3 de junio 2015    /   CREATIVIDAD
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Asilo Filangieri: De cómo un grupo de artistas cambió el modelo de gestión cultural en Nápoles

3 de junio 2015    /   CREATIVIDAD     por          
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El espacio es de quien lo usa». Es el lema del ex Asilo Filangieri, un centro cultural administrado desde hace algo más de tres años por un grupo de artistas y productores independientes. Ubicado en el centro de Nápoles, se destaca no solo por su arquitectura: el edificio, totalmente reformado e impoluto, representa una excepción en el centro histórico de la ciudad mediterránea, destartalado y decadente a pesar de haber sido declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.
Foto 3
Lo más llamativo y atípico del Asilo, como es conocido en Nápoles, es su modelo de gestión y producción cultural. Se trata de un experimento totalmente pionero, que está creando jurisprudencia en toda Italia y que está siendo importado en otras ciudades.
Es la primera vez en Nápoles que un colectivo de trabajadores del arte, la cultura y el espectáculo se moviliza para protestar contra los recortes del sector y la mala gestión de los fondos públicos, y se organiza para crear un nuevo modelo de producción y gestión cultural.
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Todo empezó el 2 de marzo de 2012, en plena era Berlusconi, cuando un grupo de artistas enfurecidos por el despilfarro y la corrupción en la organización del Fórum de las Culturas de Nápoles decidió ocupar simbólicamente la sede del evento durante tres días, sin uso a pesar de años de obras dispendiosas.
«La idea inicial era ocuparla durante tres días para que los ciudadanos pudiesen entrar a conocer un edificio fantasma, inaccesible y muy caro para el contribuyente. Fueron tres días de asambleas y espectáculos. El efecto mediático en toda Italia fue brutal. En aquellos días por el Asilo pasaron hasta 4.000 personas», recuerda Nicola, profesor «precario» de Historia y Filosofía, investigador en la universidad de Nápoles y miembro del equipo de autogobierno del Asilo.
Foto 4
El antiguo Asilo Filangieri fue creado en 1572 como centro de arte y artesanía. En 1920 se convirtió en un orfanato, pero fue cerrado tras el terremoto de 1980 por daños estructurales. Después de casi tres décadas de abandono, el edificio ha sido reestructurado con fondos públicos para convertirse en la sede del Fórum de las Culturas.
Entre 2008 y 2011, fueron invertidos ocho millones de euros en la obra de este palacio. Sin embargo, se convirtió en un proyecto fallido porque el Fórum nunca llegó a celebrarse en el Asilo. La razón: la destitución de la dirección de la fundación responsable del evento por malversación de fondos públicos, y la posterior falta de coordinación entre el Ayuntamiento de Nápoles y la nueva directiva de la fundación.
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Cuando los artistas de Nápoles decidieron apropiarse del Asilo, el edificio estaba literalmente muerto de asco. Era un cadáver arquitectónico que, encima, había costado un ojo de la cara. «Era un momento de grandes movilizaciones en Italia. En junio de 2011 hubo un referéndum en contra de la privatización del agua, en el que participaron 27 millones de personas, un récord en nuestro país. Dos días después, fue ocupado el Teatro Valle en Roma, uno de los más antiguos de la ciudad», recuerda Andrea, actor, productor de teatro y cofundador de este peculiar centro cultural.
Toda Italia hervía por la mala gestión del dinero público y el clientelismo de una clase política cada vez más alejada de la ciudadanía. En Nápoles, la elección en 2011 de un nuevo alcalde, Luigi De Magistris, representó un revulsivo para una ciudad que quiso decir no a un equipo gestor ineficiente y corrupto.
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En este escenario, se produjo la ocupación simbólica del Asilo, destinada a convertirse en un proyecto novedoso y, sobre todo, legal. Porque el grupo de artistas que traspasó durante tres días las columnas de Hércules de la cultura napolitana, resolvió ir más allá.
Para legalizar la autogestión de este edificio municipal, las cabezas pensantes del Asilo han recuperado una fórmula jurídica en desuso, pero todavía vigente: el uso cívico de un bien público. Se trata una antigua institución del derecho romano, usada mayoritariamente en comunidades rurales para reglamentar el uso de los pastos, ríos, molinos, prensas o la recogida de leña. «Hemos implantado una tradición rural en el centro histórico de una de las principales ciudades de Italia. Ahora queremos que el Ayuntamiento de Nápoles apruebe nuestro reglamento y regule esos usos cívicos», asegura Nicola, de 40 años.
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El Asilo representa un caso sin precedentes en Italia. A través de la ordenanza Nº 400 del 25 de mayo de 2012, el Ayuntamiento de Nápoles ha incluido en su estatuto el concepto de «bien común». En otras palabras, esta ordenanza es el primer texto jurídico que asocia el bien común a la cultura y a los trabajadores de este sector.
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«Es la primera vez que se reconoce a una comunidad de trabajadores el derecho a gestionar un espacio y a controlar los contenidos de la programación cultural. Es la primera vez que se supera el concepto de asignación y que un inmueble es destinado al uso público. Y es la primera vez que la consejería de Cultura no controla los contenidos culturales de un centro municipal», expone Nicola.
Tres años después, las cifras demuestran el esfuerzo del nuevo equipo gestor. «En 40 meses hemos realizado más de 125 proyectos artísticos; 730 días de formación; 140 proyecciones, encuentros y grabaciones cinematográficas; 75 encuentros y exposiciones de fotografía y arte digital; más de 50 presentaciones de audiovisuales y documentales y ha habido 155 grupos musicales y músicos solistas que han ensayado o se han exhibido en el Asilo, entre muchas otras actividades», enumera con orgullo Andrea.
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«El Asilo es un ejemplo de resistencia en la época de máxima austeridad del mundo de la cultura. Es la única forma para decenas de compañías y de artistas de toda Italia de seguir produciendo a un coste accesible y de forma totalmente independiente», agrega este productor, de 38 años.
Recientemente, el equipo del Asilo ha finalizado la redacción del reglamento oficial para el funcionamiento del centro. «Es una convención que reconoce la constitución de una nueva institución popular del arte y la cultura, gestionada directamente por artistas y trabajadores del sector cultural e inspirada en los principios de cooperación. Aquí se ponen en común los espacios y medios de producción, el tiempo y las competencias», explica Andrea.
Foto 5
La cuestión de fondo es revolucionaria para un país tan burocrático y partidista como Italia. ¿Es posible que exista un bien público sin que sean los políticos los que toman las decisiones? ¿Es posible crear una nueva institución pública del arte y la cultura, en la que partidos y administradores no pueden interferir en las decisiones artísticas y culturales? «Creemos que con este reglamente se establece esta autonomía», concluye Andrea.
A la espera de que el Ayuntamiento de Nápoles dé el visto bueno a esta propuesta legislativa, el Asilo sigue movilizando a muchas personas. «Es un punto de encuentro de artistas, pero también de ciudadanos. En los últimos 10 años, los productores culturales nos habíamos distanciado del público. La crisis y unos recortes del 50% de las ayudas a la cultura nos han hecho salir de la endogamia. Sentimos la necesidad de comenzar de cero y refundar las políticas culturales», asegura Andrea.
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El primer paso ha sido una organización horizontal y plural, que implica un trabajo intenso para generar consenso sobre varias cuestiones, desde qué se programa hasta quién puede usar un espacio concreto para ensayar. Cualquiera puede participar en las asambleas que se celebran cada lunes en el Asilo. «Es la primera vez que el productor cultural se mezcla con los ciudadanos», destaca Andrea. «Ha sido difícil crear el consenso y promover una revolución de las relaciones. El Asilo se ha convertido en un lugar de conflicto permanente, en el que personas que jamás coincidirían se encuentran y conversan. Se han generado nuevas modalidades de relación, algo muy importante para el territorio napolitano», agrega Nicola.
Foto 1
Para los miembros de este colectivo, «la experiencia del Asilo ha servido para contraponer la lógica de los grandes eventos, en lo que se gasta muchísimo dinero para hacer pocos eventos mediáticos, a una microfísica de la cultura basada en crear estructuras que permanecen y benefician a la población».
«Los macroeventos como el Fórum de las Culturas no dejan de ser operaciones especulativas que no dejan ningún legado a la ciudad. Nosotros preferimos crear estructuras de producción cultural que consigan aunar a centenares de artistas. Es francamente mucho más interesante que tener a Madonna en Piazza Plebiscito», asegura Nicola.
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El próximo paso, tras la gestión del espacio físico, será conseguir fondos públicos para que el Asilo sea un centro de producción primario y no solo independiente. «Sin el apoyo público, es imposible hacer producción teatral, y menos aún si queremos que sea experimental. Los gastos siempre superan los ingresos», señala Andrea.
Mientras tanto, otras ciudades italianas se están inspirando en el ejemplo napolitano. «En pequeño municipio de Piamonte ha adaptado nuestro reglamento a su realidad y lo ha aprobado, introduciendo de facto la gestión de bienes públicas conjunta con los ciudadanos», cuenta Andrea.
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El espacio es de quien lo usa». Es el lema del ex Asilo Filangieri, un centro cultural administrado desde hace algo más de tres años por un grupo de artistas y productores independientes. Ubicado en el centro de Nápoles, se destaca no solo por su arquitectura: el edificio, totalmente reformado e impoluto, representa una excepción en el centro histórico de la ciudad mediterránea, destartalado y decadente a pesar de haber sido declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.
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Lo más llamativo y atípico del Asilo, como es conocido en Nápoles, es su modelo de gestión y producción cultural. Se trata de un experimento totalmente pionero, que está creando jurisprudencia en toda Italia y que está siendo importado en otras ciudades.
Es la primera vez en Nápoles que un colectivo de trabajadores del arte, la cultura y el espectáculo se moviliza para protestar contra los recortes del sector y la mala gestión de los fondos públicos, y se organiza para crear un nuevo modelo de producción y gestión cultural.
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Todo empezó el 2 de marzo de 2012, en plena era Berlusconi, cuando un grupo de artistas enfurecidos por el despilfarro y la corrupción en la organización del Fórum de las Culturas de Nápoles decidió ocupar simbólicamente la sede del evento durante tres días, sin uso a pesar de años de obras dispendiosas.
«La idea inicial era ocuparla durante tres días para que los ciudadanos pudiesen entrar a conocer un edificio fantasma, inaccesible y muy caro para el contribuyente. Fueron tres días de asambleas y espectáculos. El efecto mediático en toda Italia fue brutal. En aquellos días por el Asilo pasaron hasta 4.000 personas», recuerda Nicola, profesor «precario» de Historia y Filosofía, investigador en la universidad de Nápoles y miembro del equipo de autogobierno del Asilo.
Foto 4
El antiguo Asilo Filangieri fue creado en 1572 como centro de arte y artesanía. En 1920 se convirtió en un orfanato, pero fue cerrado tras el terremoto de 1980 por daños estructurales. Después de casi tres décadas de abandono, el edificio ha sido reestructurado con fondos públicos para convertirse en la sede del Fórum de las Culturas.
Entre 2008 y 2011, fueron invertidos ocho millones de euros en la obra de este palacio. Sin embargo, se convirtió en un proyecto fallido porque el Fórum nunca llegó a celebrarse en el Asilo. La razón: la destitución de la dirección de la fundación responsable del evento por malversación de fondos públicos, y la posterior falta de coordinación entre el Ayuntamiento de Nápoles y la nueva directiva de la fundación.
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Cuando los artistas de Nápoles decidieron apropiarse del Asilo, el edificio estaba literalmente muerto de asco. Era un cadáver arquitectónico que, encima, había costado un ojo de la cara. «Era un momento de grandes movilizaciones en Italia. En junio de 2011 hubo un referéndum en contra de la privatización del agua, en el que participaron 27 millones de personas, un récord en nuestro país. Dos días después, fue ocupado el Teatro Valle en Roma, uno de los más antiguos de la ciudad», recuerda Andrea, actor, productor de teatro y cofundador de este peculiar centro cultural.
Toda Italia hervía por la mala gestión del dinero público y el clientelismo de una clase política cada vez más alejada de la ciudadanía. En Nápoles, la elección en 2011 de un nuevo alcalde, Luigi De Magistris, representó un revulsivo para una ciudad que quiso decir no a un equipo gestor ineficiente y corrupto.
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En este escenario, se produjo la ocupación simbólica del Asilo, destinada a convertirse en un proyecto novedoso y, sobre todo, legal. Porque el grupo de artistas que traspasó durante tres días las columnas de Hércules de la cultura napolitana, resolvió ir más allá.
Para legalizar la autogestión de este edificio municipal, las cabezas pensantes del Asilo han recuperado una fórmula jurídica en desuso, pero todavía vigente: el uso cívico de un bien público. Se trata una antigua institución del derecho romano, usada mayoritariamente en comunidades rurales para reglamentar el uso de los pastos, ríos, molinos, prensas o la recogida de leña. «Hemos implantado una tradición rural en el centro histórico de una de las principales ciudades de Italia. Ahora queremos que el Ayuntamiento de Nápoles apruebe nuestro reglamento y regule esos usos cívicos», asegura Nicola, de 40 años.
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El Asilo representa un caso sin precedentes en Italia. A través de la ordenanza Nº 400 del 25 de mayo de 2012, el Ayuntamiento de Nápoles ha incluido en su estatuto el concepto de «bien común». En otras palabras, esta ordenanza es el primer texto jurídico que asocia el bien común a la cultura y a los trabajadores de este sector.
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«Es la primera vez que se reconoce a una comunidad de trabajadores el derecho a gestionar un espacio y a controlar los contenidos de la programación cultural. Es la primera vez que se supera el concepto de asignación y que un inmueble es destinado al uso público. Y es la primera vez que la consejería de Cultura no controla los contenidos culturales de un centro municipal», expone Nicola.
Tres años después, las cifras demuestran el esfuerzo del nuevo equipo gestor. «En 40 meses hemos realizado más de 125 proyectos artísticos; 730 días de formación; 140 proyecciones, encuentros y grabaciones cinematográficas; 75 encuentros y exposiciones de fotografía y arte digital; más de 50 presentaciones de audiovisuales y documentales y ha habido 155 grupos musicales y músicos solistas que han ensayado o se han exhibido en el Asilo, entre muchas otras actividades», enumera con orgullo Andrea.
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«El Asilo es un ejemplo de resistencia en la época de máxima austeridad del mundo de la cultura. Es la única forma para decenas de compañías y de artistas de toda Italia de seguir produciendo a un coste accesible y de forma totalmente independiente», agrega este productor, de 38 años.
Recientemente, el equipo del Asilo ha finalizado la redacción del reglamento oficial para el funcionamiento del centro. «Es una convención que reconoce la constitución de una nueva institución popular del arte y la cultura, gestionada directamente por artistas y trabajadores del sector cultural e inspirada en los principios de cooperación. Aquí se ponen en común los espacios y medios de producción, el tiempo y las competencias», explica Andrea.
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La cuestión de fondo es revolucionaria para un país tan burocrático y partidista como Italia. ¿Es posible que exista un bien público sin que sean los políticos los que toman las decisiones? ¿Es posible crear una nueva institución pública del arte y la cultura, en la que partidos y administradores no pueden interferir en las decisiones artísticas y culturales? «Creemos que con este reglamente se establece esta autonomía», concluye Andrea.
A la espera de que el Ayuntamiento de Nápoles dé el visto bueno a esta propuesta legislativa, el Asilo sigue movilizando a muchas personas. «Es un punto de encuentro de artistas, pero también de ciudadanos. En los últimos 10 años, los productores culturales nos habíamos distanciado del público. La crisis y unos recortes del 50% de las ayudas a la cultura nos han hecho salir de la endogamia. Sentimos la necesidad de comenzar de cero y refundar las políticas culturales», asegura Andrea.
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El primer paso ha sido una organización horizontal y plural, que implica un trabajo intenso para generar consenso sobre varias cuestiones, desde qué se programa hasta quién puede usar un espacio concreto para ensayar. Cualquiera puede participar en las asambleas que se celebran cada lunes en el Asilo. «Es la primera vez que el productor cultural se mezcla con los ciudadanos», destaca Andrea. «Ha sido difícil crear el consenso y promover una revolución de las relaciones. El Asilo se ha convertido en un lugar de conflicto permanente, en el que personas que jamás coincidirían se encuentran y conversan. Se han generado nuevas modalidades de relación, algo muy importante para el territorio napolitano», agrega Nicola.
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Para los miembros de este colectivo, «la experiencia del Asilo ha servido para contraponer la lógica de los grandes eventos, en lo que se gasta muchísimo dinero para hacer pocos eventos mediáticos, a una microfísica de la cultura basada en crear estructuras que permanecen y benefician a la población».
«Los macroeventos como el Fórum de las Culturas no dejan de ser operaciones especulativas que no dejan ningún legado a la ciudad. Nosotros preferimos crear estructuras de producción cultural que consigan aunar a centenares de artistas. Es francamente mucho más interesante que tener a Madonna en Piazza Plebiscito», asegura Nicola.
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El próximo paso, tras la gestión del espacio físico, será conseguir fondos públicos para que el Asilo sea un centro de producción primario y no solo independiente. «Sin el apoyo público, es imposible hacer producción teatral, y menos aún si queremos que sea experimental. Los gastos siempre superan los ingresos», señala Andrea.
Mientras tanto, otras ciudades italianas se están inspirando en el ejemplo napolitano. «En pequeño municipio de Piamonte ha adaptado nuestro reglamento a su realidad y lo ha aprobado, introduciendo de facto la gestión de bienes públicas conjunta con los ciudadanos», cuenta Andrea.
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