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18 de enero 2019    /   ENTRETENIMIENTO
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Roberto Alcaraz, el fotógrafo que logra encontrarle belleza a Benidorm

18 de enero 2019    /   ENTRETENIMIENTO     por          
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Todo el mundo ha girado la vista alguna vez hacia Benidorm. Es la Meca del hedonismo saturado, del atascamiento estomacal, de la puesta a prueba del hígado, de las riadas de crema solar. Es la hégira de los guiris: al menos una vez en la vida deben peregrinar hacia allí (en avión, muchos no están ya para caminar) para comer paellas con colorante.

Las imágenes que pululan de esta fracción de costa alicantina balizada de rascacielos ahondan, sobre todo, en la sordidez: borrachos, ancianos quemados, obesidades contentas, ansiosos cuerpos cincelados; es el Bienestar occidental convertido en monstruo. Pero un fotógrafo, Roberto Alcaraz, está desarrollando en Instagram otra perspectiva: la belleza de Benidorm.

El primer acercamiento fotográfico de Alcaraz a la ciudad seguía la línea de reproducir estampas estrafalarias de los turistas, pero algo cambió: decidió levantar la vista y obviar a las personas. «Al revisar mi trabajo, pensé que en realidad no me quería reír de nadie ni ponerme en un escalón moral más alto que la gente que va a veranear a Benidorm», recuerda.

Además, esa visión del fenómeno turístico ya había sido desarrollada de forma sublime por maestros como Martin Parr. De modo que decidió centrarse en captar la realidad física de este rincón mediterráneo: «De pronto, la gente empezó a decirme que las imágenes les parecían bellas», explica. La belleza no es un atributo que se asocie normalmente a Benidorm.

benidorm

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«Veo Benidorm como un escenario, una ciudad que está allí pero que podría estar en cualquier otra parte en que hiciese sol. Me fijo en los decorados, procuro que no haya personas, es una tierra de nadie y de todos», reflexiona.

Ese escenario es la tercera ciudad de España con más plazas hoteleras. Es la segunda ciudad con más rascacielos por metro cuadrado, después de Manhatan, y el Gran Hotel Bali es el hotel más alto de Europa.

Alcaraz consigue enmarcar una belleza, a veces, inquietante. Retrata edificios y construcciones con una fidelidad tan extrema a las posibilidades expresivas de su geometría que acaba limpiándoles todo vínculo con la naturalidad del día a día. Son edificios en formol: en el formol azulísimo, estable y (casi) sintético del cielo.

Provocan paz. Algunas de las imágenes, con sus verticales llenas de decenas de balcones iguales, parecen mandalas de hormigón.

benidorm

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También provocan otras cosas. En la época de la burbuja inmobiliaria, circularon por España (y de manera enfermiza por Levante) miles de folletos que publicitaban promociones inmobiliarias. No había fotos, las casas se vendían antes de construirse, y los compradores pasaban años alimentándose de unas recreaciones por ordenador: se abría ante ellos la perspectiva de un mundo utópico de terrazas, toldos a la moda, zonas comunes.

Ver las fotos de Alcaraz es como si aquellos edificios se hubieran materializado con la misma naturaleza falsa y fantasmal de los trípticos: España viviendo en un folleto; los españoles viviendo vidas que eran a la vida lo que la lejía de limón al zumo de limón.

benidorm

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Alcaraz ha abordado, a lo largo de su trayectoria, la fotografía desde todos los flancos: fotografía de viajes, de muebles, de joyas, de arquitectura, también ha ejercido la docencia y, actualmente, es responsable de formación en Casanova Foto. Ese bagaje le ayudó a afinar la horma con la que moldear su visión de Benidorm.

«Me fascina toda la arquitectura y también lo que se escapa del plano urbanístico, como las cosas espontáneas, que la gente ponga la toalla en el balcón… Me gusta ver cómo influyen los elementos que el arquitecto no ha podido controlar», detalla.

benidorm dreams

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«Hay una búsqueda de la geometría, a mí me da paz, es como si le diese orden al universo -continúa-. Las ciudades son visualmente muy sucias, hay árboles, contenedores… Así que empecé a buscar puntos de vista desde colinas y sitios elevados y a trabajar con grandes objetivos: eso me permite seleccionar solo un edificio y concentrarme mucho en la geometría, en dónde da la luz».

Es darle a Benidorm algo que Benidorm perdió desde el momento en que el alcalde Pedro Zaragoza, a principios de los 50, viajó en Vespa hasta el Pardo para convencer a Franco de legalizar el bikini: armonía.

La relación emocional del fotógrafo con la localidad alicantina ha ido variando. «A mí lo que más me ha costado en mi carrera como fotógrafo, y no tiene nada que ver con la fotografía, es desprejuiciarme», admite.

benidorm

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Prejuicio no es siempre sinónimo de mentira: por ejemplo, es cierto el tópico de que en Benidorm predomina el desenfreno, ya sea de alcohol y drogas o comida y hamaca («yo antes amueblaba hoteles y nos obligaban a atornillarlos al suelo para que no los tiraran por la ventana», recuerda) . Pero ser prejuicioso también es restringir la cantidad de realidades que la mirada puede enfocar.

Por eso, Alcaraz empezó a descubrir el dorso de la ciudad: «Los rascacielos se valoran en otras ciudades como Hong Kong o Nueva York, pero se denostan en Benidorm, ¿por qué? Benidorm multiplica su población en verano [de 70.000 a 400.000 habitantes], pero no colapsa; su modelo de expansión vertical hace menos complicado abastecer de electricidad y agua a todos sus habitantes; está bien adaptada para los abueletes, que se pueden cruzar la ciudad entera en moto eléctrica…».

Es imposible extraer una moraleja, una frase condensadora de una relación de décadas como la que este fotógrafo mantiene con Benidorm. Alcaraz solo se atreve a deslizar una conclusión: «Ahora, cuando voy no sé si me gusta o no, pero sí sé que no puedo dejar de hacerle fotos».

 

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Todo el mundo ha girado la vista alguna vez hacia Benidorm. Es la Meca del hedonismo saturado, del atascamiento estomacal, de la puesta a prueba del hígado, de las riadas de crema solar. Es la hégira de los guiris: al menos una vez en la vida deben peregrinar hacia allí (en avión, muchos no están ya para caminar) para comer paellas con colorante.

Las imágenes que pululan de esta fracción de costa alicantina balizada de rascacielos ahondan, sobre todo, en la sordidez: borrachos, ancianos quemados, obesidades contentas, ansiosos cuerpos cincelados; es el Bienestar occidental convertido en monstruo. Pero un fotógrafo, Roberto Alcaraz, está desarrollando en Instagram otra perspectiva: la belleza de Benidorm.

El primer acercamiento fotográfico de Alcaraz a la ciudad seguía la línea de reproducir estampas estrafalarias de los turistas, pero algo cambió: decidió levantar la vista y obviar a las personas. «Al revisar mi trabajo, pensé que en realidad no me quería reír de nadie ni ponerme en un escalón moral más alto que la gente que va a veranear a Benidorm», recuerda.

Además, esa visión del fenómeno turístico ya había sido desarrollada de forma sublime por maestros como Martin Parr. De modo que decidió centrarse en captar la realidad física de este rincón mediterráneo: «De pronto, la gente empezó a decirme que las imágenes les parecían bellas», explica. La belleza no es un atributo que se asocie normalmente a Benidorm.

benidorm

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«Veo Benidorm como un escenario, una ciudad que está allí pero que podría estar en cualquier otra parte en que hiciese sol. Me fijo en los decorados, procuro que no haya personas, es una tierra de nadie y de todos», reflexiona.

Ese escenario es la tercera ciudad de España con más plazas hoteleras. Es la segunda ciudad con más rascacielos por metro cuadrado, después de Manhatan, y el Gran Hotel Bali es el hotel más alto de Europa.

Alcaraz consigue enmarcar una belleza, a veces, inquietante. Retrata edificios y construcciones con una fidelidad tan extrema a las posibilidades expresivas de su geometría que acaba limpiándoles todo vínculo con la naturalidad del día a día. Son edificios en formol: en el formol azulísimo, estable y (casi) sintético del cielo.

Provocan paz. Algunas de las imágenes, con sus verticales llenas de decenas de balcones iguales, parecen mandalas de hormigón.

benidorm

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También provocan otras cosas. En la época de la burbuja inmobiliaria, circularon por España (y de manera enfermiza por Levante) miles de folletos que publicitaban promociones inmobiliarias. No había fotos, las casas se vendían antes de construirse, y los compradores pasaban años alimentándose de unas recreaciones por ordenador: se abría ante ellos la perspectiva de un mundo utópico de terrazas, toldos a la moda, zonas comunes.

Ver las fotos de Alcaraz es como si aquellos edificios se hubieran materializado con la misma naturaleza falsa y fantasmal de los trípticos: España viviendo en un folleto; los españoles viviendo vidas que eran a la vida lo que la lejía de limón al zumo de limón.

benidorm

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Alcaraz ha abordado, a lo largo de su trayectoria, la fotografía desde todos los flancos: fotografía de viajes, de muebles, de joyas, de arquitectura, también ha ejercido la docencia y, actualmente, es responsable de formación en Casanova Foto. Ese bagaje le ayudó a afinar la horma con la que moldear su visión de Benidorm.

«Me fascina toda la arquitectura y también lo que se escapa del plano urbanístico, como las cosas espontáneas, que la gente ponga la toalla en el balcón… Me gusta ver cómo influyen los elementos que el arquitecto no ha podido controlar», detalla.

benidorm dreams

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«Hay una búsqueda de la geometría, a mí me da paz, es como si le diese orden al universo -continúa-. Las ciudades son visualmente muy sucias, hay árboles, contenedores… Así que empecé a buscar puntos de vista desde colinas y sitios elevados y a trabajar con grandes objetivos: eso me permite seleccionar solo un edificio y concentrarme mucho en la geometría, en dónde da la luz».

Es darle a Benidorm algo que Benidorm perdió desde el momento en que el alcalde Pedro Zaragoza, a principios de los 50, viajó en Vespa hasta el Pardo para convencer a Franco de legalizar el bikini: armonía.

La relación emocional del fotógrafo con la localidad alicantina ha ido variando. «A mí lo que más me ha costado en mi carrera como fotógrafo, y no tiene nada que ver con la fotografía, es desprejuiciarme», admite.

benidorm

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Prejuicio no es siempre sinónimo de mentira: por ejemplo, es cierto el tópico de que en Benidorm predomina el desenfreno, ya sea de alcohol y drogas o comida y hamaca («yo antes amueblaba hoteles y nos obligaban a atornillarlos al suelo para que no los tiraran por la ventana», recuerda) . Pero ser prejuicioso también es restringir la cantidad de realidades que la mirada puede enfocar.

Por eso, Alcaraz empezó a descubrir el dorso de la ciudad: «Los rascacielos se valoran en otras ciudades como Hong Kong o Nueva York, pero se denostan en Benidorm, ¿por qué? Benidorm multiplica su población en verano [de 70.000 a 400.000 habitantes], pero no colapsa; su modelo de expansión vertical hace menos complicado abastecer de electricidad y agua a todos sus habitantes; está bien adaptada para los abueletes, que se pueden cruzar la ciudad entera en moto eléctrica…».

Es imposible extraer una moraleja, una frase condensadora de una relación de décadas como la que este fotógrafo mantiene con Benidorm. Alcaraz solo se atreve a deslizar una conclusión: «Ahora, cuando voy no sé si me gusta o no, pero sí sé que no puedo dejar de hacerle fotos».

 

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