17 de diciembre 2014    /   ENTRETENIMIENTO
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Metáfora de Berlín en un grafiti borrado

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La noche del 11 de diciembre una foto comenzó a dar la vuelta por las redes sociales de Berlín. En ella, un hombre, subido a un brazo mecánico, pintaba de negro dos enormes grafitis en la Cuvrystrasse, del barrio de Kreuzberg. Obra del italiano Blu, las especulaciones no tardaron en llegar. Unos decían que la autoridad competente lo estaba borrando. Otros, que era el dueño del solar, el empresario Artur Süsskind, donde iban a construir 250 pisos con vistas al río tras haberse incendiado un barrio de chabolas el pasado septiembre. Algunos comentaban resignados que «esta ciudad se va al garete».
A final todos tenían un poco de razón. El propio artista, la autoridad competente, lo borraba debido a que la inmobiliaria Langhof construirá pisos usando las vistas a su grafiti también como reclamo. Desaparecían así las dos figuras representadas, que se desenmascaran la una a la otra, y el hombre esposado por su reloj de oro, dos iconos del distrito que lanzaban el mensaje «Reclaim your city». Desde el entorno del artista se decía que Berlín ya no es lo que era.

Es innegable que la capital alemana crece y cambia y una parte de esa metamorfosis es atribuible al modelo escogido. En los dos últimos años, unos 100.000 nuevos habitantes se han instalado en ella. Solo en la primera mitad de 2014, la visitaron 5,5 millones de turistas, un sector que en 2013 dejó 10.000 millones de euros y da trabajo a unas 240.000 personas. Un motor económico en una ciudad sin industria, creado en los últimos 10 años.
Aunque el anterior alcalde, Klaus Wowereit, auspició y propagó a los cuatro vientos el lema que decía que Berlín «es pobre pero sexy», han surgido, sin embargo, eslóganes contrarios como «Berlín no te quiere» o «Turistas fuera», que pueden encontrarse en algunas paredes de barrios de moda como Kreuzberg o Neukölln, y se refieren tanto a turistas como a nuevos habitantes. Incluso Monika Herrmann, la alcaldesa del distrito Friedrichshain-Kreuzberg, exigió un código de comportamiento para los visitantes. Hay que decir que tampoco es que Berlín sea Magaluf.
Si se rastrea la prensa, puede encontrarse un nuevo género periodístico: locales hablando mal de los turistas y de los nuevos habitantes. «Tenemos que atacar los edificios donde viven los ricos, esos que no puedo permitirme» o «no les preocupan las familias pobres que viven aquí», recoge la web PRI, en un artículo de 2013. Todo sazonado con el Berliner Schnauze, como se llama en Alemania el arisco modo de hablar de sus capitalinos.
En 2011, algunos periódicos comenzaron a hablar de ataques a extranjeros, lo que llevó a la creación de un extraño grupo de protección llamado Hipster Antifa Neukölln. Una situación análoga se ha vivido con los suabos, procedentes del sur de Alemania, e incluso políticos de nivel nacional se quejan de que el panadero ya no es de Berlín.
Es curioso que esa propia actitud de odio a los turistas pueda servir para atraerlos, más en una ciudad como Berlín, cuyo capital simbólico es crudo, agresivo. Una palabra tan peligrosa como auténtico. Como la figura del portero de la mítica discoteca Berghain, Sven Marquardt, cuya autobiografía, Die Nacht is Leben, es un bestseller. O colarse en los lugares abandonados que recomienda la web Abandoned Berlin.

La acción de Blu ha dividido a los modernos berlineses. Algunos aplauden su acción, como un «fastídiate» a la clase política y econonómica que está acabando con su arcadia feliz. Otros creen que tapando el grafiti ha dilapidado la única oportunidad que había de parar esas obras, enmarcadas dentro de los proyectos de remodelación y cambio de un barrio que ven que pierde autenticidad, sobre todo a orillas del río Spree. Todos dicen que la ciudad no es la misma. Mientras borraba su grafiti, Blu dejó que para el final una mano enseñando el dedo corazón. Todavía pueden leerse unas letras que rezan: «Your city».

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A final todos tenían un poco de razón. El propio artista, la autoridad competente, lo borraba debido a que la inmobiliaria Langhof construirá pisos usando las vistas a su grafiti también como reclamo. Desaparecían así las dos figuras representadas, que se desenmascaran la una a la otra, y el hombre esposado por su reloj de oro, dos iconos del distrito que lanzaban el mensaje «Reclaim your city». Desde el entorno del artista se decía que Berlín ya no es lo que era.

Es innegable que la capital alemana crece y cambia y una parte de esa metamorfosis es atribuible al modelo escogido. En los dos últimos años, unos 100.000 nuevos habitantes se han instalado en ella. Solo en la primera mitad de 2014, la visitaron 5,5 millones de turistas, un sector que en 2013 dejó 10.000 millones de euros y da trabajo a unas 240.000 personas. Un motor económico en una ciudad sin industria, creado en los últimos 10 años.
Aunque el anterior alcalde, Klaus Wowereit, auspició y propagó a los cuatro vientos el lema que decía que Berlín «es pobre pero sexy», han surgido, sin embargo, eslóganes contrarios como «Berlín no te quiere» o «Turistas fuera», que pueden encontrarse en algunas paredes de barrios de moda como Kreuzberg o Neukölln, y se refieren tanto a turistas como a nuevos habitantes. Incluso Monika Herrmann, la alcaldesa del distrito Friedrichshain-Kreuzberg, exigió un código de comportamiento para los visitantes. Hay que decir que tampoco es que Berlín sea Magaluf.
Si se rastrea la prensa, puede encontrarse un nuevo género periodístico: locales hablando mal de los turistas y de los nuevos habitantes. «Tenemos que atacar los edificios donde viven los ricos, esos que no puedo permitirme» o «no les preocupan las familias pobres que viven aquí», recoge la web PRI, en un artículo de 2013. Todo sazonado con el Berliner Schnauze, como se llama en Alemania el arisco modo de hablar de sus capitalinos.
En 2011, algunos periódicos comenzaron a hablar de ataques a extranjeros, lo que llevó a la creación de un extraño grupo de protección llamado Hipster Antifa Neukölln. Una situación análoga se ha vivido con los suabos, procedentes del sur de Alemania, e incluso políticos de nivel nacional se quejan de que el panadero ya no es de Berlín.
Es curioso que esa propia actitud de odio a los turistas pueda servir para atraerlos, más en una ciudad como Berlín, cuyo capital simbólico es crudo, agresivo. Una palabra tan peligrosa como auténtico. Como la figura del portero de la mítica discoteca Berghain, Sven Marquardt, cuya autobiografía, Die Nacht is Leben, es un bestseller. O colarse en los lugares abandonados que recomienda la web Abandoned Berlin.

La acción de Blu ha dividido a los modernos berlineses. Algunos aplauden su acción, como un «fastídiate» a la clase política y econonómica que está acabando con su arcadia feliz. Otros creen que tapando el grafiti ha dilapidado la única oportunidad que había de parar esas obras, enmarcadas dentro de los proyectos de remodelación y cambio de un barrio que ven que pierde autenticidad, sobre todo a orillas del río Spree. Todos dicen que la ciudad no es la misma. Mientras borraba su grafiti, Blu dejó que para el final una mano enseñando el dedo corazón. Todavía pueden leerse unas letras que rezan: «Your city».

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