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25 de octubre 2017    /   BRANDED CONTENT
 

La Belle Époque revive una semana al año en Suiza

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Hubo una época de la historia en que la elegancia, los buenos modos y las ganas de vivir definían a una sociedad con hambre de cambios, la Belle Époque. La pequeña localidad de Kandersteg, un pintoresco pueblo de montaña en Suiza, invita cada año a locales y visitantes a emprender un viaje a esos días de principios del siglo XX.

Foto: Erich Sarbach
Foto: Erich Sarbach

El evento se celebra durante la última semana del mes de enero. A lo largo de siete días, sus habitantes se visten con elegantes trajes, levitas y sombreros, y desempolvan de sus desvanes viejos trineos de época, esquíes de madera y otras equipaciones de principios del XX.

Todo se cuida hasta el último detalle para conseguir la ambientación perfecta y emprender viaje a un tiempo en el que los visitantes de diferentes países llegaban a Suiza para disfrutar de sus montañas, sus paisajes y sus deportes invernales. Sin saberlo, estaba naciendo el turismo.

Foto: Paul Veldhuis
Foto: Paul Veldhuis

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Fotos: Paul Veldhuis

Quienes llegan a Kandersteg para disfrutar durante esa semana de la celebración de la Belle Époque lo hacen en un viejo tren de época. Al entrar en la estación, son recibidos por los habitantes de la ciudad engalanados con sus trajes, levitas y sombreros.

Foto: Erich Sarbach
Foto: Erich Sarbach

Su programa de actividades incluye nostálgicas carreras de bobsleigh y competiciones de esquí y trineos cuyos participantes van ataviados como los deportistas de aquellos primeros años del siglo XX y sus originarias equipaciones.

Foto: Paul Veldhuis
Foto: Paul Veldhuis

La gastronomía y la música también tienen una gran presencia en esta celebración nostálgica, que cierra sus actos con un gran baile de época.

Foto: Jozéfina Bal
Foto: Jozéfina Bal
Foto: Jozéfina Bal
Foto: Jozéfina Bal

¿Qué fue la Belle Époque?

Terminaba el XIX y el nacimiento de un nuevo siglo iluminaba el ánimo y el ambiente de la sociedad europea. Todo parecía más brillante, más elegante y más luminoso que la época decimonónica que llegaba a su fin. La religión quedaba poco a poco arrinconada por la ciencia, y la tecnología hacía soñar con un futuro mejor. Comenzaba la Belle Époque.

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Fotos: Kanderesteg Tourismus

Acabada la Guerra Franco-Prusiana, el Viejo Continente vivía un periodo de paz que favorecía el avance de la ciencia, la técnica, la economía y la sociedad. Se iniciaba una etapa histórica conocida por Belle Époque que se desarrolló entre 1871 y 1914, año en el que estalló la Primera Guerra Mundial y todo aquel esplendor se fue al traste.

Foto: Erich Sarbach
Foto: Erich Sarbach

La gente se mostraba optimista y albergaba sueños de futuro por primera vez después de la guerra. Suiza no era ajena a estos nuevos tiempos y vivía igual que sus vecinos europeos el optimismo y el brillo de aquellos días. Su economía se hacía cada vez más fuerte y el nivel de vida de sus habitantes subió de forma considerable.

Foto: Erich Sarbach
Foto: Erich Sarbach
Foto: Jozéfina Bal
Foto: Jozéfina Bal

Desde finales del siglo XIX, la revolución industrial dinamizó la economía de toda Europa e Inglaterra se erigió en la pionera. A Suiza también llegó ese afán industrial, una actividad que fue muy productiva en ciertos sectores como la industria relojera, la alimentaria o la banca. Ser un país situado en una encrucijada comercial, con sus recursos hídricos y el alto nivel educativo de sus ciudadanos colocaron al país helvético en una posición ventajosa.

Los avances científicos y médicos experimentados durante estos años de bonanza se tradujeron en una considerable mejora de la vida, las comunicaciones y los transportes. Viajar se ofrecía ahora como una experiencia que podía resultar placentera.

Foto: Erich Sarbach
Foto: Erich Sarbach

Nuevas costumbres se imponían en la sociedad europea y también en la suiza. El deporte comenzaba a llamar la atención de sus ciudadanos y el teatro, el cine y las exposiciones de arte se universalizaron entrando a formar parte de su vida cotidiana. Estaba naciendo la cultura de la diversión y del ocio.

Foto: Jozéfina Bal
Foto: Jozéfina Bal

En 1863, el empresario inglés Thomas Cook organizó el primer viaje con todo incluido a Suiza. Sin saberlo, estaba marcando el nacimiento de una nueva actividad económica, el turismo, y la burguesía, gracias a su cada vez mayor poder económico, no dudó en practicarlo.

De esta manera, los pequeños albergues originarios que se dispersaban por el país alpino se ampliaron y se transformaron en hoteles. Cada vez más personas veían en los viajes una actividad lúdica interesante que apetecía practicar. Y descubrieron en los deportes de invierno —que seguían siendo algo más propio de las clases populares—, un interés cada vez mayor hasta que su práctica acabó por consolidarse y universalizarse definitivamente.

A esa inicial llegada del turismo a Kandersteg contribuyó la construcción en 1913 del túnel de Lötschberg, que aportó a esta localidad suiza prestigio internacional como destino de vacaciones. Un turismo que cambió incluso la arquitectura de la ciudad, adaptando sus edificios a las nuevas necesidades que mostraban los visitantes.

El estallido de la Gran Guerra acabó con ese esplendor y la alegría de vivir. La Belle Époque moría para dejar paso a una época más dura. Sin embargo, había dejado sembrada la semilla de una nueva manera de entender la vida y el ocio.

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Hubo una época de la historia en que la elegancia, los buenos modos y las ganas de vivir definían a una sociedad con hambre de cambios, la Belle Époque. La pequeña localidad de Kandersteg, un pintoresco pueblo de montaña en Suiza, invita cada año a locales y visitantes a emprender un viaje a esos días de principios del siglo XX.

Foto: Erich Sarbach
Foto: Erich Sarbach

El evento se celebra durante la última semana del mes de enero. A lo largo de siete días, sus habitantes se visten con elegantes trajes, levitas y sombreros, y desempolvan de sus desvanes viejos trineos de época, esquíes de madera y otras equipaciones de principios del XX.

Todo se cuida hasta el último detalle para conseguir la ambientación perfecta y emprender viaje a un tiempo en el que los visitantes de diferentes países llegaban a Suiza para disfrutar de sus montañas, sus paisajes y sus deportes invernales. Sin saberlo, estaba naciendo el turismo.

Foto: Paul Veldhuis
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Fotos: Paul Veldhuis

Quienes llegan a Kandersteg para disfrutar durante esa semana de la celebración de la Belle Époque lo hacen en un viejo tren de época. Al entrar en la estación, son recibidos por los habitantes de la ciudad engalanados con sus trajes, levitas y sombreros.

Foto: Erich Sarbach
Foto: Erich Sarbach

Su programa de actividades incluye nostálgicas carreras de bobsleigh y competiciones de esquí y trineos cuyos participantes van ataviados como los deportistas de aquellos primeros años del siglo XX y sus originarias equipaciones.

Foto: Paul Veldhuis
Foto: Paul Veldhuis

La gastronomía y la música también tienen una gran presencia en esta celebración nostálgica, que cierra sus actos con un gran baile de época.

Foto: Jozéfina Bal
Foto: Jozéfina Bal
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Foto: Jozéfina Bal

¿Qué fue la Belle Époque?

Terminaba el XIX y el nacimiento de un nuevo siglo iluminaba el ánimo y el ambiente de la sociedad europea. Todo parecía más brillante, más elegante y más luminoso que la época decimonónica que llegaba a su fin. La religión quedaba poco a poco arrinconada por la ciencia, y la tecnología hacía soñar con un futuro mejor. Comenzaba la Belle Époque.

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Fotos: Kanderesteg Tourismus

Acabada la Guerra Franco-Prusiana, el Viejo Continente vivía un periodo de paz que favorecía el avance de la ciencia, la técnica, la economía y la sociedad. Se iniciaba una etapa histórica conocida por Belle Époque que se desarrolló entre 1871 y 1914, año en el que estalló la Primera Guerra Mundial y todo aquel esplendor se fue al traste.

Foto: Erich Sarbach
Foto: Erich Sarbach

La gente se mostraba optimista y albergaba sueños de futuro por primera vez después de la guerra. Suiza no era ajena a estos nuevos tiempos y vivía igual que sus vecinos europeos el optimismo y el brillo de aquellos días. Su economía se hacía cada vez más fuerte y el nivel de vida de sus habitantes subió de forma considerable.

Foto: Erich Sarbach
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Foto: Jozéfina Bal
Foto: Jozéfina Bal

Desde finales del siglo XIX, la revolución industrial dinamizó la economía de toda Europa e Inglaterra se erigió en la pionera. A Suiza también llegó ese afán industrial, una actividad que fue muy productiva en ciertos sectores como la industria relojera, la alimentaria o la banca. Ser un país situado en una encrucijada comercial, con sus recursos hídricos y el alto nivel educativo de sus ciudadanos colocaron al país helvético en una posición ventajosa.

Los avances científicos y médicos experimentados durante estos años de bonanza se tradujeron en una considerable mejora de la vida, las comunicaciones y los transportes. Viajar se ofrecía ahora como una experiencia que podía resultar placentera.

Foto: Erich Sarbach
Foto: Erich Sarbach

Nuevas costumbres se imponían en la sociedad europea y también en la suiza. El deporte comenzaba a llamar la atención de sus ciudadanos y el teatro, el cine y las exposiciones de arte se universalizaron entrando a formar parte de su vida cotidiana. Estaba naciendo la cultura de la diversión y del ocio.

Foto: Jozéfina Bal
Foto: Jozéfina Bal

En 1863, el empresario inglés Thomas Cook organizó el primer viaje con todo incluido a Suiza. Sin saberlo, estaba marcando el nacimiento de una nueva actividad económica, el turismo, y la burguesía, gracias a su cada vez mayor poder económico, no dudó en practicarlo.

De esta manera, los pequeños albergues originarios que se dispersaban por el país alpino se ampliaron y se transformaron en hoteles. Cada vez más personas veían en los viajes una actividad lúdica interesante que apetecía practicar. Y descubrieron en los deportes de invierno —que seguían siendo algo más propio de las clases populares—, un interés cada vez mayor hasta que su práctica acabó por consolidarse y universalizarse definitivamente.

A esa inicial llegada del turismo a Kandersteg contribuyó la construcción en 1913 del túnel de Lötschberg, que aportó a esta localidad suiza prestigio internacional como destino de vacaciones. Un turismo que cambió incluso la arquitectura de la ciudad, adaptando sus edificios a las nuevas necesidades que mostraban los visitantes.

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