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13 de octubre 2016    /   BUSINESS
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La editorial que descubre los mapas del tesoro ocultos en los libros

13 de octubre 2016    /   BUSINESS     por          
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Entre los lugares comunes que se suelen utilizar para justificar el amor por la literatura hay uno especialmente pegajoso, que se repite una y otra vez: que los libros son mapas que nos llevan a otros mundos. Y si en este párrafo empleamos la palabra pegajoso es porque, en realidad, se trata de una de esas cosas que se dicen, la mayor parte de las veces, sin saber muy bien qué significan (póngase junto a otras joyas como «te permite vivir la vida de otros» o cualquier otra que pretenda poner a un mismo nivel vida y literatura).

Y, sin embargo, ha habido unos osados que sí creen en esa frase y, en su caso, no son palabras vacías: han vuelto sobre textos sobre los que se han deslizado millones de miradas, y lo han hecho de una forma nueva, escudriñando las líneas de texto y yendo hacia el mundo que (sí, es verdad, no era una mentira) se oculta entre las tapas de un libro.

aventuras literarias

 

aventuras literarias

Nació así Aventuras Literarias, una editorial (por resumir, porque en realidad es mucho más) que ha dado una nueva vida a títulos clásicos que conforman la memoria colectiva de varias generaciones, desvelando hasta qué punto contienen en su interior fragmentos hibernados de épocas pasadas o de épocas que sus autores imaginaron de una forma determinada que, incluso, hemos hecho pasar por verdadera.

Estos valientes se llaman Mónica Vacas y Daniel Castillo y han perpetrado el asalto desde la periferia de los grandes centros editoriales (comenzaron en Gijón, pero se acaban de trasladar a un pueblo de Segovia). Y quizá porque allí han escapado de las premuras y las exigencias, han ido confeccionando cuidadosamente un catálogo que va trazando un mapa mucho mayor, el de la memoria lectora.

aventuras literarias

Así, por ejemplo, La vuelta al mundo en ochenta días que ellos han confeccionado huele a mar, a viento, a estiércol de elefante e incluso a hollín de locomotora a vapor. Porque lo que ellos han hecho con la obra de Verne es trazar un gran mapamundi que muestra el prodigio que era, en la década de 1870, conseguir la circunvalación terrestre en un plazo que resultaba sensacional, casi como si mañana nos propusieran un viaje, estrictamente con los medios de que disponemos hoy en día, hasta Alpha Centauri, para observar ese planeta habitable que dicen que tiene. Y descubrir, contra todo pronóstico, que es factible.

aventuras literarias

Quizá sea eso lo más emocionante que ofrecen los títulos de Aventuras Literarias, el redescubrimiento de la mirada original de maravilla, de entender que, en un tiempo en el que no existía ningún medio de reproducción de imágenes en movimiento, o de voces, mucho menos internet, los libros debían compendiar en su interior todos los ingredientes necesarios para que el lector pudiese levantar las calles, los lugares por los que se movían los personajes y donde les ocurrían las cosas. Como en una escena de Origen, abrir las páginas de los libros, para ellos sí, era como desplegar un gran mapa sobre el que iban alzándose los edificios, los caminos, las poblaciones mil veces imaginadas que la inmensa minoría de los lectores nunca verían en persona.

«El protagonista, y por tanto el punto de partida, es el mapa», indican. «Trabajamos con cartografía clásica que restauramos y sobre la que intervenimos. Buscamos el más idóneo para cada autor, no sólo temporalmente, sino también desde el punto de vista cartográfico. El resto de la imagen está a su servicio, debe formar un todo compacto y homogéneo, intervenimos sobre él de la manera más sutil, como si originalmente hubiese sido concebido para ese autor. La portada es un reflejo del trabajo anterior».

aventuras literarias

aventuras literarias

El catálogo, además, permite un fascinante juego. Si, por un lado, podemos recorrer el Londres de Jane Austen, otro título nos propone acudir a la misma ciudad, pero esta vez de la mano de un personaje de ficción, Sherlock Holmes. No sólo es evidente cómo creció la ciudad, sino también el hecho de que es posible reconstruir en la vida real algo trazado por un personaje que nunca existió.

Claro que ese juego entre realidad y ficción, cuando se habla de nombres que se encuentran tan fijados en la conciencia colectiva, tiene algo de juego de palabras o de convención. Como dice Mónica Vacas, «hay personajes que trascienden incluso a su creador. En una encuesta realizada en el Reino Unido, el 58% de los británicos creían que Sherlock Holmes era un personaje real y, por el contrario, la mitad pensaban que Ricardo Corazón de León era sólo un personaje de novela».

Y en cierta manera, los títulos de Aventuras Literarias ahondan conscientemente en ese juego, con la paradoja de que trazan quizá la cartografía más fiable de toda una época a partir de las ficciones que la contaron. Para demostrarlo, basta con echar un vistazo a sus espléndidos mapas y la ingente información que los acompaña: de la tabla de horarios y medios de transporte utilizados en cada una de las míticas ochenta jornadas de Phileas Fogg, a la localización de, por ejemplo, todas las tabernas donde ocurre algo sustancial en la obra de Galdós, la última entrega que acaban de editar.

Y es este un ejemplo de cómo el nombre del autor es el señuelo, pero en realidad es su universo lo que concentra el interés de los editores: «En el mapa de Madrid de Galdós destaca el nombre del autor. Hay muchos personajes que saltan de una novela a otra, y Galdós es el nexo común que sirve de hilo conductor. Sin embargo, no nos interesa su vida ni los lugares en que vivió o dónde está enterrado, sólo nos importa su literatura».

aventuras literarias

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Pero es en la web donde esta elaboración alcanza todo su esplendor. Allí, sólo los compradores de la edición en papel tienen acceso a un auténtico tesoro de información, lo que contribuye a hacer sentir al lector como perteneciente a un reducido grupo que tiene acceso a una experiencia casi inacabable. Porque, junto con el texto digitalizado, se incluye abundante información sobre cada uno de los términos empleados en él, se expanden los datos de los lugares recorridos en el relato y se incluyen imágenes, vídeos y todo tipo de material adicional, en un viaje que acerca la experiencia del papel a lo más genuino de la tecnología de este siglo.

Sin embargo, ellos tienen muy claro de dónde vienen: «Creo que vamos un poco por libre, al fin y al cabo, editorialmente vivimos anclados en el pasado. Pensamos en la parte digital como una herramienta, no como un fin. Nos gusta definirla como un contenedor de datos, un cajón en el que poder revolver y encontrar vestigios de otro tiempo. Del Big Data nos interesan las técnicas de representación de la información, para hacerla más atractiva y fácil de entender. Pero, ¡qué le vamos a hacer! Somos más de Enciclopedia Británica que de técnicas modernas».

Dicen eso, pero cuesta creerles cuando uno se fija en obras suyas como la Literatura Metropolitana, un gran plano de metro, inspirado en el de Madrid, que plantea un panorama de la literatura española de todas las épocas que se escapa de las manidas cronologías y los períodos fosilizados. Un plano que además se despliega como hacían los de antaño, antes de que las app fueran capaces de meternos el equivalente a una biblioteca entera en nuestro bolsillo.

aventuras literarias

Literatura Metropolitana permite hacer un recorrido por la historia de la creación letraherida a través de trayectos que podemos confeccionar a nuestro antojo, realizando transbordos en estaciones concretas, haciendo descubrimientos continuos y sorprendiéndonos con las sugerentes relaciones que se establecen.

Así, uno puede subirse en la estación Javier Cercas, cabecera de la línea 10 (Largo Recorrido) y desplazarse hasta la de Manuel Vázquez Montalbán (pasando por las de Rafael Chirbes, Juan José Millás o Almudena Grandes, entre otras). Allí se puede trasbordar a la 1 (Verso a Verso), seguir por las de Félix Grande o Juan Eduardo Cirlot, y transbordar de nuevo en Federico García Lorca, cabecera de la línea 2 (El Parnaso)… El juego es inagotable, con un resultado además que puede equivaler al de muchas líneas densas y sesudas de un ensayo académico y formal.

Y también son capaces de abandonar la bidimensionalidad para zambullirse en aventuras bien corpóreas, como demuestra su experiencia para crear eventos inspirados en obras literarias. La Fundación Princesa de Asturias, entre otras instituciones, ha requerido de sus servicios para crear actividades y yincanas que lleven la obra y la figura de los galardonados a la cercanía de la gente (lo hicieron el año pasado, y con mucho éxito, con Leonardo Padura). Como podemos ver, puede que se consideren meros hijos de lo impreso, pero resulta evidente que no hay dimensión ni terreno que se les escape.

Lo que nos lleva a preguntarnos: ¿es que todos los autores pueden dar juego suficiente para pertenecer a la nómina de los universos recreados por Aventuras Literarias? «Para nosotros es primordial trabajar con autores por los que tenemos una debilidad especial. Cuando hacemos un proyecto, nos pasamos dos meses de media inmersos en la lectura, el estudio de la obra y el trabajo de documentación, y prácticamente otro dedicados al diseño. Resulta más fácil y más sano hacerlo cuando el autor te atrapa; si no, sería una especie de calvario».

Quizá por eso son unos asiduos del siglo XIX, una centuria que, quizá por contener muchos más paralelismos con nuestra época de lo que parecería a simple vista, se está convirtiendo en un lugar recurrente en nuestros días: «Trabajamos principalmente con autores de ese siglo, una época que nos apasiona, de expansión geográfica, de grandes expediciones en busca de nuevos territorios, de mapas con espacios en blanco; una época donde la aventura estaba muy presente.

Los textos del XIX se prestan a un desarrollo digital importante, es una literatura muy rica en todo tipo de referencias (geográficas, literarias, históricas)». O sea, que Verne o Kipling ya eran hipertextuales incluso sin saberlo. ¿Y después? «Nuestro reto para fines de año es comenzar a trabajar con autores contemporáneos».

¿Alguna pista entonces de por dónde pueden ir los tiros? «Jajaja. Somos Misterio y Sociedad de Aventuras Literarias [el nombre completo de la editorial]. Diremos el pecado, pero no el pecador». Pero sí que arrojan unos lugares que parecen pedir a gritos unas coordenadas con la equis del mapa del tesoro: «Oviedo, Japón, París y Buenos Aires».

 

Entre los lugares comunes que se suelen utilizar para justificar el amor por la literatura hay uno especialmente pegajoso, que se repite una y otra vez: que los libros son mapas que nos llevan a otros mundos. Y si en este párrafo empleamos la palabra pegajoso es porque, en realidad, se trata de una de esas cosas que se dicen, la mayor parte de las veces, sin saber muy bien qué significan (póngase junto a otras joyas como «te permite vivir la vida de otros» o cualquier otra que pretenda poner a un mismo nivel vida y literatura).

Y, sin embargo, ha habido unos osados que sí creen en esa frase y, en su caso, no son palabras vacías: han vuelto sobre textos sobre los que se han deslizado millones de miradas, y lo han hecho de una forma nueva, escudriñando las líneas de texto y yendo hacia el mundo que (sí, es verdad, no era una mentira) se oculta entre las tapas de un libro.

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Nació así Aventuras Literarias, una editorial (por resumir, porque en realidad es mucho más) que ha dado una nueva vida a títulos clásicos que conforman la memoria colectiva de varias generaciones, desvelando hasta qué punto contienen en su interior fragmentos hibernados de épocas pasadas o de épocas que sus autores imaginaron de una forma determinada que, incluso, hemos hecho pasar por verdadera.

Estos valientes se llaman Mónica Vacas y Daniel Castillo y han perpetrado el asalto desde la periferia de los grandes centros editoriales (comenzaron en Gijón, pero se acaban de trasladar a un pueblo de Segovia). Y quizá porque allí han escapado de las premuras y las exigencias, han ido confeccionando cuidadosamente un catálogo que va trazando un mapa mucho mayor, el de la memoria lectora.

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Así, por ejemplo, La vuelta al mundo en ochenta días que ellos han confeccionado huele a mar, a viento, a estiércol de elefante e incluso a hollín de locomotora a vapor. Porque lo que ellos han hecho con la obra de Verne es trazar un gran mapamundi que muestra el prodigio que era, en la década de 1870, conseguir la circunvalación terrestre en un plazo que resultaba sensacional, casi como si mañana nos propusieran un viaje, estrictamente con los medios de que disponemos hoy en día, hasta Alpha Centauri, para observar ese planeta habitable que dicen que tiene. Y descubrir, contra todo pronóstico, que es factible.

aventuras literarias

Quizá sea eso lo más emocionante que ofrecen los títulos de Aventuras Literarias, el redescubrimiento de la mirada original de maravilla, de entender que, en un tiempo en el que no existía ningún medio de reproducción de imágenes en movimiento, o de voces, mucho menos internet, los libros debían compendiar en su interior todos los ingredientes necesarios para que el lector pudiese levantar las calles, los lugares por los que se movían los personajes y donde les ocurrían las cosas. Como en una escena de Origen, abrir las páginas de los libros, para ellos sí, era como desplegar un gran mapa sobre el que iban alzándose los edificios, los caminos, las poblaciones mil veces imaginadas que la inmensa minoría de los lectores nunca verían en persona.

«El protagonista, y por tanto el punto de partida, es el mapa», indican. «Trabajamos con cartografía clásica que restauramos y sobre la que intervenimos. Buscamos el más idóneo para cada autor, no sólo temporalmente, sino también desde el punto de vista cartográfico. El resto de la imagen está a su servicio, debe formar un todo compacto y homogéneo, intervenimos sobre él de la manera más sutil, como si originalmente hubiese sido concebido para ese autor. La portada es un reflejo del trabajo anterior».

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El catálogo, además, permite un fascinante juego. Si, por un lado, podemos recorrer el Londres de Jane Austen, otro título nos propone acudir a la misma ciudad, pero esta vez de la mano de un personaje de ficción, Sherlock Holmes. No sólo es evidente cómo creció la ciudad, sino también el hecho de que es posible reconstruir en la vida real algo trazado por un personaje que nunca existió.

Claro que ese juego entre realidad y ficción, cuando se habla de nombres que se encuentran tan fijados en la conciencia colectiva, tiene algo de juego de palabras o de convención. Como dice Mónica Vacas, «hay personajes que trascienden incluso a su creador. En una encuesta realizada en el Reino Unido, el 58% de los británicos creían que Sherlock Holmes era un personaje real y, por el contrario, la mitad pensaban que Ricardo Corazón de León era sólo un personaje de novela».

Y en cierta manera, los títulos de Aventuras Literarias ahondan conscientemente en ese juego, con la paradoja de que trazan quizá la cartografía más fiable de toda una época a partir de las ficciones que la contaron. Para demostrarlo, basta con echar un vistazo a sus espléndidos mapas y la ingente información que los acompaña: de la tabla de horarios y medios de transporte utilizados en cada una de las míticas ochenta jornadas de Phileas Fogg, a la localización de, por ejemplo, todas las tabernas donde ocurre algo sustancial en la obra de Galdós, la última entrega que acaban de editar.

Y es este un ejemplo de cómo el nombre del autor es el señuelo, pero en realidad es su universo lo que concentra el interés de los editores: «En el mapa de Madrid de Galdós destaca el nombre del autor. Hay muchos personajes que saltan de una novela a otra, y Galdós es el nexo común que sirve de hilo conductor. Sin embargo, no nos interesa su vida ni los lugares en que vivió o dónde está enterrado, sólo nos importa su literatura».

aventuras literarias

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Pero es en la web donde esta elaboración alcanza todo su esplendor. Allí, sólo los compradores de la edición en papel tienen acceso a un auténtico tesoro de información, lo que contribuye a hacer sentir al lector como perteneciente a un reducido grupo que tiene acceso a una experiencia casi inacabable. Porque, junto con el texto digitalizado, se incluye abundante información sobre cada uno de los términos empleados en él, se expanden los datos de los lugares recorridos en el relato y se incluyen imágenes, vídeos y todo tipo de material adicional, en un viaje que acerca la experiencia del papel a lo más genuino de la tecnología de este siglo.

Sin embargo, ellos tienen muy claro de dónde vienen: «Creo que vamos un poco por libre, al fin y al cabo, editorialmente vivimos anclados en el pasado. Pensamos en la parte digital como una herramienta, no como un fin. Nos gusta definirla como un contenedor de datos, un cajón en el que poder revolver y encontrar vestigios de otro tiempo. Del Big Data nos interesan las técnicas de representación de la información, para hacerla más atractiva y fácil de entender. Pero, ¡qué le vamos a hacer! Somos más de Enciclopedia Británica que de técnicas modernas».

Dicen eso, pero cuesta creerles cuando uno se fija en obras suyas como la Literatura Metropolitana, un gran plano de metro, inspirado en el de Madrid, que plantea un panorama de la literatura española de todas las épocas que se escapa de las manidas cronologías y los períodos fosilizados. Un plano que además se despliega como hacían los de antaño, antes de que las app fueran capaces de meternos el equivalente a una biblioteca entera en nuestro bolsillo.

aventuras literarias

Literatura Metropolitana permite hacer un recorrido por la historia de la creación letraherida a través de trayectos que podemos confeccionar a nuestro antojo, realizando transbordos en estaciones concretas, haciendo descubrimientos continuos y sorprendiéndonos con las sugerentes relaciones que se establecen.

Así, uno puede subirse en la estación Javier Cercas, cabecera de la línea 10 (Largo Recorrido) y desplazarse hasta la de Manuel Vázquez Montalbán (pasando por las de Rafael Chirbes, Juan José Millás o Almudena Grandes, entre otras). Allí se puede trasbordar a la 1 (Verso a Verso), seguir por las de Félix Grande o Juan Eduardo Cirlot, y transbordar de nuevo en Federico García Lorca, cabecera de la línea 2 (El Parnaso)… El juego es inagotable, con un resultado además que puede equivaler al de muchas líneas densas y sesudas de un ensayo académico y formal.

Y también son capaces de abandonar la bidimensionalidad para zambullirse en aventuras bien corpóreas, como demuestra su experiencia para crear eventos inspirados en obras literarias. La Fundación Princesa de Asturias, entre otras instituciones, ha requerido de sus servicios para crear actividades y yincanas que lleven la obra y la figura de los galardonados a la cercanía de la gente (lo hicieron el año pasado, y con mucho éxito, con Leonardo Padura). Como podemos ver, puede que se consideren meros hijos de lo impreso, pero resulta evidente que no hay dimensión ni terreno que se les escape.

Lo que nos lleva a preguntarnos: ¿es que todos los autores pueden dar juego suficiente para pertenecer a la nómina de los universos recreados por Aventuras Literarias? «Para nosotros es primordial trabajar con autores por los que tenemos una debilidad especial. Cuando hacemos un proyecto, nos pasamos dos meses de media inmersos en la lectura, el estudio de la obra y el trabajo de documentación, y prácticamente otro dedicados al diseño. Resulta más fácil y más sano hacerlo cuando el autor te atrapa; si no, sería una especie de calvario».

Quizá por eso son unos asiduos del siglo XIX, una centuria que, quizá por contener muchos más paralelismos con nuestra época de lo que parecería a simple vista, se está convirtiendo en un lugar recurrente en nuestros días: «Trabajamos principalmente con autores de ese siglo, una época que nos apasiona, de expansión geográfica, de grandes expediciones en busca de nuevos territorios, de mapas con espacios en blanco; una época donde la aventura estaba muy presente.

Los textos del XIX se prestan a un desarrollo digital importante, es una literatura muy rica en todo tipo de referencias (geográficas, literarias, históricas)». O sea, que Verne o Kipling ya eran hipertextuales incluso sin saberlo. ¿Y después? «Nuestro reto para fines de año es comenzar a trabajar con autores contemporáneos».

¿Alguna pista entonces de por dónde pueden ir los tiros? «Jajaja. Somos Misterio y Sociedad de Aventuras Literarias [el nombre completo de la editorial]. Diremos el pecado, pero no el pecador». Pero sí que arrojan unos lugares que parecen pedir a gritos unas coordenadas con la equis del mapa del tesoro: «Oviedo, Japón, París y Buenos Aires».

 

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Opiniones 5
  • Algo bonito… Es que ahora que tenemos tales tecnologías, mientras leo alguna novela, ahora estoy con Wallander, me meto en googlemaps o earth y voy a ver esos lugares y ciudades. Pero me faltaba con los libros de Sherlock Holmes, por ejemplo, y esta editorial logrará que le ponga el ojo…

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