12 de junio 2017    /   CREATIVIDAD
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Bécquer era un poco punk

12 de junio 2017    /   CREATIVIDAD     por          
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El escritor Antonio Orejudo afirmó que «la culpa de que Bécquer nos parezca tan pegajoso no es tanto de él como de sus seguidores». Sí, de sus seguidores, de tu abuela, del profesor del cole y de ese novio que te escribió lo de las golondrinas en la carpeta del instituto.

Definitivamente, la imagen que se tiene de Bécquer es pura melaza. Sin embargo, el sevillano no tendría mucho problema de aguantarle a Bukowski una noche de juerga. De hecho, tal vez el estadounidense se fuera a casa y Bécquer continuase cerrando bares, prostíbulos o los afters de la época.

A pesar de la imagen de poeta romántico y respetable que de él dan los libros de texto, Bécquer era un juerguista bastante punk.

Sus amigos lo definieron como «algo arrogante y juerguista, soñador y orgulloso» y él no hizo nada por desmentir esa imagen. Al revés. La confirmó viajando a Madrid con la intención de triunfar como escritor pero tuvo que conformarse con trabajos de muy diversa clase. Los más satisfactorios estaban mal pagados. Los mejor remunerados eran tan poco agradables como el de censor de novelas.

En pleno siglo XIX, el empalagoso romanticismo del poeta estaba más que superado por otro movimiento literario: el Realismo. Sin embargo, él se mantenía, erre que erre, en lo del amor eterno y lo del arpa arrumbada en un rincón, posiblemente como truco para conquistar a inocentes damas, o no tan inocentes.

Con las hermanas Espín, por ejemplo, no le funcionó esa estrategia. Aunque les regaló álbumes llenos de poemas y dibujos, Julia y Josefina no le correspondieron. Además de darle calabazas, acabaron deshaciéndose de esos valiosos álbumes que ahora se atesoran en la Biblioteca Nacional. Ellas deseaban ser damas de la alta sociedad y la vida bohemia de Gustavo Adolfo no encajaba en sus planes.

Mucho más receptiva estuvo Casta Esteban Navarro, a quien conoció en 1860 en la consulta del doctor Francisco Esteban. Bécquer acudía con frecuencia a ella para seguir un tratamiento contra una enfermedad venérea, posiblemente sífilis. Ella acudía allí, vaya usted a saber por qué.

El hecho es que Gustavo Adolfo Bécquer y Casta Esteban Navarro se gustaron y, un año después, contrajeron matrimonio. La relación no tardó en hacer aguas. Bécquer nunca renunció a su vida disoluta y su esposa decidió no quedarse de brazos cruzados. En un alarde de liberación femenina para la época, se buscó un amante. O varios.

La situación no gustó al poeta. Menos aún le gustaron los rumores que comentaban que el tercero de sus hijos no era de él. Finalmente decidió separarse de su esposa, poner tierra de por medio y establecerse en Toledo.

En la ciudad castellana sucedió una de las aventuras más gamberras de Bécquer. Una noche de juerga, el poeta, como si se tratase de un grafitero cualquiera, estampó su firma en la portada del Convento de San Clemente. Una hazaña para la que contó con la ayuda de su amigo Yldefonso Núñez de Castro, que también puso su tag en el monumento.

Lo más sorprendente de todo es que el lugar elegido está a más de cinco metros de altura. Por esta razón, se cree que Núñez de Castro subió a sus hombros a Bécquer, que habría hecho lo propio con su amigo. Tampoco se descarta que utilizasen una de las escaleras que utilizaban los serenos para encender los faroles.

Aunque siempre se creyó que este hecho era una leyenda, en 1915 el diario El Eco Toledano publicó la historia. Sin embargo, para preservar el grafiti, los responsables del periódico decidieron no revelar el lugar donde había sido realizado. No sirvió de nada. Al día siguiente, El Diario Toledano, competencia de El Eco de Toledo, desveló con pelos y señales el lugar en el que se encontraban las firmas del poeta y su amigo.

Gustavo Adolfo Bécquer falleció en Madrid en 1870 a consecuencia de una serie de complicaciones que unos autores relacionan con la tuberculosis, una pulmonía o la sífilis. Tenía 34 años y era un escritor que se había bebido la vida pero no había conseguido ver publicada su obra poética.

«Si es posible, publicad mis versos. Tengo el presentimiento de que muerto seré más y mejor conocido que vivo», les dijo antes de fallecer a sus amigos, quienes pusieron en marcha una especie de crowdfunding: recaudaron dinero entre sus conocidos y publicaron una primera edición de sus Rimas.

De esta forma, el único libro que Bécquer vio publicado en vida fue Los Borbones en pelotas. Este volumen satírico, editado de manera clandestina y anónima por razones obvias, mostraba a los miembros de la familia real como esclavos de las más bajas pasiones y aficionados a perversiones realmente retorcidas.



Aunque recientemente algunos autores han puesto en duda la autoría de Bécquer, tradicionalmente se ha afirmado que los dos hermanos, Gustavo Adolfo y Valeriano, fueron los responsables. Uno habría hecho las acuarelas y otro los procaces textos como si fueran dos punks haciendo fanzines, pero en el siglo XIX.

El escritor Antonio Orejudo afirmó que «la culpa de que Bécquer nos parezca tan pegajoso no es tanto de él como de sus seguidores». Sí, de sus seguidores, de tu abuela, del profesor del cole y de ese novio que te escribió lo de las golondrinas en la carpeta del instituto.

Definitivamente, la imagen que se tiene de Bécquer es pura melaza. Sin embargo, el sevillano no tendría mucho problema de aguantarle a Bukowski una noche de juerga. De hecho, tal vez el estadounidense se fuera a casa y Bécquer continuase cerrando bares, prostíbulos o los afters de la época.

A pesar de la imagen de poeta romántico y respetable que de él dan los libros de texto, Bécquer era un juerguista bastante punk.

Sus amigos lo definieron como «algo arrogante y juerguista, soñador y orgulloso» y él no hizo nada por desmentir esa imagen. Al revés. La confirmó viajando a Madrid con la intención de triunfar como escritor pero tuvo que conformarse con trabajos de muy diversa clase. Los más satisfactorios estaban mal pagados. Los mejor remunerados eran tan poco agradables como el de censor de novelas.

En pleno siglo XIX, el empalagoso romanticismo del poeta estaba más que superado por otro movimiento literario: el Realismo. Sin embargo, él se mantenía, erre que erre, en lo del amor eterno y lo del arpa arrumbada en un rincón, posiblemente como truco para conquistar a inocentes damas, o no tan inocentes.

Con las hermanas Espín, por ejemplo, no le funcionó esa estrategia. Aunque les regaló álbumes llenos de poemas y dibujos, Julia y Josefina no le correspondieron. Además de darle calabazas, acabaron deshaciéndose de esos valiosos álbumes que ahora se atesoran en la Biblioteca Nacional. Ellas deseaban ser damas de la alta sociedad y la vida bohemia de Gustavo Adolfo no encajaba en sus planes.

Mucho más receptiva estuvo Casta Esteban Navarro, a quien conoció en 1860 en la consulta del doctor Francisco Esteban. Bécquer acudía con frecuencia a ella para seguir un tratamiento contra una enfermedad venérea, posiblemente sífilis. Ella acudía allí, vaya usted a saber por qué.

El hecho es que Gustavo Adolfo Bécquer y Casta Esteban Navarro se gustaron y, un año después, contrajeron matrimonio. La relación no tardó en hacer aguas. Bécquer nunca renunció a su vida disoluta y su esposa decidió no quedarse de brazos cruzados. En un alarde de liberación femenina para la época, se buscó un amante. O varios.

La situación no gustó al poeta. Menos aún le gustaron los rumores que comentaban que el tercero de sus hijos no era de él. Finalmente decidió separarse de su esposa, poner tierra de por medio y establecerse en Toledo.

En la ciudad castellana sucedió una de las aventuras más gamberras de Bécquer. Una noche de juerga, el poeta, como si se tratase de un grafitero cualquiera, estampó su firma en la portada del Convento de San Clemente. Una hazaña para la que contó con la ayuda de su amigo Yldefonso Núñez de Castro, que también puso su tag en el monumento.

Lo más sorprendente de todo es que el lugar elegido está a más de cinco metros de altura. Por esta razón, se cree que Núñez de Castro subió a sus hombros a Bécquer, que habría hecho lo propio con su amigo. Tampoco se descarta que utilizasen una de las escaleras que utilizaban los serenos para encender los faroles.

Aunque siempre se creyó que este hecho era una leyenda, en 1915 el diario El Eco Toledano publicó la historia. Sin embargo, para preservar el grafiti, los responsables del periódico decidieron no revelar el lugar donde había sido realizado. No sirvió de nada. Al día siguiente, El Diario Toledano, competencia de El Eco de Toledo, desveló con pelos y señales el lugar en el que se encontraban las firmas del poeta y su amigo.

Gustavo Adolfo Bécquer falleció en Madrid en 1870 a consecuencia de una serie de complicaciones que unos autores relacionan con la tuberculosis, una pulmonía o la sífilis. Tenía 34 años y era un escritor que se había bebido la vida pero no había conseguido ver publicada su obra poética.

«Si es posible, publicad mis versos. Tengo el presentimiento de que muerto seré más y mejor conocido que vivo», les dijo antes de fallecer a sus amigos, quienes pusieron en marcha una especie de crowdfunding: recaudaron dinero entre sus conocidos y publicaron una primera edición de sus Rimas.

De esta forma, el único libro que Bécquer vio publicado en vida fue Los Borbones en pelotas. Este volumen satírico, editado de manera clandestina y anónima por razones obvias, mostraba a los miembros de la familia real como esclavos de las más bajas pasiones y aficionados a perversiones realmente retorcidas.



Aunque recientemente algunos autores han puesto en duda la autoría de Bécquer, tradicionalmente se ha afirmado que los dos hermanos, Gustavo Adolfo y Valeriano, fueron los responsables. Uno habría hecho las acuarelas y otro los procaces textos como si fueran dos punks haciendo fanzines, pero en el siglo XIX.

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Opiniones 4
  • Son tantas la inexactitudes; tantas las omisiones interesadas; la cita (¡incluso entrecomillada!) del deseo de Bécquer antes de morir, tan absolutamente espuria… En fin, tan bárbara la apreciación del sentir de Gustavo Adolfo Bécquer que -con absoluta distancia, naturalmente- constituye una monumental sandez. No es bonito lo que cuento, ni lo pretendo; pero, antes de abordar un asunto grave de la literatura es imperativo informarse más allá de la superficie (de modo secante y no tangente); de modo que esa semblanza del poeta tardorromántico sevillano no se sabe si quiere ser graciosa, si displicente, si “moderna”, si “punk”, si pop, si indie si tabernaria, si synth pop, nu metal o qué leches finalmente es. España sigue siendo una deformación grotesca de la civilización europea .

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