8 de julio 2016    /   DIGITAL
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La Iglesia del autolike sabe lo que necesitas (y te lo va a dar)

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«Es como votarse a uno mismo en las elecciones». «A veces tienes que ser tu propia cheerleader». «¡Yo lo hago todo el tiempo porque soy increíble!». «¿Si no lo haces tú, quién lo va a hacer?». Si ninguno de estos argumentos te parece medianamente razonable, ni siquiera como entidades gramaticales básicas, enhorabuena, todavía hay esperanza para ti y los tuyos.

Todas estas tesis que tu cuñado podría sostener con fe inquebrantable mientras ve el Tour de Francia en la televisión forman parte del manual del buen comportamiento de la religión del autolike. Esta doctrina tiene desde hace bien poco, además, un nuevo pilar sobre el que edificar sus dogmas con aún más solvencia: la posibilidad de retuitearse a uno mismo en Twitter.

Mientras muchos de sus usuarios reclaman el peligroso doble filo de la edición de tuits, en la plataforma de microblogging se descolgaron recientemente con la opción de sublimar las maniobras de autobombo. Hay quien ya se retuiteaba antes de que existiera Twitter, así que genial. Traducido a la vida tangible, el autorretuit vendría a ser más o menos como si todos los usuarios de Twitter discutieran a la vez y quisieran, todos también, tener la última palabra; con el self-RT’ing, de hecho, la tienen. Esto permite también llevar a internet ese clásico de la vida real tan poco recomendable que consiste en repetir un chiste porque la primera vez que ejecutaste el tirabuzón nadie miró; el problema es que, a la segunda, alguien siempre habrá movido la piscina de sitio.

Si no estás contento con la cifra de retuits, mejórala tú mismo

 «Voy a retuitear todos mis tuits en orden inverso hasta que llegue al primero, y entonces borraré mi cuenta. Para entonces estaremos en 2086», así tuiteaba el editor de SLAM, Russ Bengtson, el día en que se conoció la noticia.

Jack Dorsey, CEO y cofundador de Twitter, recordaba que el cambio es parte de la prioridad de la plataforma de «hacer Twitter más simple»; ahora, hasta un chimpancé ebrio es capaz de hacerse autobombo. Es más, caigamos en la tentación: a partir de una cuenta más o menos jugosa, ya ni siquiera necesitaríamos contenido nuevo para nuestros seguidores. Qué narices, ¡quién necesita seguidores si puede retuitearse hasta el infinito y vivir para siempre con sus tuits!

 Algunos psicólogos como la colombiana Paola Guerrero Alemán recuerdan la vertiente perniciosa de la autorreferencia y el autolike: convivir con uno mismo en redes sociales pervierte el sistema de convivencia estipulado desde un principio.

«Después de haber publicado tu selfi más reciente, no retiras el dedo del botón de refrescar para ver cuánta gente ha mostrado instantáneamente su aprobación con un ‘me gusta’, comentando o retuiteando»; el cuarto punto del test de la doctora Susan Krauss Whitbourne para determinar si eres un narcisista tiene hoy una obvia vuelta de tuerca: si no estás contento con la cifra de retuits, mejórala tú mismo.

Traducido a la vida tangible, el autorretuit vendría a ser más o menos como si todos los usuarios de Twitter discutieran a la vez y quisieran, todos también, tener la última palabra

La cultura de la autorreferencia ha trascendido ya. Está en el siguiente nivel. La Iglesia del autolike sabe lo que necesitas y te lo va a dar. De hecho, Mark Zuckerberg se maneja cada vez más como un pastor o un gurú de la autoayuda. Valga la redundancia. Alguien redujo una vez la sofisticación de los algoritmos de Facebook a que cuantos más likes reciba una publicación, más aumentará su ratio de escaparate social…

Entonces, ¿qué hay de malo en empezar por uno mismo? A finales de los 70 del siglo pasado, el psiquiatra y rabino Abraham J. Twerski ya publicó un libro que hoy podría firmar el sexto hombre más rico del mundo: Like yourself and others will, too. Los algoritmos de la felicidad en internet coinciden con los de Facebook, que a la vez coinciden con los de la frase más fusilada de Ella Wheeler Wilcox: ríe, y el mundo reirá contigo.

La inocente búsqueda de «dale me gusta» en Google arroja hoy más de 19 millones y medio de resultados. Eso constituye un nicho de mercado imponente y lleno de individuos que, estimulados de la forma correcta, podrían engordar el número de adeptos de la Iglesia del autolike. Si la revolución empieza por uno mismo, ¿por qué esperar a que alguien retuitee tu opinión sobre la polémica del día?

Retuitéate, y el mundo retuiteará contigo. Cualquier creativo relativamente brillante podría hacer grande esta nueva doctrina. Por fortuna, hay una máxima que probablemente anule todas las esperanzas mesiánicas de Zuckerberg: al final del día, a nadie le importa lo que hagas. Menos mal.

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Todas estas tesis que tu cuñado podría sostener con fe inquebrantable mientras ve el Tour de Francia en la televisión forman parte del manual del buen comportamiento de la religión del autolike. Esta doctrina tiene desde hace bien poco, además, un nuevo pilar sobre el que edificar sus dogmas con aún más solvencia: la posibilidad de retuitearse a uno mismo en Twitter.

Mientras muchos de sus usuarios reclaman el peligroso doble filo de la edición de tuits, en la plataforma de microblogging se descolgaron recientemente con la opción de sublimar las maniobras de autobombo. Hay quien ya se retuiteaba antes de que existiera Twitter, así que genial. Traducido a la vida tangible, el autorretuit vendría a ser más o menos como si todos los usuarios de Twitter discutieran a la vez y quisieran, todos también, tener la última palabra; con el self-RT’ing, de hecho, la tienen. Esto permite también llevar a internet ese clásico de la vida real tan poco recomendable que consiste en repetir un chiste porque la primera vez que ejecutaste el tirabuzón nadie miró; el problema es que, a la segunda, alguien siempre habrá movido la piscina de sitio.

Si no estás contento con la cifra de retuits, mejórala tú mismo

 «Voy a retuitear todos mis tuits en orden inverso hasta que llegue al primero, y entonces borraré mi cuenta. Para entonces estaremos en 2086», así tuiteaba el editor de SLAM, Russ Bengtson, el día en que se conoció la noticia.

Jack Dorsey, CEO y cofundador de Twitter, recordaba que el cambio es parte de la prioridad de la plataforma de «hacer Twitter más simple»; ahora, hasta un chimpancé ebrio es capaz de hacerse autobombo. Es más, caigamos en la tentación: a partir de una cuenta más o menos jugosa, ya ni siquiera necesitaríamos contenido nuevo para nuestros seguidores. Qué narices, ¡quién necesita seguidores si puede retuitearse hasta el infinito y vivir para siempre con sus tuits!

 Algunos psicólogos como la colombiana Paola Guerrero Alemán recuerdan la vertiente perniciosa de la autorreferencia y el autolike: convivir con uno mismo en redes sociales pervierte el sistema de convivencia estipulado desde un principio.

«Después de haber publicado tu selfi más reciente, no retiras el dedo del botón de refrescar para ver cuánta gente ha mostrado instantáneamente su aprobación con un ‘me gusta’, comentando o retuiteando»; el cuarto punto del test de la doctora Susan Krauss Whitbourne para determinar si eres un narcisista tiene hoy una obvia vuelta de tuerca: si no estás contento con la cifra de retuits, mejórala tú mismo.

Traducido a la vida tangible, el autorretuit vendría a ser más o menos como si todos los usuarios de Twitter discutieran a la vez y quisieran, todos también, tener la última palabra

La cultura de la autorreferencia ha trascendido ya. Está en el siguiente nivel. La Iglesia del autolike sabe lo que necesitas y te lo va a dar. De hecho, Mark Zuckerberg se maneja cada vez más como un pastor o un gurú de la autoayuda. Valga la redundancia. Alguien redujo una vez la sofisticación de los algoritmos de Facebook a que cuantos más likes reciba una publicación, más aumentará su ratio de escaparate social…

Entonces, ¿qué hay de malo en empezar por uno mismo? A finales de los 70 del siglo pasado, el psiquiatra y rabino Abraham J. Twerski ya publicó un libro que hoy podría firmar el sexto hombre más rico del mundo: Like yourself and others will, too. Los algoritmos de la felicidad en internet coinciden con los de Facebook, que a la vez coinciden con los de la frase más fusilada de Ella Wheeler Wilcox: ríe, y el mundo reirá contigo.

La inocente búsqueda de «dale me gusta» en Google arroja hoy más de 19 millones y medio de resultados. Eso constituye un nicho de mercado imponente y lleno de individuos que, estimulados de la forma correcta, podrían engordar el número de adeptos de la Iglesia del autolike. Si la revolución empieza por uno mismo, ¿por qué esperar a que alguien retuitee tu opinión sobre la polémica del día?

Retuitéate, y el mundo retuiteará contigo. Cualquier creativo relativamente brillante podría hacer grande esta nueva doctrina. Por fortuna, hay una máxima que probablemente anule todas las esperanzas mesiánicas de Zuckerberg: al final del día, a nadie le importa lo que hagas. Menos mal.

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