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11 de mayo 2018    /   BUSINESS
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El azul es un invento moderno

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En 1858, el político británico William Gladstone, que se convertiría en primer ministro diez años después, publicó uno de los estudios más amplios y en profundidad sobre el que era su poeta favorito, Homero. Estudios sobre Homero y la época homérica eran más de 1.700 páginas divididas en tres volúmenes que provocaron en general la burla y crítica de los académicos contemporáneos (la idea de moda era que Homero no había existido). Pocos llegaron hasta el tercer volumen, donde estaba el descubrimiento más fascinante de Gladstone: Homero nunca describe nada como azul.

En general, su uso de los colores es extraño: hay ovejas violetas y miel verde, pero la ausencia del azul en obras como la Odisea, donde la presencia del mar es constante, llama profundamente la atención. Y no es que Homero no intentase describir nunca el color del mar que surca Ulises; es solo que lo hace como si le hubiese aplicado un filtro cutre de Photoshop. En un momento, por ejemplo, dice que es del color del vino. Y no parece que sea licencia poética.

Pocos años después, el lingüista alemán Lazarus Geiger, quizá inspirado por la observación de Gladstone, llevó a cabo su propia investigación sobre los colores en textos antiguos. No solo eran los griegos los que ignoraban este color: ni los Vedas indios ni en la Biblia ni en el Corán, obras en las que las descripciones del cielo abundan, se dice nunca que su color sea azul.

Geiger realizó otras dos aportaciones. Según sus investigaciones, los colores de las lenguas solían aparecer en el mismo orden: negro, blanco, rojo, amarillo o verde y, por último, azul. Además, la propia palabra azul, dice, en la mayor parte de las lenguas europeas modernas, viene o bien de palabras que significaban verde o bien de palabras que significaban negro. Es decir, el azul aparecía más como una tonalidad de esos colores que como una entidad en sí mismo.

¿Eran nuestros antepasados daltónicos?

La primera conclusión fácil a la que se llegaba tras estos descubrimientos era pensar que, simplemente, las civilizaciones antiguas veían peor o en una especie de escala de grises. No obstante, pocos se atrevían a defender una teoría así en plena época de Darwin. El propio Gladstone, que publicó su biblia homérica antes de que apareciese El origen de las especies, aseguró en más de una ocasión que él nunca había dicho eso que estaba en mente de todos. Pero ¿cómo saber si los antiguos griegos veían o no el azul como algo diferente?

Otro campo científico en pleno bum, el de la antropología, se unió a la investigación. Este era un momento en el que el espíritu colonialista eurocéntrico no tenía problemas en llevar hasta el zoo (¡el zoo!) de Berlín a una tribu nubia de Sudán. Allí fueron expuestos al público y sometidos al estudio de antropólogos y etnólogos, que se lanzaron sobre ellos con cintas métricas y, sí, tests de visión. Estos también los estaban desarrollando in situ en distintos rincones del mundo exploradores y científicos con las distintas tribus «salvajes» que se encontraban.

Los resultados, desde África, el Pacífico Sur a los nativos americanos, eran siempre los mismos: el orden de colores de Geiger se cumplía y el azul solía brillar por su ausencia (en algunos casos usaban el negro para describir el cielo en un día claro). Pero no era un problema de vista, ya que eran capaces de percibir la diferencia entre el azul y el verde o el negro. Simplemente, al igual que nosotros consideramos muchas tonalidades de azul el mismo color (algo que en ruso, por ejemplo, no ocurre: nuestro azul claro es golubóy; el oscuro, cíniy), ellos consideraban el azul una tonalidad del negro o del verde, pero no un color distinto: dividían el espectro de los colores en lugares distintos.

La intangibilidad del cielo

El orden de aparición de los colores en la lengua tiene una explicación: lo hacen, como todo, por necesidad. El día y la noche crean el blanco (o lo claro) y el negro (o lo oscuro), la sangre, el peligro, crea el rojo. El verde y el amarillo vienen de la naturaleza que nos rodea. ¿El azul? Podríamos señalar al cielo como evidencia, pero esta no es tan clara.

El lingüista Guy Deutscher, autor de El prisma del lenguaje: cómo las palabras colorean el mundo, cuenta en el libro que mientras investigaba sobre todo el tema de los colores, decidió hacer un experimento inocuo con su hija, que estaba aprendiendo a hablar. Le enseñó desde muy pronto a señalar y distinguir los colores y a los 18 meses ya reconocía sin problemas los objetos azules.

Mientras estaba en este proceso de aprendizaje, Deutscher tuvo mucho cuidado en no decir nunca que el cielo era azul. Cuando por esa época en la que su hija de año y medio era ya una experta en distinguir colores le preguntaba de qué color era el cielo, ella, cuenta el lingüista, se quedaba como sorprendida ante la pregunta, mirando a su padre con cara de «este se ha vuelto loco», como si el cielo no tuviese color.

Su primera respuesta llegó a los 23 meses, y fue «blanco». Un mes después dijo que azul por primera vez, y durante los siguientes seis meses fluctuó entre ambos colores hasta afianzar esa verdad que creemos inmutable: que el cielo es azul.

La excepción egipcia

Como en toda regla, la de la ausencia del azul en las civilizaciones antiguas tiene también una excepción: Egipto. Cuando encontraron el lapislázuli, material semiprecioso cuyos principales yacimientos están en Afganistán, enseguida quisieron producir un pigmento de ese color, algo más complicado de conseguir que el verde o el rojo por la escasez de elementos naturales azules.

Obtener de la propia piedra el pigmento azul era carísimo, así que los egipcios se pusieron las batas de laboratorio (metafóricamente) e investigaron cómo lograrlo de forma artificial, algo que consiguieron calentando un compuesto de calcio, uno de cobre, arena de sílice y sosa. En el arte del antiguo Egipto queda constancia de la veneración con la que trataban un color tan raro y especial, que fue adoptado rápidamente como símbolo de riqueza y divinidad. Para ellos el cielo sí era azul. El resto del mundo tardaría más en darse cuenta.

En 1858, el político británico William Gladstone, que se convertiría en primer ministro diez años después, publicó uno de los estudios más amplios y en profundidad sobre el que era su poeta favorito, Homero. Estudios sobre Homero y la época homérica eran más de 1.700 páginas divididas en tres volúmenes que provocaron en general la burla y crítica de los académicos contemporáneos (la idea de moda era que Homero no había existido). Pocos llegaron hasta el tercer volumen, donde estaba el descubrimiento más fascinante de Gladstone: Homero nunca describe nada como azul.

En general, su uso de los colores es extraño: hay ovejas violetas y miel verde, pero la ausencia del azul en obras como la Odisea, donde la presencia del mar es constante, llama profundamente la atención. Y no es que Homero no intentase describir nunca el color del mar que surca Ulises; es solo que lo hace como si le hubiese aplicado un filtro cutre de Photoshop. En un momento, por ejemplo, dice que es del color del vino. Y no parece que sea licencia poética.

Pocos años después, el lingüista alemán Lazarus Geiger, quizá inspirado por la observación de Gladstone, llevó a cabo su propia investigación sobre los colores en textos antiguos. No solo eran los griegos los que ignoraban este color: ni los Vedas indios ni en la Biblia ni en el Corán, obras en las que las descripciones del cielo abundan, se dice nunca que su color sea azul.

Geiger realizó otras dos aportaciones. Según sus investigaciones, los colores de las lenguas solían aparecer en el mismo orden: negro, blanco, rojo, amarillo o verde y, por último, azul. Además, la propia palabra azul, dice, en la mayor parte de las lenguas europeas modernas, viene o bien de palabras que significaban verde o bien de palabras que significaban negro. Es decir, el azul aparecía más como una tonalidad de esos colores que como una entidad en sí mismo.

¿Eran nuestros antepasados daltónicos?

La primera conclusión fácil a la que se llegaba tras estos descubrimientos era pensar que, simplemente, las civilizaciones antiguas veían peor o en una especie de escala de grises. No obstante, pocos se atrevían a defender una teoría así en plena época de Darwin. El propio Gladstone, que publicó su biblia homérica antes de que apareciese El origen de las especies, aseguró en más de una ocasión que él nunca había dicho eso que estaba en mente de todos. Pero ¿cómo saber si los antiguos griegos veían o no el azul como algo diferente?

Otro campo científico en pleno bum, el de la antropología, se unió a la investigación. Este era un momento en el que el espíritu colonialista eurocéntrico no tenía problemas en llevar hasta el zoo (¡el zoo!) de Berlín a una tribu nubia de Sudán. Allí fueron expuestos al público y sometidos al estudio de antropólogos y etnólogos, que se lanzaron sobre ellos con cintas métricas y, sí, tests de visión. Estos también los estaban desarrollando in situ en distintos rincones del mundo exploradores y científicos con las distintas tribus «salvajes» que se encontraban.

Los resultados, desde África, el Pacífico Sur a los nativos americanos, eran siempre los mismos: el orden de colores de Geiger se cumplía y el azul solía brillar por su ausencia (en algunos casos usaban el negro para describir el cielo en un día claro). Pero no era un problema de vista, ya que eran capaces de percibir la diferencia entre el azul y el verde o el negro. Simplemente, al igual que nosotros consideramos muchas tonalidades de azul el mismo color (algo que en ruso, por ejemplo, no ocurre: nuestro azul claro es golubóy; el oscuro, cíniy), ellos consideraban el azul una tonalidad del negro o del verde, pero no un color distinto: dividían el espectro de los colores en lugares distintos.

La intangibilidad del cielo

El orden de aparición de los colores en la lengua tiene una explicación: lo hacen, como todo, por necesidad. El día y la noche crean el blanco (o lo claro) y el negro (o lo oscuro), la sangre, el peligro, crea el rojo. El verde y el amarillo vienen de la naturaleza que nos rodea. ¿El azul? Podríamos señalar al cielo como evidencia, pero esta no es tan clara.

El lingüista Guy Deutscher, autor de El prisma del lenguaje: cómo las palabras colorean el mundo, cuenta en el libro que mientras investigaba sobre todo el tema de los colores, decidió hacer un experimento inocuo con su hija, que estaba aprendiendo a hablar. Le enseñó desde muy pronto a señalar y distinguir los colores y a los 18 meses ya reconocía sin problemas los objetos azules.

Mientras estaba en este proceso de aprendizaje, Deutscher tuvo mucho cuidado en no decir nunca que el cielo era azul. Cuando por esa época en la que su hija de año y medio era ya una experta en distinguir colores le preguntaba de qué color era el cielo, ella, cuenta el lingüista, se quedaba como sorprendida ante la pregunta, mirando a su padre con cara de «este se ha vuelto loco», como si el cielo no tuviese color.

Su primera respuesta llegó a los 23 meses, y fue «blanco». Un mes después dijo que azul por primera vez, y durante los siguientes seis meses fluctuó entre ambos colores hasta afianzar esa verdad que creemos inmutable: que el cielo es azul.

La excepción egipcia

Como en toda regla, la de la ausencia del azul en las civilizaciones antiguas tiene también una excepción: Egipto. Cuando encontraron el lapislázuli, material semiprecioso cuyos principales yacimientos están en Afganistán, enseguida quisieron producir un pigmento de ese color, algo más complicado de conseguir que el verde o el rojo por la escasez de elementos naturales azules.

Obtener de la propia piedra el pigmento azul era carísimo, así que los egipcios se pusieron las batas de laboratorio (metafóricamente) e investigaron cómo lograrlo de forma artificial, algo que consiguieron calentando un compuesto de calcio, uno de cobre, arena de sílice y sosa. En el arte del antiguo Egipto queda constancia de la veneración con la que trataban un color tan raro y especial, que fue adoptado rápidamente como símbolo de riqueza y divinidad. Para ellos el cielo sí era azul. El resto del mundo tardaría más en darse cuenta.

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Opiniones 24
  • A los que les interese el tema, les aconsejo los libros, muy amenos, del historiador francés Michel Pastoureau empezando, claro, por «Azul: historia de un color».
    Luego (o antes no recuerdo) trató el negro, el verde y también un libro apasionante sobre la historia de las rayas en la indumentaria que se llama «Las vestiduras del diablo».

  • Por si interesa, en japonés, hasta hace poco (ignoro fecha, no soy docto pero creo que poco después de la 2a guerra mundial), el azul y el verde se llamaban AO. Concuerda con lo que dices en el texto, pero fijate tu que en lugar de crear el término para el azul como otras que comentas, crearon el término para el verde y asi diferenciarlos, MIDORI. De hecho por eso los semáforos en japon son azules, reminiscencia de lo anterior

    • He oído que se exagera un poco lo de Homero. Por ejemplo, que él habla del «mar color bronce» y salen los «GUAJAJAJAJA, ¡¡¡MAR COLOR BRONCE!!!», pero que el mar en Grecia realmente puede ser de «color bronce»: azul eléctrico. No me consta, solo he leído la Illiada y la Odisea en versiones resumidas para niños.

      En la cultura mapuche el azul también es sagrado, es un color imposible de obtener en el territorio mapuche tradicional (luego de las fronteras marcadas tras el éxito de la rebelión de 1598 contra los españoles). Se usa la misma palabra para azul que para espiritual, por ejemplo, «kallfü ruka» = casa azul, «kallfü dungu» = asunto espiritual.

      Hay idiomas en que el color derivado es el verde, como pasa con el japonés. «Ao» es un color que originalmente cubría el azul y el verde, pero hoy hay un «midori» para el verde. La gente mayor sigue diciendo que el semáforo «está azul» y ya pueden cruzar la calle.

    • Perdón, David, era comentario general, no dirigido a ti. Aunque también hablo del caso ao – midori, pero por lo que sé, no se ponen azules, sino de un tono verde distinto.

  • Muy interesante. Curiosamente ese orden de aparición de los colores no se da en euskera, pues existe una palabra para el azul («urdin») pero no para el verde («berde», prestado del castellano, u «orlegi», invento moderno).
    Eso sí, por lo visto en otro tiempo la palabra «urdin» debía hacer referencia al blanco. Quedan rastros semánticos de ese significado en expresiones como «pelo canoso»: que literalmente sería «pelo azulado» («ile urdindua»); o «moho»: «azulamiento» («urdindura»).

    • Hay muchos mohos azules, como pasa con los de Penicillium (esos que suelen atacar a las naranjas). También es cultural lo de los colores, quizás las canas sí sean azules o gris piedra en otras culturas. Una vez un amigo y yo (chilenos) discutimos con una chica española acerca del color del humo. Para nosotros el humo de leña del que hablábamos es azulado, pero ella lo «veía» gris. Con el tiempo empezó a «ver» el azul. El humo obviamente no cambió, solo cambió su imagen mental de él.

  • Las palabras que definen conceptos abstractos siempre han sido dificultosas. Me imagino que las palabras para los colores surgen cuando aparece la necesidad de comparar dos objetos por un atributo común, (el color), y sólo en ese momento. Alguien, en algún momento del pasado, tuvo que decir «pásame esa fruta», para luego añadir, «no, la que es como la sangre, no la que es como las hojas». Al final «sangre» y «hojas», por el uso repetido, pasarían a ser adjetivos que describen la propiedad. Importante señalar que hay muy pocas cosas azules en la naturaleza, por lo que se entiende que esa palabra tardase más en salir. Esta evolución se puede ver en el griego khloros, que identifica al color verde (o verde amarillento, según fuentes), pero que también significa planta o vegetal.

    Dato curioso número 1: en japonés, «ao» significa tanto verde como azul
    Dato curioso número 2: el naranja es aún una invención más reciente que el azul

    • Como bien digo un poco arriba de tu comentario no, ya no significa como tal lo mismo en el japones actual. Hace unas cuantas decadas de eso 😀

  • Exelente.muy didactico.ignoraba esa informacion gracias por compartir conocimiento de esa indole nos ayuda a tener cierta vision de como veian el mundo nuestros antepasados

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