5 de julio 2017    /   IDEAS
por
 

¿Qué decimos realmente cuando hablamos de ‘luchar’ contra el cáncer?

5 de julio 2017    /   IDEAS     por          
Compártelo twitter facebook whatsapp
thumb image

¿Por qué necesitamos convertir en héroes a las personas con cáncer? ¿Es por ellos o es por nosotros? Los discursos de enfermos en los que explican su lucha (y cómo mantenerse optimistas les ha ayudado en ella) se viralizan. Todos aplaudimos, no hay duda de que es algo admirable. Pero las historias no se propagan por el hecho en sí, sino porque los demás nos sentimos afirmados en algo y necesitamos compartirlo. Sin embargo, las consecuencias pueden ser desoladoras para los pacientes.

El pasado junio Susan Gubar publicó un artículo en The New York Times, Estoy cansada de ‘luchar’ contra el cáncer, donde se rebelaba contra el léxico de batalla que se emplea para describir los procesos de la enfermedad. Ella tiene cáncer de ovarios y ya se le agotaron las ganas.

Menciona títulos de libros a modo de ejemplo: Vence al cáncer a través de la alimentación, Plan de batalla contra el cáncer, Puedes combatir al cáncer y salir victorioso, Derrota al cáncer, Combate al cáncer con conocimientos y esperanza… No hace falta escarbar mucho en cualquier tienda de libros para toparse con ejemplares de esta especie. Ella se queja: «Ese discurso puede funcionar con los tipos de cáncer curable. No obstante, incluso en esos casos, los generales que manejan las poderosas armas quirúrgicas, químicas y radiológicas son los doctores, no los pacientes».

Fácilmente encontramos personas convencidas de que la actitud, las emociones positivas y la motivación ayudan al cuerpo a erradicar los tumores. Estos argumentos han aparecido hasta en telediarios. ¿Es una realidad o un deseo?

La American Cancer Society advierte de que los enfermos «pueden sentir presión para mantener una buena actitud en todo momento, lo cual es poco realista». Sigue: «La tristeza, la depresión, la culpa, el miedo y la ansiedad son partes normales del duelo y enseñan a lidiar con cambios importantes en la vida. Ignorar esos sentimientos o no hablar de ellos puede hacer que la persona con cáncer se sienta sola». O culpables, añaden, por no encastillarse en la positividad.

La asociación recuerda una investigación en estas lides. Examinaron a más de mil pacientes oncológicos. Los que demostraban un alto bienestar emocional no reportaron diferencias en el crecimiento del tumor o de la esperanza de vida con respecto a quienes tenían el ánimo destrozado.

¿Por qué, entonces, este léxico de guerra o de competición? Un paciente con una severa fractura ósea puede recuperarse antes si se motiva: eso le lleva a tomarse más en serio los ejercicios, las terapias. En este caso existe sí capacidad directa de actuar sobre el problema.

El uso de las palabras lucha, combate, batalla abre un itinerario semántico perverso. Implica una atribución de capacidad de agencia a los enfermos. Que el paciente ‘pueda’ hacer algo contra la enfermedad (algo con efecto), significa que si ese efecto no se produce será por dejación, porque ha preferido no poner en práctica ese algo.

Se dirá que son términos metafóricos, y que resulta absurdo ceñirse a la literalidad; pero la metáfora desaparece cuando se convierte en la única forma de expresarlo y cuando los familiares y amigos, con la mejor de sus intenciones, se acercan a las camas del hospital e insisten: para curarte, tienes que animarte.

El cáncer es demasiado común, brota en decenas de millones de cuerpos. Casi todos hemos acompañado a alguien al costado de una cama, rodeados de catéteres y bombonas de oxígeno.

¿Cuántos de quienes aseguran confiar en las bondades de las emociones positivas para liquidar un tumor, cuántos de los que se prodigan en palabras para motivar al paciente, cuántos de los que se cabrean al verlos deprimidos no están, en realidad, tremendamente asustados?

¿Cuántos de los que han visto la sufrida sonrisa de un familiar en el hospital o se han agarrado como a un clavo ardiendo a algún esforzado chascarrillo que ha soltado para contentarlos (y lo han sobredimensionado y lo han comentado con otros familiares, cuchicheando, al salir de la habitación, animándose, diciéndose que con esa actitud sí lo superará); cuántos de ellos luego no han montado en su coche y han apoyado la cabeza en el volante y se han echado a llorar porque eran incapaces de creérselo?

¿Por qué lo hacemos? ¿Por qué nos creemos que nuestro familiar está feliz si nosotros, que no vivimos amenazados por una muerte inminente, somos incapaces de estarlo? Tal vez confiamos en que un enfermo, al separarse de la vida activa, al transformarse en un ser que requiere cuidados, recupera la ingenuidad del niño. Sabemos, en el fondo, que no ocurre así, pero nos conviene creer que lo engañamos, que le insuflamos felicidad. Tal vez sólo deseamos insuflárnosla a nosotros mismos.

«¿Por qué esta belicosidad es tan importante en relación con el cáncer [y no con otras enfermedades]?», se pregunta Gubar. El cáncer reúne varios ingredientes: imprevisible, indiscriminado, apenas podemos actuar contra él y es, además, muy común. Eso, como es natural, lo ha convertido en una enfermedad muy mediática: un fantasma intolerable que nos amenaza a todos. No toleramos lo incontrolable, necesitamos atenazarlo de algún modo. Decir que hay que luchar contra él nos tranquiliza a todos: enfermos y sanos.

Podríamos tomar otro camino. Hablar con honestidad, mostrar el terror que sentimos. Así permitiríamos a nuestro padre o nuestro hermano contemplar su huella en el mundo, encontrarían en nuestra cara su importancia, el legado de amor que quedará si mueren. Esa visión les alegrará más que el discurso impostado de la lucha, sea cual sea el resultado; o al menos les dejará claro que mereció la pena echarse el rato en el mundo, pasar por él. Entonces, podrán decidir, tranquilamente, si dejarse medicar o dejarse ir.

Sin embargo, en el contexto actual a quien decide abandonar los tratamientos que lo degradan cada día se le juzga como derrotista. Guber finaliza su artículo con un recuerdo a Eve Kosofsky Sedgwick, pionera en estudios de género que, aguijoneada por un cáncer de mama sin remedio, sólo deseaba oír unas palabras: «Puedes detenerte ahora».

¿Por qué necesitamos convertir en héroes a las personas con cáncer? ¿Es por ellos o es por nosotros? Los discursos de enfermos en los que explican su lucha (y cómo mantenerse optimistas les ha ayudado en ella) se viralizan. Todos aplaudimos, no hay duda de que es algo admirable. Pero las historias no se propagan por el hecho en sí, sino porque los demás nos sentimos afirmados en algo y necesitamos compartirlo. Sin embargo, las consecuencias pueden ser desoladoras para los pacientes.

El pasado junio Susan Gubar publicó un artículo en The New York Times, Estoy cansada de ‘luchar’ contra el cáncer, donde se rebelaba contra el léxico de batalla que se emplea para describir los procesos de la enfermedad. Ella tiene cáncer de ovarios y ya se le agotaron las ganas.

Menciona títulos de libros a modo de ejemplo: Vence al cáncer a través de la alimentación, Plan de batalla contra el cáncer, Puedes combatir al cáncer y salir victorioso, Derrota al cáncer, Combate al cáncer con conocimientos y esperanza… No hace falta escarbar mucho en cualquier tienda de libros para toparse con ejemplares de esta especie. Ella se queja: «Ese discurso puede funcionar con los tipos de cáncer curable. No obstante, incluso en esos casos, los generales que manejan las poderosas armas quirúrgicas, químicas y radiológicas son los doctores, no los pacientes».

Fácilmente encontramos personas convencidas de que la actitud, las emociones positivas y la motivación ayudan al cuerpo a erradicar los tumores. Estos argumentos han aparecido hasta en telediarios. ¿Es una realidad o un deseo?

La American Cancer Society advierte de que los enfermos «pueden sentir presión para mantener una buena actitud en todo momento, lo cual es poco realista». Sigue: «La tristeza, la depresión, la culpa, el miedo y la ansiedad son partes normales del duelo y enseñan a lidiar con cambios importantes en la vida. Ignorar esos sentimientos o no hablar de ellos puede hacer que la persona con cáncer se sienta sola». O culpables, añaden, por no encastillarse en la positividad.

La asociación recuerda una investigación en estas lides. Examinaron a más de mil pacientes oncológicos. Los que demostraban un alto bienestar emocional no reportaron diferencias en el crecimiento del tumor o de la esperanza de vida con respecto a quienes tenían el ánimo destrozado.

¿Por qué, entonces, este léxico de guerra o de competición? Un paciente con una severa fractura ósea puede recuperarse antes si se motiva: eso le lleva a tomarse más en serio los ejercicios, las terapias. En este caso existe sí capacidad directa de actuar sobre el problema.

El uso de las palabras lucha, combate, batalla abre un itinerario semántico perverso. Implica una atribución de capacidad de agencia a los enfermos. Que el paciente ‘pueda’ hacer algo contra la enfermedad (algo con efecto), significa que si ese efecto no se produce será por dejación, porque ha preferido no poner en práctica ese algo.

Se dirá que son términos metafóricos, y que resulta absurdo ceñirse a la literalidad; pero la metáfora desaparece cuando se convierte en la única forma de expresarlo y cuando los familiares y amigos, con la mejor de sus intenciones, se acercan a las camas del hospital e insisten: para curarte, tienes que animarte.

El cáncer es demasiado común, brota en decenas de millones de cuerpos. Casi todos hemos acompañado a alguien al costado de una cama, rodeados de catéteres y bombonas de oxígeno.

¿Cuántos de quienes aseguran confiar en las bondades de las emociones positivas para liquidar un tumor, cuántos de los que se prodigan en palabras para motivar al paciente, cuántos de los que se cabrean al verlos deprimidos no están, en realidad, tremendamente asustados?

¿Cuántos de los que han visto la sufrida sonrisa de un familiar en el hospital o se han agarrado como a un clavo ardiendo a algún esforzado chascarrillo que ha soltado para contentarlos (y lo han sobredimensionado y lo han comentado con otros familiares, cuchicheando, al salir de la habitación, animándose, diciéndose que con esa actitud sí lo superará); cuántos de ellos luego no han montado en su coche y han apoyado la cabeza en el volante y se han echado a llorar porque eran incapaces de creérselo?

¿Por qué lo hacemos? ¿Por qué nos creemos que nuestro familiar está feliz si nosotros, que no vivimos amenazados por una muerte inminente, somos incapaces de estarlo? Tal vez confiamos en que un enfermo, al separarse de la vida activa, al transformarse en un ser que requiere cuidados, recupera la ingenuidad del niño. Sabemos, en el fondo, que no ocurre así, pero nos conviene creer que lo engañamos, que le insuflamos felicidad. Tal vez sólo deseamos insuflárnosla a nosotros mismos.

«¿Por qué esta belicosidad es tan importante en relación con el cáncer [y no con otras enfermedades]?», se pregunta Gubar. El cáncer reúne varios ingredientes: imprevisible, indiscriminado, apenas podemos actuar contra él y es, además, muy común. Eso, como es natural, lo ha convertido en una enfermedad muy mediática: un fantasma intolerable que nos amenaza a todos. No toleramos lo incontrolable, necesitamos atenazarlo de algún modo. Decir que hay que luchar contra él nos tranquiliza a todos: enfermos y sanos.

Podríamos tomar otro camino. Hablar con honestidad, mostrar el terror que sentimos. Así permitiríamos a nuestro padre o nuestro hermano contemplar su huella en el mundo, encontrarían en nuestra cara su importancia, el legado de amor que quedará si mueren. Esa visión les alegrará más que el discurso impostado de la lucha, sea cual sea el resultado; o al menos les dejará claro que mereció la pena echarse el rato en el mundo, pasar por él. Entonces, podrán decidir, tranquilamente, si dejarse medicar o dejarse ir.

Sin embargo, en el contexto actual a quien decide abandonar los tratamientos que lo degradan cada día se le juzga como derrotista. Guber finaliza su artículo con un recuerdo a Eve Kosofsky Sedgwick, pionera en estudios de género que, aguijoneada por un cáncer de mama sin remedio, sólo deseaba oír unas palabras: «Puedes detenerte ahora».

Compártelo twitter facebook whatsapp
¡Ella es mayor que él!
El menú de la última cena
En el ojo ajeno: Los Yamaha, Los Bravo y otros cismas familiares…
Las últimas lágrimas de Nabokov
 
Especiales
 
facebook twitter whatsapp
Opiniones 4
  • Y que más da como pasa cada cual su enfermedad. Lo importante es curarse. Las palabras son solo eso, palabras, pero enfermar y curar es un proceso muy cuesta arriba y si te ayudan «ciertas» palabras, bienvenidas sean. En todo caso la necesidad de amparo viene dada por la comprensión del otro; del sano, y hay muchas maneras de sentirse comprendido; Luchar? Ganar? Perder?, etc. Que más dan los términos, son los hechos los que cuentan. Saludos

  • En el libro «Sonríe o muere» se aborda este tema en este sentido. Hay enfermedades peores que el cáncer porque no te matan y te obligan a malvivir muchos años. Eso sí que es luchar. Luchar contra la vida.

  • Comentarios cerrados.

    Publicidad