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26 de febrero 2019    /   ENTRETENIMIENTO
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Cuando una palabra significa una cosa y todo lo contrario

26 de febrero 2019    /   ENTRETENIMIENTO     por          
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Se llamaba Ramón, pero todos le llamaban Dr. Jekyll por lo variable de su carácter. Podía levantarse de un humor excelente y a lo largo del día, según soplara el viento, convertirse en un ser gruñón e insoportable.

Y verle mosqueado era malo, pero tener que soportar que pasara de la alegría extrema, de las risas sonoras, de esas que parecen desencajar la mandíbula, al llanto más amargo en cuestión de horas era, sencillamente, desolador.

No fueron pocos los psicólogos que estudiaron su caso. También atrajo la atención de neurólogos y de psiquiatras, pero no había nadie que diera con la causa de tanta volatibilidad en su carácter. Así que quienes le rodeaban, y él mismo, tuvieron que aprender a quererle tal y como era. Y la tarea no resultaba nada fácil.

Una mañana en la que despertó especialmente alicaído y bajo de moral, empezó a rondarle la idea del suicidio. No quería seguir viviendo así, en una eterna montaña rusa emocional. Empezó a estudiar cuál sería el mejor método para hacerlo, pero todos le asustaban.

Entonces se acordó de que había oído hablar de un grupo, algo parecido a una secta, formado por gente como él, deseosa de la muerte, que habían decidido suicidarse en grupo. La muerte en compañía parecía más apetecible. «Pues llega usted en el momento adecuado», le contestó alguien de la organización cuando llamó para pedir información. «Hemos fijado el día de nuestro suicidio para esta misma tarde. Acuda a usted al lugar que le voy a decir y bienvenido a la muerte».

Dr. Jekyll apuntó la dirección y se encaminó hacia allí dispuesto a morir. El lugar elegido era uno de los puentes más conocidos de la región, famoso por la cantidad de gente que practicaba esa extraña moda de tirarse desde lo alto atado por los pies.

Los suicidas habían decidido atarse todos de la misma cuerda que, cosas de la vida, no estaría bien asegurada. Todos, Ramón incluido, se subieron a la barandilla, se cogieron de las manos y justo cuando estaban a punto de dar el salto que les sacaría vía exprés de este mundo, a Dr. Jekyll le sobrevino uno de sus repentinos cambios de humor.

De la desesperación y el abatimiento pasó a la euforia y las enormes ganas de vivir. Y cuando se dio cuenta del problema de seguridad que amenazaba a todos, bajó del puente todo lo rápido que pudo y consiguió sujetar la cuerda al punto de seguridad justo en el momento en el que todos daban el salto, arruinando así el suicidio colectivo.

«¡Pero ¿es que no habíais visto que esto estaba mal atado, almas de cántaro?! ¡Y luego el loco soy yo!», gritaba desde la barandilla a sus compañeros de suicidio, que rebotaban en el vacío, ya bien asegurados, mostrándole muy a las claras el dedo corazón.

En nuestro idioma tenemos también palabras que sufren ese extraño síndrome del doctor Jekyll y Mr. Hyde. Son términos y locuciones que pueden significar una cosa y su contraria al mismo tiempo. Es lo que se conoce como autoantónimos, aunque los más técnicos prefieren llamarlo enantiosemia, que sabe Dios lo que quiere decir, pero que nos hace parecer mucho más sabios, dónde va a parar.

Son palabras como alquilar, que significa tanto dar en alquiler como tomar en alquiler. O dar clases, donde si nadie nos lo aclara, lo mismo eres tú quien las imparte como quien las recibe. Esas son reconocibles, pero hay otras que, si no hubiéramos buceado en el diccionario, probablemente no habríamos caído en sus varios y contrarios significados. Es el caso de nimiedad, que igual significa «pequeñez e insignificancia» como «exceso, demasía», en su segunda acepción.

Explica la Fundéu en la Wikilengua del español que su origen está muy a menudo en la antífrasis «por la que se designan personas o cosas con voces que significan lo contrario de lo que se debiera decir, y en los usos irónicos». Ejemplo de lo segundo sería perla, que igual se refiere a algo precioso como a una de esas cositas que nos dejan el culo torcido y nos rizan las pestañas cuando las vemos.

Y que en no pocas ocasiones, el sentido original ha acabado desplazado por el opuesto. Un ejemplo, en absoluto, que ahora entendemos con valor negativo, pero que también significa «de una manera general, resuelta y terminante».

Como sus significados son tan contrarios, resulta difícil encontrar ambigüedad en ellos. Pero no bajéis la guardia, no vaya a ser que les dé por volver a cambiar de significado y la liemos.

Se llamaba Ramón, pero todos le llamaban Dr. Jekyll por lo variable de su carácter. Podía levantarse de un humor excelente y a lo largo del día, según soplara el viento, convertirse en un ser gruñón e insoportable.

Y verle mosqueado era malo, pero tener que soportar que pasara de la alegría extrema, de las risas sonoras, de esas que parecen desencajar la mandíbula, al llanto más amargo en cuestión de horas era, sencillamente, desolador.

No fueron pocos los psicólogos que estudiaron su caso. También atrajo la atención de neurólogos y de psiquiatras, pero no había nadie que diera con la causa de tanta volatibilidad en su carácter. Así que quienes le rodeaban, y él mismo, tuvieron que aprender a quererle tal y como era. Y la tarea no resultaba nada fácil.

Una mañana en la que despertó especialmente alicaído y bajo de moral, empezó a rondarle la idea del suicidio. No quería seguir viviendo así, en una eterna montaña rusa emocional. Empezó a estudiar cuál sería el mejor método para hacerlo, pero todos le asustaban.

Entonces se acordó de que había oído hablar de un grupo, algo parecido a una secta, formado por gente como él, deseosa de la muerte, que habían decidido suicidarse en grupo. La muerte en compañía parecía más apetecible. «Pues llega usted en el momento adecuado», le contestó alguien de la organización cuando llamó para pedir información. «Hemos fijado el día de nuestro suicidio para esta misma tarde. Acuda a usted al lugar que le voy a decir y bienvenido a la muerte».

Dr. Jekyll apuntó la dirección y se encaminó hacia allí dispuesto a morir. El lugar elegido era uno de los puentes más conocidos de la región, famoso por la cantidad de gente que practicaba esa extraña moda de tirarse desde lo alto atado por los pies.

Los suicidas habían decidido atarse todos de la misma cuerda que, cosas de la vida, no estaría bien asegurada. Todos, Ramón incluido, se subieron a la barandilla, se cogieron de las manos y justo cuando estaban a punto de dar el salto que les sacaría vía exprés de este mundo, a Dr. Jekyll le sobrevino uno de sus repentinos cambios de humor.

De la desesperación y el abatimiento pasó a la euforia y las enormes ganas de vivir. Y cuando se dio cuenta del problema de seguridad que amenazaba a todos, bajó del puente todo lo rápido que pudo y consiguió sujetar la cuerda al punto de seguridad justo en el momento en el que todos daban el salto, arruinando así el suicidio colectivo.

«¡Pero ¿es que no habíais visto que esto estaba mal atado, almas de cántaro?! ¡Y luego el loco soy yo!», gritaba desde la barandilla a sus compañeros de suicidio, que rebotaban en el vacío, ya bien asegurados, mostrándole muy a las claras el dedo corazón.

En nuestro idioma tenemos también palabras que sufren ese extraño síndrome del doctor Jekyll y Mr. Hyde. Son términos y locuciones que pueden significar una cosa y su contraria al mismo tiempo. Es lo que se conoce como autoantónimos, aunque los más técnicos prefieren llamarlo enantiosemia, que sabe Dios lo que quiere decir, pero que nos hace parecer mucho más sabios, dónde va a parar.

Son palabras como alquilar, que significa tanto dar en alquiler como tomar en alquiler. O dar clases, donde si nadie nos lo aclara, lo mismo eres tú quien las imparte como quien las recibe. Esas son reconocibles, pero hay otras que, si no hubiéramos buceado en el diccionario, probablemente no habríamos caído en sus varios y contrarios significados. Es el caso de nimiedad, que igual significa «pequeñez e insignificancia» como «exceso, demasía», en su segunda acepción.

Explica la Fundéu en la Wikilengua del español que su origen está muy a menudo en la antífrasis «por la que se designan personas o cosas con voces que significan lo contrario de lo que se debiera decir, y en los usos irónicos». Ejemplo de lo segundo sería perla, que igual se refiere a algo precioso como a una de esas cositas que nos dejan el culo torcido y nos rizan las pestañas cuando las vemos.

Y que en no pocas ocasiones, el sentido original ha acabado desplazado por el opuesto. Un ejemplo, en absoluto, que ahora entendemos con valor negativo, pero que también significa «de una manera general, resuelta y terminante».

Como sus significados son tan contrarios, resulta difícil encontrar ambigüedad en ellos. Pero no bajéis la guardia, no vaya a ser que les dé por volver a cambiar de significado y la liemos.

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Opiniones 8
  • Buenas noches.

    Muy, muy interesante, interesantísimo su artículo!

    También la historia que citan acá de ejemplo es motivadora para muchas personas que cambian de parecer, pero que no saben que no es algo anormal, sino, parte de una inusual condición.

  • » aunque los más técnicos prefieren llamarlo enantiosemia, que sabe Dios lo que quiere decir, pero que nos hace parecer mucho más sabios, dónde va a parar.»
    Lo que nos hace parecer más idiotas es emplear un término más complejo. Autoantonimia resulta mucho más enrevesado y menos descriptivo que la palabra ‘técnica’. Enantios- (contrario) -sema (signo, significado) el sufijo -ia indica cualidad. Se agradece el artículo, muy interesante la historia. Pero de verdad, me ha chirriado cantidad encontrar esa frase en una entrada acerca de las palabras.

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