23 de mayo 2018    /   ENTRETENIMIENTO
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Juan Villarino: «España es uno de los peores países para hacer autoestop»

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«Dijeron de mí que soy el mejor mochilero del mundo, pero obviamente no tengo ningún récord». El argentino Juan Pablo Villarino lleva mes y medio concediendo entrevistas y aprovechado la oportunidad para desprenderse del título impuesto por The New York Times, que encabezó un extensísimo reportaje sobre sus viajes con el épico: The World’s Best Hitchhiker on The Secret of His Success (El mejor autoestopista del mundo y el secreto de su éxito).

Pese a no poder arrogarse una distinción tan incierta como la de viajero campeón, Villarino sería digno aspirante de un título hipotético. Sus credenciales son las siguientes: 2350 viajes, 90 países y 10.000 millas recorridas, que son el equivalente a circunvalar el globo terráqueo cuatro veces seguidas. En su caso, siempre mediante la práctica del autoestop.

Los recorridos de Acróbata del Camino –así se hace llamar en el blog desde donde relata sus aventuras– tienen el fin de reflejar la hospitalidad constitutiva de todas las culturas, no solo de aquellas que están en vías de desarrollo. Por ejemplo: «Hace poco me entrevistaron en Londres y se mostraron interesados en saber cómo había viajado a dedo por el Reino Unido, sorprendiéndose muchísimo de que tuviera cosas bonitas que decir. Ellos se consideran a sí mismos unos rufianes», afirma a Yorokobu y añade: «Mi intención es rescatar el espíritu humano más allá del formato de su cultura».

autopistas-europeas

Villarino recorre el mundo contrarrestando el relato atemorizante de los medios, cuyo torrente habitual de noticias parece decir: el mundo arde, la gente es mala; encadénate al sofá. Sus viajes son gestos políticos en la medida en que se adentran en tierras prohibidas, como cuando cruzó Oriente Medio y lo plasmó en el libro Vagabundeando en el Eje del Mal (Un viaje a dedo por Irán, Irak y Afganistán).

«Los pueblos de Oriente Medio son demonizados para así justificar sus guerras. Hay una construcción mediática de estereotipos que se ha venido reforzando desde el atentado del 11 de septiembre, con la que se extrapolan hechos puntuales para caracterizar a todo un pueblo. Mi propósito pasaba –y pasa– por mostrar la vida cotidiana a través de un relato más fiel», señala Villarino sobre su texto más nombrado.

Dando por buena la tesis del alarmismo excesivo, lo cierto es que el ‘Eje del Mal’, por utilizar su propia expresión, no es precisamente un domingo de paseo y centro comercial en la aburrida Europa: «Obviamente la prudencia es una virtud imprescindible. Hay momentos en los que claramente uno se la juega, como en la parte que decidí cruzar Afganistán por la ruta central que une Herat y Kabul. Eso no fue un acto de prudencia, pero también tengo que ser coherente con las premisas que planteo. A veces uno arriesga su vida para acceder a ciertos países y contar ciertas historias, pero también hay riesgo de infarto en un trabajo de 12 horas diarias de oficina».

La premisa que enriquece el viaje de Villarino –y su pareja Laura Lazzarino– es la de viajar atado al recurso del autoestop. Esa condición le obligó a esperar durante dos días en el Tíbet antes de que se detuviera un coche, o 24 horas en las congeladas rutas de La Patagonia. Villarino ha establecido un ranking de promedio de espera que va actualizando en su libreta, y que encabezan Albania con 5 minutos e Irak con 7: «Creo que toda la región de islam tiene muy integrado el tema de la ayuda al prójimo, sin embargo, también comprobé que en zonas de cristianos armenios ortodoxos te cogían muy rápido. Concluí que no depende tanto de la religión, sino de que esas personas están acostumbradas a la interdependencia porque hoy te pueden salvar a ti y mañana tú a ellos», resume.

africa

Tirando del mismo hilo argumental, Villarino añade que ese instinto de ayuda de los lugares hostiles está en el ADN de los humanos desde que éramos una tribu acechada por fieras, solo que en algunos sitios se ha desarrollado más que en otros. En España, por ejemplo, el instinto está adormilado: «España es un caso extraño porque es de los países más dificultosos de Europa para hacer autostop, tienes que esperar unos 40 minutos para que te lleven. No soy un sociólogo experto, pero mi sospecha es que tal vez han influido las décadas que estuvo bajo el franquismo donde se creó un sentimiento exacerbado del espacio privado. Aquí el coche no se negocia», resuelve.

A pesar de la dificultad de conectar coches patrios, hay algo muy español en el viaje de Villarino: su naturaleza quijotesca. Según se desprende del reportaje elaborado por The New York Times, el mochilero anda y desanda el mundo sin apenas oposición gracias al carácter idealista de su proyecto. Pocos osan entrometerse entre el caminante y su camino. «Cuando ven que tienes un objetivo y que vienes viajando desde hace meses –porque te preguntan–, entonces la gente siente que de alguna manera, para ayudarte, se está uniendo a una cadena de otra gente que ayudó desde el minuto uno. Hay un placer en servir de eslabón a una persona que está cumpliendo su sueño».

La cadena se rompe, a menudo, en la garita de un agente fronterizo. Al relato romántico del mundo interdependiente y altruista se opone la lógica geopolítica del muro divisorio; frente al hippie, la violencia de un funcionario protegiendo líneas invisibles a punta de pistola. «En las fronteras hemos tenido varios problemas, el más complicado fue en el viaje por África que hice con Laura, durante 15 meses, desde Egipto hacia Sudáfrica por la costa este. En el cruce de fronteras entre Yibuti y Somalilandia, los guardias fronterizos de la república autodeclarada nos exigieron un pago de 60 euros a cada uno después de cruzar el desierto durante toda la noche. Nos apuntaron con un AK-47 y ahí se complicó la cosa, fueron como tres horas de negociación utilizando resistencia pasiva. Al final nos dejaron pasar».

Con cada anécdota, el mochilero procura ensalzar la importancia de su compañera Laura Lazzarino dentro del proyecto en el que se ha convertido este trayecto infinito. Lazzarino tiene su propio blog –Los Viajes de Nena– y ambos han coescrito el libro Caminos Invisibles. Laura, dice Villarino, complementa su mirada: «Hace poco viajando por el norte de Sudán nos invitaron a entrar en una casa. Pues bien, antes, cuando ocurría esto, yo siempre me quedaba con los hombres mientras las mujeres se retiraban. En Medio Oriente era imposible saber de qué conversaban las mujeres detrás de las cortinas, pero Laura puede unirse a ellas y aprender sobre su vida cotidiana, su sexualidad, sus sueños. En definitiva, podemos completar un relato mucho más equitativo y apegado a la identidad de género».

El Tibet, Kabul, Somalilandia, Sudán del Sur… la vida de Juan Villarino y Laura Lazzarino acumula material suficiente para inspirar una road movie tipo Into the Wild. Todo aventuras, algunos riesgos, un único drama: el momento de la despedida en el que el protagonista se separa de su nueva familia, una y otra vez. ¿Merece la pena? «Muchas veces quieres compartir más tiempo con personas con las que, si hubierais coincidido en un lugar geográfico, hubieran sido tus amigos. Son personas de las que el viaje te separa, pero que tampoco conocerías sin ese viaje. Existe una gimnasia permanente de conocer gente y saber soltar, porque el tener las manos vacías es lo que te permite volver a recibir del camino».

 

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«Dijeron de mí que soy el mejor mochilero del mundo, pero obviamente no tengo ningún récord». El argentino Juan Pablo Villarino lleva mes y medio concediendo entrevistas y aprovechado la oportunidad para desprenderse del título impuesto por The New York Times, que encabezó un extensísimo reportaje sobre sus viajes con el épico: The World’s Best Hitchhiker on The Secret of His Success (El mejor autoestopista del mundo y el secreto de su éxito).

Pese a no poder arrogarse una distinción tan incierta como la de viajero campeón, Villarino sería digno aspirante de un título hipotético. Sus credenciales son las siguientes: 2350 viajes, 90 países y 10.000 millas recorridas, que son el equivalente a circunvalar el globo terráqueo cuatro veces seguidas. En su caso, siempre mediante la práctica del autoestop.

Los recorridos de Acróbata del Camino –así se hace llamar en el blog desde donde relata sus aventuras– tienen el fin de reflejar la hospitalidad constitutiva de todas las culturas, no solo de aquellas que están en vías de desarrollo. Por ejemplo: «Hace poco me entrevistaron en Londres y se mostraron interesados en saber cómo había viajado a dedo por el Reino Unido, sorprendiéndose muchísimo de que tuviera cosas bonitas que decir. Ellos se consideran a sí mismos unos rufianes», afirma a Yorokobu y añade: «Mi intención es rescatar el espíritu humano más allá del formato de su cultura».

autopistas-europeas

Villarino recorre el mundo contrarrestando el relato atemorizante de los medios, cuyo torrente habitual de noticias parece decir: el mundo arde, la gente es mala; encadénate al sofá. Sus viajes son gestos políticos en la medida en que se adentran en tierras prohibidas, como cuando cruzó Oriente Medio y lo plasmó en el libro Vagabundeando en el Eje del Mal (Un viaje a dedo por Irán, Irak y Afganistán).

«Los pueblos de Oriente Medio son demonizados para así justificar sus guerras. Hay una construcción mediática de estereotipos que se ha venido reforzando desde el atentado del 11 de septiembre, con la que se extrapolan hechos puntuales para caracterizar a todo un pueblo. Mi propósito pasaba –y pasa– por mostrar la vida cotidiana a través de un relato más fiel», señala Villarino sobre su texto más nombrado.

Dando por buena la tesis del alarmismo excesivo, lo cierto es que el ‘Eje del Mal’, por utilizar su propia expresión, no es precisamente un domingo de paseo y centro comercial en la aburrida Europa: «Obviamente la prudencia es una virtud imprescindible. Hay momentos en los que claramente uno se la juega, como en la parte que decidí cruzar Afganistán por la ruta central que une Herat y Kabul. Eso no fue un acto de prudencia, pero también tengo que ser coherente con las premisas que planteo. A veces uno arriesga su vida para acceder a ciertos países y contar ciertas historias, pero también hay riesgo de infarto en un trabajo de 12 horas diarias de oficina».

La premisa que enriquece el viaje de Villarino –y su pareja Laura Lazzarino– es la de viajar atado al recurso del autoestop. Esa condición le obligó a esperar durante dos días en el Tíbet antes de que se detuviera un coche, o 24 horas en las congeladas rutas de La Patagonia. Villarino ha establecido un ranking de promedio de espera que va actualizando en su libreta, y que encabezan Albania con 5 minutos e Irak con 7: «Creo que toda la región de islam tiene muy integrado el tema de la ayuda al prójimo, sin embargo, también comprobé que en zonas de cristianos armenios ortodoxos te cogían muy rápido. Concluí que no depende tanto de la religión, sino de que esas personas están acostumbradas a la interdependencia porque hoy te pueden salvar a ti y mañana tú a ellos», resume.

africa

Tirando del mismo hilo argumental, Villarino añade que ese instinto de ayuda de los lugares hostiles está en el ADN de los humanos desde que éramos una tribu acechada por fieras, solo que en algunos sitios se ha desarrollado más que en otros. En España, por ejemplo, el instinto está adormilado: «España es un caso extraño porque es de los países más dificultosos de Europa para hacer autostop, tienes que esperar unos 40 minutos para que te lleven. No soy un sociólogo experto, pero mi sospecha es que tal vez han influido las décadas que estuvo bajo el franquismo donde se creó un sentimiento exacerbado del espacio privado. Aquí el coche no se negocia», resuelve.

A pesar de la dificultad de conectar coches patrios, hay algo muy español en el viaje de Villarino: su naturaleza quijotesca. Según se desprende del reportaje elaborado por The New York Times, el mochilero anda y desanda el mundo sin apenas oposición gracias al carácter idealista de su proyecto. Pocos osan entrometerse entre el caminante y su camino. «Cuando ven que tienes un objetivo y que vienes viajando desde hace meses –porque te preguntan–, entonces la gente siente que de alguna manera, para ayudarte, se está uniendo a una cadena de otra gente que ayudó desde el minuto uno. Hay un placer en servir de eslabón a una persona que está cumpliendo su sueño».

La cadena se rompe, a menudo, en la garita de un agente fronterizo. Al relato romántico del mundo interdependiente y altruista se opone la lógica geopolítica del muro divisorio; frente al hippie, la violencia de un funcionario protegiendo líneas invisibles a punta de pistola. «En las fronteras hemos tenido varios problemas, el más complicado fue en el viaje por África que hice con Laura, durante 15 meses, desde Egipto hacia Sudáfrica por la costa este. En el cruce de fronteras entre Yibuti y Somalilandia, los guardias fronterizos de la república autodeclarada nos exigieron un pago de 60 euros a cada uno después de cruzar el desierto durante toda la noche. Nos apuntaron con un AK-47 y ahí se complicó la cosa, fueron como tres horas de negociación utilizando resistencia pasiva. Al final nos dejaron pasar».

Con cada anécdota, el mochilero procura ensalzar la importancia de su compañera Laura Lazzarino dentro del proyecto en el que se ha convertido este trayecto infinito. Lazzarino tiene su propio blog –Los Viajes de Nena– y ambos han coescrito el libro Caminos Invisibles. Laura, dice Villarino, complementa su mirada: «Hace poco viajando por el norte de Sudán nos invitaron a entrar en una casa. Pues bien, antes, cuando ocurría esto, yo siempre me quedaba con los hombres mientras las mujeres se retiraban. En Medio Oriente era imposible saber de qué conversaban las mujeres detrás de las cortinas, pero Laura puede unirse a ellas y aprender sobre su vida cotidiana, su sexualidad, sus sueños. En definitiva, podemos completar un relato mucho más equitativo y apegado a la identidad de género».

El Tibet, Kabul, Somalilandia, Sudán del Sur… la vida de Juan Villarino y Laura Lazzarino acumula material suficiente para inspirar una road movie tipo Into the Wild. Todo aventuras, algunos riesgos, un único drama: el momento de la despedida en el que el protagonista se separa de su nueva familia, una y otra vez. ¿Merece la pena? «Muchas veces quieres compartir más tiempo con personas con las que, si hubierais coincidido en un lugar geográfico, hubieran sido tus amigos. Son personas de las que el viaje te separa, pero que tampoco conocerías sin ese viaje. Existe una gimnasia permanente de conocer gente y saber soltar, porque el tener las manos vacías es lo que te permite volver a recibir del camino».

 

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