11 de octubre 2016    /   IDEAS
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Barrios que gritan tu clase social: la puntuación que determina tu estrato en Colombia

11 de octubre 2016    /   IDEAS     por          
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Hay un lugar en el mundo donde se puede pasar de una clase social a otra cruzando a una calle. Así ocurre en Colombia. La sociedad en el país latinoamericano está segmentada por ley nacional según su situación socioeconómica. Tal estratificación se basa, curiosamente, no en los ingresos familiares, sino en la calidad de los materiales empleados en la construcción de las viviendas y en la calidad del entorno que rodea la residencia.

Es el único país del mundo que lo hace de esta manera. De esa forma, es posible pasar de un estrato a otro cambiando de acera, literalmente. La información es pública y repetitiva, ya que todos los habitantes conocen a qué estrato pertenece cada barrio y a los vecinos les recuerdan mensualmente a qué estrato pertenecen en las facturas de sus servicios públicos. Tal mecanismo tiene una lógica de redistribución de riqueza, pero acaba por afectar también a la forma en la que los colombianos conviven en sus ciudades.

La división se produce de la siguiente manera: las personas pertenecientes a los estratos 1, 2 y 3, considerados bajos, tienen derecho a recibir subsidios en los servicios públicos; los del nivel 4 ni reciben ni pagan; y los que escalan hasta el nivel 5 y 6 deben pagar una contribución sobre el valor de los servicios públicos domiciliarios.

La estratificación se realiza con el objetivo de focalizar subsidios para que los hogares más baratos y ubicados en las zonas menos desarrolladas tengan la posibilidad de acceder a los servicios colectivos de agua potable, electricidad, alcantarillado, gas, teléfono y el impuesto predial que se le atribuye a cada vivienda. Existe, por tanto, un sistema de subsidios cruzados por el cual las personas más ricas pagan más de lo que gastan, con el fin de colaborar con los más pobres.

Hasta aquí parece una fórmula de equidad social acertada, aunque algo peregrina y que parece chocante para el foráneo, debido a la ausencia de este sistema en el resto del mundo. La otra cara de la moneda es la influencia que tiene este sistema en la forma en la que los colombianos se miran a la cara, se mezclan y se etiquetan.

Bogotá-por-estratos

Consecuencia de políticas neoliberales

Pero sigamos con su origen, porque en él podremos analizar los barros que ofrecen los lodos que hoy se viven. El sistema de estratificación social nace de un paradigma de gestión pública basado en políticas neoliberales. La apertura económica que vivió la economía colombiana a finales de los años 80 y finales de los 90 tuvo como consecuencia la privatización de las empresas públicas del país, encargadas de posibilitar los servicios básicos a sus ciudadanos.

Esta tendencia se dio de bruces contra una realidad: la enorme desigualdad de los colombianos y que imposibilitaba el pago de esos servicios a la mayoría de la población. Para tratar de corregir esta situación, en 1994 se impulsó la Ley Nacional de Servicios Públicos, sobre la que se asienta esta estratificación, aunque ya se producía en algunas ciudades del país de manera aislada.

En la actualidad, la mayoría de las metrópolis están segmentadas, mientras que en el ámbito rural esta política todavía no se ha impulsado a pesar de que está incluido en la normativa.

Pero ¿cómo afecta esta parcelación en el estilo de vida, prejuicios y forma de pensar de los ciudadanos? No vamos a descubrir la penicilina si indicamos que todas las sociedades en el mundo contienen un proceso etéreo, caprichoso a veces, por el cual las personas acaban etiquetándose según reglas y procedimientos de diversa índole. A bote pronto, podríamos decir que el barrio donde se vive condiciona la imagen de sus vecinos.

Por ejemplo, no sé si ustedes lo habrán hecho, pero yo, siempre que hay elecciones, me dirijo rápidamente a los resultados por barrios de mi ciudad para poder vituperar sin piedad y con argumentos a los que han sido electores de los partidos políticos que yo no he votado, y que viven en barrios de condiciones socioeconómicas diferentes a las mías.

Encasillo, por supuesto, utilizo los prejuicios en la calentura poselectoral —¿hay otra forma?—, pero también es cierto que las leyes no me recuerdan constantemente que quien tengo enfrente es diferente. Por eso me acabo olvidando. En cambio, la estratificación oficial de la sociedad colombiana acarrea una profundización y consolidación en la inevitable parcelación social que se produce en cualquier ciudad del mundo.

Inequidad Social facturas

Este sistema, vigente desde los años 80 en algunas ciudades y que está totalmente asentado en la mentalidad de los colombianos, se ha convertido, según la socióloga Consuelo Uribe Mallarino, experta en la materia y autora de este artículo basado en dos estudios entre los años 2004 y 2007, «en el método preponderante por el cual los colombianos de zonas urbanas entienden el orden social». Es habitual escuchar en una conversación: «Vive en un estrato 4, pero sus amigos son del 6, y sin embargo comenzó a salir con una chica del estrato 2».

Suena al sistema de castas en India. Y sí, aunque no existe una ley que impida el paso de un estrato a otro, tal y como ocurría en el hinduismo, Consuelo Uribe señala que «la estratificación ha incidido en la segregación geográfica de Bogotá, lo cual provoca en sus residentes la renuncia a aspirar a ascender de estrato y la permanencia en niveles por los que se recibe subsidio».

Tiene su lógica, ya que parece difícil pensar que alguien quiera subir a un estrato superior para pagar más por los servicios públicos, cuando los beneficios de este ascenso no son notorios.

Además, si se pregunta a los ciudadanos de la ciudad dónde viven, suelen indicar con precisión su barrio. Esa información inmediatamente construye un prejuicio en el interlocutor, ya sea bueno o malo, acerca de la persona con la que habla. Este tipo de fronteras puede afectar tanto a la consecución de un empleo, al amor o a las relaciones sociales.

Sin mezclarse

En Bogotá es difícil encontrar lugares donde todos los estratos se junten y exista heterogeneidad entre sus vecinos. El transporte público es habitualmente utilizado por las personas de los estratos más bajos, e incluso la propia red de autobuses utiliza diferentes vehículos según el barrio hacia el que se dirijan.

A falta de la construcción de un metro en la capital colombiana, método de transporte que evidentemente consigue aunar personas de todas las clases sociales, el único evento que consigue mezclar a los bogotanos habitualmente es la ciclovía.

Cada domingo, se corta el tráfico de coches en varias avenidas a lo largo de toda la ciudad para su uso deportivo. Es entonces cuando el habitante de Bogotá puede ver a todas las clases de vecinos que le rodean, sin un número de estrato sobre su cabeza.

El resto de la semana, el bogotano de los estratos más altos puede disfrutar de su ciudad sin mezclarse con personas que no pertenecen a su estrato. La magnitud de la ciudad también condiciona este factor, porque implica que la mayoría de las personas que se lo pueden permitir residan cerca del trabajo, que habitualmente se encuentra en la zona noble de la ciudad.

Sin embargo, los que son más vulnerables, y que de igual forma tienen que acudir a sus puestos de trabajo en las áreas más ricas, se ven obligados a pasar interminables horas en el transporte público que encalla en los numerosos atascos de Bogotá. Pero eso, los de los estratos más altos sólo lo saben de oídas. Esta ausencia de convivencia entre los bogotanos «debe ser subsanada en los próximos años», según Uribe Mallarino, que aboga por «encontrar una fórmula para la redistribución de la riqueza que no afecte al comportamiento social, y que se dirija más hacia los ingresos familiares que a los barrios en los que viven las personas».

Incluso el Departamento Administrativo Nacional de Estadística de Colombia (DANE), organismo encargado de designar los estratos a los que pertenece cada zona de las ciudades, admite oficialmente que este sistema de estratos se ha perpetuado de tal manera en la población que «en las telenovelas colombianasse ventilan las diferencias socioculturales inherentes a cada estrato».

Contrario a esta forma de pensar, Liliana, habitante en una zona de estrato 4, reflexiona que no existe esta segregación de las personas según el barrio. «Yo tengo amigos de todos los estratos. El área donde vives puede tener algo de influencia, pero muy poca. Creo que es importante hacerlo por edificios y barrios porque hay zonas que no tienen casi nada… Y no me refiero sólo a servicios básicos, sino también a centros comerciales, zonas verdes o parques para niños. Es una forma de intentar equilibrar un poco todo».

Inequidad-Social

Ana, habitante en la zona de estrato 1 en el barrio de Bosa, trabaja como limpiadora en diferentes casas de las zonas de los estratos más altos. Su opinión es contraria. «A una la miran por encima del hombro cuando dice dónde vive. A la hora de encontrar trabajo yo no he visto discriminación, aunque es cierto que yo opto a labores de baja cualificación».

Ana explica su versión con resignación y se afana en dejar claro que el extranjero no suele tener esa división en la cabeza. «Al menos los que yo he conocido. En cambio, el colombiano sí saca conclusiones. Por ejemplo, las familias de estrato 6 no dejan que sus hijos o hijas se casen con personas de los estratos más bajos. ¿Qué vas a sacar de esas ollas?, les dicen». Olla es la palabra despectiva que se usa en las zonas más acomodadas para referirse a los barrios menos desarrollados.

Las cifras señalaban en mayo de 2015 que tres de cada cuatro colombianos pertenecen a los estratos 1, 2 y 3. Es decir, forman parte de aquellos que tienen derecho a recibir un subsidio para acceder a los servicios públicos. Los datos oficiales suelen ser fríos como las reglas colonialistas que trazaban las fronteras de los países africanos.

Sin embargo, las consecuencias de esas divisiones alejadas de la realidad caen como una llovizna que en un principio no cala, pero que al final forma un barrizal en el que las sociedades se estacan y del que es muy difícil salir. Lo que en un principio pudo ser una solución a la inequidad económica puede acabar perpetuándose como una división social transparente e inflexible.

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Hay un lugar en el mundo donde se puede pasar de una clase social a otra cruzando a una calle. Así ocurre en Colombia. La sociedad en el país latinoamericano está segmentada por ley nacional según su situación socioeconómica. Tal estratificación se basa, curiosamente, no en los ingresos familiares, sino en la calidad de los materiales empleados en la construcción de las viviendas y en la calidad del entorno que rodea la residencia.

Es el único país del mundo que lo hace de esta manera. De esa forma, es posible pasar de un estrato a otro cambiando de acera, literalmente. La información es pública y repetitiva, ya que todos los habitantes conocen a qué estrato pertenece cada barrio y a los vecinos les recuerdan mensualmente a qué estrato pertenecen en las facturas de sus servicios públicos. Tal mecanismo tiene una lógica de redistribución de riqueza, pero acaba por afectar también a la forma en la que los colombianos conviven en sus ciudades.

La división se produce de la siguiente manera: las personas pertenecientes a los estratos 1, 2 y 3, considerados bajos, tienen derecho a recibir subsidios en los servicios públicos; los del nivel 4 ni reciben ni pagan; y los que escalan hasta el nivel 5 y 6 deben pagar una contribución sobre el valor de los servicios públicos domiciliarios.

La estratificación se realiza con el objetivo de focalizar subsidios para que los hogares más baratos y ubicados en las zonas menos desarrolladas tengan la posibilidad de acceder a los servicios colectivos de agua potable, electricidad, alcantarillado, gas, teléfono y el impuesto predial que se le atribuye a cada vivienda. Existe, por tanto, un sistema de subsidios cruzados por el cual las personas más ricas pagan más de lo que gastan, con el fin de colaborar con los más pobres.

Hasta aquí parece una fórmula de equidad social acertada, aunque algo peregrina y que parece chocante para el foráneo, debido a la ausencia de este sistema en el resto del mundo. La otra cara de la moneda es la influencia que tiene este sistema en la forma en la que los colombianos se miran a la cara, se mezclan y se etiquetan.

Bogotá-por-estratos

Consecuencia de políticas neoliberales

Pero sigamos con su origen, porque en él podremos analizar los barros que ofrecen los lodos que hoy se viven. El sistema de estratificación social nace de un paradigma de gestión pública basado en políticas neoliberales. La apertura económica que vivió la economía colombiana a finales de los años 80 y finales de los 90 tuvo como consecuencia la privatización de las empresas públicas del país, encargadas de posibilitar los servicios básicos a sus ciudadanos.

Esta tendencia se dio de bruces contra una realidad: la enorme desigualdad de los colombianos y que imposibilitaba el pago de esos servicios a la mayoría de la población. Para tratar de corregir esta situación, en 1994 se impulsó la Ley Nacional de Servicios Públicos, sobre la que se asienta esta estratificación, aunque ya se producía en algunas ciudades del país de manera aislada.

En la actualidad, la mayoría de las metrópolis están segmentadas, mientras que en el ámbito rural esta política todavía no se ha impulsado a pesar de que está incluido en la normativa.

Pero ¿cómo afecta esta parcelación en el estilo de vida, prejuicios y forma de pensar de los ciudadanos? No vamos a descubrir la penicilina si indicamos que todas las sociedades en el mundo contienen un proceso etéreo, caprichoso a veces, por el cual las personas acaban etiquetándose según reglas y procedimientos de diversa índole. A bote pronto, podríamos decir que el barrio donde se vive condiciona la imagen de sus vecinos.

Por ejemplo, no sé si ustedes lo habrán hecho, pero yo, siempre que hay elecciones, me dirijo rápidamente a los resultados por barrios de mi ciudad para poder vituperar sin piedad y con argumentos a los que han sido electores de los partidos políticos que yo no he votado, y que viven en barrios de condiciones socioeconómicas diferentes a las mías.

Encasillo, por supuesto, utilizo los prejuicios en la calentura poselectoral —¿hay otra forma?—, pero también es cierto que las leyes no me recuerdan constantemente que quien tengo enfrente es diferente. Por eso me acabo olvidando. En cambio, la estratificación oficial de la sociedad colombiana acarrea una profundización y consolidación en la inevitable parcelación social que se produce en cualquier ciudad del mundo.

Inequidad Social facturas

Este sistema, vigente desde los años 80 en algunas ciudades y que está totalmente asentado en la mentalidad de los colombianos, se ha convertido, según la socióloga Consuelo Uribe Mallarino, experta en la materia y autora de este artículo basado en dos estudios entre los años 2004 y 2007, «en el método preponderante por el cual los colombianos de zonas urbanas entienden el orden social». Es habitual escuchar en una conversación: «Vive en un estrato 4, pero sus amigos son del 6, y sin embargo comenzó a salir con una chica del estrato 2».

Suena al sistema de castas en India. Y sí, aunque no existe una ley que impida el paso de un estrato a otro, tal y como ocurría en el hinduismo, Consuelo Uribe señala que «la estratificación ha incidido en la segregación geográfica de Bogotá, lo cual provoca en sus residentes la renuncia a aspirar a ascender de estrato y la permanencia en niveles por los que se recibe subsidio».

Tiene su lógica, ya que parece difícil pensar que alguien quiera subir a un estrato superior para pagar más por los servicios públicos, cuando los beneficios de este ascenso no son notorios.

Además, si se pregunta a los ciudadanos de la ciudad dónde viven, suelen indicar con precisión su barrio. Esa información inmediatamente construye un prejuicio en el interlocutor, ya sea bueno o malo, acerca de la persona con la que habla. Este tipo de fronteras puede afectar tanto a la consecución de un empleo, al amor o a las relaciones sociales.

Sin mezclarse

En Bogotá es difícil encontrar lugares donde todos los estratos se junten y exista heterogeneidad entre sus vecinos. El transporte público es habitualmente utilizado por las personas de los estratos más bajos, e incluso la propia red de autobuses utiliza diferentes vehículos según el barrio hacia el que se dirijan.

A falta de la construcción de un metro en la capital colombiana, método de transporte que evidentemente consigue aunar personas de todas las clases sociales, el único evento que consigue mezclar a los bogotanos habitualmente es la ciclovía.

Cada domingo, se corta el tráfico de coches en varias avenidas a lo largo de toda la ciudad para su uso deportivo. Es entonces cuando el habitante de Bogotá puede ver a todas las clases de vecinos que le rodean, sin un número de estrato sobre su cabeza.

El resto de la semana, el bogotano de los estratos más altos puede disfrutar de su ciudad sin mezclarse con personas que no pertenecen a su estrato. La magnitud de la ciudad también condiciona este factor, porque implica que la mayoría de las personas que se lo pueden permitir residan cerca del trabajo, que habitualmente se encuentra en la zona noble de la ciudad.

Sin embargo, los que son más vulnerables, y que de igual forma tienen que acudir a sus puestos de trabajo en las áreas más ricas, se ven obligados a pasar interminables horas en el transporte público que encalla en los numerosos atascos de Bogotá. Pero eso, los de los estratos más altos sólo lo saben de oídas. Esta ausencia de convivencia entre los bogotanos «debe ser subsanada en los próximos años», según Uribe Mallarino, que aboga por «encontrar una fórmula para la redistribución de la riqueza que no afecte al comportamiento social, y que se dirija más hacia los ingresos familiares que a los barrios en los que viven las personas».

Incluso el Departamento Administrativo Nacional de Estadística de Colombia (DANE), organismo encargado de designar los estratos a los que pertenece cada zona de las ciudades, admite oficialmente que este sistema de estratos se ha perpetuado de tal manera en la población que «en las telenovelas colombianasse ventilan las diferencias socioculturales inherentes a cada estrato».

Contrario a esta forma de pensar, Liliana, habitante en una zona de estrato 4, reflexiona que no existe esta segregación de las personas según el barrio. «Yo tengo amigos de todos los estratos. El área donde vives puede tener algo de influencia, pero muy poca. Creo que es importante hacerlo por edificios y barrios porque hay zonas que no tienen casi nada… Y no me refiero sólo a servicios básicos, sino también a centros comerciales, zonas verdes o parques para niños. Es una forma de intentar equilibrar un poco todo».

Inequidad-Social

Ana, habitante en la zona de estrato 1 en el barrio de Bosa, trabaja como limpiadora en diferentes casas de las zonas de los estratos más altos. Su opinión es contraria. «A una la miran por encima del hombro cuando dice dónde vive. A la hora de encontrar trabajo yo no he visto discriminación, aunque es cierto que yo opto a labores de baja cualificación».

Ana explica su versión con resignación y se afana en dejar claro que el extranjero no suele tener esa división en la cabeza. «Al menos los que yo he conocido. En cambio, el colombiano sí saca conclusiones. Por ejemplo, las familias de estrato 6 no dejan que sus hijos o hijas se casen con personas de los estratos más bajos. ¿Qué vas a sacar de esas ollas?, les dicen». Olla es la palabra despectiva que se usa en las zonas más acomodadas para referirse a los barrios menos desarrollados.

Las cifras señalaban en mayo de 2015 que tres de cada cuatro colombianos pertenecen a los estratos 1, 2 y 3. Es decir, forman parte de aquellos que tienen derecho a recibir un subsidio para acceder a los servicios públicos. Los datos oficiales suelen ser fríos como las reglas colonialistas que trazaban las fronteras de los países africanos.

Sin embargo, las consecuencias de esas divisiones alejadas de la realidad caen como una llovizna que en un principio no cala, pero que al final forma un barrizal en el que las sociedades se estacan y del que es muy difícil salir. Lo que en un principio pudo ser una solución a la inequidad económica puede acabar perpetuándose como una división social transparente e inflexible.

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Opiniones 2
  • Las clases sociales existen en todas partes, inclusive en la muy liberal Europa. ¿Alguien en su sano juicio puede imaginar una unión matrimonial entre un descendiente de la Bonanova y un (o una) obrero raso y en paro en Barcelona?, habrá algún que otro caso más fruto de la rebeldía de la chico/a que cualquier otra cosa pero créanme que solamente estos caso se ven en telenovelas baratas.
    Los estratos sociales colombianos son una manera bastante eficaz de repartir cargas y apoyar de manera efectiva a las clases más desfavorecidas. También es de recalcar, y eso no lo leí en el artículo, que en la medida que un barrio se desarrolla va subiendo de estatuto.
    No es un sistema perfecto, ni mucho menos, pero por lo menos no castiga económicamente a los más pobres y eso de por sí ya es un tremendo logro.
    Pregúntese si un sistema similar no habría evitado el desahucio de miles de familias en el muy noble y equitativo reino de españa…
    PD, en Colombia está prohibido por ley el corte de agua en cualquier estrato, en España hasta donde yo sepa Agbar y otras empresas privadas similares no se privan de hacerlo…

  • Colombia no es ningun paraiso de la igualdad y de la proteccion social y la clase media ya no existe, que eso quede muy claro … donde cobren las tarifas sin subsidio, simplemente el 60 % de la poblacion no puede pagar los servicios publicos. Como decimos aca, vivimos con precios de Europa e ingresos de Africa. David Arevalo, que supongo es colombiano, sabe que el salario promedio de un trabajador en Colombia no sobrepasa los 400 dolares y con este sueldo malvive el 70 – 80 % de la poblacion y la poblacion que es subsidiada escasamente sobrevive.

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