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13 de enero 2019    /   ENTRETENIMIENTO
por
fotografia  Leah Pattem

Leah Pattem, la británica que ha creado un archivo de ‘bares Paco’ de Madrid

13 de enero 2019    /   ENTRETENIMIENTO     por        fotografia  Leah Pattem
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Leah Pattem, una joven británico-india, entró hace años a un bar tradicional de la capital. Ella los llama de «bajo coste»; nosotros, los nativos, bares Paco o bares Manolo, dependiendo de qué nombre suene más pureta en cada región.

Entró y sintió algo irreparable. Quizá fue el olor narcótico de los calamares a la romana o la suavidad de la ensaladilla rusa… Todo eso hace patria: España hace patria comiéndose los gentilicios de otros.

El caso es que algo hubo que inspiró a Pattem para iniciar un hambriento proyecto fotográfico. Cada vez que acude a uno de estos locales, se ratifica; lo piensa: «Sí, por esto me mudé a Madrid». Ya lleva cinco años en la ciudad que documenta a través de su web Madrid No Frills.

Dice que le sedujo que en 30 segundos apareciera una bebida y una «tapa generosa» frente a ella. «Todos sabemos qué nos indica que estamos en un buen bar: el suelo cubierto de servilletas y huesos de oliva. Es como entrar en el pasado humilde de la clase trabajadora de Madrid. Todo cerca de esas barras es modesto, incluso los clientes: son el corazón de la comunidad local», se entusiasma Pattem, a quien descubrimos en Menéame.

bares paco

Pattem no es escritora ni fotógrafa, pero decidió quedarse en Madrid, además de para trabajar de profesora, para contar historias con las teclas y la cámara. Pronto intuyó que muchos de estos establecimientos pendían de un hilo. Entonces hizo recuento de todo lo que admiraba en ellos y no vio otra opción que salir a la calle a cazar y retratar tantos como pudiera.

«Los precios del alquiler están aumentando, las personas más jóvenes pierden el interés y los propietarios envejecen y están cansados. Con el declive del negocio, el bar ya no puede permitirse el lujo de permanecer abierto, y el centro de una comunidad local desaparece», lamenta.

Pattem dispara su máquina con la esperanza de que «[los bares] se vean como lugares divertidos para tomar una bebida, y también para que sus historias resuenen». Espera que cada lector contribuya de la manera más diurética posible: tomando cañas.

bares paco

bares paco

Bar Luis. Bar El Palentino. Bar A Lareira. Bar Cruz. Bar El Jamón. Bar San Fernando. Nombres de cuando el nombre señalizaba y no expresaba ni pretendía ni cautivaba. Nombres que no imponían un marco mental al cliente, que le concedían la libertad de decidir qué opinión o sensación llevarse, siempre después de entrar, probar, hablar.

Nombres de bares que vendían bebida y comida, y no visiones ni conceptos.

Pattem también busca los testimonios de quienes llevan décadas sirviendo tapas. «Las historias de los propietarios son siempre similares. Han trabajado en el bar desde que eran jóvenes, y son [a veces] la tercera o cuarta generación de su familia en hacerlo. Pero, debido a que sus propios hijos no quieren llevar la antorcha del negocio familiar, continúan trabajando durante su jubilación. Cuando les pregunto la edad, siempre me sorprendo porque parecen 20 años más jóvenes. Dicen que su secreto es el “trabajo duro”», recuerda la fotógrafa.

bares paco

Una de las historias que más impactó a Pattem fue la del mítico El Palentino, que cerró el pasado marzo tras ocho décadas de espumas, vino, humo de plancha y charlas con decibelios. En la crónica de su desaparición, el periodista Henrique Mariño escribió: «Adiós a una Malasaña de frasca y serrín, de botellín y pepito de ternera, de parroquianos castizos y roqueros impenitentes».

La fotógrafa tomó una instantánea de Casto Herrezuelo, el propietario, poco antes de su fallecimiento. Los hijos de Casto lamentaron no poder hacerse cargo y agradecieron el cariño de los madrileños. Murió el dueño y aquel hogar pereció con la misma facilidad con que la ternera derrite la mantequilla sobre el pan.

bares paco
Casto Herrezuelo, de El Palentino

bares paco bares paco

La visión de Leah Pattem es la de la persona extranjera que detecta sin esfuerzo lo extraordinario en espacios que para los españoles son simplemente normales. «Estos bares representan la España con la que soñábamos antes de venir aquí. Verlos desaparecer en una niebla de identidad, como las ciudades de las que vinimos, es deprimente», valora.

Esa permeabilidad para lo normal-extraordinario ha llevado a Pattem a barrios obreros de la capital y a sus centros culturales y comunitarios. Con su trabajo, asegura, quiere resaltar las dificultades que enfrentan estas comunidades y mostrar su apoyo a las empresas locales.

«Mis seguidores y yo –afirma– somos apasionados de ayudar a preservar parte del patrimonio de España, y si eso nos exige tomar más cañas y comer más pinchos de tortilla, ¡nos enfrentaremos al desafío!», clama.

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Leah Pattem, una joven británico-india, entró hace años a un bar tradicional de la capital. Ella los llama de «bajo coste»; nosotros, los nativos, bares Paco o bares Manolo, dependiendo de qué nombre suene más pureta en cada región.

Entró y sintió algo irreparable. Quizá fue el olor narcótico de los calamares a la romana o la suavidad de la ensaladilla rusa… Todo eso hace patria: España hace patria comiéndose los gentilicios de otros.

El caso es que algo hubo que inspiró a Pattem para iniciar un hambriento proyecto fotográfico. Cada vez que acude a uno de estos locales, se ratifica; lo piensa: «Sí, por esto me mudé a Madrid». Ya lleva cinco años en la ciudad que documenta a través de su web Madrid No Frills.

Dice que le sedujo que en 30 segundos apareciera una bebida y una «tapa generosa» frente a ella. «Todos sabemos qué nos indica que estamos en un buen bar: el suelo cubierto de servilletas y huesos de oliva. Es como entrar en el pasado humilde de la clase trabajadora de Madrid. Todo cerca de esas barras es modesto, incluso los clientes: son el corazón de la comunidad local», se entusiasma Pattem, a quien descubrimos en Menéame.

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Pattem no es escritora ni fotógrafa, pero decidió quedarse en Madrid, además de para trabajar de profesora, para contar historias con las teclas y la cámara. Pronto intuyó que muchos de estos establecimientos pendían de un hilo. Entonces hizo recuento de todo lo que admiraba en ellos y no vio otra opción que salir a la calle a cazar y retratar tantos como pudiera.

«Los precios del alquiler están aumentando, las personas más jóvenes pierden el interés y los propietarios envejecen y están cansados. Con el declive del negocio, el bar ya no puede permitirse el lujo de permanecer abierto, y el centro de una comunidad local desaparece», lamenta.

Pattem dispara su máquina con la esperanza de que «[los bares] se vean como lugares divertidos para tomar una bebida, y también para que sus historias resuenen». Espera que cada lector contribuya de la manera más diurética posible: tomando cañas.

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Bar Luis. Bar El Palentino. Bar A Lareira. Bar Cruz. Bar El Jamón. Bar San Fernando. Nombres de cuando el nombre señalizaba y no expresaba ni pretendía ni cautivaba. Nombres que no imponían un marco mental al cliente, que le concedían la libertad de decidir qué opinión o sensación llevarse, siempre después de entrar, probar, hablar.

Nombres de bares que vendían bebida y comida, y no visiones ni conceptos.

Pattem también busca los testimonios de quienes llevan décadas sirviendo tapas. «Las historias de los propietarios son siempre similares. Han trabajado en el bar desde que eran jóvenes, y son [a veces] la tercera o cuarta generación de su familia en hacerlo. Pero, debido a que sus propios hijos no quieren llevar la antorcha del negocio familiar, continúan trabajando durante su jubilación. Cuando les pregunto la edad, siempre me sorprendo porque parecen 20 años más jóvenes. Dicen que su secreto es el “trabajo duro”», recuerda la fotógrafa.

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Una de las historias que más impactó a Pattem fue la del mítico El Palentino, que cerró el pasado marzo tras ocho décadas de espumas, vino, humo de plancha y charlas con decibelios. En la crónica de su desaparición, el periodista Henrique Mariño escribió: «Adiós a una Malasaña de frasca y serrín, de botellín y pepito de ternera, de parroquianos castizos y roqueros impenitentes».

La fotógrafa tomó una instantánea de Casto Herrezuelo, el propietario, poco antes de su fallecimiento. Los hijos de Casto lamentaron no poder hacerse cargo y agradecieron el cariño de los madrileños. Murió el dueño y aquel hogar pereció con la misma facilidad con que la ternera derrite la mantequilla sobre el pan.

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Casto Herrezuelo, de El Palentino

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La visión de Leah Pattem es la de la persona extranjera que detecta sin esfuerzo lo extraordinario en espacios que para los españoles son simplemente normales. «Estos bares representan la España con la que soñábamos antes de venir aquí. Verlos desaparecer en una niebla de identidad, como las ciudades de las que vinimos, es deprimente», valora.

Esa permeabilidad para lo normal-extraordinario ha llevado a Pattem a barrios obreros de la capital y a sus centros culturales y comunitarios. Con su trabajo, asegura, quiere resaltar las dificultades que enfrentan estas comunidades y mostrar su apoyo a las empresas locales.

«Mis seguidores y yo –afirma– somos apasionados de ayudar a preservar parte del patrimonio de España, y si eso nos exige tomar más cañas y comer más pinchos de tortilla, ¡nos enfrentaremos al desafío!», clama.

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Opiniones 1
  • Aya por los 1966 tomaba un vino con mi hermano en aquel bar que todavia recuerdo pero no sabria encontrar. Saliendo con euforia por estar cerca de nuestro viaje a America que suponiamos, la aventura que resolveria nuestros pesares. De pronto reconocimos los pasaportes se nos habian olvidado en el mostrador y regresamos corriendo. Ya entre risas el mozo nos acogio para devolvernoslo. Y pienso si habrian visto antes un pasaporte en aquel bar de la epoca de Franco. Hoy quizas debo mi tranquilidad bajo el sol de La Florida que fue de Espana a ese bar y a su gente.

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