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16 de enero 2014    /   CREATIVIDAD
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El planeta de los monstruos deleitosos

16 de enero 2014    /   CREATIVIDAD     por          
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Hay un espacio infinito cuyo único límite es un flequillo. En su interior habitan lagos, montañas, amores, obsesiones y 42 monstruos. Es un lugar inacabado que espera su séptimo día. Igual que hizo Dios. Paso a paso hasta que acabó el mundo. Ese momento llegará cuando en vez de 42, sean 55 endriagos. Entonces se producirá el principio y el final de Bakelanasland. El fin de la construcción de un cosmos y el comienzo de una obra que rodará en un bestiario o un cuaderno de viajes o una colección de entidades de tres ojos.

Bakelanasland es el cerebro de Bakea. “Este mundo surge de un viaje al interior de mi cabeza”, explica el ilustrador. “Todo está representado en un mapa donde están señalados el Desierto de 2010, la isla Lola, las montañas que representan el culo de mi novia y muchos más detalles de mi vida”.

Un día cualquiera del siglo XIX Charles Darwin viajó a las Islas Galápagos para buscar rastros del pasado humano y acabó construyendo una explicación de los animales y el mundo. Bakea siente una curiosidad parecida a la del naturalista inglés. También es un explorador —confiesa—, aunque su viaje sea hacia dentro. En estos dos años ha ido descubriendo otro bestiario que aparece de la nada cuando empieza a dibujar.

“Son monstruos con apariencia animal. Es una fauna que vive dentro de mi cabeza. Pero son majetes. No dan miedo”, indica en un café madrileño fundado 5 años después de la muerte del naturalista. “Quiero hacer un animalario y mostrar en qué parte del cerebro viven, qué hacen… Como lo que hizo Darwin cuando se fue a las Galápagos”.

El ilustrador, al dibujarlos, adopta el papel de aventurero clásico. “Mi personaje es el explorador del mundo interior”, especifica. “Todos los dibujos forman una especie de documental sobre un planeta. Yo voy haciendo fotos. Es una observación de ese momento. No me quedo a vivir con ellos”. El mundo en ese momento, escuchando a Bakea, parece haberse partido en dos y es difícil medir qué es más real: ¿el planeta de animales de tres ojos o unos camareros en uniformes rigurosos que te llevan de cabeza cien años atrás?

El mundo de Bakelanasland está contado en planos fijos. El documental se va construyendo de dibujos de un instante que sirven de disparadero para la imaginación. “En cada ilustración hay una señal de que está pasando algo. Dan pie a que la persona que la ve continúe la historia. Intento que los monstruos no tengan mucha personalidad para que sea quien lo vea el que termine el relato”, explica.

El origen de los monstruos
Hacía frío en el Desierto de 2010. Era una época un tanto desolada para Bakea. Hasta que un día se interesó por el programa de diseño Freehand. Quería aprender a utilizarlo y entre sus experimentos apareció un “muñequito vectorial con tres ojos”. Era el origen de los monstruos y entonces nadie lo sabía. “En una semana hice 60 bichos. El animalario empezó a salir solo y, al principio, lo llamé Microneuras”.

En esa misma época hizo un viaje a Puertollano (Ciudad Real). Fue a visitar a su familia y descubrió que en las fotos de su niñez nunca aparecía junto a su padre. Es probable que siempre estuviera detrás de la cámara y solo había una forma de remediarlo. Reconstruir el álbum de fotos familiar con su padre dentro. Volvió al Freehand y construyó varias escenas que imitaban las fotos de su infancia. Aunque algo había cambiado. Al igual que ocurrió con los monstruos fortuitos, en la cara de estos personajes no había dos ojos. Había tres.

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De algún modo inexplicable estos dos mundos se entrelazaron en solo uno. Así nació Bakelanasland. Igual que surgió la Tierra. De una especie de explosión y la unión y división de infinitas partículas. Muy pronto apareció Cacafruti, el personaje que supuso el despegue de los monstruos. “En ese momento tenía 33 seguidores en Tumblr. Al publicar el dibujo pasé a 3.300 en menos de 7 horas”.

El inicio del color
El Desierto de 2010 era gélido. No había color. “Antes siempre dibujaba en blanco y negro. Me preguntaban por qué y yo contestaba: ¿Para qué voy a utilizar colores si hay una infinidad de grises?”. Pero ese mundo de sombras se derritió y surgió este nuevo “universo de luz rara”. En Bakelanasland las luces y las sombras juegan en una escala irreal entre la imaginación y el ensueño. “No hay humanos ni ningún tipo de urbanidad. Solo existe la naturaleza”, revela el director de arte.

Puede que esa naturaleza sea lo único que copia al mundo de este lado. Bakea fotografía un paisaje sin rastro urbano y empieza a pintar. La imagen pasa después por horas y capas de Photoshop hasta que se convierte en un híbrido de foto y dibujo. Ya está el escenario. Ahora viene el monstruo. Antes de construirlo lo vio. “Hago la foto y en ese momento ya sé qué está pasando con el animal. Si no sale la escena de forma natural, lo dejo”, indica.

Hay un tiempo para cada monstruo. Algunos aparecen después de 5 o 6 horas de trabajo. Otros necesitan 3 o 4 días hasta que Bakea decide que se puede publicar. Lo más complicado, siempre, es la luz. El resto es casi una intuición. “Los monstruos salen de manera natural. No sé qué son y tampoco lo intento pensar”.

A estas alturas de la conversación las entidades de tres ojos detrás de su flequillo han tomado el Café Comercial. Ese refugio de tertulias literarias se ha poblado de bestias deleitosas sentadas a nuestro alrededor y los camareros impecables se han diluido en una realidad que ya ni siquiera existe.

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Hay un espacio infinito cuyo único límite es un flequillo. En su interior habitan lagos, montañas, amores, obsesiones y 42 monstruos. Es un lugar inacabado que espera su séptimo día. Igual que hizo Dios. Paso a paso hasta que acabó el mundo. Ese momento llegará cuando en vez de 42, sean 55 endriagos. Entonces se producirá el principio y el final de Bakelanasland. El fin de la construcción de un cosmos y el comienzo de una obra que rodará en un bestiario o un cuaderno de viajes o una colección de entidades de tres ojos.

Bakelanasland es el cerebro de Bakea. “Este mundo surge de un viaje al interior de mi cabeza”, explica el ilustrador. “Todo está representado en un mapa donde están señalados el Desierto de 2010, la isla Lola, las montañas que representan el culo de mi novia y muchos más detalles de mi vida”.

Un día cualquiera del siglo XIX Charles Darwin viajó a las Islas Galápagos para buscar rastros del pasado humano y acabó construyendo una explicación de los animales y el mundo. Bakea siente una curiosidad parecida a la del naturalista inglés. También es un explorador —confiesa—, aunque su viaje sea hacia dentro. En estos dos años ha ido descubriendo otro bestiario que aparece de la nada cuando empieza a dibujar.

“Son monstruos con apariencia animal. Es una fauna que vive dentro de mi cabeza. Pero son majetes. No dan miedo”, indica en un café madrileño fundado 5 años después de la muerte del naturalista. “Quiero hacer un animalario y mostrar en qué parte del cerebro viven, qué hacen… Como lo que hizo Darwin cuando se fue a las Galápagos”.

El ilustrador, al dibujarlos, adopta el papel de aventurero clásico. “Mi personaje es el explorador del mundo interior”, especifica. “Todos los dibujos forman una especie de documental sobre un planeta. Yo voy haciendo fotos. Es una observación de ese momento. No me quedo a vivir con ellos”. El mundo en ese momento, escuchando a Bakea, parece haberse partido en dos y es difícil medir qué es más real: ¿el planeta de animales de tres ojos o unos camareros en uniformes rigurosos que te llevan de cabeza cien años atrás?

El mundo de Bakelanasland está contado en planos fijos. El documental se va construyendo de dibujos de un instante que sirven de disparadero para la imaginación. “En cada ilustración hay una señal de que está pasando algo. Dan pie a que la persona que la ve continúe la historia. Intento que los monstruos no tengan mucha personalidad para que sea quien lo vea el que termine el relato”, explica.

El origen de los monstruos
Hacía frío en el Desierto de 2010. Era una época un tanto desolada para Bakea. Hasta que un día se interesó por el programa de diseño Freehand. Quería aprender a utilizarlo y entre sus experimentos apareció un “muñequito vectorial con tres ojos”. Era el origen de los monstruos y entonces nadie lo sabía. “En una semana hice 60 bichos. El animalario empezó a salir solo y, al principio, lo llamé Microneuras”.

En esa misma época hizo un viaje a Puertollano (Ciudad Real). Fue a visitar a su familia y descubrió que en las fotos de su niñez nunca aparecía junto a su padre. Es probable que siempre estuviera detrás de la cámara y solo había una forma de remediarlo. Reconstruir el álbum de fotos familiar con su padre dentro. Volvió al Freehand y construyó varias escenas que imitaban las fotos de su infancia. Aunque algo había cambiado. Al igual que ocurrió con los monstruos fortuitos, en la cara de estos personajes no había dos ojos. Había tres.

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De algún modo inexplicable estos dos mundos se entrelazaron en solo uno. Así nació Bakelanasland. Igual que surgió la Tierra. De una especie de explosión y la unión y división de infinitas partículas. Muy pronto apareció Cacafruti, el personaje que supuso el despegue de los monstruos. “En ese momento tenía 33 seguidores en Tumblr. Al publicar el dibujo pasé a 3.300 en menos de 7 horas”.

El inicio del color
El Desierto de 2010 era gélido. No había color. “Antes siempre dibujaba en blanco y negro. Me preguntaban por qué y yo contestaba: ¿Para qué voy a utilizar colores si hay una infinidad de grises?”. Pero ese mundo de sombras se derritió y surgió este nuevo “universo de luz rara”. En Bakelanasland las luces y las sombras juegan en una escala irreal entre la imaginación y el ensueño. “No hay humanos ni ningún tipo de urbanidad. Solo existe la naturaleza”, revela el director de arte.

Puede que esa naturaleza sea lo único que copia al mundo de este lado. Bakea fotografía un paisaje sin rastro urbano y empieza a pintar. La imagen pasa después por horas y capas de Photoshop hasta que se convierte en un híbrido de foto y dibujo. Ya está el escenario. Ahora viene el monstruo. Antes de construirlo lo vio. “Hago la foto y en ese momento ya sé qué está pasando con el animal. Si no sale la escena de forma natural, lo dejo”, indica.

Hay un tiempo para cada monstruo. Algunos aparecen después de 5 o 6 horas de trabajo. Otros necesitan 3 o 4 días hasta que Bakea decide que se puede publicar. Lo más complicado, siempre, es la luz. El resto es casi una intuición. “Los monstruos salen de manera natural. No sé qué son y tampoco lo intento pensar”.

A estas alturas de la conversación las entidades de tres ojos detrás de su flequillo han tomado el Café Comercial. Ese refugio de tertulias literarias se ha poblado de bestias deleitosas sentadas a nuestro alrededor y los camareros impecables se han diluido en una realidad que ya ni siquiera existe.

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