22 de mayo 2014    /   CREATIVIDAD
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Lo que mi hijo me enseña sobre el arte

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¿Qué ven los niños cuando observan una obra de arte? ¿Qué representa para ellos lo que el universo adulto e ilustrado entiende como arte? El periodista argentino Juan Mascardi sigue recopilando diálogos que mantiene con su hijo Bautista. Hoy: miradas sobre museos, lunas y pinturas.
Imaginemos un mundo donde las cosas no tuvieran nombres, donde los significados y significantes estuvieran disociados, donde los símbolos no correspondieran a los códigos comunes, donde los colores no nos referenciaran un sentimiento. Un mundo por nombrar, por crear, por volver a conocer. Un mundo virgen de la mirada adulta. Ese pequeño universo se me presenta desde hace cuatro años cuando emprendo cada diálogo con mi hijo y así me dejo llevar a su bautismo inaugural donde la sucesión de letras que conforman una palabra no corresponden con mi imaginario, tu imaginario, vuestro imaginario. Y así imagino de nuevo, naciendo otra vez ante cada gesto de asombro.
Un tal Borges que odiaba el fútbol
Era la primavera de 2011. Miré la luna y le dije: «es luna llena».
Estaba redonda y blanca arriba del río Paraná. Me acordé de: «La veo indescifrable y cotidiana. Y más allá de mi literatura».
Él clavó la vista en el cielo. Lo tenía en mis brazos y me lo negó. Tajante. Rotundamente.
–No papá. Es una pelota.
A los dos años, en el país del fútbol, Bautista la clavó al ángulo.
Calor en el pasillo
Hacía mucho calor. Bauti me pidió upa. Lo alcé y camino por el pasillo con destino al baño me señaló el cuadro.
«¿Qué están haciendo, papá?», me preguntó mientras sostenía su dedo índice hacia a los protagonistas de El Beso. «El señor le está dando un beso a la señora», describí.
Bauti se quedó mirando un par de segundos el cuadro que me regaló mi hermana Magaly hace una década. Acto seguido arremetió nuevamente: «¿Y dónde está el bebé, papá?».
Confieso que dudé. Y asumo que mi respuesta no fue la más original. Pero fue lo primero que se me ocurrió:
–El bebé está jugando en el patio.
La revelación del interrogante fue dubitativa pero contundente. El bebé, según mi respuesta, estaba afuera de la escena de Gustav Klimt.
«No, papá», me respondió tajante. Y luego aclaró con un tonito casi pedagógico. «El bebé está en la panza de la señora».
Para Bauti, la ninfa Dafne besada por Apolo está embarazada.
Como venimos al mundo
Las miradas desnudas de besos y balones propias de un niño de dos años con el paso del tiempo tienden a mixturarse. La TV, el roce, la calle, la vida vivida se cuelan. La inocencia está intacta aunque la socialización avanza sin tregua. La semana pasada, desde el jardín, se organizó una visita al Museo Castagnino de Rosario (Argentina). El museo organiza recorridos para instituciones educativas donde se promueven metodologías de trabajo buscando un espectador protagonista para que interactúe con las obras, con los espacios. Sobre el fin de la jornada Bauti regresó a casa y ante la pregunta sobre la experiencia en el museo, la respuesta a su mamá fue un interrogante:
–¿Por qué todas las estatuas están desnudas?
El incipiente pudor puede ser el motor de la duda. O la libertad de la desnudez de esos seres estáticos y esculturosos, una chispa que nos empuje a sentir que no solo nos abrigamos para palear el frío.
beso
Imagen: El beso, de Gustav Klimt, reproducida bajo licencia CC.

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Imaginemos un mundo donde las cosas no tuvieran nombres, donde los significados y significantes estuvieran disociados, donde los símbolos no correspondieran a los códigos comunes, donde los colores no nos referenciaran un sentimiento. Un mundo por nombrar, por crear, por volver a conocer. Un mundo virgen de la mirada adulta. Ese pequeño universo se me presenta desde hace cuatro años cuando emprendo cada diálogo con mi hijo y así me dejo llevar a su bautismo inaugural donde la sucesión de letras que conforman una palabra no corresponden con mi imaginario, tu imaginario, vuestro imaginario. Y así imagino de nuevo, naciendo otra vez ante cada gesto de asombro.
Un tal Borges que odiaba el fútbol
Era la primavera de 2011. Miré la luna y le dije: «es luna llena».
Estaba redonda y blanca arriba del río Paraná. Me acordé de: «La veo indescifrable y cotidiana. Y más allá de mi literatura».
Él clavó la vista en el cielo. Lo tenía en mis brazos y me lo negó. Tajante. Rotundamente.
–No papá. Es una pelota.
A los dos años, en el país del fútbol, Bautista la clavó al ángulo.
Calor en el pasillo
Hacía mucho calor. Bauti me pidió upa. Lo alcé y camino por el pasillo con destino al baño me señaló el cuadro.
«¿Qué están haciendo, papá?», me preguntó mientras sostenía su dedo índice hacia a los protagonistas de El Beso. «El señor le está dando un beso a la señora», describí.
Bauti se quedó mirando un par de segundos el cuadro que me regaló mi hermana Magaly hace una década. Acto seguido arremetió nuevamente: «¿Y dónde está el bebé, papá?».
Confieso que dudé. Y asumo que mi respuesta no fue la más original. Pero fue lo primero que se me ocurrió:
–El bebé está jugando en el patio.
La revelación del interrogante fue dubitativa pero contundente. El bebé, según mi respuesta, estaba afuera de la escena de Gustav Klimt.
«No, papá», me respondió tajante. Y luego aclaró con un tonito casi pedagógico. «El bebé está en la panza de la señora».
Para Bauti, la ninfa Dafne besada por Apolo está embarazada.
Como venimos al mundo
Las miradas desnudas de besos y balones propias de un niño de dos años con el paso del tiempo tienden a mixturarse. La TV, el roce, la calle, la vida vivida se cuelan. La inocencia está intacta aunque la socialización avanza sin tregua. La semana pasada, desde el jardín, se organizó una visita al Museo Castagnino de Rosario (Argentina). El museo organiza recorridos para instituciones educativas donde se promueven metodologías de trabajo buscando un espectador protagonista para que interactúe con las obras, con los espacios. Sobre el fin de la jornada Bauti regresó a casa y ante la pregunta sobre la experiencia en el museo, la respuesta a su mamá fue un interrogante:
–¿Por qué todas las estatuas están desnudas?
El incipiente pudor puede ser el motor de la duda. O la libertad de la desnudez de esos seres estáticos y esculturosos, una chispa que nos empuje a sentir que no solo nos abrigamos para palear el frío.
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Imagen: El beso, de Gustav Klimt, reproducida bajo licencia CC.

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