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1 de agosto 2017    /   CIENCIA
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Cecilia Payne: la astrónoma que bordaba estrellas en punto de cruz

1 de agosto 2017    /   CIENCIA     por          
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En 1925, Cecilia Payne presentó su tesis doctoral en el área de astronomía del Radcliffe College de Estados Unidos. Era inglesa, pero había decidido abandonar su país después de que la Universidad de Cambridge se negase a reconocer su licenciatura en Física y química. ¿La razón? Ser mujer.

A diferencia de la prestigiosa (y retrógrada) universidad británica, los centros de educación superior estadounidenses sí que trataban en igualdad de condiciones a los alumnos independientemente de que fueran hombres o mujeres. Al menos, aparentemente.

A pesar de esos avances, el machismo continuaba presente en las aulas. Tras leer su tesis, en la que afirmaba que las estrellas estaban compuestas principalmente de hidrógeno, uno de sus colegas le aconsejó que no la publicase por lo arriesgado de sus conclusiones.

Cuando finalmente las investigaciones de Payne se confirmaron, fueron muchos los que se apuntaron el tanto olvidando acreditar que había sido ella la primera en enunciar esa teoría.

Algo semejante sucedió cuando Payne fue contratada para dar clases en Cambridge. A pesar de su brillante curriculum, su sueldo era notablemente inferior al de sus colegas. Siguió siendo así hasta que se convirtió en la primera mujer en dirigir un departamento en Harvard.

El interés de Cecilia Payne por la astronomía fue una especie de amor a primera vista. Siendo una niña, paseaba con su madre una noche cuando vieron cómo un cometa dejaba su estela en el cielo. A partir de entonces decidió que quería saber más sobre esos fenómenos.

A los 19 años obtuvo una beca en Cambridge para estudiar ciencias. Sin embargo, la atracción por el cosmos era más fuerte y decidió hacerse astrónoma, por mucho que les incomodase a las carcundas instituciones educativas inglesas.

Posteriormente, ya en Estados Unidos, Payne continuó desarrollando investigaciones sobre la composición de las estrellas y la Vía Láctea. Unos descubrimientos que vertía tanto en textos para la comunidad científica como en libros divulgativos fácilmente comprensibles por el gran público.

Sin embargo, su trabajo más curioso en el campo de las estrellas llegaría en 1975. En esa fecha, la revista Scientific American publicó en su portada una fotografía de una supernova llamada Casiopea A, realizada con rayos X por investigadores del MIT de Massachussets.

La belleza de la imagen hizo que un amigo de Payne, John R. Whitman, tuviera una ingeniosa idea. Tras recrear la imagen en papel, para lo cual fue necesario usar el ordenador civil más potente que existía, se sacó un primer patrón. Posteriormente se determinaron los diferentes colores según el original y los hilos disponibles.

Finalmente, Whitman le propuso a Payne que la bordara en punto de cruz. La científica, que ya estaba jubilada, aceptó. Un año después, con la misma paciencia que empleó para descubrir los secretos de las estrellas, la supernova Casiopea A estaba terminada. Tres años más tarde, en 1979, Payne falleció en Estados Unidos.

En la actualidad, el legado de Cecilia Payne se guarda en el Archivo de la Universidad de Cambridge. Entre los diferentes documentos que se conservan está el bordado de Casiopea A, así como las instrucciones para hacer el patrón del dibujo, la muestra y el acabado final. También se guardan los hilos que se emplearon junto con libros, escritos y cartas. Estas últimas no se podrán abrir hasta dentro de varias décadas. Cuando se cumplan los 80 años de su muerte.

En 1925, Cecilia Payne presentó su tesis doctoral en el área de astronomía del Radcliffe College de Estados Unidos. Era inglesa, pero había decidido abandonar su país después de que la Universidad de Cambridge se negase a reconocer su licenciatura en Física y química. ¿La razón? Ser mujer.

A diferencia de la prestigiosa (y retrógrada) universidad británica, los centros de educación superior estadounidenses sí que trataban en igualdad de condiciones a los alumnos independientemente de que fueran hombres o mujeres. Al menos, aparentemente.

A pesar de esos avances, el machismo continuaba presente en las aulas. Tras leer su tesis, en la que afirmaba que las estrellas estaban compuestas principalmente de hidrógeno, uno de sus colegas le aconsejó que no la publicase por lo arriesgado de sus conclusiones.

Cuando finalmente las investigaciones de Payne se confirmaron, fueron muchos los que se apuntaron el tanto olvidando acreditar que había sido ella la primera en enunciar esa teoría.

Algo semejante sucedió cuando Payne fue contratada para dar clases en Cambridge. A pesar de su brillante curriculum, su sueldo era notablemente inferior al de sus colegas. Siguió siendo así hasta que se convirtió en la primera mujer en dirigir un departamento en Harvard.

El interés de Cecilia Payne por la astronomía fue una especie de amor a primera vista. Siendo una niña, paseaba con su madre una noche cuando vieron cómo un cometa dejaba su estela en el cielo. A partir de entonces decidió que quería saber más sobre esos fenómenos.

A los 19 años obtuvo una beca en Cambridge para estudiar ciencias. Sin embargo, la atracción por el cosmos era más fuerte y decidió hacerse astrónoma, por mucho que les incomodase a las carcundas instituciones educativas inglesas.

Posteriormente, ya en Estados Unidos, Payne continuó desarrollando investigaciones sobre la composición de las estrellas y la Vía Láctea. Unos descubrimientos que vertía tanto en textos para la comunidad científica como en libros divulgativos fácilmente comprensibles por el gran público.

Sin embargo, su trabajo más curioso en el campo de las estrellas llegaría en 1975. En esa fecha, la revista Scientific American publicó en su portada una fotografía de una supernova llamada Casiopea A, realizada con rayos X por investigadores del MIT de Massachussets.

La belleza de la imagen hizo que un amigo de Payne, John R. Whitman, tuviera una ingeniosa idea. Tras recrear la imagen en papel, para lo cual fue necesario usar el ordenador civil más potente que existía, se sacó un primer patrón. Posteriormente se determinaron los diferentes colores según el original y los hilos disponibles.

Finalmente, Whitman le propuso a Payne que la bordara en punto de cruz. La científica, que ya estaba jubilada, aceptó. Un año después, con la misma paciencia que empleó para descubrir los secretos de las estrellas, la supernova Casiopea A estaba terminada. Tres años más tarde, en 1979, Payne falleció en Estados Unidos.

En la actualidad, el legado de Cecilia Payne se guarda en el Archivo de la Universidad de Cambridge. Entre los diferentes documentos que se conservan está el bordado de Casiopea A, así como las instrucciones para hacer el patrón del dibujo, la muestra y el acabado final. También se guardan los hilos que se emplearon junto con libros, escritos y cartas. Estas últimas no se podrán abrir hasta dentro de varias décadas. Cuando se cumplan los 80 años de su muerte.

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Opiniones 3
  • Aunque está a años-luz del artículo, me recuerdan a las MAMADAS A PUNTO DE CRUZ.
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