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22 de agosto 2014    /   CREATIVIDAD
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Ciclístico y furioso

22 de agosto 2014    /   CREATIVIDAD     por          
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Los dos Mauros y sus amigos llegan en fila. Montan sus bicis de tonos metalizados, con detalles de cromo y negro mate. Les han cambiado las ruedas delanteras por unas de rodado más pequeño para que los bólidos hociquen el asfalto. Algo así como Rápido y Furioso, pero a pedal.
Los crucé por primera vez en la bicicletería del barrio. Cuando se hubieron marchado la dueña me sonrió: «Son unos chicos muy limpitos y educados». Hoy he quedado con ellos frente a la Clínica Independencia, junto a un supermercado tapiado que pronto será convertido sin demora en viviendas.
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De unos años a esta parte el boom ciclista también ha sido espectacular. Pero a los pibes no les llamaban la atención ni las bicis de playa ni las de montaña, así que empezaron a modificarlas.
Estamos en Villa Constitución, en la confluencia de Munro Oeste, Villa Martelli y San Andrés, en el cinturón industrial de la provincia de Buenos Aires. En esta zona rebosante de talleres mecánicos y tiendas de repuestos, no sorprende que los quinceañeros tengan ideas propias acerca de sus vehículos de preferencia. Mauro Grande arranca por lo fundamental: «Elegimos el color que nos gusta y pedimos que le agreguen purpurina, así quedan metalizadas». Gabriel apunta: «Los guardabarros también los decoramos nosotros, con plotter».
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Si bien las reparaciones grandes se realizan en la bicicletería, los chavales arman y desarman todo lo demás: desde los frenos hasta los pedales. Es muy curioso oír cómo sus conversaciones fluyen de los chistes a la mecánica. Mauro Chico explica: «Estamos todo el rato arreglándolas, siempre se afloja o se rompe algo».
El buen funcionamiento importa, pero lo fundamental es que las bicis sean vistosas, y las estrellas son las ruedas. Mauro Grande aporta el dato preciso: «La rueda de aluminio de una bici normal tiene 72 rayos (radios). Las nuestras tienen 230 y 286, dependiendo del tamaño. Hay que hacerle tantos agujeros al aro (llanta) que lo cambian por uno de hierro cromado».
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Mauro Chico: «Algunos fanáticos llegan a soldar dos y hasta cuatro aros juntos para ensanchar la rueda hasta que parezca una de Fórmula 1». Mientras las bicis pistas y al piso, también llamadas bachas, cuestan casi el doble que una bici de calle, una rueda trasera molona de cuatro llantas puede llegar a valer lo que dos bicicletas. Todo un presupuesto.
Por cierto, para quienes no sigan la jerga automovilística local, «al piso»significa bajado al ras del suelo, al límite de la aerodinámica. Y hasta aquí el apartado de tuercas y tornillos.
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Si hay algo totalmente democrático es la inventiva, pero la alta tecnología no es para todos. Aun así, tanto los coches tuneados como los scooters comprados en cuotas, todo vehículo del extrarradio cuenta con bafles capaces de provocar un terremoto de cumbia o de reggaetón. Las bicis no se quedan atrás.
«Con 350 W y dos cornetas (tweeters) alcanza», dice Franco. Pero enseguida otro pibe  suelta: «¡Yo tengo una potencia de 1000 W!». A mí 1000 me parece un número atractivo, así que  me acerco al amplificador y hago un par de fotos. «El cableado es lo más fácil, lo hacemos entre todos», dice Martín. «Pero prefiero no salir en las fotos  porque vine sin la bici».
Los equipos de audio siguen en silencioso, pero los chicos ya los encenderán cuando salgan de gira por la ciudad. Sucede que la pandilla va junta a todas partes. «Es más seguro, porque siempre hay alguno que te quiere robar», tercian Patricio y Gabriel. «A veces, cuando hay encuentros, vamos a Puerto Madero o al Tigre». Reuniones de ese tipo hay en muchos sitios. Incluso una reúne bicis al piso de la ciudad balnearia de Mar del Plata. Se llama, muy idóneamente, Limapedales.
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Les pregunto cuáles actitudes consideran ellos apropiadas y cuáles no, en su particular mundo ciclista. «Tenés que tener tu estilo y si copiás, copiá bien», afirman Nacho y Gabriel. «Lo que no tenés que hacer es creértela y criticar», dice Daniel, con un destello picarón en la mirada. Y remata: «Casi siempre critican por envidia, porque con las bicis se gana (se liga)». Varios se ríen.
¿Y los vecinos qué dicen? «A veces les molesta que sonemos fuerte», dice Franco. ¿Cómo de fuerte? «FUERTE». Entre todos van nombrando sus músicos  preferidos: Ñengo Flow, Gotay, Martin Garrix, Dimitri VegasHernan y la Champions Liga. «Pero, ojo, Hernán es cumbia», y ponen cara de que no les gusta mucho.  ¿Y qué opinan sus padres?, pregunto. «Ellos son los que pagan. Les gusta todo lo que hacemos, dicen que es mejor que drogarse». Ahora nadie se ríe.
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Quiero hacerles una última foto antes de que regresen a Villa Constitución, entonces Franco me confía: «Daniel hace weelies (caballitos) de cien metros». Esto promete, por lo que preparo la cámara y espero. Pero antes de que pueda inmortalizar el momento, a Daniel se le sale el manillar, la bici sigue sola y él se pega una hostia de campeonato. En seguida los otros acuden a ayudarlo: Gabriel saca una herramienta y los demás comprueban los raspones en la pintura.
Cae el atardecer y las ‘cornetas’ empiezan a tronar. Los vecinos del barrio van y vienen por la acera del viejo supermercado, no quieren perderse detalle. Pero el encuentro ha terminado. Minutos más tarde, los Mauros, Patricio, Nacho, Gabriel, Franco y Matías se despiden y se alejan. Daniel los sigue de cerca, todo dolorido pero sonriendo estoico.
Ya se sabe que sin cojones no hay gloria.  
 
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Fotos de Claudio Molinari Dassatti

Los dos Mauros y sus amigos llegan en fila. Montan sus bicis de tonos metalizados, con detalles de cromo y negro mate. Les han cambiado las ruedas delanteras por unas de rodado más pequeño para que los bólidos hociquen el asfalto. Algo así como Rápido y Furioso, pero a pedal.
Los crucé por primera vez en la bicicletería del barrio. Cuando se hubieron marchado la dueña me sonrió: «Son unos chicos muy limpitos y educados». Hoy he quedado con ellos frente a la Clínica Independencia, junto a un supermercado tapiado que pronto será convertido sin demora en viviendas.
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De unos años a esta parte el boom ciclista también ha sido espectacular. Pero a los pibes no les llamaban la atención ni las bicis de playa ni las de montaña, así que empezaron a modificarlas.
Estamos en Villa Constitución, en la confluencia de Munro Oeste, Villa Martelli y San Andrés, en el cinturón industrial de la provincia de Buenos Aires. En esta zona rebosante de talleres mecánicos y tiendas de repuestos, no sorprende que los quinceañeros tengan ideas propias acerca de sus vehículos de preferencia. Mauro Grande arranca por lo fundamental: «Elegimos el color que nos gusta y pedimos que le agreguen purpurina, así quedan metalizadas». Gabriel apunta: «Los guardabarros también los decoramos nosotros, con plotter».
IMG_1141-Bis
Si bien las reparaciones grandes se realizan en la bicicletería, los chavales arman y desarman todo lo demás: desde los frenos hasta los pedales. Es muy curioso oír cómo sus conversaciones fluyen de los chistes a la mecánica. Mauro Chico explica: «Estamos todo el rato arreglándolas, siempre se afloja o se rompe algo».
El buen funcionamiento importa, pero lo fundamental es que las bicis sean vistosas, y las estrellas son las ruedas. Mauro Grande aporta el dato preciso: «La rueda de aluminio de una bici normal tiene 72 rayos (radios). Las nuestras tienen 230 y 286, dependiendo del tamaño. Hay que hacerle tantos agujeros al aro (llanta) que lo cambian por uno de hierro cromado».
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Mauro Chico: «Algunos fanáticos llegan a soldar dos y hasta cuatro aros juntos para ensanchar la rueda hasta que parezca una de Fórmula 1». Mientras las bicis pistas y al piso, también llamadas bachas, cuestan casi el doble que una bici de calle, una rueda trasera molona de cuatro llantas puede llegar a valer lo que dos bicicletas. Todo un presupuesto.
Por cierto, para quienes no sigan la jerga automovilística local, «al piso»significa bajado al ras del suelo, al límite de la aerodinámica. Y hasta aquí el apartado de tuercas y tornillos.
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Si hay algo totalmente democrático es la inventiva, pero la alta tecnología no es para todos. Aun así, tanto los coches tuneados como los scooters comprados en cuotas, todo vehículo del extrarradio cuenta con bafles capaces de provocar un terremoto de cumbia o de reggaetón. Las bicis no se quedan atrás.
«Con 350 W y dos cornetas (tweeters) alcanza», dice Franco. Pero enseguida otro pibe  suelta: «¡Yo tengo una potencia de 1000 W!». A mí 1000 me parece un número atractivo, así que  me acerco al amplificador y hago un par de fotos. «El cableado es lo más fácil, lo hacemos entre todos», dice Martín. «Pero prefiero no salir en las fotos  porque vine sin la bici».
Los equipos de audio siguen en silencioso, pero los chicos ya los encenderán cuando salgan de gira por la ciudad. Sucede que la pandilla va junta a todas partes. «Es más seguro, porque siempre hay alguno que te quiere robar», tercian Patricio y Gabriel. «A veces, cuando hay encuentros, vamos a Puerto Madero o al Tigre». Reuniones de ese tipo hay en muchos sitios. Incluso una reúne bicis al piso de la ciudad balnearia de Mar del Plata. Se llama, muy idóneamente, Limapedales.
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Les pregunto cuáles actitudes consideran ellos apropiadas y cuáles no, en su particular mundo ciclista. «Tenés que tener tu estilo y si copiás, copiá bien», afirman Nacho y Gabriel. «Lo que no tenés que hacer es creértela y criticar», dice Daniel, con un destello picarón en la mirada. Y remata: «Casi siempre critican por envidia, porque con las bicis se gana (se liga)». Varios se ríen.
¿Y los vecinos qué dicen? «A veces les molesta que sonemos fuerte», dice Franco. ¿Cómo de fuerte? «FUERTE». Entre todos van nombrando sus músicos  preferidos: Ñengo Flow, Gotay, Martin Garrix, Dimitri VegasHernan y la Champions Liga. «Pero, ojo, Hernán es cumbia», y ponen cara de que no les gusta mucho.  ¿Y qué opinan sus padres?, pregunto. «Ellos son los que pagan. Les gusta todo lo que hacemos, dicen que es mejor que drogarse». Ahora nadie se ríe.
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Quiero hacerles una última foto antes de que regresen a Villa Constitución, entonces Franco me confía: «Daniel hace weelies (caballitos) de cien metros». Esto promete, por lo que preparo la cámara y espero. Pero antes de que pueda inmortalizar el momento, a Daniel se le sale el manillar, la bici sigue sola y él se pega una hostia de campeonato. En seguida los otros acuden a ayudarlo: Gabriel saca una herramienta y los demás comprueban los raspones en la pintura.
Cae el atardecer y las ‘cornetas’ empiezan a tronar. Los vecinos del barrio van y vienen por la acera del viejo supermercado, no quieren perderse detalle. Pero el encuentro ha terminado. Minutos más tarde, los Mauros, Patricio, Nacho, Gabriel, Franco y Matías se despiden y se alejan. Daniel los sigue de cerca, todo dolorido pero sonriendo estoico.
Ya se sabe que sin cojones no hay gloria.  
 
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Fotos de Claudio Molinari Dassatti

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