16 de diciembre 2015    /   BUSINESS
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Diccionario de la Economía Truculenta: La noche de los bancos zombies

16 de diciembre 2015    /   BUSINESS     por          
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Un zombie es un muerto que desconoce su estado. Llegado a Haití con los esclavos africanos y sus creencias, se introdujo en la cultura popular durante la ocupación estadounidense del país caribeño entre 1915 y 1934. Hollywood, en 1941, popularizó este monstruo con la película I walked with a zombie, siendo George A. Romero y su serie fílmica quien lo va convirtiendo en epidemia apocalíptica y metáfora del capitalismo. Con este origen, es lógico que el dinero haya hecho suyo el término para hablar del fenómeno de los bancos que están muertos y se niegan a reconocer su realidad.

Básicamente, un banco zombie es una entidad cuyo pasivo supera sus activos, teniendo lo que se llama un patrimonio neto negativo, siendo el valor de lo que debe superior al de lo que posee. John Lancaster, en Whoops! Why Everyone Owes Everyone and No One Can Pay, los define como «un banco que está muerto pero mantiene una seudovida porque (en general) un gobierno excesivamente indulgente le permite seguir operando» y atribuye su creación a una «relación demasiado permisiva entre bancos y Estado que, a partir de 1989, transformó la maravilla que era la economía japonesa en un comatoso espectador de la economía mundial».

El término parece ser que se acuñó en 1987 por el economista Edward J. Kane, en su artículo Dangers of Capital Forbearance: The Case of the FSLIC and ‘Zombie’ S&Ls. «Las películas de terror pueden servir para ilustrar cómo las asociaciones de préstamo y ahorro se convirtieron en semejante desastre… En películas como La noche de los muertos vivientes y El amanecer de los muertos, los cadáveres se levantan de sus tumbas y deambulan buscando comida. Solo están hambrientos de una cosa: carne humana. Muchas asociaciones de préstamo y ahorro fueron durante un tiempo instituciones zombies, que solo podían sobrevivir debido a que se alimentaban de los contribuyentes a través del Gobierno federal», explicó en 1992 con otro artículo.

El primer momento de gloria del banco zombie llegó con la crisis japonesa de principios de los 90, la llamada Década Perdida. Durante los 80, Japón desarrolló una economía de burbuja. Combinando el acceso al crédito fácil y la especulación, el mercado inmobiliario y el bursátil alcanzaron precios astronómicos. A finales de 1991, los precios comenzaron a caer. Las viviendas en Tokio, por ejemplo, perdieron un 37% de su valor. Los préstamos empezaron a no pagarse. Para 1992, el Industrial Bank of Japan y el Long-Term Credit Bank tenían cada uno entre 3.000 y 4.000 millones de dólares en préstamos impagados.

Thomas F. Cooley, en Forbes, explica que «los japoneses negaron de manera prolongada la crisis y, cuando las condiciones les forzaron a ello, dieron pasos vacilantes para enfrentarla». Los bancos no fueron obligados a reconocer su condición en las hojas de balance y en su lugar fomentaron que siguieran prestando a compañías que no eran rentables. De bancos zombies a empresas zombies. «Esta charada continuó durante más de una década, con el resultado de que la una vez poderosa economía japonesa se estancó, costándole a Japón más de un 20% de su PIB». Un relato que se ha vuelto familiar desde 2008.

España, por supuesto, tiene los suyos. «Pese a los esfuerzos de los reguladores europeos para camuflar sus bancos zombies como si fueran lo suficientemente fuertes para afrontar los problemas de la región», escribe Yalman Onaran en su libro Zombie Banks: How Broken Banks and Debtor Nations Are Crippling the Global Economy, «los mercados no confían en los zombies y no les prestan, por lo que tiene que confiar en el BCE». Mario Draghi y su ‘haremos todo lo necesario’.

Escrito en 2011, el libro de Onaran describe que «Zapatero tiene en sus manos un grupo de bancos zombies cuyas pérdidas se incrementan con la explosión de la burbuja inmobiliaria. Los reguladores españoles no fueron muy estrictos con las cajas, los equivalentes a las asociaciones de crédito y ahorro de EEUU», continúa. «Inyectó 15.000 millones de euros en los bancos, llevando a una serie de fusiones en 2010, con el Banco de España pidiendo tras sus propios tests de estrés otros 15.000 millones».

«En caso de no lograr el capital por sí mismos, el Gobierno echaría una mano». La solución final fue la creación de la Sareb, el banco malo donde se concentran los activos tóxicos, y las inyecciones de capital a la banca.

«La economía no puede recuperarse hasta que los zombies sean eliminados», escribe Lancaster en Whoops!; «Occidente no dio muestras de contención en la brutalidad cuando le aconsejó a los japoneses que se apretaran el cinturón y acabaran ya con sus zombies, pero fuimos mucho más lentos a la hora de seguir nuestro propio consejo». En esencia, es mucho más fácil ser radical en las soluciones cuando estas se aplican a miles de kilómetros o en mundos de ficción.

Ilustración: Shutterstock/Jakub Ridky

Un zombie es un muerto que desconoce su estado. Llegado a Haití con los esclavos africanos y sus creencias, se introdujo en la cultura popular durante la ocupación estadounidense del país caribeño entre 1915 y 1934. Hollywood, en 1941, popularizó este monstruo con la película I walked with a zombie, siendo George A. Romero y su serie fílmica quien lo va convirtiendo en epidemia apocalíptica y metáfora del capitalismo. Con este origen, es lógico que el dinero haya hecho suyo el término para hablar del fenómeno de los bancos que están muertos y se niegan a reconocer su realidad.

Básicamente, un banco zombie es una entidad cuyo pasivo supera sus activos, teniendo lo que se llama un patrimonio neto negativo, siendo el valor de lo que debe superior al de lo que posee. John Lancaster, en Whoops! Why Everyone Owes Everyone and No One Can Pay, los define como «un banco que está muerto pero mantiene una seudovida porque (en general) un gobierno excesivamente indulgente le permite seguir operando» y atribuye su creación a una «relación demasiado permisiva entre bancos y Estado que, a partir de 1989, transformó la maravilla que era la economía japonesa en un comatoso espectador de la economía mundial».

El término parece ser que se acuñó en 1987 por el economista Edward J. Kane, en su artículo Dangers of Capital Forbearance: The Case of the FSLIC and ‘Zombie’ S&Ls. «Las películas de terror pueden servir para ilustrar cómo las asociaciones de préstamo y ahorro se convirtieron en semejante desastre… En películas como La noche de los muertos vivientes y El amanecer de los muertos, los cadáveres se levantan de sus tumbas y deambulan buscando comida. Solo están hambrientos de una cosa: carne humana. Muchas asociaciones de préstamo y ahorro fueron durante un tiempo instituciones zombies, que solo podían sobrevivir debido a que se alimentaban de los contribuyentes a través del Gobierno federal», explicó en 1992 con otro artículo.

El primer momento de gloria del banco zombie llegó con la crisis japonesa de principios de los 90, la llamada Década Perdida. Durante los 80, Japón desarrolló una economía de burbuja. Combinando el acceso al crédito fácil y la especulación, el mercado inmobiliario y el bursátil alcanzaron precios astronómicos. A finales de 1991, los precios comenzaron a caer. Las viviendas en Tokio, por ejemplo, perdieron un 37% de su valor. Los préstamos empezaron a no pagarse. Para 1992, el Industrial Bank of Japan y el Long-Term Credit Bank tenían cada uno entre 3.000 y 4.000 millones de dólares en préstamos impagados.

Thomas F. Cooley, en Forbes, explica que «los japoneses negaron de manera prolongada la crisis y, cuando las condiciones les forzaron a ello, dieron pasos vacilantes para enfrentarla». Los bancos no fueron obligados a reconocer su condición en las hojas de balance y en su lugar fomentaron que siguieran prestando a compañías que no eran rentables. De bancos zombies a empresas zombies. «Esta charada continuó durante más de una década, con el resultado de que la una vez poderosa economía japonesa se estancó, costándole a Japón más de un 20% de su PIB». Un relato que se ha vuelto familiar desde 2008.

España, por supuesto, tiene los suyos. «Pese a los esfuerzos de los reguladores europeos para camuflar sus bancos zombies como si fueran lo suficientemente fuertes para afrontar los problemas de la región», escribe Yalman Onaran en su libro Zombie Banks: How Broken Banks and Debtor Nations Are Crippling the Global Economy, «los mercados no confían en los zombies y no les prestan, por lo que tiene que confiar en el BCE». Mario Draghi y su ‘haremos todo lo necesario’.

Escrito en 2011, el libro de Onaran describe que «Zapatero tiene en sus manos un grupo de bancos zombies cuyas pérdidas se incrementan con la explosión de la burbuja inmobiliaria. Los reguladores españoles no fueron muy estrictos con las cajas, los equivalentes a las asociaciones de crédito y ahorro de EEUU», continúa. «Inyectó 15.000 millones de euros en los bancos, llevando a una serie de fusiones en 2010, con el Banco de España pidiendo tras sus propios tests de estrés otros 15.000 millones».

«En caso de no lograr el capital por sí mismos, el Gobierno echaría una mano». La solución final fue la creación de la Sareb, el banco malo donde se concentran los activos tóxicos, y las inyecciones de capital a la banca.

«La economía no puede recuperarse hasta que los zombies sean eliminados», escribe Lancaster en Whoops!; «Occidente no dio muestras de contención en la brutalidad cuando le aconsejó a los japoneses que se apretaran el cinturón y acabaran ya con sus zombies, pero fuimos mucho más lentos a la hora de seguir nuestro propio consejo». En esencia, es mucho más fácil ser radical en las soluciones cuando estas se aplican a miles de kilómetros o en mundos de ficción.

Ilustración: Shutterstock/Jakub Ridky

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