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17 de noviembre 2016    /   ENTRETENIMIENTO
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¿Qué quieres ser de mayor: asistente o asistenta?

17 de noviembre 2016    /   ENTRETENIMIENTO     por          
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Que la mujer ha hecho grandes, grandísimos avances en lo que a igualdad se refiere es algo innegable. Que a las féminas del mundo nos queda aún un enorme, largo y durísimo camino por recorrer en ese sentido, también.

Si bien es cierto que hoy en día una mujer puede ejercer el oficio que le venga en gana y pocos se atreven a cuestionar su capacidad para ostentar cualquier cargo, quedan resquicios en nuestro idioma que demuestran hasta qué punto estamos aún muy lejos de la igualdad.

Vamos a ejemplos prácticos, que es como se ven mejor las cosas. Un arquitecto tiene las mismas funciones que una arquitecta. Lo mismo un ministro que una ministra, un carnicero que una carnicera… Pero qué preferirías ser: ¿un asistente o una asistenta?

En rigor lingüístico, bien podemos decir que una fémina es asistenta de la directora general como un hombre es asistente del director de un banco. Pero seguro que el morro se le arrugaría a quien ostentara ese puesto siendo mujer, si escuchara describir así su cargo. No. En la mente de casi todos, una asistenta es la mujer que limpia nuestra casa, no la ayudante de ningún cargo directivo. Como tampoco imaginaremos a un hombre dedicándose a trabajar en la limpieza de casas haciéndose llamar asistente.

Siguiendo con las labores domésticas y el hogar, cuánta diferencia hay entre ser el amo de la casa que el ama de casa. Por no decir lo que entendemos normalmente por amo y cómo imaginamos a una ama. Para los más inocentes, si es que los hay, la cosa tiene que ver con prendas de látex, cueros y látigos.

Tampoco viste igual ser gobernante que gobernanta. En rigor, no es que vistan igual, es que son dos cosas distintas. Si acudimos al DRAE, para empezar, ya encontraremos dos entradas diferentes: gobernante, para indicar la persona que ejerce el gobierno (sin especificar género) y gobernanta, la mujer encargada de dirigir el servicio de limpieza de habitaciones de un gran hotel o la que se encarga de la administración de una casa o institución.

Y ya que estamos en las altas esferas del poder, a los representantes masculinos de estos cargos se les considerará hombres públicos, pero que los dioses os guarden de llamar a las ministras mujeres públicas, si apreciáis en algo vuestras vidas y no queréis soportar sobre vuestras cabezas el peso de la ley y cargos por injurias. No es necesario explicar nada más.

Verdulero es aquel hombre dedicado a vender verduras. Verdulera, su femenino. Y sí, es cierto, una verdulera vende verduras, pero no nos haría ninguna gracia que nos lo llamaran ni quizá las mujeres que se dedican a este oficio quieran que las nombremos así. La imagen de una verdulera la tenemos clara: esa loca hosca y tosca y hombruna que se comporta de forma ruda y habla dando alaridos. Y, qué curioso, según el Diccionario un hombre también puede comportarse así, pero pocas veces le insultaremos usando este adjetivo.

¿Cómo llamarías a los hombres que se dedican a atender la correspondencia de otras personas, a gestionar su agenda y coger sus llamadas, y a asistir a su jefes en labores administrativas? ¿Secretario? No, te dirás, tiene que haber otra palabra. Pero si en lugar de preguntarte por un hombre que ejerce esas funciones hubiéramos hablado de una mujer, lo tendríamos claro: secretaria.

Tampoco es lo mismo un sargento que una sargenta, aunque en el imaginario popular ambos tengan la misma mala leche y se pasen la vida dando órdenes. Pero una cosa es ser una mujer muy pero que muy autoritaria que lleva a su pusilánime marido más firme que una vara de avellano, y otra es ser sargento (independientemente de los genitales con los que hayas nacido) de un ejército o un cuerpo policial.

Como tampoco sienta igual ser brujo que bruja, aunque los dos se dediquen a hacer sortilegios para quien quiera creérselos. Si, siendo hombre, alguien te llama brujo la connotación es positiva: un tipo que te hechiza. Pero una bruja…

De todo esto no podemos culpar sólo al Diccionario ni a la Academia. Es más, en los últimos años ha hecho un esfuerzo por eliminar algunas definiciones sexistas en desuso, como el caso de femenino para significar endeble o débil. Por mucha polémica que levante, un buen diccionario debe recoger todas las acepciones de una palabra. Si los hablantes usan zorra para referirse a una ramera, ese significado debe aparecer en el diccionario. No busquemos culpables sólo en la RAE y aceptemos nuestra responsabilidad en esto. Somos nosotros, los hablantes, quienes debemos hacer que esos significados desaparezcan.

Que la mujer ha hecho grandes, grandísimos avances en lo que a igualdad se refiere es algo innegable. Que a las féminas del mundo nos queda aún un enorme, largo y durísimo camino por recorrer en ese sentido, también.

Si bien es cierto que hoy en día una mujer puede ejercer el oficio que le venga en gana y pocos se atreven a cuestionar su capacidad para ostentar cualquier cargo, quedan resquicios en nuestro idioma que demuestran hasta qué punto estamos aún muy lejos de la igualdad.

Vamos a ejemplos prácticos, que es como se ven mejor las cosas. Un arquitecto tiene las mismas funciones que una arquitecta. Lo mismo un ministro que una ministra, un carnicero que una carnicera… Pero qué preferirías ser: ¿un asistente o una asistenta?

En rigor lingüístico, bien podemos decir que una fémina es asistenta de la directora general como un hombre es asistente del director de un banco. Pero seguro que el morro se le arrugaría a quien ostentara ese puesto siendo mujer, si escuchara describir así su cargo. No. En la mente de casi todos, una asistenta es la mujer que limpia nuestra casa, no la ayudante de ningún cargo directivo. Como tampoco imaginaremos a un hombre dedicándose a trabajar en la limpieza de casas haciéndose llamar asistente.

Siguiendo con las labores domésticas y el hogar, cuánta diferencia hay entre ser el amo de la casa que el ama de casa. Por no decir lo que entendemos normalmente por amo y cómo imaginamos a una ama. Para los más inocentes, si es que los hay, la cosa tiene que ver con prendas de látex, cueros y látigos.

Tampoco viste igual ser gobernante que gobernanta. En rigor, no es que vistan igual, es que son dos cosas distintas. Si acudimos al DRAE, para empezar, ya encontraremos dos entradas diferentes: gobernante, para indicar la persona que ejerce el gobierno (sin especificar género) y gobernanta, la mujer encargada de dirigir el servicio de limpieza de habitaciones de un gran hotel o la que se encarga de la administración de una casa o institución.

Y ya que estamos en las altas esferas del poder, a los representantes masculinos de estos cargos se les considerará hombres públicos, pero que los dioses os guarden de llamar a las ministras mujeres públicas, si apreciáis en algo vuestras vidas y no queréis soportar sobre vuestras cabezas el peso de la ley y cargos por injurias. No es necesario explicar nada más.

Verdulero es aquel hombre dedicado a vender verduras. Verdulera, su femenino. Y sí, es cierto, una verdulera vende verduras, pero no nos haría ninguna gracia que nos lo llamaran ni quizá las mujeres que se dedican a este oficio quieran que las nombremos así. La imagen de una verdulera la tenemos clara: esa loca hosca y tosca y hombruna que se comporta de forma ruda y habla dando alaridos. Y, qué curioso, según el Diccionario un hombre también puede comportarse así, pero pocas veces le insultaremos usando este adjetivo.

¿Cómo llamarías a los hombres que se dedican a atender la correspondencia de otras personas, a gestionar su agenda y coger sus llamadas, y a asistir a su jefes en labores administrativas? ¿Secretario? No, te dirás, tiene que haber otra palabra. Pero si en lugar de preguntarte por un hombre que ejerce esas funciones hubiéramos hablado de una mujer, lo tendríamos claro: secretaria.

Tampoco es lo mismo un sargento que una sargenta, aunque en el imaginario popular ambos tengan la misma mala leche y se pasen la vida dando órdenes. Pero una cosa es ser una mujer muy pero que muy autoritaria que lleva a su pusilánime marido más firme que una vara de avellano, y otra es ser sargento (independientemente de los genitales con los que hayas nacido) de un ejército o un cuerpo policial.

Como tampoco sienta igual ser brujo que bruja, aunque los dos se dediquen a hacer sortilegios para quien quiera creérselos. Si, siendo hombre, alguien te llama brujo la connotación es positiva: un tipo que te hechiza. Pero una bruja…

De todo esto no podemos culpar sólo al Diccionario ni a la Academia. Es más, en los últimos años ha hecho un esfuerzo por eliminar algunas definiciones sexistas en desuso, como el caso de femenino para significar endeble o débil. Por mucha polémica que levante, un buen diccionario debe recoger todas las acepciones de una palabra. Si los hablantes usan zorra para referirse a una ramera, ese significado debe aparecer en el diccionario. No busquemos culpables sólo en la RAE y aceptemos nuestra responsabilidad en esto. Somos nosotros, los hablantes, quienes debemos hacer que esos significados desaparezcan.

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Opiniones 5
  • Tenía entendido que el sufijo «-ente» se adhiere a un verbo para definir a un ente (cosa o ser) que ejerce dicho acción. Pero ejemplo, quien preside: «presidente», quien sirve: «sirviente», etc, etc, sin diferenciar el género. En esos casos puntuales habría que ir a las raíces del idioma español.
    Sin embargo,estoy de acuerdo, el idioma es bastante machista en ocasiones en que, por ejemplo, decir puto no es lo mismo que puta.
    Saludos,

  • Esas duplicaciones que exigen las feministas se basan en un desconocimiento de las reglas que imperan en un idioma, y que no son creadas taxativamente por individuos para imponer tendencias sexistas, sino que se dan espontáneamente en la sociedad de hablantes, en las que participan tanto hombres como mujeres. El sufijo -ente no señala de por sí la pertenencia de un vocablo al género masculino, sino que más bien es neutro, y las pocas veces en que se recurría la variación -enta era con una intención peyorativa, como pasaba con la palabra “sirvienta”, pero las feministas quieren que todo lo relativo a las féminas termine en -a y sea de color rosado.
    Todo parte de que se ha confundido lo que significa el término “género” en gramática, con “sexo” en la vida social. En gramática no hay sexo. Y el término “género”, antes de que apareciera la jerigonza feminista, limitaba su sentido a asuntos estrictamente gramaticales. Las feministas lo convirtieron en sinónimo de “sexo”, o, mejor, en un eufemismo de “sexo”. Ahora no se le pregunta a una persona de qué sexo es, sino de qué género es, y se habla de violencia de género, en lugar de violencia sexista, que es lo que realmente existe.
    Esas dupletas tan anheladas por las feministas no tienen en cuenta que hay innumerables casos de palabras de género femenino que se aplican a los hombres, sin que estos se sientan menoscabados, invisibilizados u ofendidos. Así, la aplicación sistemática de lo exigido por las feministas (y los feministos) implicaría duplicaciones absurdas, como hablar de la ciclista y el ciclisto, la pugilista y el pugilisto, la violinista y el violinisto, la pianista y el pianisto, el miembro y la miembra, la jirafa y el jirafo, el bacalao y la bacalaa, el testigo y la testiga, la artista y el artisto, la turista y el turisto, él hizo de puente y ella hizo de puenta, él es la fuente y ella es la fuenta, mujer cabeza de familia y hombre cabezo de familia, caminanta, demandanta, postulanta, indigenta, estudianta, participanta, representanta, etc.
    Como puede observarse, de fondo lo único que hay es una crasa ignorancia de los pormenores gramaticales del idioma. Y quienes revelan tal falta de conocimiento parecen ser más ignorantas que ignorantes (para seguirles la idea).

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