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18 de diciembre 2018    /   ENTRETENIMIENTO
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El hombre que ve peceras donde solo hay excavadoras

18 de diciembre 2018    /   ENTRETENIMIENTO     por          
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Una tarde cualquiera en una calle cualquiera de una ciudad cualquiera de Francia (por ejemplo, Pau): cuatro personas juegan al fútbol sobre un terreno de juego pintado en el asfalto. Hasta aquí, nada fuera de lo normal salvo un pequeño detalle: el campo de juego tiende ligeramente a la verticalidad. Más de medio terreno se encuentra pintado sobre la pared.

Cerca del campo se encuentra un hombre barbudo y con cara de monologuista de la Paramount que está siendo entrevistado por una televisión francesa. Se trata de Benedetto Bufalino, el autor de la obra.

«Esta cancha invita a preguntarse sobre el significado de los juegos. Invita a reunirse sobre el terreno para ponerse de acuerdo sobre el funcionamiento y las reglas –explica Bufalino–. Es como la sociedad, donde hay que alcanzar un consenso para definir las cosas. Así se llega a la cuestión de qué es lo que conforma una sociedad y cómo ponerse de acuerdo en un proyecto común».  

Bufalino lleva doce años lanzando preguntas visuales al público. Y lo único que hace es meter en la centrifugadora a todos los cualquieras que nos rodean en el día a día cotidiano.  

Mirar el mundo y reinventar lo ordinario

Benedetto Bufalino es miope, pero no lleva gafas. Dice que así puede ver el mundo de una forma diferente. Y parece que le funciona: percibe la novedad donde el resto solo ve monotonía.  

En su libro Lo infraordinario, el escritor francés Georges Perec lanza una pregunta al aire: «Lo que ocurre cada día y vuelve cada día, lo trivial, lo cotidiano, lo evidente, lo común, lo ordinario, lo infraordinario, el ruido de fondo, lo habitual, ¿cómo dar cuenta de ello, cómo interrogarlo, cómo describirlo?». Para Bufalino la respuesta es sencilla: mirando al mundo y buscando formas de reinventarlo.

Benedetto Bufalino es como un DJ que se apodera de música ya creada para hacer surgir otra cosa

Su proceso de trabajo es sencillo: «dibujo, dibujo mucho», explica el artista francés. Así, sin más. Salir a la calle, caminar, observar y dibujar. Para Bufalino cualquier objeto es interesante, especialmente los más obvios, los más cercanos y del día a día, porque eso le permite «mostrar que cualquier cosa es posible. En nuestra sociedad hay reglas por todos lados, todo está hipernormalizado. Me gusta cuestionarlo, reinterpretarlo».

De esta forma es como convierte excavadoras y cabinas de teléfono en peceras.

Autocaravanas en piscinas.
Coches de policía en gallineros.
Camiones hormigonera en bolas de discoteca.

Bufalino no se conforma con retratar los objetos, los metamorfosea, les otorga nueva vida. Como un enloquecido Victor Frankenstein en una noche de tormenta. Como un niño que mezcla partes de diferentes juguetes.

Como dijo sobre él el historiador y crítico de arte Paul Ardenne, «Benedetto Bufalino es como un DJ que se apodera de música ya creada para hacer surgir otra cosa».

Girar la realidad pero sin alejarse de ella

Para Bufalino hay algo fundamental en el arte: este tiene que estar relacionada con la realidad, con la sociedad. En base a este principio se entiende el motivo para elevar un viejo Audi a tres metros de altura, voltearlo y convertirlo en una farola. «Mi intención es conseguir que la gente comparta, que se junte, que cree lazos. Lo que más me gusta es cuando alguien se para y comienza a hablar con otros gracias a una de mis obras».

La atracción que provocan los objetos que crea tiene su origen en esa extraña mezcla de burla, juego, poesía y crítica que los invade. Son calambures visuales en los que un viejo Renault 5 deja de ser un objeto contaminante para convertirse en cuna de vida vegetal. O un coche policía, volcado, destripado y rellenado de leña pasa a ser una barbacoa, evocando a una escena de película al más puro estilo Bruce Willis.

Como todo buen artista cleptómano, Bufalino toma inspiración de varios referentes artísticos. En la conversación surgen nombres de cineastas como Jacques Tati, con sus Playtime y Mi tío, o Jacques Doillon y su L´an 01.  

Si hablamos de referentes artísticos directos, Bufalino menciona el neodadaismo fluxus de Joseph Beuys (aquel que se encerró con un coyote durante tres días en la acción artística Me gusta América y a América le gusto yo) como uno de sus puntos de apoyo, tomando de él el uso de materiales cotidianos y el concepto de objeto artístico como herramienta sociológica en lugar de como mercancía.

En el arte de Benedetto se observan matices de estos referentes, pero ha conseguido darle su sello personal. Benedetto ha logrado fundar su «propia antropología», como escribió Georges Perec, «la que hablará de nosotros, la que buscará en nosotros lo que durante tanto tiempo hemos copiado de los demás. Ya no lo exótico, sino lo endótico».

Y continúa Perec: «La moda no produce objetos ni hechos, sino solamente signos: puntos de referencia a los que se apega una colectividad. La única pregunta, pues, es esta, ¿por qué se necesitan esos signos? O, si se prefiere, ¿no podemos buscarlos en otra parte?».

Bufalino no busca signos en otro lugar, sino que observa los ya conocidos, los del día a día cotidiano. Entonces, los agarra, mete la mano dentro de ellos y les saca las costuras, los pone del revés, haciéndolos parecer otra cosa totalmente distinta.

Y el resultado hace chisporrotear nuestras neuronas.  

Una tarde cualquiera en una calle cualquiera de una ciudad cualquiera de Francia (por ejemplo, Pau): cuatro personas juegan al fútbol sobre un terreno de juego pintado en el asfalto. Hasta aquí, nada fuera de lo normal salvo un pequeño detalle: el campo de juego tiende ligeramente a la verticalidad. Más de medio terreno se encuentra pintado sobre la pared.

Cerca del campo se encuentra un hombre barbudo y con cara de monologuista de la Paramount que está siendo entrevistado por una televisión francesa. Se trata de Benedetto Bufalino, el autor de la obra.

«Esta cancha invita a preguntarse sobre el significado de los juegos. Invita a reunirse sobre el terreno para ponerse de acuerdo sobre el funcionamiento y las reglas –explica Bufalino–. Es como la sociedad, donde hay que alcanzar un consenso para definir las cosas. Así se llega a la cuestión de qué es lo que conforma una sociedad y cómo ponerse de acuerdo en un proyecto común».  

Bufalino lleva doce años lanzando preguntas visuales al público. Y lo único que hace es meter en la centrifugadora a todos los cualquieras que nos rodean en el día a día cotidiano.  

Mirar el mundo y reinventar lo ordinario

Benedetto Bufalino es miope, pero no lleva gafas. Dice que así puede ver el mundo de una forma diferente. Y parece que le funciona: percibe la novedad donde el resto solo ve monotonía.  

En su libro Lo infraordinario, el escritor francés Georges Perec lanza una pregunta al aire: «Lo que ocurre cada día y vuelve cada día, lo trivial, lo cotidiano, lo evidente, lo común, lo ordinario, lo infraordinario, el ruido de fondo, lo habitual, ¿cómo dar cuenta de ello, cómo interrogarlo, cómo describirlo?». Para Bufalino la respuesta es sencilla: mirando al mundo y buscando formas de reinventarlo.

Benedetto Bufalino es como un DJ que se apodera de música ya creada para hacer surgir otra cosa

Su proceso de trabajo es sencillo: «dibujo, dibujo mucho», explica el artista francés. Así, sin más. Salir a la calle, caminar, observar y dibujar. Para Bufalino cualquier objeto es interesante, especialmente los más obvios, los más cercanos y del día a día, porque eso le permite «mostrar que cualquier cosa es posible. En nuestra sociedad hay reglas por todos lados, todo está hipernormalizado. Me gusta cuestionarlo, reinterpretarlo».

De esta forma es como convierte excavadoras y cabinas de teléfono en peceras.

Autocaravanas en piscinas.
Coches de policía en gallineros.
Camiones hormigonera en bolas de discoteca.

Bufalino no se conforma con retratar los objetos, los metamorfosea, les otorga nueva vida. Como un enloquecido Victor Frankenstein en una noche de tormenta. Como un niño que mezcla partes de diferentes juguetes.

Como dijo sobre él el historiador y crítico de arte Paul Ardenne, «Benedetto Bufalino es como un DJ que se apodera de música ya creada para hacer surgir otra cosa».

Girar la realidad pero sin alejarse de ella

Para Bufalino hay algo fundamental en el arte: este tiene que estar relacionada con la realidad, con la sociedad. En base a este principio se entiende el motivo para elevar un viejo Audi a tres metros de altura, voltearlo y convertirlo en una farola. «Mi intención es conseguir que la gente comparta, que se junte, que cree lazos. Lo que más me gusta es cuando alguien se para y comienza a hablar con otros gracias a una de mis obras».

La atracción que provocan los objetos que crea tiene su origen en esa extraña mezcla de burla, juego, poesía y crítica que los invade. Son calambures visuales en los que un viejo Renault 5 deja de ser un objeto contaminante para convertirse en cuna de vida vegetal. O un coche policía, volcado, destripado y rellenado de leña pasa a ser una barbacoa, evocando a una escena de película al más puro estilo Bruce Willis.

Como todo buen artista cleptómano, Bufalino toma inspiración de varios referentes artísticos. En la conversación surgen nombres de cineastas como Jacques Tati, con sus Playtime y Mi tío, o Jacques Doillon y su L´an 01.  

Si hablamos de referentes artísticos directos, Bufalino menciona el neodadaismo fluxus de Joseph Beuys (aquel que se encerró con un coyote durante tres días en la acción artística Me gusta América y a América le gusto yo) como uno de sus puntos de apoyo, tomando de él el uso de materiales cotidianos y el concepto de objeto artístico como herramienta sociológica en lugar de como mercancía.

En el arte de Benedetto se observan matices de estos referentes, pero ha conseguido darle su sello personal. Benedetto ha logrado fundar su «propia antropología», como escribió Georges Perec, «la que hablará de nosotros, la que buscará en nosotros lo que durante tanto tiempo hemos copiado de los demás. Ya no lo exótico, sino lo endótico».

Y continúa Perec: «La moda no produce objetos ni hechos, sino solamente signos: puntos de referencia a los que se apega una colectividad. La única pregunta, pues, es esta, ¿por qué se necesitan esos signos? O, si se prefiere, ¿no podemos buscarlos en otra parte?».

Bufalino no busca signos en otro lugar, sino que observa los ya conocidos, los del día a día cotidiano. Entonces, los agarra, mete la mano dentro de ellos y les saca las costuras, los pone del revés, haciéndolos parecer otra cosa totalmente distinta.

Y el resultado hace chisporrotear nuestras neuronas.  

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