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16 de enero 2014    /   ENTRETENIMIENTO
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Las banderas ajenas del fútbol

16 de enero 2014    /   ENTRETENIMIENTO     por          
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Si el fútbol es una guerra y los futbolistas sus solados, debes saber que gran parte de nuestro ejército lo forman mercenarios. Que no se ofendan, lo dice la RAE. Porque esta liga nuestra, tan española y de la que tanto presumimos, tiene muchísimos extranjeros. Eso, que en realidad no tiene importancia alguna, lleva a una reflexión: si el fútbol triunfa por la pasión, la representación, lo colectivo, las banderas… ¿qué defiende en realidad?

El deporte es como la guerra, ya lo hemos comentado alguna vez, una guerra que libra de otras guerras mayores y que sirve de buena muestra del poder geopolítico mundial. En esas guerras jaleamos a nuestros soldados, pintamos nuestra cara con nuestra bandera, nos enfundamos nuestros colores, gritamos y saltamos para animar a los nuestros y criticamos sin piedad al enemigo. El enemigo, el otro. Ese que a cambio de la cantidad adecuada de dinero puede convertirse en uno más de los nuestros en apenas unas semanas, igual que aquel héroe de nuestro ejército al que encumbramos como ídolo puede acabar siendo odiado como traidor si acaba ingresando en las filas del rival.

El fútbol es pasión, en cierto modo irracional, diversión, evasión y representación civilizada de un conflicto. En este circo no hay cristianos y leones, ni sacrificios humanos, ni más violencia de la que un estricto reglamento permite. Pero inspira colectividad, representar algo: un lugar, una idea, un sentimiento. Y el fútbol también es negocio, y uno de los grandes. Por eso a nuestro ejército no le importará comprar, si puede, a una buena remesa de mercenarios de otras latitudes para que besen nuestro escudo, vistan nuestras pieles y combatan por nosotros, al menos hasta que le ofrezcan una alternativa mejor en otro lugar.

Gran parte de la realidad se puede explicar con el fútbol: se puede intentar explicar la política de forma más sencilla, se puede estudiar la rentabilidad real de dedicarse profesionalmente a uno de los oficios mejor pagados del mundo. Y eso por no entrar en la quiebra de muchos clubes que malgastaron en bonanza y zozobran durante la crisis, del auge y caída de zonas de influencia, de inversión pública o de muchísimas otras variables.

Cuando el fútbol dejó de ser lo que era

Pero sin ánimo de ser nacionalista en un mundo globalizado, el fútbol ha perdido su labor de representación. Los colores que dibujan esos ejércitos no son los colores que visten nuestros territorios. Ni tampoco los soldados que defienden nuestras banderas estuvieron ahí desde el principio.

Este pasado fin de semana se decidía quién sería el campeón de invierno de la Liga con un partido entre los dos mejores equipos del año, empatados a puntos. Pisaron el césped 27 jugadores de Atlético de Madrid y Barcelona, de los cuales 14 fueron españoles y 13 extranjeros. Hilando más fino, el Atlético de Madrid, donde llegaron a jugar 13, puso a cinco españoles en el campo, de los que dos fueron madrileños. Por su parte, el Barcelona, por quien jugaron 14, puso a nueve españoles, de los que siete fueron catalanes y, de ellos, seis de Barcelona. En números generales puede parecer poca cosa, pero es una estadística que mejora casi cualquier otro choque de nuestro campeonato.

Eso sí, el duelo real, el de las marcas, no se dirimía ahí, sino a cientos de kilómetros: quienes empataron a cero fueron los capitales de Azerbayán, principal patrocinador de los locales, y Qatar Airways, línea aérea emiratí que patrocina a los visitantes. En el Calderón, además de casi tantos extranjeros como españoles, había muchísimos petrodólares.

Cuando en 1995 un juez decidió fallar a favor de Jean-Marc Bosman abrió la caja de Pandora que cambió el fútbol para siempre: se dejó de limitar el número de europeos que podían jugar en los clubes continentales, abriendo la puerta a que el mercado deportivo se globalizara y se agigantaran las diferencias: los clubes más ricos compraron a jugadores de todo el mundo, algunos de los cuales lograron oscuros pases de ciudadanía europea en virtud de algún antecesor familiar, cerrando las puertas de las ligas nacionales a muchos jugadores emergentes.

Casi 20 años después el fútbol moderno es irreconocible. Ahora hay jugadores españoles en el extranjero -algo que antes no pasaba-, incluso en los mejores clubes del mundo; incluso varios en un mismo club. Aquel Liverpool de Benítez, que ahora ha repetido en pequeña escala en el Nápoles, marcó una tendencia que ahora continúan con éxito algunos jugadores en equipos como el Chelsea, el Bayern de Múnich, el Tottenham, el Swansea, el Arsenal, el Manchester United o el Manchester City, por citar solo algunos.

Pero eso, que tiene su parte buena, tiene un recambio negativo: el éxodo de estrellas de nuestro fútbol tiene mucho que ver con el inicio de la decadencia económica española, a la vez que con el éxito deportivo nacional. Y, como consecuencia, alguien tiene que llenar esos huecos, generalmente con mucha menor calidad dado el menor precio de contratación. El fútbol es ahora un gigantesco negocio de compra, venta y patrocinio internacional sin límites que, poco a poco, ha desdibujado la esencia de ‘lo nuestro’, entendiendo eso como sentimiento de pertenencia a un equipo al que se anima.

Plantillas que parecen la ONU

¿Ejemplos? Hay varios equipos nacionales donde hay igual o mayor número extranjeros que de españoles en la plantilla: el Málaga (17 extranjeros y 8 españoles), el Granada (14 extranjeros y 9 españoles), el Sevilla (16 extranjeros y 13 españoles), el Valencia (13 extranjeros y 10 españoles) , el Real Madrid (12 extranjeros y 11 españoles) o el Levante (14 extranjeros y 14 españoles). Seis equipos de veinte, un porcentaje nada desdeñable.

¿Y qué representan clubes con esos números? ¿La identidad del lugar? Tampoco. Equipos como el Almería, por ejemplo, no tienen a un solo jugador de la provincia, aunque tienen once de fuera del país. O del ya citado Granada, que no tiene a un solo granadino en su plantilla. Está claro que es más fácil encontrar jugadores del lugar en provincias mucho más pobladas, pero no solo la población marca el éxito de una zona en el plano futbolístico: la historia del club de referencia, las dotaciones deportivas y otras variables también entrarían en juego.

Esa ‘multiculturización’ del fútbol hace que duelos clásicos de nuestro fútbol cobren otro tinte. Por ejemplo, sirve de claro reflejo político el hecho de que el Barcelona, con una plantilla de 29 jugadores, tenga 19 españoles, de los que 10 -un tercio- son de la provincia y casi todos los demás, de Cataluña en general. Por contra, el eterno rival deportivo y político muestra otra cara bien distinta: de los 23 jugadores del Real Madrid solo 11 son españoles, y solo cinco -casi una quinta parte- son de Madrid.

Tampoco es casual que la mayor tasa de jugadores nacionales se dé en clubes vascos y navarros… porque, además de españoles, la enorme mayoría de sus plantillas son de Euskadi, Navarra o, en su defecto, zonas cercanas como el País Vasco francés y entorno, o La Rioja. Así, de los 24 jugadores del Athletic, 22 son españoles de nacimiento -dos son franceses, aunque cuentan con nacionalidad española- y diez son de Vizcaya; en la Real Sociedad hay 28 jugadores, 21 de ellos españoles y diez de Guipúzcoa; en Osasuna hay 26 jugadores, 21 de ellos españoles, de los que 8 son navarros. De hecho, por aquello de los cambios de bando, el Athletic cuenta con cuatro guipuzcoanos y la Real con tres vizcaínos.

El nacionalismo futbolístico no es tan intenso, aunque mucho mayor que la media, en la otra región nacional donde existe ese tipo de debate político: el caso ya comentado del Barcelona, cuya plantilla es un tercio extranjera, un tercio barcelonesa y otro tercio del resto de España (casi toda catalana), se completa con el del Espanyol, que tiene 25 jugadores en plantilla, 15 de ellos españoles, nueve barceloneses. El derbi de ‘barcelonidad’ lo gana el Barça en números absolutos, pero el Espanyol se lo lleva por porcentaje.

Otros clásicos de nuestro fútbol quedan completamente deslucidos bajo estas variables del nacimiento. Por ejemplo, el Sevilla cuenta con más extranjeros que españoles, pero al menos de los 13 españoles que tiene 7 son sevillanos… mientras que el Betis, que tiene en plantilla 16 españoles y 10 extranjeros no cuenta con un solo sevillano de nacimiento en sus filas.

Todo esto no es solo cuestión de los soldados que combaten: también de los generales que dirigen desde el banquillo. Ahí la mayoría son españoles: 14 por 6 foráneos, pero solo cuatro son de la región del equipo al que tienen bajo su mando. Es el caso de Osasuna, Getafe o Almería, además del paradójico caso del Granada, donde no hay ningún jugador de la provincia en la plantilla y el único granadino sobre el campo es el entrenador.

La clave: el dinero

En todo esto hay varias claves económicas evidentes. Volviendo a la idea inicial, el fútbol es para muchas cosas una buena metáfora de la realidad. Así, el desembarco de capital de países emergentes o zonas del planeta con poderío monetario no se ha hecho esperar. Hay casos de compras de clubes a manos de millonarios ociosos, desde el Chelsea de Abramovich o el Málaga de Al Thani al Racing de Santander de Peterman, y supuestos compradores que quieren invertir como sea en equipos con enormes necesidades de capital, como el Valencia y Peter Lim.

Pero dejando de lado a los ‘dueños’ de los equipos, los mariscales que comandan a esos ejércitos a los que jaleamos, hay otras vías de ingreso económico extranjero en nuestro fútbol, y ahí la mayoría foránea es abrumadora. Solo cuatro equipos, un quinto del total, visten ropa de una marca española, y ninguna es de su provincia: Getafe y Valencia visten de Joma, que es castellanomanchega; Granada lleva Luanvi, que es valenciana, y solo el Levante lleva Kelme, que es alicantina, no de su provincia pero sí de su autonomía.

En el campo de los patrocinadores, los mecenas que pagan nuestra guerra de cada fin de semana, el esquema es apenas más alentador: además de dos clubes que carecen de ellos en su camiseta (Betis y Valladolid), solo ocho tienen como sponsor principal a una marca española, aunque en este caso la gran mayoría sí son de su ámbito regional. Salvo el Almería con Urcisol (murciana), el resto sacan el dinero que gastan de su entorno geográfico: el Athletic de Bilbao con Petronor, Osasuna con Lacturale, el Elche con Gioseppo, el Getafe con Confremar, el Levante con Comunidad Valenciana, el Rayo con Nevir y el Villarreal con Pamesa.

Visto todo esto, ¿vas a dejar de enfadarte, gritar o llorar de alegría con las derrotas o las alegrías de tu equipo aunque sepas que seguramente tiene poco que ver en su funcionamiento y gestión con tu ciudad? Seguramente no. Y precisamente por cosas como esas el fútbol es lo que es.

Si el fútbol es una guerra y los futbolistas sus solados, debes saber que gran parte de nuestro ejército lo forman mercenarios. Que no se ofendan, lo dice la RAE. Porque esta liga nuestra, tan española y de la que tanto presumimos, tiene muchísimos extranjeros. Eso, que en realidad no tiene importancia alguna, lleva a una reflexión: si el fútbol triunfa por la pasión, la representación, lo colectivo, las banderas… ¿qué defiende en realidad?

El deporte es como la guerra, ya lo hemos comentado alguna vez, una guerra que libra de otras guerras mayores y que sirve de buena muestra del poder geopolítico mundial. En esas guerras jaleamos a nuestros soldados, pintamos nuestra cara con nuestra bandera, nos enfundamos nuestros colores, gritamos y saltamos para animar a los nuestros y criticamos sin piedad al enemigo. El enemigo, el otro. Ese que a cambio de la cantidad adecuada de dinero puede convertirse en uno más de los nuestros en apenas unas semanas, igual que aquel héroe de nuestro ejército al que encumbramos como ídolo puede acabar siendo odiado como traidor si acaba ingresando en las filas del rival.

El fútbol es pasión, en cierto modo irracional, diversión, evasión y representación civilizada de un conflicto. En este circo no hay cristianos y leones, ni sacrificios humanos, ni más violencia de la que un estricto reglamento permite. Pero inspira colectividad, representar algo: un lugar, una idea, un sentimiento. Y el fútbol también es negocio, y uno de los grandes. Por eso a nuestro ejército no le importará comprar, si puede, a una buena remesa de mercenarios de otras latitudes para que besen nuestro escudo, vistan nuestras pieles y combatan por nosotros, al menos hasta que le ofrezcan una alternativa mejor en otro lugar.

Gran parte de la realidad se puede explicar con el fútbol: se puede intentar explicar la política de forma más sencilla, se puede estudiar la rentabilidad real de dedicarse profesionalmente a uno de los oficios mejor pagados del mundo. Y eso por no entrar en la quiebra de muchos clubes que malgastaron en bonanza y zozobran durante la crisis, del auge y caída de zonas de influencia, de inversión pública o de muchísimas otras variables.

Cuando el fútbol dejó de ser lo que era

Pero sin ánimo de ser nacionalista en un mundo globalizado, el fútbol ha perdido su labor de representación. Los colores que dibujan esos ejércitos no son los colores que visten nuestros territorios. Ni tampoco los soldados que defienden nuestras banderas estuvieron ahí desde el principio.

Este pasado fin de semana se decidía quién sería el campeón de invierno de la Liga con un partido entre los dos mejores equipos del año, empatados a puntos. Pisaron el césped 27 jugadores de Atlético de Madrid y Barcelona, de los cuales 14 fueron españoles y 13 extranjeros. Hilando más fino, el Atlético de Madrid, donde llegaron a jugar 13, puso a cinco españoles en el campo, de los que dos fueron madrileños. Por su parte, el Barcelona, por quien jugaron 14, puso a nueve españoles, de los que siete fueron catalanes y, de ellos, seis de Barcelona. En números generales puede parecer poca cosa, pero es una estadística que mejora casi cualquier otro choque de nuestro campeonato.

Eso sí, el duelo real, el de las marcas, no se dirimía ahí, sino a cientos de kilómetros: quienes empataron a cero fueron los capitales de Azerbayán, principal patrocinador de los locales, y Qatar Airways, línea aérea emiratí que patrocina a los visitantes. En el Calderón, además de casi tantos extranjeros como españoles, había muchísimos petrodólares.

Cuando en 1995 un juez decidió fallar a favor de Jean-Marc Bosman abrió la caja de Pandora que cambió el fútbol para siempre: se dejó de limitar el número de europeos que podían jugar en los clubes continentales, abriendo la puerta a que el mercado deportivo se globalizara y se agigantaran las diferencias: los clubes más ricos compraron a jugadores de todo el mundo, algunos de los cuales lograron oscuros pases de ciudadanía europea en virtud de algún antecesor familiar, cerrando las puertas de las ligas nacionales a muchos jugadores emergentes.

Casi 20 años después el fútbol moderno es irreconocible. Ahora hay jugadores españoles en el extranjero -algo que antes no pasaba-, incluso en los mejores clubes del mundo; incluso varios en un mismo club. Aquel Liverpool de Benítez, que ahora ha repetido en pequeña escala en el Nápoles, marcó una tendencia que ahora continúan con éxito algunos jugadores en equipos como el Chelsea, el Bayern de Múnich, el Tottenham, el Swansea, el Arsenal, el Manchester United o el Manchester City, por citar solo algunos.

Pero eso, que tiene su parte buena, tiene un recambio negativo: el éxodo de estrellas de nuestro fútbol tiene mucho que ver con el inicio de la decadencia económica española, a la vez que con el éxito deportivo nacional. Y, como consecuencia, alguien tiene que llenar esos huecos, generalmente con mucha menor calidad dado el menor precio de contratación. El fútbol es ahora un gigantesco negocio de compra, venta y patrocinio internacional sin límites que, poco a poco, ha desdibujado la esencia de ‘lo nuestro’, entendiendo eso como sentimiento de pertenencia a un equipo al que se anima.

Plantillas que parecen la ONU

¿Ejemplos? Hay varios equipos nacionales donde hay igual o mayor número extranjeros que de españoles en la plantilla: el Málaga (17 extranjeros y 8 españoles), el Granada (14 extranjeros y 9 españoles), el Sevilla (16 extranjeros y 13 españoles), el Valencia (13 extranjeros y 10 españoles) , el Real Madrid (12 extranjeros y 11 españoles) o el Levante (14 extranjeros y 14 españoles). Seis equipos de veinte, un porcentaje nada desdeñable.

¿Y qué representan clubes con esos números? ¿La identidad del lugar? Tampoco. Equipos como el Almería, por ejemplo, no tienen a un solo jugador de la provincia, aunque tienen once de fuera del país. O del ya citado Granada, que no tiene a un solo granadino en su plantilla. Está claro que es más fácil encontrar jugadores del lugar en provincias mucho más pobladas, pero no solo la población marca el éxito de una zona en el plano futbolístico: la historia del club de referencia, las dotaciones deportivas y otras variables también entrarían en juego.

Esa ‘multiculturización’ del fútbol hace que duelos clásicos de nuestro fútbol cobren otro tinte. Por ejemplo, sirve de claro reflejo político el hecho de que el Barcelona, con una plantilla de 29 jugadores, tenga 19 españoles, de los que 10 -un tercio- son de la provincia y casi todos los demás, de Cataluña en general. Por contra, el eterno rival deportivo y político muestra otra cara bien distinta: de los 23 jugadores del Real Madrid solo 11 son españoles, y solo cinco -casi una quinta parte- son de Madrid.

Tampoco es casual que la mayor tasa de jugadores nacionales se dé en clubes vascos y navarros… porque, además de españoles, la enorme mayoría de sus plantillas son de Euskadi, Navarra o, en su defecto, zonas cercanas como el País Vasco francés y entorno, o La Rioja. Así, de los 24 jugadores del Athletic, 22 son españoles de nacimiento -dos son franceses, aunque cuentan con nacionalidad española- y diez son de Vizcaya; en la Real Sociedad hay 28 jugadores, 21 de ellos españoles y diez de Guipúzcoa; en Osasuna hay 26 jugadores, 21 de ellos españoles, de los que 8 son navarros. De hecho, por aquello de los cambios de bando, el Athletic cuenta con cuatro guipuzcoanos y la Real con tres vizcaínos.

El nacionalismo futbolístico no es tan intenso, aunque mucho mayor que la media, en la otra región nacional donde existe ese tipo de debate político: el caso ya comentado del Barcelona, cuya plantilla es un tercio extranjera, un tercio barcelonesa y otro tercio del resto de España (casi toda catalana), se completa con el del Espanyol, que tiene 25 jugadores en plantilla, 15 de ellos españoles, nueve barceloneses. El derbi de ‘barcelonidad’ lo gana el Barça en números absolutos, pero el Espanyol se lo lleva por porcentaje.

Otros clásicos de nuestro fútbol quedan completamente deslucidos bajo estas variables del nacimiento. Por ejemplo, el Sevilla cuenta con más extranjeros que españoles, pero al menos de los 13 españoles que tiene 7 son sevillanos… mientras que el Betis, que tiene en plantilla 16 españoles y 10 extranjeros no cuenta con un solo sevillano de nacimiento en sus filas.

Todo esto no es solo cuestión de los soldados que combaten: también de los generales que dirigen desde el banquillo. Ahí la mayoría son españoles: 14 por 6 foráneos, pero solo cuatro son de la región del equipo al que tienen bajo su mando. Es el caso de Osasuna, Getafe o Almería, además del paradójico caso del Granada, donde no hay ningún jugador de la provincia en la plantilla y el único granadino sobre el campo es el entrenador.

La clave: el dinero

En todo esto hay varias claves económicas evidentes. Volviendo a la idea inicial, el fútbol es para muchas cosas una buena metáfora de la realidad. Así, el desembarco de capital de países emergentes o zonas del planeta con poderío monetario no se ha hecho esperar. Hay casos de compras de clubes a manos de millonarios ociosos, desde el Chelsea de Abramovich o el Málaga de Al Thani al Racing de Santander de Peterman, y supuestos compradores que quieren invertir como sea en equipos con enormes necesidades de capital, como el Valencia y Peter Lim.

Pero dejando de lado a los ‘dueños’ de los equipos, los mariscales que comandan a esos ejércitos a los que jaleamos, hay otras vías de ingreso económico extranjero en nuestro fútbol, y ahí la mayoría foránea es abrumadora. Solo cuatro equipos, un quinto del total, visten ropa de una marca española, y ninguna es de su provincia: Getafe y Valencia visten de Joma, que es castellanomanchega; Granada lleva Luanvi, que es valenciana, y solo el Levante lleva Kelme, que es alicantina, no de su provincia pero sí de su autonomía.

En el campo de los patrocinadores, los mecenas que pagan nuestra guerra de cada fin de semana, el esquema es apenas más alentador: además de dos clubes que carecen de ellos en su camiseta (Betis y Valladolid), solo ocho tienen como sponsor principal a una marca española, aunque en este caso la gran mayoría sí son de su ámbito regional. Salvo el Almería con Urcisol (murciana), el resto sacan el dinero que gastan de su entorno geográfico: el Athletic de Bilbao con Petronor, Osasuna con Lacturale, el Elche con Gioseppo, el Getafe con Confremar, el Levante con Comunidad Valenciana, el Rayo con Nevir y el Villarreal con Pamesa.

Visto todo esto, ¿vas a dejar de enfadarte, gritar o llorar de alegría con las derrotas o las alegrías de tu equipo aunque sepas que seguramente tiene poco que ver en su funcionamiento y gestión con tu ciudad? Seguramente no. Y precisamente por cosas como esas el fútbol es lo que es.

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Opiniones 13
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  • Hombre, creo que hay que saber interpretar el contexto. En La Razón utilizarían el dato para tratar de herir sensibilidades y ridiculizar el nacionalismo, no lo dudo. Pero en este caso, el autor está haciendo un análisis de la procedencia de los jugadores en cada club, e incluso destaca el hecho de que en regiones con un arraigado sentimiento nacionalista, la procedencia de jugadores de esa región es mayor.

    Este tipo de susceptibilidades extremas me parecen ridículas y poco productivas, sinceramente.

  • El presidente del Almeria es de Murcia al igual que la empresa que regenta y patrocina al equipo, concretamente de Aguilas, a 5km del limite con Almeria.

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