fbpx
2 de octubre 2018    /   IDEAS
por
 

¿Qué sentido tiene dar azotes a tu pareja? 

2 de octubre 2018    /   IDEAS     por          
Compártelo twitter facebook whatsapp
thumb image

Cuando de pequeños se recibe la amenaza de un azote, desde luego, la idea no resulta nada placentera. Ya desde la infancia se aprende a identificar el concepto del azote con castigo y dolor. Sin embargo, al crecer, el azote se convierte en una de las fantasías sexuales más comunes.

Bien sea darlos, con la pareja sobre las rodillas, o recibirlos, exponiendo las nalgas sin vergüenza, o más comúnmente repartir algún azote al azar en el momento de la penetración, parece que el azote es también sinónimo del placer, y no solo de dolor. ¿Por qué?

En realidad, la explicación es más bien científica, y parece tener que ver con la relación cerebral entre el placer y el dolor.  Así lo afirmaba, entre otros, Barry Komisaruk, investigador de la Universidad de Rutgers, en Nueva Jersey, que declaraba que hay una relación fundamental entre las vías del dolor y las del orgasmo. Sirva como ejemplo la cara que ponemos cuando nos damos un golpe en el dedo meñique del pie: ¿acaso no se parece bastante a la del orgasmo?

De hecho, una de las principales conexiones es la liberación de dopamina, el neurotransmisor que determina la manera en que el cerebro reacciona ante estímulos y situaciones como el dolor o el placer.

El placer y el dolor del azote

Más allá de esta curiosa relación, cabe preguntarse por qué esta práctica se focaliza precisamente en el trasero, y de esta forma concreta. Óscar Ferrani, asesor de sexualidad en Amantis, aporta que el azote conlleva una serie de respuestas físicas que pueden influir en la experiencia sexual.

«Un azote o una serie de azotes bien articulados aumentan la circulación sanguínea, modulan el ritmo respiratorio, facilitan desfocalizar la atención consciente de nuestra respuesta puramente genital e intensifican la acción de nuestros sentidos, incluso más allá del tacto».

A todos estos factores, el experto añade que también se ha de tener en cuenta que «existen muchas terminaciones nerviosas compartidas entre, por ejemplo, los glúteos y los genitales», todo lo cual convierte al azote en una práctica sexual que cobra mucho más sentido.

Desde un punto de vista más psicológico, también cabe señalar que «todos los factores fisiológicos se ven afectados por nuestro estado mental». En este sentido, este tipo de prácticas sexuales también se relacionan con «abandonarse a determinados roles predeterminados, cuestionar patrones de conducta establecidos, ampliar nuestros límites sensoriales, el contexto de máxima confianza…», y con todo aquello que nos da morbo.

En definitiva, «un excelente coctel psicológico que hace que cada vez más personas disfruten estas prácticas a unos u otros niveles de complejidad».

Además, aunque en el imaginario colectivo los azotes se relacionen con una mujer vestida de colegiala, la realidad es que el placer no distingue entre sexos. Es decir, que hombres y mujeres pueden dar tanto como recibir. Así, el experto matiza que «aunque las diferencias anatómicas, como la forma de acumular grasas en los glúteos y muslos, pueden requerir pautas, posturas o herramientas diferentes, los principios son los mismos, más allá de estereotipos sociales».

No todos los azotes son iguales

Más allá de la explicación de por qué un azote puede ser placentero, siempre teniendo en cuenta la experiencia subjetiva de cada persona, también es importante aclarar que no todos los azotes son iguales ni surten el mismo efecto. En palabras de Ferrani, «cualquier forma de estimulación sexual física tiene unas pautas, ritmos y maniobras asociadas».

En este sentido, la idea inicial siempre será la de azotar con la palma de la mano, pero si queremos ampliar el repertorio, existen diversas herramientas que pueden mejorar notablemente la experiencia. Es decir, palas de azote, fustas con lengüetas, azotadores de tiras, varillas de avellano y un largo etcétera. Todas ellas pensadas para que la sensación que provoquen sea diferente.

Igualmente, no solo puede variar la forma, intensidad, ritmo o herramienta con la que se azote, sino que el propio contexto también condicionará bastante la experiencia. «Podemos azotarnos como práctica sexual en sí para alcanzar el éxtasis, para intensificar la percepción de otros estímulos en paralelo o para activar la respuesta orgásmica», expone Ferrani.

Respecto a esta última, la idea es tan sencilla como que si se está demasiado obsesionado en la búsqueda del orgasmo, y por eso este no llega, precisamente el azote actúa como despiste, ayudando a desbloquearnos.

De ‘amateur’ a experto

El spanking, o el arte de azotar, tradicionalmente se entendía como el propio castigo de pegar a alguien en sus nalgas con la mano abierta, e incluso como una forma de violencia doméstica y dominación de los maridos hacia sus mujeres en el siglo pasado. Algo que, de hecho, se llegó a popularizar en las escenas del cine clásico de los años 50 en Hollywood.

Actualmente, alejado de estos orígenes truculentos, el spanking es la técnica que busca proporcionar más placer o dolor durante el acto de azotar, pensado sobre todo en un contexto sexual. Por lo tanto, se trata de un arte que necesita un aprendizaje tanto teórico, como práctico.  Las diferencias respecto a un azote amateur, según Ferrani, «son las mismas que entre las melodías de un aficionado a la guitarra y las un Paco de Lucía calentando antes de un concierto», por poner un ejemplo muy claro.

Pese a ello, el experto insiste en que, aunque esté bien probar y experimentar, siempre hay que tener en cuenta que este debe ser un juego consensuado –preguntar antes de azotar– y que resulte divertido para todos, por lo que nunca se debe «convertir la práctica en un intercambio de poderes o cesiones, para solucionar discrepancias fuera de la experiencia sexual».

Para asegurarse de que todo va como debe, otro consejo fundamental es «acordar una palabra de seguridad en prácticas más severas, que indique que se desea parar inmediatamente». Porque como concluye el experto en sexualidad, en esta y otras prácticas sexuales es mucho más fácil dejarse llevar y disfrutar «si se ha establecido una relación de confianza absoluta».

Cuando de pequeños se recibe la amenaza de un azote, desde luego, la idea no resulta nada placentera. Ya desde la infancia se aprende a identificar el concepto del azote con castigo y dolor. Sin embargo, al crecer, el azote se convierte en una de las fantasías sexuales más comunes.

Bien sea darlos, con la pareja sobre las rodillas, o recibirlos, exponiendo las nalgas sin vergüenza, o más comúnmente repartir algún azote al azar en el momento de la penetración, parece que el azote es también sinónimo del placer, y no solo de dolor. ¿Por qué?

En realidad, la explicación es más bien científica, y parece tener que ver con la relación cerebral entre el placer y el dolor.  Así lo afirmaba, entre otros, Barry Komisaruk, investigador de la Universidad de Rutgers, en Nueva Jersey, que declaraba que hay una relación fundamental entre las vías del dolor y las del orgasmo. Sirva como ejemplo la cara que ponemos cuando nos damos un golpe en el dedo meñique del pie: ¿acaso no se parece bastante a la del orgasmo?

De hecho, una de las principales conexiones es la liberación de dopamina, el neurotransmisor que determina la manera en que el cerebro reacciona ante estímulos y situaciones como el dolor o el placer.

El placer y el dolor del azote

Más allá de esta curiosa relación, cabe preguntarse por qué esta práctica se focaliza precisamente en el trasero, y de esta forma concreta. Óscar Ferrani, asesor de sexualidad en Amantis, aporta que el azote conlleva una serie de respuestas físicas que pueden influir en la experiencia sexual.

«Un azote o una serie de azotes bien articulados aumentan la circulación sanguínea, modulan el ritmo respiratorio, facilitan desfocalizar la atención consciente de nuestra respuesta puramente genital e intensifican la acción de nuestros sentidos, incluso más allá del tacto».

A todos estos factores, el experto añade que también se ha de tener en cuenta que «existen muchas terminaciones nerviosas compartidas entre, por ejemplo, los glúteos y los genitales», todo lo cual convierte al azote en una práctica sexual que cobra mucho más sentido.

Desde un punto de vista más psicológico, también cabe señalar que «todos los factores fisiológicos se ven afectados por nuestro estado mental». En este sentido, este tipo de prácticas sexuales también se relacionan con «abandonarse a determinados roles predeterminados, cuestionar patrones de conducta establecidos, ampliar nuestros límites sensoriales, el contexto de máxima confianza…», y con todo aquello que nos da morbo.

En definitiva, «un excelente coctel psicológico que hace que cada vez más personas disfruten estas prácticas a unos u otros niveles de complejidad».

Además, aunque en el imaginario colectivo los azotes se relacionen con una mujer vestida de colegiala, la realidad es que el placer no distingue entre sexos. Es decir, que hombres y mujeres pueden dar tanto como recibir. Así, el experto matiza que «aunque las diferencias anatómicas, como la forma de acumular grasas en los glúteos y muslos, pueden requerir pautas, posturas o herramientas diferentes, los principios son los mismos, más allá de estereotipos sociales».

No todos los azotes son iguales

Más allá de la explicación de por qué un azote puede ser placentero, siempre teniendo en cuenta la experiencia subjetiva de cada persona, también es importante aclarar que no todos los azotes son iguales ni surten el mismo efecto. En palabras de Ferrani, «cualquier forma de estimulación sexual física tiene unas pautas, ritmos y maniobras asociadas».

En este sentido, la idea inicial siempre será la de azotar con la palma de la mano, pero si queremos ampliar el repertorio, existen diversas herramientas que pueden mejorar notablemente la experiencia. Es decir, palas de azote, fustas con lengüetas, azotadores de tiras, varillas de avellano y un largo etcétera. Todas ellas pensadas para que la sensación que provoquen sea diferente.

Igualmente, no solo puede variar la forma, intensidad, ritmo o herramienta con la que se azote, sino que el propio contexto también condicionará bastante la experiencia. «Podemos azotarnos como práctica sexual en sí para alcanzar el éxtasis, para intensificar la percepción de otros estímulos en paralelo o para activar la respuesta orgásmica», expone Ferrani.

Respecto a esta última, la idea es tan sencilla como que si se está demasiado obsesionado en la búsqueda del orgasmo, y por eso este no llega, precisamente el azote actúa como despiste, ayudando a desbloquearnos.

De ‘amateur’ a experto

El spanking, o el arte de azotar, tradicionalmente se entendía como el propio castigo de pegar a alguien en sus nalgas con la mano abierta, e incluso como una forma de violencia doméstica y dominación de los maridos hacia sus mujeres en el siglo pasado. Algo que, de hecho, se llegó a popularizar en las escenas del cine clásico de los años 50 en Hollywood.

Actualmente, alejado de estos orígenes truculentos, el spanking es la técnica que busca proporcionar más placer o dolor durante el acto de azotar, pensado sobre todo en un contexto sexual. Por lo tanto, se trata de un arte que necesita un aprendizaje tanto teórico, como práctico.  Las diferencias respecto a un azote amateur, según Ferrani, «son las mismas que entre las melodías de un aficionado a la guitarra y las un Paco de Lucía calentando antes de un concierto», por poner un ejemplo muy claro.

Pese a ello, el experto insiste en que, aunque esté bien probar y experimentar, siempre hay que tener en cuenta que este debe ser un juego consensuado –preguntar antes de azotar– y que resulte divertido para todos, por lo que nunca se debe «convertir la práctica en un intercambio de poderes o cesiones, para solucionar discrepancias fuera de la experiencia sexual».

Para asegurarse de que todo va como debe, otro consejo fundamental es «acordar una palabra de seguridad en prácticas más severas, que indique que se desea parar inmediatamente». Porque como concluye el experto en sexualidad, en esta y otras prácticas sexuales es mucho más fácil dejarse llevar y disfrutar «si se ha establecido una relación de confianza absoluta».

Compártelo twitter facebook whatsapp
¿Es la bicicleta un invento escocés?
Yo procrastino, tú me haces perder el tiempo
Forges: «La escritura con teclado no refleja aspectos creativos ni rasgos de personalidad»
Skype in the Classroom: conectando todas las aulas de todos los colegios del mundo
 
Especiales
 
facebook twitter whatsapp
Opiniones 1
  • Deja un comentario

    Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *