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13 de abril 2018    /   IDEAS
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La Atlántida existe, y es de carne y hueso

13 de abril 2018    /   IDEAS     por          
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Eres el territorio fantasma que persiguen los historiadores y los arqueólogos desde que leyeron a Platón. En uno de sus diálogos escribe que Critias escuchó la historia a su abuelo, que a su vez se enteró por boca de Solón, a quien se lo contaron los egipcios…

Desde entonces se han buscado huellas de ese mundo perdido bajo los humedales del parque de Doñana. Otros lo han hecho en Cerdeña. O incluso más allá de las Columnas de Hércules. Por eso no faltan quienes afirman que la Atlántida está en las islas Canarias. Pero la mayoría coincide en que se trataba de la civilización minoica, emplazada en Creta. Minos. Minotauro. Dédalo. Ariadna. ¡Ah, cuántos mitos! Tantos como los que me condujeron a ti.

Tampoco yo dejo de excavar en lugares equivocados buscándote. A veces creo reconocerte en un vestigio, una piedra que no debería estar allí, unas ruinas sumergidas hace muchos siglos o un pecio cubierto de moluscos y frecuentado por cardúmenes de sardinas curiosas. Pero no puedo afirmar que se trate de ti, al menos no de manera fehaciente. Y por eso tu leyenda crece en mi corazón, alimentada por lo irracional, como lo hacen todas las grandes leyendas.

Llevo mucho tiempo rastreando tus pistas falsas, imaginando fabulosas ciudades sumergidas que otrora tuvieron una formidable actividad comercial y social, pero que fueron sepultadas por una catástrofe. Asoladas por un terremoto de proporciones bíblicas, y borradas después por un tsunami nunca visto en nuestros tiempos modernos.

Los científicos emplean excavadoras de profundidad y drones subacuáticos de última generación, así como la prodigiosa tecnología de escaneo láser que está revelando ciudades mayas engullidas por la selva. Pero no la Atlántida. No a ti, que escaparás siempre a los sensores de cualquier dispositivo, por avanzado que sea.  

Yo no uso maquinaria; profundizo en mis recuerdos con mis propias manos, hiriéndome, tratando de hallarte de nuevo. Elijo el emplazamiento donde hundir y hundir los dedos, ávidos de certezas, para después izarlos vacíos, lacerados y culpables. ¿Qué sucedió con la Atlántida? ¿Qué te sucedió a ti?

¿Qué queda hoy en pie de todo aquello que construimos juntos? Ruinas, solo ruinas. Pasto de arqueólogos y atracción para turistas, pues de algo tan hermoso, sofisticado y lleno de futuro como el mundo que habitábamos tú y yo, incluso sus escombros han de ser bellos.

Irrumpiste en mi vida, la colonizaste de una forma poderosa y floreciente, con la promesa de un imperio, y de una apuesta que nunca llegó a concretarse. Tu colapso y posterior hundimiento bajo las aguas de la memoria me causó primero incredulidad, luego estupor. Si una estructura como la tuya podía desaparecer de la noche a la mañana y ser engullida por el mar y por el tiempo, ¿qué no podrá sucedernos a los demás, que no gozamos de la protección de Neptuno ni somos atlantes?, ¿qué no podrá pasarme a mí?

Solo Platón lo sabe, pero se llevó ese secreto a la tumba, que puede visitarse en estos plácidos jardines de la Academia de Atenas. Y es precisamente desde aquí desde donde te escribo hoy estas palabras, ya sin ninguna duda: la Atlántida eres tú.

Siempre has sido tú.

 

Eres el territorio fantasma que persiguen los historiadores y los arqueólogos desde que leyeron a Platón. En uno de sus diálogos escribe que Critias escuchó la historia a su abuelo, que a su vez se enteró por boca de Solón, a quien se lo contaron los egipcios…

Desde entonces se han buscado huellas de ese mundo perdido bajo los humedales del parque de Doñana. Otros lo han hecho en Cerdeña. O incluso más allá de las Columnas de Hércules. Por eso no faltan quienes afirman que la Atlántida está en las islas Canarias. Pero la mayoría coincide en que se trataba de la civilización minoica, emplazada en Creta. Minos. Minotauro. Dédalo. Ariadna. ¡Ah, cuántos mitos! Tantos como los que me condujeron a ti.

Tampoco yo dejo de excavar en lugares equivocados buscándote. A veces creo reconocerte en un vestigio, una piedra que no debería estar allí, unas ruinas sumergidas hace muchos siglos o un pecio cubierto de moluscos y frecuentado por cardúmenes de sardinas curiosas. Pero no puedo afirmar que se trate de ti, al menos no de manera fehaciente. Y por eso tu leyenda crece en mi corazón, alimentada por lo irracional, como lo hacen todas las grandes leyendas.

Llevo mucho tiempo rastreando tus pistas falsas, imaginando fabulosas ciudades sumergidas que otrora tuvieron una formidable actividad comercial y social, pero que fueron sepultadas por una catástrofe. Asoladas por un terremoto de proporciones bíblicas, y borradas después por un tsunami nunca visto en nuestros tiempos modernos.

Los científicos emplean excavadoras de profundidad y drones subacuáticos de última generación, así como la prodigiosa tecnología de escaneo láser que está revelando ciudades mayas engullidas por la selva. Pero no la Atlántida. No a ti, que escaparás siempre a los sensores de cualquier dispositivo, por avanzado que sea.  

Yo no uso maquinaria; profundizo en mis recuerdos con mis propias manos, hiriéndome, tratando de hallarte de nuevo. Elijo el emplazamiento donde hundir y hundir los dedos, ávidos de certezas, para después izarlos vacíos, lacerados y culpables. ¿Qué sucedió con la Atlántida? ¿Qué te sucedió a ti?

¿Qué queda hoy en pie de todo aquello que construimos juntos? Ruinas, solo ruinas. Pasto de arqueólogos y atracción para turistas, pues de algo tan hermoso, sofisticado y lleno de futuro como el mundo que habitábamos tú y yo, incluso sus escombros han de ser bellos.

Irrumpiste en mi vida, la colonizaste de una forma poderosa y floreciente, con la promesa de un imperio, y de una apuesta que nunca llegó a concretarse. Tu colapso y posterior hundimiento bajo las aguas de la memoria me causó primero incredulidad, luego estupor. Si una estructura como la tuya podía desaparecer de la noche a la mañana y ser engullida por el mar y por el tiempo, ¿qué no podrá sucedernos a los demás, que no gozamos de la protección de Neptuno ni somos atlantes?, ¿qué no podrá pasarme a mí?

Solo Platón lo sabe, pero se llevó ese secreto a la tumba, que puede visitarse en estos plácidos jardines de la Academia de Atenas. Y es precisamente desde aquí desde donde te escribo hoy estas palabras, ya sin ninguna duda: la Atlántida eres tú.

Siempre has sido tú.

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  • No sé si lo entiendo del todo o si no hay nada que entender más allá del significado que quiera darle cada cual, pero me ha parecido un texto precioso (y quizás demasiado oportuno en este momento exacto de mi vida). Enhorabuena.

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