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12 de octubre 2017    /   CREATIVIDAD
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La belleza que nunca verá un escrupuloso

12 de octubre 2017    /   CREATIVIDAD     por          
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El arte no está hecho para almas vacías. Dentro de su esencia, imaginamos, se entronca la controversia, el pellizco emocional. Y ni tener una sensibilidad especial ni posicionarse simplemente como sujeto pasivo evita que afloren ciertos remolinos intestinales frente a una pintura, una canción o unas letras bien juntadas. A aquellas personas que se asomen a la obra de Lim Qi Xuan se les exige, además, cierta falta de escrúpulos. No un cuerpo sin tripas, pero sí algo de tolerancia a lo macabro.

Porque parece que a esta artista, proveniente de Singapur, las vísceras le causan un placer más allá de lo humano. Bajo la firma de Qimmyshimmy, la joven, de 25 años, inserta cabezas de bebé en palos de piruleta, envuelve estómagos en forros de caramelo o juega a las canicas con cráneos infantiles.

Toda una oda a la pérdida de la inocencia que, aun pareciendo una obsesión con poso de trauma, responde al inocente juego de esculpir sin motivos. «Empecé con pequeñas cabezas y a la gente le dio por llamarlos bebés. Simplemente las hacía como pequeñas formas escultóricas hasta que, al final, se convirtió en un estilo propio», se defiende por correo electrónico desde Holanda, donde reside en la actualidad mientras cursa un máster de diseño en Eindhoven.

qimmyshimmy1

«Estoy fascinada por las cosas que parecen delicadas y vulnerables, pero tienen esas tonterías inquietantes y a la vez fascinantes», añade, quizás reculando sus primeras excusas. «Y siempre me ha alucinado la tactilidad de la carne y los órganos del cuerpo». En la casquería, nuestro mecanismo interno, se conjugan dos caras de una misma moneda: la vida y la muerte. «Encuentro muy interesante esa dualidad», manifiesta quien se define como amante de los unicornios y la poesía, dos espectros —por encajarlos de alguna manera en un mismo grupo— que nada tienen que ver con la sangre, las venas o todas esas menudencias que utiliza para expresar su universo artístico.

De hecho, aunque a simple vista parezca imposible que esta mujer de posado sonriente y conversación cariñosa se embadurne de plasma en su taller, sus creaciones responden a esas fantasías de forma velada. La dulzura de sus comentarios con emoticonos y los besos al aire de sus agradecimientos tienen cierta representación en esas tartas de higadillos, macarons franceses rellenos de neonatos o bizcochos con guindas de dientes podridos. «Como suelo decir, mi obra transita en esa dualidad entre lo bello y lo grotesco o lo seductor y repulsivo», justifica. «En mi primera exposición individual, con la serie SweetTooth, quería fundir el azúcar de esos pasteles tan sabrosos con lo que provocan en el otro lado cuando se ve en detalle».

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Ocupada a tiempo completo por el diseño gráfico, estas delicadas esculturas se forjan a fuego lento, sin un afán mercantilista. «Diseñadora por el día, artista por la noche», concreta esta adicta a la cafeína y la tipografía. Su componente principal es la arcilla, que retoca con pinceles para maquillar o acentuar los pliegues. «Paso bastante tiempo conceptualizando mis piezas y experimentando con materiales, pero la ejecución no me lleva tanto», aclara. Depende de la «ambición» en el objeto, completar una de esas obras que cuelga en redes como Instagram, donde cuenta con 46.500 seguidores, le lleva desde días hasta semanas.


qimmyshimmy-interior

Sus invenciones se alternan con platos de comida reales o ilustraciones a mano alzada. Retazos de una existencia cuya bendición en forma de likes crece exponencialmente y abarrota de exclamaciones el pulso virtual. «Único», «increíble», «maravilloso»: el reguero de halagos expresados por sus fans es cada vez más elocuente. «Empecé hace menos de cinco años. Y como me dedico al diseño como trabajo, muy orientado al cliente, la escultura se convirtió en una forma más personal de expresarme», puntualiza. Y es curioso: a pesar de esta fama que ha logrado en la red, no utiliza ningún canal más que la presencia directa para vender sus obras. Las transacciones, razona, son complicadas. Y el contenido, demasiado frágil para ser enviado. Así que la adquisición solo se produce cara a cara.

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¿Todo está engendrado por su retorcido cerebro? Qi Xuan lo niega: ya en los cuentos infantiles y en los libros médicos se aprecia esta tendencia a lo siniestro. «En mis relaciones sociales y en los tratados de ciencia encuentro mis referencias», incide, «además, admiro las habilidades de escultores hiperrealistas como Ron Mueck y San Jinks, en cuyas obras no se limitan a imitar la realidad, sino a introducir tensión emocional y significado». Su tara hacia ese arte con el aguijón de lo vívido se nutre desde el instituto con el pop surrealista de Mark Ryden. «Todavía sigue inspirándome», remarca.

Vayamos, por fin, a ese otro aspecto de lo que hace. Vale: está muy bien que sus manos de orfebre retorcida apelen a los sentimientos. Que su maquinaria de alquimista transforme ese mundo fatuo y soñador en pequeños puñetazos al estómago. Pero, como ese binarismo que pretende plasmar con su arte, las ofensas acompañan al entusiasmo. «Sí, la gente se disgusta por su apariencia», reconoce. «No creo que mis creaciones sean polémicas en absoluto. Es interesante ver cómo las personas, a veces, alcanzan unas suposiciones propias muy lejanas a lo que yo pensaba», reconoce después de haberse cruzado con conocidos o desconocidos que le resaltan lo incómodo de su trabajo. «Incluso me dicen que no lo consideran arte. A menudo de forma indirecta, nunca a la cara».

qimmyshimmy3

qimmyshimmy5

«No me molesta que la gente se ofenda por mi trabajo, porque pienso que ofender también es una reacción valiosa. Normalmente me gusta entender lo que les ofende y por qué, ya que sus respuestas pueden ser muy perspicaces e interesantes», sopesa inmediatamente. ¿Ha aumentado el conservadurismo a la hora de expresarnos? «No, no lo creo. Depende de cuánto quieres que tus obras sean aceptadas. Los artistas tienen todo el derecho del mundo para crear lo que quieran. Entre todas las profesiones del mundo, creo, el arte es el más libre, así que tengo poco de que quejarme», anota la singapurense, ignorando los debates producidos por ciertas exhibiciones.

La importancia de encontrar una sociedad y una comunidad «adecuadas» es clave a la hora de practicar su disciplina. «Respeto a quienes hacen arte muy polémico, porque sé lo difícil y conflictivo que puede ser el proceso», concede. «Hay maneras de ser mezquino y divertido, pero aun así ser empático y amable». El núcleo entre lo correcto y lo incorrecto, apostilla, es buscar el equilibrio entre ser humano y ser perfecto. «Como otros artistas de todo el mundo, no estoy haciendo mi arte para complacer a todos», advierte. Por eso, recordemos: absténganse seres de almas vacías o con la piel fina. Qimmyshimmy no es apta para escrupulosos.

El arte no está hecho para almas vacías. Dentro de su esencia, imaginamos, se entronca la controversia, el pellizco emocional. Y ni tener una sensibilidad especial ni posicionarse simplemente como sujeto pasivo evita que afloren ciertos remolinos intestinales frente a una pintura, una canción o unas letras bien juntadas. A aquellas personas que se asomen a la obra de Lim Qi Xuan se les exige, además, cierta falta de escrúpulos. No un cuerpo sin tripas, pero sí algo de tolerancia a lo macabro.

Porque parece que a esta artista, proveniente de Singapur, las vísceras le causan un placer más allá de lo humano. Bajo la firma de Qimmyshimmy, la joven, de 25 años, inserta cabezas de bebé en palos de piruleta, envuelve estómagos en forros de caramelo o juega a las canicas con cráneos infantiles.

Toda una oda a la pérdida de la inocencia que, aun pareciendo una obsesión con poso de trauma, responde al inocente juego de esculpir sin motivos. «Empecé con pequeñas cabezas y a la gente le dio por llamarlos bebés. Simplemente las hacía como pequeñas formas escultóricas hasta que, al final, se convirtió en un estilo propio», se defiende por correo electrónico desde Holanda, donde reside en la actualidad mientras cursa un máster de diseño en Eindhoven.

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«Estoy fascinada por las cosas que parecen delicadas y vulnerables, pero tienen esas tonterías inquietantes y a la vez fascinantes», añade, quizás reculando sus primeras excusas. «Y siempre me ha alucinado la tactilidad de la carne y los órganos del cuerpo». En la casquería, nuestro mecanismo interno, se conjugan dos caras de una misma moneda: la vida y la muerte. «Encuentro muy interesante esa dualidad», manifiesta quien se define como amante de los unicornios y la poesía, dos espectros —por encajarlos de alguna manera en un mismo grupo— que nada tienen que ver con la sangre, las venas o todas esas menudencias que utiliza para expresar su universo artístico.

De hecho, aunque a simple vista parezca imposible que esta mujer de posado sonriente y conversación cariñosa se embadurne de plasma en su taller, sus creaciones responden a esas fantasías de forma velada. La dulzura de sus comentarios con emoticonos y los besos al aire de sus agradecimientos tienen cierta representación en esas tartas de higadillos, macarons franceses rellenos de neonatos o bizcochos con guindas de dientes podridos. «Como suelo decir, mi obra transita en esa dualidad entre lo bello y lo grotesco o lo seductor y repulsivo», justifica. «En mi primera exposición individual, con la serie SweetTooth, quería fundir el azúcar de esos pasteles tan sabrosos con lo que provocan en el otro lado cuando se ve en detalle».

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Ocupada a tiempo completo por el diseño gráfico, estas delicadas esculturas se forjan a fuego lento, sin un afán mercantilista. «Diseñadora por el día, artista por la noche», concreta esta adicta a la cafeína y la tipografía. Su componente principal es la arcilla, que retoca con pinceles para maquillar o acentuar los pliegues. «Paso bastante tiempo conceptualizando mis piezas y experimentando con materiales, pero la ejecución no me lleva tanto», aclara. Depende de la «ambición» en el objeto, completar una de esas obras que cuelga en redes como Instagram, donde cuenta con 46.500 seguidores, le lleva desde días hasta semanas.


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Sus invenciones se alternan con platos de comida reales o ilustraciones a mano alzada. Retazos de una existencia cuya bendición en forma de likes crece exponencialmente y abarrota de exclamaciones el pulso virtual. «Único», «increíble», «maravilloso»: el reguero de halagos expresados por sus fans es cada vez más elocuente. «Empecé hace menos de cinco años. Y como me dedico al diseño como trabajo, muy orientado al cliente, la escultura se convirtió en una forma más personal de expresarme», puntualiza. Y es curioso: a pesar de esta fama que ha logrado en la red, no utiliza ningún canal más que la presencia directa para vender sus obras. Las transacciones, razona, son complicadas. Y el contenido, demasiado frágil para ser enviado. Así que la adquisición solo se produce cara a cara.

qimmyshimmy4

¿Todo está engendrado por su retorcido cerebro? Qi Xuan lo niega: ya en los cuentos infantiles y en los libros médicos se aprecia esta tendencia a lo siniestro. «En mis relaciones sociales y en los tratados de ciencia encuentro mis referencias», incide, «además, admiro las habilidades de escultores hiperrealistas como Ron Mueck y San Jinks, en cuyas obras no se limitan a imitar la realidad, sino a introducir tensión emocional y significado». Su tara hacia ese arte con el aguijón de lo vívido se nutre desde el instituto con el pop surrealista de Mark Ryden. «Todavía sigue inspirándome», remarca.

Vayamos, por fin, a ese otro aspecto de lo que hace. Vale: está muy bien que sus manos de orfebre retorcida apelen a los sentimientos. Que su maquinaria de alquimista transforme ese mundo fatuo y soñador en pequeños puñetazos al estómago. Pero, como ese binarismo que pretende plasmar con su arte, las ofensas acompañan al entusiasmo. «Sí, la gente se disgusta por su apariencia», reconoce. «No creo que mis creaciones sean polémicas en absoluto. Es interesante ver cómo las personas, a veces, alcanzan unas suposiciones propias muy lejanas a lo que yo pensaba», reconoce después de haberse cruzado con conocidos o desconocidos que le resaltan lo incómodo de su trabajo. «Incluso me dicen que no lo consideran arte. A menudo de forma indirecta, nunca a la cara».

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«No me molesta que la gente se ofenda por mi trabajo, porque pienso que ofender también es una reacción valiosa. Normalmente me gusta entender lo que les ofende y por qué, ya que sus respuestas pueden ser muy perspicaces e interesantes», sopesa inmediatamente. ¿Ha aumentado el conservadurismo a la hora de expresarnos? «No, no lo creo. Depende de cuánto quieres que tus obras sean aceptadas. Los artistas tienen todo el derecho del mundo para crear lo que quieran. Entre todas las profesiones del mundo, creo, el arte es el más libre, así que tengo poco de que quejarme», anota la singapurense, ignorando los debates producidos por ciertas exhibiciones.

La importancia de encontrar una sociedad y una comunidad «adecuadas» es clave a la hora de practicar su disciplina. «Respeto a quienes hacen arte muy polémico, porque sé lo difícil y conflictivo que puede ser el proceso», concede. «Hay maneras de ser mezquino y divertido, pero aun así ser empático y amable». El núcleo entre lo correcto y lo incorrecto, apostilla, es buscar el equilibrio entre ser humano y ser perfecto. «Como otros artistas de todo el mundo, no estoy haciendo mi arte para complacer a todos», advierte. Por eso, recordemos: absténganse seres de almas vacías o con la piel fina. Qimmyshimmy no es apta para escrupulosos.

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