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28 de diciembre 2018    /   IDEAS
por
ilustracion  Buba Viedma

Ataúlfo, el fantasma del Museo Reina Sofía

28 de diciembre 2018    /   IDEAS     por        ilustracion  Buba Viedma
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Un museo sin espectros es un museo sin flow. Pero, por fortuna, el Reina Sofía de Madrid vio rondar por sus pasillos espíritus vestidos de monja y un fantasmón asesino que se presentó una noche, chulesco, para infarto de los vigilantes.

El edificio, abandonado desde los años 60, vivía okupado por los gatos. Tan solo acumulaba polvo y pises de minino hasta que dos décadas después convirtieron esa pocilga en el actual centro de arte. Los vigilantes del museo oían ruidos escabrosos y veían sombras escalofriantes errando por las galerías. Los ascensores subían y bajaban a su aire; las cámaras de seguridad grababan imágenes inexplicables.

El repelús invadió el edificio y decidieron escarbar en su pasado. Ahí, bajo esa tierra, yacía una sórdida vida ultratumba: cientos de mendigos y enfermos de la peste habían sido hacinados y enterrados en el siglo XVI.

Intrigados por la historia, una plácida noche, cuatro vigilantes del Reina Sofía usaron una ouija de teléfono para llamar al más allá.

—¿Hay alguien ahí? —preguntó uno.

El silencio ocupó el sótano. No se movía ni un pelo.

—Si estás aquí, manifiéstate —insistieron.

El vaso echó a andar: «Sí».

—¿Quién eres? —se interesó otro.

===> … A… ===> … T… ===> … A…

—Me… lla… mo… A… t… a. Soy… un… loco… pe.. li… gro… so… y… un… ase… si… no.

Pof, pof. Dos golpes secos sonaron en la pared. ¡Horror! Casi se les corta la sangre.

—Ata… Es Ataúlfo —bromeó un vigilante, a ver si así dejaban de temblarle las canillas.

Pero el pavor volvió al tablero cuando aquella alma perdida les soltó: «En unos días tendrás una desgracia. Prepárate».

¿A quién se lo decía? Ni la más remota idea. Todos salieron del edificio con el culo apretao.

Pocos días después se resolvió el enigma: un familiar de uno de ellos murió aplastado en un accidente de tráfico.

A los empleados se les pusieron los pelos como escarpias. La vigilante que cuidaba el Guernica solicitó el traslado: estaba espeluznada por las rarezas que ocurrían en esa sala. Otro consiguió la baja porque los espíritus lo traían de cabeza. Hasta pidieron ayuda al Gobierno. Pero la Consejería de Medio Ambiente respondió que no tenía «competencias sobre fenómenos paranormales».

Hubo que llamar entonces al Padre Pilón. El experto en parapsicología y su equipo midieron los campos electromagnéticos, realizaron análisis radiestésicos y otra vez los ascensores empezaron a subir y bajar a lo loco. Cuentan que en los barridos fotográficos aparecieron burbujas lumínicas de color verdoso, pero poco más se conoce de aquel informe porque la dirección del museo ordenó chitón.

Desde entonces poco se sabe de Ataúlfo. Por dónde andará esta alma en pena. Qué pasillos rondarán su espíritu. En qué extraño pliegue espaciotemporal pasearán hoy sus cadenas.

Un museo sin espectros es un museo sin flow. Pero, por fortuna, el Reina Sofía de Madrid vio rondar por sus pasillos espíritus vestidos de monja y un fantasmón asesino que se presentó una noche, chulesco, para infarto de los vigilantes.

El edificio, abandonado desde los años 60, vivía okupado por los gatos. Tan solo acumulaba polvo y pises de minino hasta que dos décadas después convirtieron esa pocilga en el actual centro de arte. Los vigilantes del museo oían ruidos escabrosos y veían sombras escalofriantes errando por las galerías. Los ascensores subían y bajaban a su aire; las cámaras de seguridad grababan imágenes inexplicables.

El repelús invadió el edificio y decidieron escarbar en su pasado. Ahí, bajo esa tierra, yacía una sórdida vida ultratumba: cientos de mendigos y enfermos de la peste habían sido hacinados y enterrados en el siglo XVI.

Intrigados por la historia, una plácida noche, cuatro vigilantes del Reina Sofía usaron una ouija de teléfono para llamar al más allá.

—¿Hay alguien ahí? —preguntó uno.

El silencio ocupó el sótano. No se movía ni un pelo.

—Si estás aquí, manifiéstate —insistieron.

El vaso echó a andar: «Sí».

—¿Quién eres? —se interesó otro.

===> … A… ===> … T… ===> … A…

—Me… lla… mo… A… t… a. Soy… un… loco… pe.. li… gro… so… y… un… ase… si… no.

Pof, pof. Dos golpes secos sonaron en la pared. ¡Horror! Casi se les corta la sangre.

—Ata… Es Ataúlfo —bromeó un vigilante, a ver si así dejaban de temblarle las canillas.

Pero el pavor volvió al tablero cuando aquella alma perdida les soltó: «En unos días tendrás una desgracia. Prepárate».

¿A quién se lo decía? Ni la más remota idea. Todos salieron del edificio con el culo apretao.

Pocos días después se resolvió el enigma: un familiar de uno de ellos murió aplastado en un accidente de tráfico.

A los empleados se les pusieron los pelos como escarpias. La vigilante que cuidaba el Guernica solicitó el traslado: estaba espeluznada por las rarezas que ocurrían en esa sala. Otro consiguió la baja porque los espíritus lo traían de cabeza. Hasta pidieron ayuda al Gobierno. Pero la Consejería de Medio Ambiente respondió que no tenía «competencias sobre fenómenos paranormales».

Hubo que llamar entonces al Padre Pilón. El experto en parapsicología y su equipo midieron los campos electromagnéticos, realizaron análisis radiestésicos y otra vez los ascensores empezaron a subir y bajar a lo loco. Cuentan que en los barridos fotográficos aparecieron burbujas lumínicas de color verdoso, pero poco más se conoce de aquel informe porque la dirección del museo ordenó chitón.

Desde entonces poco se sabe de Ataúlfo. Por dónde andará esta alma en pena. Qué pasillos rondarán su espíritu. En qué extraño pliegue espaciotemporal pasearán hoy sus cadenas.

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