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27 de septiembre 2016    /   CIENCIA
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Si bebes en grupo, te sientes menos borracho de lo que estás

27 de septiembre 2016    /   CIENCIA     por          
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Sólo hay una cosa infinitamente peor que ver a un borracho fuera de contexto: serlo tú. Sin embargo, el complejo mundo de la paranoia etílica únicamente se comprende si has luchado por disimular tus tambaleos ante un montón de gente sobria. Si no es a través de la comparación, somos incapaces de valorar el grado de nuestros pedales. Así lo señala un nuevo estudio publicado en BMC Public Health: al beber en grupo, perdemos la habilidad para determinar nuestro nivel de cocimiento.

El equipo de investigadores, liderado por Simon C. Moore, dedicó varios meses a acudir a bares y clubes nocturnos de Cardiff (Gales) entre las ocho de la tarde y las tres de la madrugada. Centraron el trabajo en barrios con un alto número de licencias para servir bebidas alcohólicas y escogieron locales con una buena cantidad de clientes. «La idea nació a partir de una investigación ya existente en que se analizaba cómo percibimos el mundo que hay a nuestro alrededor y cómo lo juzgamos», cuenta Simon C. Moore a Yorokobu.

El método de investigación fue el mismo que desarrollan los porteros de discoteca, pero con una trayectoria inversa, es decir, se aplicaron en interceptar a los borrachos que salían de los establecimientos (no a los que entraban). El foco de interés se dirigía a cómo los amigos influyen en la experiencia subjetiva de una buena merluza.

Había que elegir el momento. «Hacer que la gente se detuviera y respondiera a unas preguntas cuando iban de un bar a otro es muy difícil», cuenta Moore. De modo que eligieron ese momento de desorientación, cuando uno está al filo de la fiesta que decae pero aún no quiere asimilarlo. «Una vez que la gente había terminado en el bar o en el club nocturno, tenía tiempo de merodear durante un rato», y entonces les proponían las preguntas y les practicaban un test de alcoholemia para contrastar científicamente la percepción del sujeto.

Las preguntas intentaban que los participantes pusieran nota a su nivel de intoxicación etílica, que valoraran si se habían excedido y que pensaran en las posibles consecuencias para la salud. La más drástica: «Si bebieras como has bebido esta noche todas las semanas, ¿qué probabilidad crees que tendrías de desarrollar una cirrosis en los próximos 15 años?».

El resultado, después del análisis estadístico, fue que la valoración personal depende de cómo nos comparamos con el entorno. O sea, que creamos rankings. Parece que nuestro cerebro acorchado de tanta priva envía señales que rebotan en quienes nos rodean y nos devuelven estimaciones sobre el nivel de embriaguez ambiental, algo así como los murciélagos, que también están ciegos, y que lanzan ultrasonidos para reconstruir el espacio y ubicarse.

Como explicaban los investigadores a Ars Technica, «la necesidad de compararnos explicaría por qué el consumo de alcohol incrementa en sociedad; si todos beben diez unidades a la semana, ninguno considerará que tiene un trastorno relacionado con el alcohol».

Basta un ejercicio de observación. El ebrio de consenso es feliz sin matices. Cuando hay quorum, o sea, cuando casi todos mecen su vaso de tubo, se activa un flujo de energía emocional difícil de encontrar en otras situaciones. Los ojos se agachan y las narices enrojecen al mismo ritmo. Se impone una indulgencia previa, hay libertad para desvariar. La amistad retrocede a un estadio preverbal, se abre la veda de lo táctil: hay abrazos, puñetacitos modosos. Uno se ríe por pura solidaridad. Si un amigo balbucea algo ininteligible, no dices qué, no le pides que se explique, para nada, simplemente le miras y si su cara transmite que está intentando hacer un chiste o una broma, le dispensas una risa amplia sin reparos.

borracho

El resultado es que se bebe más, que nos acercamos a pares a la barra y pedimos cubatas diferentes con la intención de compartirlos, de darlos a probar, de tirarnos el pego de sibaritas del garrafón.

Cosa distinta ocurre cuando hay un desajuste. Las indagaciones de Simon C. Moore muestra que si en nuestro entorno vuelcan varias personas, o sea, si farolas, bordillos y paredes aparecen plagadas de borrachos amarillos luchando por respirar, sentiremos, de golpe, un brote de sobriedad, no importa que tengamos la sangre atascada de ginebra.

«Generalmente no percibimos el mundo con objetividad, interpretamos lo que vemos oímos, sentimos… usamos señales del entorno para informarnos de nuestra percepción y esto quiere decir que nuestros juicios pueden ser fácilmente sesgados», indica Moore.

Sin embargo, si nos rodeamos de gente serena, tomaremos conciencia de la magnitud de nuestro ciegarral. Los borrachos fuera de contexto son los únicos que intuyen cómo se están maltratando el hígado. Al parecer, para ponderar nuestro grado de intoxicación, prestamos más atención a los sobrios que a los más bebidos.

Una ligera embriaguez, ante un grupo de adoradores del agua mineral, se nos antojará como un buen colocón. Ahí sentimos la borrachera como lo que es, un entumecimiento de la lengua, un desequilibrio de los párpados y la existencia de una especie de segunda piel grasosa que nos impregna la cara y los brazos. Intentamos erguirnos y meter a la gente en nuestro terreno a base de bromas y cachondeo. Pero todo lo que decimos se agranda; se produce una suerte de eco que confirma el ridículo. Para aclararlo, estar borracho entre sobrios es como llevar un chimpancé montado en la chepa y tener la duda de si los demás pueden o no pueden verlo. Quien lo ha vivido sabe lo que ocurre: automáticamente, dejas de beber.

En esa onda circula la investigación de Moore: «Creemos que la gente se siente más borracha cuando está en compañía de personas sobrias. Ahora nos gustaría mirar si este efecto hace que la gente beba menos».

Según la línea abierta por el estudio de BMC Public Health, estimular la presencia de ‘embajadores sobrios’ en los clubs nocturnos podría desincentivar a nivel social el consumo excesivo de alcohol. Abogan por aumentar la variedad de tipos de consumidores en ambientes que sirven alcohol, «incrementando la presencia de gente más sobria, por ejemplo, a través de refrescos a precio barato o atrayendo a gente que busca un entretenimiento más diverso».

Aunque, según la lógica del negocio nocturno, no sería raro que los dueños de los bares se reservaran el derecho de admisión y sólo permitieran la entrada a quienes tengan una tasa mínima de alcohol en sangre; no vaya a ser que la gente deje de perder el control y, a la vez, se den cuenta de la cantidad de billetes que pueden llegar a soltar en una noche.

Sólo hay una cosa infinitamente peor que ver a un borracho fuera de contexto: serlo tú. Sin embargo, el complejo mundo de la paranoia etílica únicamente se comprende si has luchado por disimular tus tambaleos ante un montón de gente sobria. Si no es a través de la comparación, somos incapaces de valorar el grado de nuestros pedales. Así lo señala un nuevo estudio publicado en BMC Public Health: al beber en grupo, perdemos la habilidad para determinar nuestro nivel de cocimiento.

El equipo de investigadores, liderado por Simon C. Moore, dedicó varios meses a acudir a bares y clubes nocturnos de Cardiff (Gales) entre las ocho de la tarde y las tres de la madrugada. Centraron el trabajo en barrios con un alto número de licencias para servir bebidas alcohólicas y escogieron locales con una buena cantidad de clientes. «La idea nació a partir de una investigación ya existente en que se analizaba cómo percibimos el mundo que hay a nuestro alrededor y cómo lo juzgamos», cuenta Simon C. Moore a Yorokobu.

El método de investigación fue el mismo que desarrollan los porteros de discoteca, pero con una trayectoria inversa, es decir, se aplicaron en interceptar a los borrachos que salían de los establecimientos (no a los que entraban). El foco de interés se dirigía a cómo los amigos influyen en la experiencia subjetiva de una buena merluza.

Había que elegir el momento. «Hacer que la gente se detuviera y respondiera a unas preguntas cuando iban de un bar a otro es muy difícil», cuenta Moore. De modo que eligieron ese momento de desorientación, cuando uno está al filo de la fiesta que decae pero aún no quiere asimilarlo. «Una vez que la gente había terminado en el bar o en el club nocturno, tenía tiempo de merodear durante un rato», y entonces les proponían las preguntas y les practicaban un test de alcoholemia para contrastar científicamente la percepción del sujeto.

Las preguntas intentaban que los participantes pusieran nota a su nivel de intoxicación etílica, que valoraran si se habían excedido y que pensaran en las posibles consecuencias para la salud. La más drástica: «Si bebieras como has bebido esta noche todas las semanas, ¿qué probabilidad crees que tendrías de desarrollar una cirrosis en los próximos 15 años?».

El resultado, después del análisis estadístico, fue que la valoración personal depende de cómo nos comparamos con el entorno. O sea, que creamos rankings. Parece que nuestro cerebro acorchado de tanta priva envía señales que rebotan en quienes nos rodean y nos devuelven estimaciones sobre el nivel de embriaguez ambiental, algo así como los murciélagos, que también están ciegos, y que lanzan ultrasonidos para reconstruir el espacio y ubicarse.

Como explicaban los investigadores a Ars Technica, «la necesidad de compararnos explicaría por qué el consumo de alcohol incrementa en sociedad; si todos beben diez unidades a la semana, ninguno considerará que tiene un trastorno relacionado con el alcohol».

Basta un ejercicio de observación. El ebrio de consenso es feliz sin matices. Cuando hay quorum, o sea, cuando casi todos mecen su vaso de tubo, se activa un flujo de energía emocional difícil de encontrar en otras situaciones. Los ojos se agachan y las narices enrojecen al mismo ritmo. Se impone una indulgencia previa, hay libertad para desvariar. La amistad retrocede a un estadio preverbal, se abre la veda de lo táctil: hay abrazos, puñetacitos modosos. Uno se ríe por pura solidaridad. Si un amigo balbucea algo ininteligible, no dices qué, no le pides que se explique, para nada, simplemente le miras y si su cara transmite que está intentando hacer un chiste o una broma, le dispensas una risa amplia sin reparos.

borracho

El resultado es que se bebe más, que nos acercamos a pares a la barra y pedimos cubatas diferentes con la intención de compartirlos, de darlos a probar, de tirarnos el pego de sibaritas del garrafón.

Cosa distinta ocurre cuando hay un desajuste. Las indagaciones de Simon C. Moore muestra que si en nuestro entorno vuelcan varias personas, o sea, si farolas, bordillos y paredes aparecen plagadas de borrachos amarillos luchando por respirar, sentiremos, de golpe, un brote de sobriedad, no importa que tengamos la sangre atascada de ginebra.

«Generalmente no percibimos el mundo con objetividad, interpretamos lo que vemos oímos, sentimos… usamos señales del entorno para informarnos de nuestra percepción y esto quiere decir que nuestros juicios pueden ser fácilmente sesgados», indica Moore.

Sin embargo, si nos rodeamos de gente serena, tomaremos conciencia de la magnitud de nuestro ciegarral. Los borrachos fuera de contexto son los únicos que intuyen cómo se están maltratando el hígado. Al parecer, para ponderar nuestro grado de intoxicación, prestamos más atención a los sobrios que a los más bebidos.

Una ligera embriaguez, ante un grupo de adoradores del agua mineral, se nos antojará como un buen colocón. Ahí sentimos la borrachera como lo que es, un entumecimiento de la lengua, un desequilibrio de los párpados y la existencia de una especie de segunda piel grasosa que nos impregna la cara y los brazos. Intentamos erguirnos y meter a la gente en nuestro terreno a base de bromas y cachondeo. Pero todo lo que decimos se agranda; se produce una suerte de eco que confirma el ridículo. Para aclararlo, estar borracho entre sobrios es como llevar un chimpancé montado en la chepa y tener la duda de si los demás pueden o no pueden verlo. Quien lo ha vivido sabe lo que ocurre: automáticamente, dejas de beber.

En esa onda circula la investigación de Moore: «Creemos que la gente se siente más borracha cuando está en compañía de personas sobrias. Ahora nos gustaría mirar si este efecto hace que la gente beba menos».

Según la línea abierta por el estudio de BMC Public Health, estimular la presencia de ‘embajadores sobrios’ en los clubs nocturnos podría desincentivar a nivel social el consumo excesivo de alcohol. Abogan por aumentar la variedad de tipos de consumidores en ambientes que sirven alcohol, «incrementando la presencia de gente más sobria, por ejemplo, a través de refrescos a precio barato o atrayendo a gente que busca un entretenimiento más diverso».

Aunque, según la lógica del negocio nocturno, no sería raro que los dueños de los bares se reservaran el derecho de admisión y sólo permitieran la entrada a quienes tengan una tasa mínima de alcohol en sangre; no vaya a ser que la gente deje de perder el control y, a la vez, se den cuenta de la cantidad de billetes que pueden llegar a soltar en una noche.

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