16 de octubre 2014    /   CREATIVIDAD
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Barcelona prefiere las manifestaciones a las exposiciones

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Las grandes ciudades no admiten cualquier tipo de artista en sus calles. Las normativas de algunas de ellas contemplan la realización de castings de idoneidad para decidir quién tiene derecho a actuar al aire libre y quién no. Superar esos filtros puede resultar más arduo que convocar una manifestación por el centro de la localidad, sea cual sea el motivo, y lograr la autorización necesaria. Un diseñador lo comprobó en Barcelona.


En su primera exposición, a Jorge Fernández Cuadal  no le quedó otra que exponer a ratos en diversos emplazamientos para evitar ser sancionado. Así pudo percatarse de las diferentes acogidas que la muestra recibía en los distintos rincones de la ciudad: «En la Plaza de la Virreina o en la del Diamant, la gente se acercaba y se interesaba. Personas de barrio, de todas las edades».
En cambio, cuando se instaló en la Avenida Diagonal, esquina Paseo de Gracia, notó sobre todo indiferencia («Salvo un conserje que vigilaba un portal a unos 20 metros y que se puso a llamar a la policía pensando que había montado alguna especie de top manta»). La misma que en la de Aragó, más frecuentada por turistas. En Urquinaona, en cambio, sí logró atraer las miradas de los peatones: «Instalé las cajas estratégicamente en el medio de la plaza dejando una especie de pasillo, por lo que la gente al pasar veía mi obra».
De la manifestación, además de la facilidad con la que obtuvo el permiso, lo que le sorprendió fue el despliegue policial. «Al principio éramos unos 20 participantes y debía de haber unos 30 0 40 agentes a lo largo de todo el recorrido que se dedicaron a ir cortando el tráfico a nuestro paso».
Amigos, familiares y conocidos de Jorge conformaban el grueso de manifestantes. Algunos de ellos llevaba las ilustraciones y otro grupo repartía los panfletos donde se explicaba que la manifestación, en realidad, era una galería de arte móvil que utilizaba el espacio publico. A todos ellos, según Jorge, se fueron uniendo poco a poco transeúntes que les acompañaron durante su marcha, que transcurrió desde la plaza Universitat hasta la plaza del Ayuntamiento, pasando por plaza Catalunya, plaza Urquinaona y Vía Laietana.
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En su primera exposición, a Jorge Fernández Cuadal  no le quedó otra que exponer a ratos en diversos emplazamientos para evitar ser sancionado. Así pudo percatarse de las diferentes acogidas que la muestra recibía en los distintos rincones de la ciudad: «En la Plaza de la Virreina o en la del Diamant, la gente se acercaba y se interesaba. Personas de barrio, de todas las edades».
En cambio, cuando se instaló en la Avenida Diagonal, esquina Paseo de Gracia, notó sobre todo indiferencia («Salvo un conserje que vigilaba un portal a unos 20 metros y que se puso a llamar a la policía pensando que había montado alguna especie de top manta»). La misma que en la de Aragó, más frecuentada por turistas. En Urquinaona, en cambio, sí logró atraer las miradas de los peatones: «Instalé las cajas estratégicamente en el medio de la plaza dejando una especie de pasillo, por lo que la gente al pasar veía mi obra».
De la manifestación, además de la facilidad con la que obtuvo el permiso, lo que le sorprendió fue el despliegue policial. «Al principio éramos unos 20 participantes y debía de haber unos 30 0 40 agentes a lo largo de todo el recorrido que se dedicaron a ir cortando el tráfico a nuestro paso».
Amigos, familiares y conocidos de Jorge conformaban el grueso de manifestantes. Algunos de ellos llevaba las ilustraciones y otro grupo repartía los panfletos donde se explicaba que la manifestación, en realidad, era una galería de arte móvil que utilizaba el espacio publico. A todos ellos, según Jorge, se fueron uniendo poco a poco transeúntes que les acompañaron durante su marcha, que transcurrió desde la plaza Universitat hasta la plaza del Ayuntamiento, pasando por plaza Catalunya, plaza Urquinaona y Vía Laietana.
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