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20 de febrero 2017    /   CREATIVIDAD
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«Sí, soy trans»

20 de febrero 2017    /   CREATIVIDAD     por          
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El bebé verde cuenta en una libreta de dos rayas el día que nació. Apenas tenía unos segundos de vida cuando, aquel dos de marzo de 1972, dos atributos le saltaron encima. «Es verde», dijeron antes de meterlo en una incubadora durante varios días; «Es niño», proclamaron durante muchos años más.

No.

Roberta Marrero tenía piel de arroz, como se vio horas después; y era niña, como tardó en demostrar algunos lustros más. «No nací ni hombre ni mujer, nací bebé. Necesito tiempo para saber quién soy», reclama, en una caligrafía infantil, el autorretrato del rorro que protagoniza El bebé verde. Infancia, transexualidad y héroes del pop, de la editorial Lunwerg.

El bebé verde

Aquella niña quedó embelesada por lo siniestro y en la España católica de los 70 aún había material de sobra para dejar la boca abierta. «Santa Rita y el clavo que atraviesa su frente eran de mis favoritas», redacta la autora, con letra de colegio.

Las penas, las condenas y el castigo eterno no la asustaban. Eran «una especie de realismo mágico», recuerda la artista en un café de Madrid. Y aquella atracción cayó como una cruz en la vida de Marrero. Quizá por alguna conexión con esa ley no científica que asegura que la música que gusta a los quince años gustará toda la vida: «Me fascina la imaginería católica. Tiene mucha fuerza estética. Me gusta dar un nuevo significado a las imágenes de poder».

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Pero un día el orden de las cosas cambió por completo. El suelo se abrió en dos y ascendieron las tinieblas. «Mi infancia se convirtió en un verdadero infierno», narra en lápiz de color burdeos. «Pasé de ser una alumna más a ser el maricón con el que meterse, al que humillar y golpear».

Entonces, Roberta Marrero, que ha ido dibujando este libro a mano, cambia el trazo. De bellas heroínas en rotulador pasa a niños con orejas de punta pintados con boli negro. «La escritura captura tu estado de ánimo», comenta, con la solemnidad de una mujer de tez albar y pelo azabache. «Iba haciendo las páginas conforme salían. Es algo así como una escritura automática».

Y si se equivoca, tacha. No empieza de nuevo. Hace un rayón encima y sigue adelante. «Le da fuerza», explica. Quizá porque no cree en la huida ni en cerrar una puerta y prender fuego al interior. «Nunca digo que nací en un cuerpo equivocado ni pienso que cambié de sexo. Siempre he sido yo. El cuerpo es como una carcasa que va cambiando. No creo que haya un antes y un después. La vida es un continuo».

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Una tarde de 1983 apareció una estrella en la tele. «Estos ojos que ven no son los de una mujer, son los de un hombre, son los de Boy George», anunció el presentador de aquel programa. La vida de aquella adolescente de Las Palmas de Gran Canaria se iluminó para siempre. «Ese día fue una revelación, una experiencia mística; había hombres que se maquillaban y se vestían de modo femenino», escribe, junto a un dibujo del cantante.

El pop respondió muchas de sus preguntas. Y pronto se entendió a sí misma y comprendió que, «al contrario de lo que mucha gente piensa, la transexualidad no tiene nada que ver con el sexo». Es, como dice en El bebé verde, «un viaje interior hacia tu identidad, es algo que tiene que ver con quién eres (…). Porque si no vives tu vida acorde a tu verdadero yo, nada tiene sentido».

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El viaje vital de Marrero, en lápiz, acuarela, grafito, bolígrafos y rotuladores, termina en unas páginas adultas, sin rayas ni cuadros que sujeten las palabras. En hojas con ilustraciones maduras y textos manuscritos en mayúscula. «Este libro es un talismán para todos y todas los que sientan que no hay un lugar para ellos», enfatiza el autorretrato de esta artista a día de hoy.

La transexualidad, reflexiona, es «un don y un castigo». Es arriesgado porque hay bestias, animales inmundos disfrazados de persona, que sacan palos a la calle para golpearles. Y es una responsabilidad, piensa Marrero. «Tenemos que darnos a conocer y mostrar que los oprimidos no somos minoría, como dicta el patriarcado. A los que nos intentan marginar (negros, gitanos, mujeres, transexuales, gays, lesbianas…) somos la mayoría. Tenemos que decir: ‘sí, soy trans’. Con orgullo y la boca llena».

roberta marrero bebe verde

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el bebé verde

El bebé verde cuenta en una libreta de dos rayas el día que nació. Apenas tenía unos segundos de vida cuando, aquel dos de marzo de 1972, dos atributos le saltaron encima. «Es verde», dijeron antes de meterlo en una incubadora durante varios días; «Es niño», proclamaron durante muchos años más.

No.

Roberta Marrero tenía piel de arroz, como se vio horas después; y era niña, como tardó en demostrar algunos lustros más. «No nací ni hombre ni mujer, nací bebé. Necesito tiempo para saber quién soy», reclama, en una caligrafía infantil, el autorretrato del rorro que protagoniza El bebé verde. Infancia, transexualidad y héroes del pop, de la editorial Lunwerg.

El bebé verde

Aquella niña quedó embelesada por lo siniestro y en la España católica de los 70 aún había material de sobra para dejar la boca abierta. «Santa Rita y el clavo que atraviesa su frente eran de mis favoritas», redacta la autora, con letra de colegio.

Las penas, las condenas y el castigo eterno no la asustaban. Eran «una especie de realismo mágico», recuerda la artista en un café de Madrid. Y aquella atracción cayó como una cruz en la vida de Marrero. Quizá por alguna conexión con esa ley no científica que asegura que la música que gusta a los quince años gustará toda la vida: «Me fascina la imaginería católica. Tiene mucha fuerza estética. Me gusta dar un nuevo significado a las imágenes de poder».

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Pero un día el orden de las cosas cambió por completo. El suelo se abrió en dos y ascendieron las tinieblas. «Mi infancia se convirtió en un verdadero infierno», narra en lápiz de color burdeos. «Pasé de ser una alumna más a ser el maricón con el que meterse, al que humillar y golpear».

Entonces, Roberta Marrero, que ha ido dibujando este libro a mano, cambia el trazo. De bellas heroínas en rotulador pasa a niños con orejas de punta pintados con boli negro. «La escritura captura tu estado de ánimo», comenta, con la solemnidad de una mujer de tez albar y pelo azabache. «Iba haciendo las páginas conforme salían. Es algo así como una escritura automática».

Y si se equivoca, tacha. No empieza de nuevo. Hace un rayón encima y sigue adelante. «Le da fuerza», explica. Quizá porque no cree en la huida ni en cerrar una puerta y prender fuego al interior. «Nunca digo que nací en un cuerpo equivocado ni pienso que cambié de sexo. Siempre he sido yo. El cuerpo es como una carcasa que va cambiando. No creo que haya un antes y un después. La vida es un continuo».

r7

Una tarde de 1983 apareció una estrella en la tele. «Estos ojos que ven no son los de una mujer, son los de un hombre, son los de Boy George», anunció el presentador de aquel programa. La vida de aquella adolescente de Las Palmas de Gran Canaria se iluminó para siempre. «Ese día fue una revelación, una experiencia mística; había hombres que se maquillaban y se vestían de modo femenino», escribe, junto a un dibujo del cantante.

El pop respondió muchas de sus preguntas. Y pronto se entendió a sí misma y comprendió que, «al contrario de lo que mucha gente piensa, la transexualidad no tiene nada que ver con el sexo». Es, como dice en El bebé verde, «un viaje interior hacia tu identidad, es algo que tiene que ver con quién eres (…). Porque si no vives tu vida acorde a tu verdadero yo, nada tiene sentido».

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El viaje vital de Marrero, en lápiz, acuarela, grafito, bolígrafos y rotuladores, termina en unas páginas adultas, sin rayas ni cuadros que sujeten las palabras. En hojas con ilustraciones maduras y textos manuscritos en mayúscula. «Este libro es un talismán para todos y todas los que sientan que no hay un lugar para ellos», enfatiza el autorretrato de esta artista a día de hoy.

La transexualidad, reflexiona, es «un don y un castigo». Es arriesgado porque hay bestias, animales inmundos disfrazados de persona, que sacan palos a la calle para golpearles. Y es una responsabilidad, piensa Marrero. «Tenemos que darnos a conocer y mostrar que los oprimidos no somos minoría, como dicta el patriarcado. A los que nos intentan marginar (negros, gitanos, mujeres, transexuales, gays, lesbianas…) somos la mayoría. Tenemos que decir: ‘sí, soy trans’. Con orgullo y la boca llena».

roberta marrero bebe verde

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Opiniones 1
  • Me gustó mucho la nota. Y es perfecto el hecho de visibilizar. Aprovecho y les comparto mi blog donde mes a mes escribo una nota: GenderisnotSex.blogspot.es
    Les mando un cálido abrazo desde Argentina!

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