ejemplar de lobo negro a la comunidad. Al principio, la desconfianza provocó que solo se le observara, que se controlaran sus pasos y que se prestara atención a la relación con el resto de fauna.

Poco a poco, entre desayunos con la mirada puesta en el ventanal que daba a la calle, Jans fue percibiendo cómo el lobo no era esa figura maléfica de nuestro acervo cultural. Cada día se aproximaba más a la zona de vida humana. Con curiosidad y ganas de ser incluido. «Merodeaba por el barrio, buscaba alpiste y desparramaba basura como un mapache gigante», rememora en las primeras páginas.

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Un día, los tres perros del autor —Dakotah, Gus y Chase— se encontraron de frente con él. A pesar de los gritos y el temor de sus dueños, se irguieron en una postura de respeto y aceptación del nuevo miembro. Hasta que ambos se relajaron y, con una reverencia, se mostraron cierto cariño y hermandad. Entonces empezó un cúmulo de encuentros y aproximaciones que terminó por introducirle en el vecindario como un inquilino más.

«La gente se comportó con extremada tolerancia, en algunos casos fue incluso milagrosa. Aquí, a los osos se les mata por presentar un peligro para la vida humana. A Romeo se le permitió vivir al lado de nuestra sombra, a veces pasando por barrios donde había niños y mascotas jugando. Por supuesto, había muchos que temían o incluso odiaban a los lobos. Pero incluso algunos de mis vecinos, que claramente dijeron que iban a matar al lobo si entraba en su propiedad, se contuvieron (me gustaría pensar por respeto a la comunidad en general)», narra. «Todos dimos un paso atrás y sostuvimos un aliento colectivo. Nunca he estado más orgulloso de una ciudad y de haber sido parte de una comunidad».

Lo describe así en sus impresiones iniciáticas: «No era una mera silueta atisbada fugazmente, sino un animal que nosotros y otras personas pudimos conocer a lo largo de varios años, como él nos conoció a nosotros. Éramos vecinos, eso seguro; y, aunque habrá quien se burle, yo diría que también amigos». Conocido colaborador de medios como Rolling Stone o USA Today, Jans se refiere en todo capítulo a Romeo en pasado, pues vivió allí entre 2003 y 2009.

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Una mañana de ese año, dos cazadores llevaron a cabo lo que todo el mundo se olía: lo dispararon. Y toda aquella semana, apunta, «la vida habitual se detuvo en seco». «La primera vez que lo vi temía por su vida. Y cada vez que lo veía pensaba que podría ser la última. Ese tipo de tensión, por supuesto, aumenta el valor del momento. Era una historia de amor extenuante y estimulante. Y, por supuesto, profundamente triste al final. Casi diría insoportable, aunque no sea del todo cierto. Su pérdida ha sido difícil e incluso tan emotiva después de todos estos años que estoy llorando mientras escribo esto», esgrime Jans. «Sé que el amor vive en la memoria, y mientras alguien recuerde su historia, Romeo sigue entre nosotros».

Creo que la caza de comida, con gran respeto y pensamiento por lo que haces, está bien. Pero la caza de trofeos o el descuido, el asesinato irreflexivo, es reprehensible para mí

¿Qué aprendió de él? «Era verdaderamente un ejemplo de tolerancia y aceptación de los demás. Integraba a todo tipo de perros y seres humanos, aun cuando no actuaban tan bien como debían», responde quien asegura que «nada» le sorprende de los animales. «Son seres inteligentes y hermosos, cada uno perfecto. Me atraen desde la infancia y, tras casi 40 años en Alaska, en la naturaleza, solo he profundizado ese afecto. Lo que podría sorprender a otros es cuánta hondura, espíritu y belleza hay en cualquier vida, incluso la de un insecto, no menos que una ballena. No somos de ninguna manera superiores a ellos, excepto en nuestra capacidad de dominar», zanja.

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«No creo que mi visión de la vida haya cambiado después de Romeo», prosigue quien «siempre» ha esperado «ayudar a hacer del mundo un lugar mejor» y que ahora, contando la historia de su amistad con este lobo negro, siente «esperanza por conseguirlo». La de su familia y allegados sí que pudo dar un pequeño vuelco.

«Conocí a un hombre que había sido un trampero de lobos que se convirtió en uno de los mayores partidarios de Romeo. Imprimió su marca en muchos que de los que estaban allí y en muchos miles más», asegura. «Recibo mails y cartas casi todos los días de todo el mundo y muchos dicen que esta historia ha cambiado su perspectiva o incluso sus vidas. Presenciar y contar la historia de Romeo, lo mejor que pude, ha sido el honor de mi vida».

Ahora, una tumba en la aldea lo recuerda. ‘ROMEO. 2003-2009. EL ESPÍRITU DEL LOBO NEGRO Y AMIGO DE JUNEAU PERDURA EN ESTA TIERRA SALVAJE’, muestra una lápida firmada por ‘La ciudad’. Los cazadores, Jeff Peacock y Park Myers III, fueron juzgados.

Pero, como sopesa Jans, «el Estado no repartió justicia. Ni para el lobo, ni para los osos muertos, ni para nosotros. El sistema había defendido lo suyo y a nosotros nos tocaba hacer lo mismo». Les cayeron 2.600 dólares de multa y tres años de libertad condicional al primero, y 6.250 dólares, 100 horas de trabajo comunitario, todas las armas incautadas y la prohibición de cazar en Alaska al segundo.

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Eso también le lleva a cuestionarse algo que ha vivido muy de cerca: la caza. «Viví con los esquimales iñupiaq en el extremo norte de Alaska durante 20 años antes de casarme. Eran cazadores recolectores que todavía dependen de la tierra para la comida. Cazaba junto a ellos y mi cuerpo estaba hecho de alces, caribúes, patos, gansos, osos, castores, etc. También cazaba lobos y vestía sus pieles, como lo hicieron mis vecinos, aunque ahora desearía haber podido recuperar muchas de esas balas», recuerda.

«Creo que la caza de comida, con gran respeto y pensamiento por lo que haces, está bien. Pero la caza de trofeos o el descuido, el asesinato irreflexivo, es reprehensible para mí. Realmente no lo entiendo», concluye, advirtiendo: «Por cierto, sigo comiendo carne y pescado, pero me parece difícil matar y hace mucho tiempo que no apreté el gatillo de un rifle apuntando a un ser vivo».

Mucho menos a un lobo. Animal salvaje con quien ha entablado una amistad épica a pesar de las amenazas infantiles. No es de extrañar que, casi a lo Dickens, inicie esta nueva aventura marcando la dualidad de la existencia. Y contradiciendo, por qué no, los cuentos infantiles.

El suyo, desde luego, no empieza con «érase una vez» sino así: «Es una historia con luces y sombras, esperanza y tristeza, miedo y amor, y quizás una pizca de magia. Es una historia sobre nuestro paso por un mundo menguante, una que necesito contar —ante todo, a mí mismo—. De madrugada, llena el espacio entre los latidos de mi corazón: me mantiene despierto. Dentro de unos años, al menos sabré que no fue solo un sueño y que hubo una vez un lobo negro a las puertas de nuestra casa. Esta es su historia».

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Opiniones 5
  • Yo leí el libro de Nick Jans, Lobo Negro, impresionante historia. Desde entonces cada vez que leo algo sobre él, o veo alguna foto de Romeo en las redes no puede evitar emocionarme.

  • Hola Jaime… como amante de los perros y de los lobos que soy, te diré que tanto unos como otros sólo siguen a un líder y rara vez este cambia a lo largo de su vida a no ser que sea para convertirse ellos en líderes de la manada. Por lo que al igual que un hijo referente a su padre… los perros y los lobos también hacen suyos comportamientos, hábitos y costumbres que observan en el líder, en este caso en los dueños. Por cierto yo también tengo un blog como tú de perros y lobos https://www.loboinfo.es y también te invito a leerlo, el tuyo me ha gustado mucho.

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