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20 de diciembre 2016    /   ENTRETENIMIENTO
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El desconocido mundo que hay detrás de la basura

20 de diciembre 2016    /   ENTRETENIMIENTO     por          
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Durante mucho tiempo las calles fueron un cubo de basura. No había más que abrir la ventana y arrojar la peste. Ahí quedaban los despojos, amontonados, dejando pasar el tiempo hasta que se convertían en detritus feo y maloliente.

Antes hubo un intento de poner orden en la mugre. En el 3000 antes de Cristo, allá por Cnosos (Creta), inventaron el primer vertedero. Venían de tiempos inmundos en los que aquellos «hombres primitivos generaban aún más basura a diario que el hombre moderno».

Eso afirma Derf Backderf en su libro Basura. «Por fin, después de más de 4000 años de vivir inmersos hasta las rodillas en su propia mierda, nuestros antepasados decidieron que tenía que haber otro camino», escribe en esta obra, publicada por Astiberri.

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En Europa, los ingleses fueron los primeros en hartarse de la porquería. En el siglo XIX idearon un método de recogida y reciclaje de basura que liberó las calles de inmundicias. «Una legión de ‘hombres de polvo’ recogía todos los residuos de Londres. Todo se clasificaba en enormes terrenos a las afueras de la ciudad», relata el autor de cómic. «Casi el cien por cien de los residuos de Londres se reutilizaba o reciclaba. Es el mismo principio que seguimos utilizando hoy».

En EEUU, el primero en interesarse por la higiene de las ciudades fue Benjamin Franklin. En 1792, el inventor del pararrayos organizó el primer cuerpo de limpieza de calles en Filadelfia. Entonces no había basureros. Eran esclavos. Ellos recogían los desperdicios y después los tiraban río abajo. No había llegado aún la idea del reciclaje. Bastaba con quitar los desperdicios de la vista y que la corriente del Delaware los llevara lo más lejos posible.

Lo habitual entonces en aquel país era sacar cerdos a la calle para que se zamparan la porquería. Pero había tantos marranos en Nueva York que en sus ‘Notas americanas’, Charles Dickens rogó a las autoridades que sacaran de la ciudad a esas «feas bestias».

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Después, hubo un tiempo en que las ciudades de EEUU decidieron quemar las basuras. Pero, en la década de los años 20, vieron que las incineradoras tampoco eran la solución y acabaron desapareciendo del mapa.

El país volvió a los vertederos, como inventaron los griegos, hace 5000 años. Aunque en el siglo XX eran algo más sofisticados. Backderf relata esta historia en dibujos en las primeras páginas de Basura. Después se mete de lleno en el fango, con una historia de ficción basada en datos de la realidad más absoluta.

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El dibujante conoce el oficio de recoger basura. Lo hizo durante dos años y descubrió un mundo que, en general, resulta bastante desconocido. Pero, además, para conocer el circuito completo de la eliminación de desechos, en los últimos años, ha visitado vertederos, estaciones de transferencia de basuras e instalaciones de reciclaje.

De aquel trabajo de juventud y esta nueva documentación surgieron también muchas reflexiones sobre las montañas de desechos que produce el animal más guarro de la Tierra: el humano. Y de esas ideas, este exquisito lodazal: Basura.

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Durante mucho tiempo las calles fueron un cubo de basura. No había más que abrir la ventana y arrojar la peste. Ahí quedaban los despojos, amontonados, dejando pasar el tiempo hasta que se convertían en detritus feo y maloliente.

Antes hubo un intento de poner orden en la mugre. En el 3000 antes de Cristo, allá por Cnosos (Creta), inventaron el primer vertedero. Venían de tiempos inmundos en los que aquellos «hombres primitivos generaban aún más basura a diario que el hombre moderno».

Eso afirma Derf Backderf en su libro Basura. «Por fin, después de más de 4000 años de vivir inmersos hasta las rodillas en su propia mierda, nuestros antepasados decidieron que tenía que haber otro camino», escribe en esta obra, publicada por Astiberri.

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En Europa, los ingleses fueron los primeros en hartarse de la porquería. En el siglo XIX idearon un método de recogida y reciclaje de basura que liberó las calles de inmundicias. «Una legión de ‘hombres de polvo’ recogía todos los residuos de Londres. Todo se clasificaba en enormes terrenos a las afueras de la ciudad», relata el autor de cómic. «Casi el cien por cien de los residuos de Londres se reutilizaba o reciclaba. Es el mismo principio que seguimos utilizando hoy».

En EEUU, el primero en interesarse por la higiene de las ciudades fue Benjamin Franklin. En 1792, el inventor del pararrayos organizó el primer cuerpo de limpieza de calles en Filadelfia. Entonces no había basureros. Eran esclavos. Ellos recogían los desperdicios y después los tiraban río abajo. No había llegado aún la idea del reciclaje. Bastaba con quitar los desperdicios de la vista y que la corriente del Delaware los llevara lo más lejos posible.

Lo habitual entonces en aquel país era sacar cerdos a la calle para que se zamparan la porquería. Pero había tantos marranos en Nueva York que en sus ‘Notas americanas’, Charles Dickens rogó a las autoridades que sacaran de la ciudad a esas «feas bestias».

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Después, hubo un tiempo en que las ciudades de EEUU decidieron quemar las basuras. Pero, en la década de los años 20, vieron que las incineradoras tampoco eran la solución y acabaron desapareciendo del mapa.

El país volvió a los vertederos, como inventaron los griegos, hace 5000 años. Aunque en el siglo XX eran algo más sofisticados. Backderf relata esta historia en dibujos en las primeras páginas de Basura. Después se mete de lleno en el fango, con una historia de ficción basada en datos de la realidad más absoluta.

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El dibujante conoce el oficio de recoger basura. Lo hizo durante dos años y descubrió un mundo que, en general, resulta bastante desconocido. Pero, además, para conocer el circuito completo de la eliminación de desechos, en los últimos años, ha visitado vertederos, estaciones de transferencia de basuras e instalaciones de reciclaje.

De aquel trabajo de juventud y esta nueva documentación surgieron también muchas reflexiones sobre las montañas de desechos que produce el animal más guarro de la Tierra: el humano. Y de esas ideas, este exquisito lodazal: Basura.

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