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18 de enero 2017    /   IDEAS
por
ilustracion  Cranio Dsgn

Audrey Tang: la ministra digital posgénero que da lecciones al mundo de democracia avanzada

18 de enero 2017    /   IDEAS     por        ilustracion  Cranio Dsgn
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Audrey Tang no pertenece a ningún partido político. No le hizo falta para convertirse en la ministra Digital de Taiwán a finales del verano pasado. Mereció el cargo porque dos años antes tuvo la valentía de tomar el Parlamento para explicar a su Gobierno que no iban a tolerar que negociaran un tratado de libre comercio con China a sus espaldas. En secreto y a puerta cerrada.

Ese desprecio por la opinión de los ciudadanos hizo brotar el Movimiento Girasol. Decenas de jóvenes ocuparon el Pleno del Parlamento porque querían una democracia aún mejor que la que inventaron en Grecia. A los taiwaneses no les bastaron las calles, como en el 15-M; ni alzaron banderas ideológicas, como aquí. No eran estudiantes de Ciencias Políticas. Eran estudiantes de Informática e Ingeniería, y tenían un plan escrito en código. Querían actualizar la democracia con aplicaciones de software libre que hicieran funcionar valores cívicos tan básicos como la libertad, la transparencia y la participación.

Tang se define como anarquista conservadora pero admite pocas etiquetas más. Ni hombre, ni mujer; ni joven, ni vieja. Esta taiwanesa se describe como posgénero. Da igual que tenga 35 años o que al nacer pensaran que era un niño. Ella quiere que la valoren sólo por sus ideas.

La ministra Digital de Taiwán tiene su oficina allá donde esté su robot de inteligencia artificial. A través del aparato, que parece más una torre de la luz en miniatura que un androide, Tang mantiene reuniones y videoconferencias con personas de todo el mundo. Además, el autómata camina. Así puede llevar su cámara por todos los rincones donde se encuentra y proporcionar una sensación más inmersiva al que está al otro lado de la pantalla.

Eso le permite viajar a cualquier parte del mundo donde estén construyendo herramientas para crear democracias deliberativas. Fue esto lo que trajo a la taiwanesa a Madrid a principios del pasado diciembre. Tang participó en el taller de ‘Inteligencia colectiva para la democracia’ que organizó Medialab-Prado Madrid. Un encuentro que le iba al pelo, porque además de ser una de las grandes impulsoras mundiales de la democracia participativa, es inteligente para rato. Su coeficiente intelectual está disparado. Ciento ochenta. Ahí es nada.

Taiwán es hoy el país más transparente del planeta. Audrey Tang ha hecho mucho para que los datos del Open Data Index lo sitúen en esta primera posición. En la isla asiática utilizan una plataforma llamada vTaiwan donde los ciudadanos pueden expresar su opinión sobre las propuestas del gobierno (‘Estoy de acuerdo’, ‘No estoy de acuerdo’ o ‘Paso’) y proponer nuevas ideas para que toda la comunidad debata. «Cuando las personas ven que escuchamos sus ideas, confían más en la Administración», indica Tang en Medialab-Prado Madrid. «Tenemos que esforzarnos en comunicarnos más con los que menos esperan del gobierno».

En su empeño por «reinventar la democracia en Taiwán», Tang ha situado en primer plano a una de las comunidades que lideraron el Movimiento Girasol. La ministra trabaja con hacktivistas de g0v para enseñar a la población herramientas que les ayudarán a construir, entre todos, una democracia adaptada a la era digital.

Ellos se definen como un «movimiento cívico de cibernautas informados que buscan un gobierno propio participativo» y no conciben la política ni el gobierno sin comunicación digital. El concepto griego de democracia fue interesante durante los últimos veinticinco siglos, pero piensan que muy pronto las democracias que no tengan internet en cuenta resultarán tan intangibles como el éter aristotélico.

Esta programadora autodidacta predica su fe en la transparencia con tanta coherencia que graba todas sus reuniones y entrevistas con una cámara de vídeo. Después las publica en su web y así todo queda a la vista del que quiera ver su ejercicio de ministra. Lo llama «transparencia radical» e incluye esta entrevista. Mientras se situaba frente a la cámara de vídeo de Yorokobu, Tang sacó la suya de su mochila. A los pocos segundos hizo un gesto de ‘esto no tiene ni pies ni cabeza’ y dijo: «Vosotros estáis grabando. ¿Me lo podéis pasar después?».

YOROKOBU: Al principio internet parecía un lugar que funcionaría con normas distintas a las del mundo físico. No ha sido así. Ni es más plural ni más democrático. Al contrario. Nunca nadie tuvo tanto poder en la comunicación como Facebook. ¿Cómo ves su futuro?

AUDREY TANG: Yo empecé a utilizar internet en 1992, cuando Tim Berners Lee y sus amigos estaban inventando la Web. Lo que más usábamos entonces era el e-mail y esta sigue siendo la principal aplicación. El correo electrónico es algo casi mágico porque permite que podamos comunicarnos con cualquier persona. Lo único que necesitamos es su dirección. Eso hace que se extienda el poder del centro a las orillas sin tener que pasar por la oficina de Correos y esperar el tiempo que supone el envío de papel. Y, además, no cuesta dinero. Ha descentralizado el poder.

En internet, efectivamente, todo el mundo visita las mismas webs. Una de ellas es Facebook.com. Eso hace que se centralice mucho la comunicación, pero mi sensación es que lo importante es recordar que internet es más que la Web, la Web es más que las redes sociales, las redes sociales son más que Facebook y Twitter…

Y: Parece que estamos en un momento bastante conservador. Muchos gobiernos están optando por medidas poco innovadoras. ¿Crees que hay creatividad en la búsqueda de soluciones a los asuntos actuales?

A.T.: No creo que lo conservador sea algo malo. Implica que tienes un respeto por la tradición y quieres mantener lo mejor de ella. En el sur de Asia respetamos mucho la tradición y no pensamos que sea negativo. Pero tenemos que diferenciar el espíritu de la tradición (los valores humanos) frente a la forma de la tradición, porque los modos antiguos no siempre resultan los más efectivos.

Nosotros siempre preguntamos a la gente cuáles son sus valores. No nos importa la forma en que los manifiesten. Y nos damos cuenta de que casi todo el mundo comparte los mismos principios. En lo que difieren es en la implementación. Por eso, una vez que estamos de acuerdo en mantener los valores que nos interesan, cada uno puede innovar a su manera.

Y: Estamos pasando de un mundo analógico a uno digital y, a veces, da la sensación de que algunas ideas y algunos comportamientos están caducados.

A.T.: Mi sensación es que las herramientas digitales abren una nueva ventana. Traen una nueva dimensión y nos hace superar distancias. La semana pasada, por ejemplo, participé en un seminario mediante un robot de realidad virtual y así pude sentir a los participantes en el auditorio.
No creo que la comunicación en sí haya cambiado mucho. Pero el mundo digital nos hace sentir que podemos comunicarnos mejor. Las tecnologías cognitivas también nos permiten comunicarnos en lenguajes diferentes mediante la traducción automática. Por eso las llamamos asistentes tecnológicos. Asisten, ayudan a conectar a las personas. Si por el contrario, impulsamos herramientas que no facilitan la comunicación, estaríamos cometiendo un error. Esa es la forma en la que juzgo la tecnología.

Y: Vives con siete gatos y dos perros.

A.T.: Sí. Hay muchas personas y organizaciones interesadas en el bienestar de los animales. Nosotros mismos, los ciudadanos, recogemos a los gatos de la calle. Es una decisión ética o moral. Antes estaba más implicada emocionalmente con los animales, pero ya no tengo mucho tiempo para cuidarlos. Ahora actúo más como un refugio o una guardería. Los animales me enseñan mucho sobre los humanos. Porque, a veces, usamos tanto texto en nuestra tecnología que olvidamos que también somos animales y queremos que nos toquen, nos abracen y ser sociables en el mismo modo que son los gatos y los perros. Esta relación con los animales nos recuerda que no podemos depender sólo de las abstracciones. Tenemos que seguir siendo animales sociales aunque vivamos en la era digital.

Y: Hablas de posgénero en vez de transgénero. ¿Qué quieres decir con esa palabra?

A.T.: Yo hablo mucho de posedad. De edad, de generaciones… No sólo de género. Lo hago porque la idea de intersexualidad empodera a cualquier minoría, cualquiera que esté en una situación de debilidad frente a la mayoría. En vez de competir por ser la parte más fuerte de la sociedad, recordamos que hay personas que sufren. Por ejemplo, si las feministas consiguen la igualdad, después pueden trabajar por los derechos de los animales o cualquier otra causa porque es el mismo activismo.

La idea de posgénero consiste en juzgar a las personas por sus valores, por lo que piensan que es importante, en vez de por su apariencia, su edad y esos factores. Todas esas cualidades pueden cambiar. De hecho, evolucionan muy rápido. El aspecto físico se puede transformar en un momento con la cirugía estética. Yo defiendo la intersexualidad y la diversidad. A mí me gustaría que me reconocieran por lo que pienso y no por mi aspecto.

Audrey Tang no pertenece a ningún partido político. No le hizo falta para convertirse en la ministra Digital de Taiwán a finales del verano pasado. Mereció el cargo porque dos años antes tuvo la valentía de tomar el Parlamento para explicar a su Gobierno que no iban a tolerar que negociaran un tratado de libre comercio con China a sus espaldas. En secreto y a puerta cerrada.

Ese desprecio por la opinión de los ciudadanos hizo brotar el Movimiento Girasol. Decenas de jóvenes ocuparon el Pleno del Parlamento porque querían una democracia aún mejor que la que inventaron en Grecia. A los taiwaneses no les bastaron las calles, como en el 15-M; ni alzaron banderas ideológicas, como aquí. No eran estudiantes de Ciencias Políticas. Eran estudiantes de Informática e Ingeniería, y tenían un plan escrito en código. Querían actualizar la democracia con aplicaciones de software libre que hicieran funcionar valores cívicos tan básicos como la libertad, la transparencia y la participación.

Tang se define como anarquista conservadora pero admite pocas etiquetas más. Ni hombre, ni mujer; ni joven, ni vieja. Esta taiwanesa se describe como posgénero. Da igual que tenga 35 años o que al nacer pensaran que era un niño. Ella quiere que la valoren sólo por sus ideas.

La ministra Digital de Taiwán tiene su oficina allá donde esté su robot de inteligencia artificial. A través del aparato, que parece más una torre de la luz en miniatura que un androide, Tang mantiene reuniones y videoconferencias con personas de todo el mundo. Además, el autómata camina. Así puede llevar su cámara por todos los rincones donde se encuentra y proporcionar una sensación más inmersiva al que está al otro lado de la pantalla.

Eso le permite viajar a cualquier parte del mundo donde estén construyendo herramientas para crear democracias deliberativas. Fue esto lo que trajo a la taiwanesa a Madrid a principios del pasado diciembre. Tang participó en el taller de ‘Inteligencia colectiva para la democracia’ que organizó Medialab-Prado Madrid. Un encuentro que le iba al pelo, porque además de ser una de las grandes impulsoras mundiales de la democracia participativa, es inteligente para rato. Su coeficiente intelectual está disparado. Ciento ochenta. Ahí es nada.

Taiwán es hoy el país más transparente del planeta. Audrey Tang ha hecho mucho para que los datos del Open Data Index lo sitúen en esta primera posición. En la isla asiática utilizan una plataforma llamada vTaiwan donde los ciudadanos pueden expresar su opinión sobre las propuestas del gobierno (‘Estoy de acuerdo’, ‘No estoy de acuerdo’ o ‘Paso’) y proponer nuevas ideas para que toda la comunidad debata. «Cuando las personas ven que escuchamos sus ideas, confían más en la Administración», indica Tang en Medialab-Prado Madrid. «Tenemos que esforzarnos en comunicarnos más con los que menos esperan del gobierno».

En su empeño por «reinventar la democracia en Taiwán», Tang ha situado en primer plano a una de las comunidades que lideraron el Movimiento Girasol. La ministra trabaja con hacktivistas de g0v para enseñar a la población herramientas que les ayudarán a construir, entre todos, una democracia adaptada a la era digital.

Ellos se definen como un «movimiento cívico de cibernautas informados que buscan un gobierno propio participativo» y no conciben la política ni el gobierno sin comunicación digital. El concepto griego de democracia fue interesante durante los últimos veinticinco siglos, pero piensan que muy pronto las democracias que no tengan internet en cuenta resultarán tan intangibles como el éter aristotélico.

Esta programadora autodidacta predica su fe en la transparencia con tanta coherencia que graba todas sus reuniones y entrevistas con una cámara de vídeo. Después las publica en su web y así todo queda a la vista del que quiera ver su ejercicio de ministra. Lo llama «transparencia radical» e incluye esta entrevista. Mientras se situaba frente a la cámara de vídeo de Yorokobu, Tang sacó la suya de su mochila. A los pocos segundos hizo un gesto de ‘esto no tiene ni pies ni cabeza’ y dijo: «Vosotros estáis grabando. ¿Me lo podéis pasar después?».

YOROKOBU: Al principio internet parecía un lugar que funcionaría con normas distintas a las del mundo físico. No ha sido así. Ni es más plural ni más democrático. Al contrario. Nunca nadie tuvo tanto poder en la comunicación como Facebook. ¿Cómo ves su futuro?

AUDREY TANG: Yo empecé a utilizar internet en 1992, cuando Tim Berners Lee y sus amigos estaban inventando la Web. Lo que más usábamos entonces era el e-mail y esta sigue siendo la principal aplicación. El correo electrónico es algo casi mágico porque permite que podamos comunicarnos con cualquier persona. Lo único que necesitamos es su dirección. Eso hace que se extienda el poder del centro a las orillas sin tener que pasar por la oficina de Correos y esperar el tiempo que supone el envío de papel. Y, además, no cuesta dinero. Ha descentralizado el poder.

En internet, efectivamente, todo el mundo visita las mismas webs. Una de ellas es Facebook.com. Eso hace que se centralice mucho la comunicación, pero mi sensación es que lo importante es recordar que internet es más que la Web, la Web es más que las redes sociales, las redes sociales son más que Facebook y Twitter…

Y: Parece que estamos en un momento bastante conservador. Muchos gobiernos están optando por medidas poco innovadoras. ¿Crees que hay creatividad en la búsqueda de soluciones a los asuntos actuales?

A.T.: No creo que lo conservador sea algo malo. Implica que tienes un respeto por la tradición y quieres mantener lo mejor de ella. En el sur de Asia respetamos mucho la tradición y no pensamos que sea negativo. Pero tenemos que diferenciar el espíritu de la tradición (los valores humanos) frente a la forma de la tradición, porque los modos antiguos no siempre resultan los más efectivos.

Nosotros siempre preguntamos a la gente cuáles son sus valores. No nos importa la forma en que los manifiesten. Y nos damos cuenta de que casi todo el mundo comparte los mismos principios. En lo que difieren es en la implementación. Por eso, una vez que estamos de acuerdo en mantener los valores que nos interesan, cada uno puede innovar a su manera.

Y: Estamos pasando de un mundo analógico a uno digital y, a veces, da la sensación de que algunas ideas y algunos comportamientos están caducados.

A.T.: Mi sensación es que las herramientas digitales abren una nueva ventana. Traen una nueva dimensión y nos hace superar distancias. La semana pasada, por ejemplo, participé en un seminario mediante un robot de realidad virtual y así pude sentir a los participantes en el auditorio.
No creo que la comunicación en sí haya cambiado mucho. Pero el mundo digital nos hace sentir que podemos comunicarnos mejor. Las tecnologías cognitivas también nos permiten comunicarnos en lenguajes diferentes mediante la traducción automática. Por eso las llamamos asistentes tecnológicos. Asisten, ayudan a conectar a las personas. Si por el contrario, impulsamos herramientas que no facilitan la comunicación, estaríamos cometiendo un error. Esa es la forma en la que juzgo la tecnología.

Y: Vives con siete gatos y dos perros.

A.T.: Sí. Hay muchas personas y organizaciones interesadas en el bienestar de los animales. Nosotros mismos, los ciudadanos, recogemos a los gatos de la calle. Es una decisión ética o moral. Antes estaba más implicada emocionalmente con los animales, pero ya no tengo mucho tiempo para cuidarlos. Ahora actúo más como un refugio o una guardería. Los animales me enseñan mucho sobre los humanos. Porque, a veces, usamos tanto texto en nuestra tecnología que olvidamos que también somos animales y queremos que nos toquen, nos abracen y ser sociables en el mismo modo que son los gatos y los perros. Esta relación con los animales nos recuerda que no podemos depender sólo de las abstracciones. Tenemos que seguir siendo animales sociales aunque vivamos en la era digital.

Y: Hablas de posgénero en vez de transgénero. ¿Qué quieres decir con esa palabra?

A.T.: Yo hablo mucho de posedad. De edad, de generaciones… No sólo de género. Lo hago porque la idea de intersexualidad empodera a cualquier minoría, cualquiera que esté en una situación de debilidad frente a la mayoría. En vez de competir por ser la parte más fuerte de la sociedad, recordamos que hay personas que sufren. Por ejemplo, si las feministas consiguen la igualdad, después pueden trabajar por los derechos de los animales o cualquier otra causa porque es el mismo activismo.

La idea de posgénero consiste en juzgar a las personas por sus valores, por lo que piensan que es importante, en vez de por su apariencia, su edad y esos factores. Todas esas cualidades pueden cambiar. De hecho, evolucionan muy rápido. El aspecto físico se puede transformar en un momento con la cirugía estética. Yo defiendo la intersexualidad y la diversidad. A mí me gustaría que me reconocieran por lo que pienso y no por mi aspecto.

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