25 de noviembre 2020    /   ENTRETENIMIENTO
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‘Assassin’s Creed Valhalla’: La de un vikingo es la vida mejor

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«Resulta extraño surcar el mar para llegar a un lugar extraño y, aun así, sentirse como en casa». La frase la pronuncia uno de los personajes de Assassin’s Creed Valhalla al llegar desde Escandinavia a Inglaterra, pero podría hacerse extensible a lo que siente, al otro lado de la pantalla, el jugador. El nuevo juego de Ubisoft cambia de escenario, pero mantiene intacto todo lo demás. Cuando una fórmula funciona no tiene sentido cambiarla. Y la saga Assassin’s Creed, con 12 entregas canónicas, nueve spin-offs y un buen puñado de cómics, libros y películas a sus espaldas, puede presumir de que funciona a la perfección.

Hablamos de una de las sagas más importantes del mundo de los videojuegos, una capaz de crear todo un universo a su alrededor. Desde que en 2007 el primer título apareciera en escena, cada uno o dos años se ha estrenado una nueva versión dispuesto a arrasar con una estrategia tan continuista como efectiva. La idea es pulir el juego en lo técnico, imitarlo en lo mecánico y cambiar radicalmente la ambientación. Se mantiene, no obstante, un elemento común en lo narrativo: la existencia de una orden secreta de asesinos, una idea de inspiración histórica, que se extiende a través de la historia y la geografía. Este elemento vertebrador da cierta coherencia a la saga y permite ambientar los juegos en los lugares y las épocas más variopintas.

Las dos últimas entregas de Assassin’s Creed se desarrollaron en la Grecia clásica y el Antiguo Egipto. En esta ocasión el contexto es, a priori, menos exótico: la Inglaterra feudal del siglo IX. Sin embargo, la historia no se centra tanto en los sajones como en las hordas de vikingos que los asediaron. La yuxtaposición de universos históricos que asumimos como independientes enriquece el juego y sirve como telón de fondo. La Inglaterra feudal se alza sobre ruinas romanas, los clanes vikingos tejen estrategias con nobles locales, derrocan y entronan a los reyes de una Inglaterra embrionaria.

En este aspecto hay que reconocer a Ubisoft un esfuerzo por representar una época y una cultura de la que se sabe poco. Los vikingos apenas escribían, todo lo que sabemos de ellos es a través de testimonios externos. Quizá por ello producen tanta fascinación, y quizá por ello, a la hora de retratarlos, se cae en ciertos estereotipos. No es que en este caso se hayan ignorado (hay que darle al fan lo que quiere, no una clase de historia). Pero se ha hecho un esfuerzo por ir algo más allá y combinar la existencia de mitología, personajes ficticios y otros históricos como Ceolwulf de Mercia o Ivar el Deshuesado. El equipo ha contado para ello con el asesoramiento de historiadores, musicólogos (que han resucitado viejos instrumentos para amenizar los viajes en drakar del juego) y todo tipo de asesores y colaboradores.

«Esta obra de ficción ha sido diseñada, desarrollada y producida por un equipo multicultural que profesa credos y religiones distintas». Esto lo sabe cualquier jugador de Assassin’s Creed porque el mensaje aparece, desde sus primeras entregas, al iniciar el juego. En esta última se le ha añadido un par de frases más. También ha sido creado por personas «con distinta orientación sexual e identidad de género». Esta afirmación no se limita al enunciado inicial, sino que ha sido trasladada al juego. Puede que Assassin’s Creed no será muy innovadora en lo argumental, pero lleva años siendolo en cuestiones de sexo y género.

Como en anteriores entregas, aquí se puede elegir entre ser un hombre o una mujer. También se mantiene la posibilidad de mantener romances con personajes no jugables independientemente del género. La historia principal está salpicada de buenos personajes femeninos que no se limitan a ser mera comparsa argumental. Aquí no solo hay damiselas en apuros, sino aguerridas guerreras vikingas. Y es de agradecer.

En lo jugable, Assassin’s Creed Valhalla ofrece un enorme mapa, difícil de abarcar por su extensión. Hay minijuegos que dan algo de color y variedad. Misiones principales en las que se apuesta por la épica. Y un colorido abanico de secundarias en las que se da más protagonismo al humor, aunque en ocasiones pueden pecar de repetitivas. A pesar de la libertad de movimientos del jugador, la historia sigue un desarrollo lineal, dando cierta coherencia y empaque a una historia de alianzas y estrategias bélicas en la que, de otra forma, sería fácil perderse.

Pero hemos venido aquí a luchar. En líneas generales, a la hora de enfrentarse a un enemigo se puede optar por el combate o el sigilo. Aunque el punto fuerte de la saga siempre ha sido este segundo, en las últimas entregas se ha potenciado más la acción. Assassin’s Creed Valhalla no es una excepción. Al fin y al cabo, los vikingos no eran conocidos por su sutileza. Cortar cabezas con el hacha, desmembrar, ensartar o empalar a los enemigos es bastante satisfactorio. En el juego.

Para los más aprensivos hay una opción para censurar tanta casquería. Desluce el resultado final cierta confusión a la hora de retratar saqueos y batallas multitudinarias, siendo a veces difícil localizar al personaje que estamos manejando. Este hecho, unido a ciertos bugs y errores (la salida de la Playstation 5 quizá haya hecho que se apresure el lanzamiento del juego) lastran la experiencia y pueden llegar a frustrar al más paciente. Lo bueno es que son errores subsanables que, esperemos, se irán corrigiendo con la llegada de parches descargables.

Assassin ‘s Creed Valhalla encantará a los millones de seguidores de la saga. También tiene potencial para atraer a nuevos jugadores por la temática de esta entrega, que puede convertirse en una excelente toma de contacto con el universo Assassin’s Creed. Ciertamente no es un juego revolucionario. Tampoco pretende serlo. Pero su política continuista ayuda a pulir ciertos aspectos de sus predecesores. Ofrece más de lo mismo, sí, pero mejor. Y en ocasiones, cuando uno se sienta en el sofá con el mando en las manos, es justamente lo que necesita.

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«Resulta extraño surcar el mar para llegar a un lugar extraño y, aun así, sentirse como en casa». La frase la pronuncia uno de los personajes de Assassin’s Creed Valhalla al llegar desde Escandinavia a Inglaterra, pero podría hacerse extensible a lo que siente, al otro lado de la pantalla, el jugador. El nuevo juego de Ubisoft cambia de escenario, pero mantiene intacto todo lo demás. Cuando una fórmula funciona no tiene sentido cambiarla. Y la saga Assassin’s Creed, con 12 entregas canónicas, nueve spin-offs y un buen puñado de cómics, libros y películas a sus espaldas, puede presumir de que funciona a la perfección.

Hablamos de una de las sagas más importantes del mundo de los videojuegos, una capaz de crear todo un universo a su alrededor. Desde que en 2007 el primer título apareciera en escena, cada uno o dos años se ha estrenado una nueva versión dispuesto a arrasar con una estrategia tan continuista como efectiva. La idea es pulir el juego en lo técnico, imitarlo en lo mecánico y cambiar radicalmente la ambientación. Se mantiene, no obstante, un elemento común en lo narrativo: la existencia de una orden secreta de asesinos, una idea de inspiración histórica, que se extiende a través de la historia y la geografía. Este elemento vertebrador da cierta coherencia a la saga y permite ambientar los juegos en los lugares y las épocas más variopintas.

Las dos últimas entregas de Assassin’s Creed se desarrollaron en la Grecia clásica y el Antiguo Egipto. En esta ocasión el contexto es, a priori, menos exótico: la Inglaterra feudal del siglo IX. Sin embargo, la historia no se centra tanto en los sajones como en las hordas de vikingos que los asediaron. La yuxtaposición de universos históricos que asumimos como independientes enriquece el juego y sirve como telón de fondo. La Inglaterra feudal se alza sobre ruinas romanas, los clanes vikingos tejen estrategias con nobles locales, derrocan y entronan a los reyes de una Inglaterra embrionaria.

En este aspecto hay que reconocer a Ubisoft un esfuerzo por representar una época y una cultura de la que se sabe poco. Los vikingos apenas escribían, todo lo que sabemos de ellos es a través de testimonios externos. Quizá por ello producen tanta fascinación, y quizá por ello, a la hora de retratarlos, se cae en ciertos estereotipos. No es que en este caso se hayan ignorado (hay que darle al fan lo que quiere, no una clase de historia). Pero se ha hecho un esfuerzo por ir algo más allá y combinar la existencia de mitología, personajes ficticios y otros históricos como Ceolwulf de Mercia o Ivar el Deshuesado. El equipo ha contado para ello con el asesoramiento de historiadores, musicólogos (que han resucitado viejos instrumentos para amenizar los viajes en drakar del juego) y todo tipo de asesores y colaboradores.

«Esta obra de ficción ha sido diseñada, desarrollada y producida por un equipo multicultural que profesa credos y religiones distintas». Esto lo sabe cualquier jugador de Assassin’s Creed porque el mensaje aparece, desde sus primeras entregas, al iniciar el juego. En esta última se le ha añadido un par de frases más. También ha sido creado por personas «con distinta orientación sexual e identidad de género». Esta afirmación no se limita al enunciado inicial, sino que ha sido trasladada al juego. Puede que Assassin’s Creed no será muy innovadora en lo argumental, pero lleva años siendolo en cuestiones de sexo y género.

Como en anteriores entregas, aquí se puede elegir entre ser un hombre o una mujer. También se mantiene la posibilidad de mantener romances con personajes no jugables independientemente del género. La historia principal está salpicada de buenos personajes femeninos que no se limitan a ser mera comparsa argumental. Aquí no solo hay damiselas en apuros, sino aguerridas guerreras vikingas. Y es de agradecer.

En lo jugable, Assassin’s Creed Valhalla ofrece un enorme mapa, difícil de abarcar por su extensión. Hay minijuegos que dan algo de color y variedad. Misiones principales en las que se apuesta por la épica. Y un colorido abanico de secundarias en las que se da más protagonismo al humor, aunque en ocasiones pueden pecar de repetitivas. A pesar de la libertad de movimientos del jugador, la historia sigue un desarrollo lineal, dando cierta coherencia y empaque a una historia de alianzas y estrategias bélicas en la que, de otra forma, sería fácil perderse.

Pero hemos venido aquí a luchar. En líneas generales, a la hora de enfrentarse a un enemigo se puede optar por el combate o el sigilo. Aunque el punto fuerte de la saga siempre ha sido este segundo, en las últimas entregas se ha potenciado más la acción. Assassin’s Creed Valhalla no es una excepción. Al fin y al cabo, los vikingos no eran conocidos por su sutileza. Cortar cabezas con el hacha, desmembrar, ensartar o empalar a los enemigos es bastante satisfactorio. En el juego.

Para los más aprensivos hay una opción para censurar tanta casquería. Desluce el resultado final cierta confusión a la hora de retratar saqueos y batallas multitudinarias, siendo a veces difícil localizar al personaje que estamos manejando. Este hecho, unido a ciertos bugs y errores (la salida de la Playstation 5 quizá haya hecho que se apresure el lanzamiento del juego) lastran la experiencia y pueden llegar a frustrar al más paciente. Lo bueno es que son errores subsanables que, esperemos, se irán corrigiendo con la llegada de parches descargables.

Assassin ‘s Creed Valhalla encantará a los millones de seguidores de la saga. También tiene potencial para atraer a nuevos jugadores por la temática de esta entrega, que puede convertirse en una excelente toma de contacto con el universo Assassin’s Creed. Ciertamente no es un juego revolucionario. Tampoco pretende serlo. Pero su política continuista ayuda a pulir ciertos aspectos de sus predecesores. Ofrece más de lo mismo, sí, pero mejor. Y en ocasiones, cuando uno se sienta en el sofá con el mando en las manos, es justamente lo que necesita.

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