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8 de mayo 2014    /   CREATIVIDAD
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La ciudad de todos frente a la ciudad neoliberal

8 de mayo 2014    /   CREATIVIDAD     por          
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Imagina un nuevo tipo de bienes que no sean ni privados ni públicos. Bienes que desbordan las definiciones de «mercancía» o «producto». Bienes que no tienen precio ni pueden ser descritos como servicios. Bienes íntimamente ligados a las interacciones humanas, con componentes afectivos y comunicativos. Bienes basados en la relación de las personas. Imagina algo que va más allá de un objeto intercambiado gracias al mecanismo del trueque. Estaríamos hablando de una categoría nueva: los ‘bienes relacionales’. Bienes que exceden incluso el componente físico y que podrían encajar con algunas definiciones de «proceso».
El bien relacional no es ciencia ficción. Tampoco un concepto recién nacido. El término ‘bien relacional’, acuñado por primera vez por la filósofa Martha Nussbaum en 1986, podría definir aquellas «experiencias humanas en las que el bien es la relación por sí misma». La charla con un camarero que nos hace volver a un bar. La estantería de libros compartidos de un café. El paseo con un vecino que lleva a sus hijos al colegio. El clima acogedor de una conversación coral en una plaza.
Los bienes relacionales –concepto también desarrollado por el sociólogo Pierpaolo Donati, el economista Benetto Gui y la politóloga Carole Uhlaner– estarían habitados por intagibles como la confianza, la reciprocidad o la amistad. Y son co-consumidos y co-producidos al mismo tiempo por los sujetos involucrados en ellos. En el universo de los bienes relacionales, lo competitivo cede espacio a lo colaborativo. El compartir es la piedra angular de este nuevo ecosistema de bienes, relaciones y reciprocidades.
Del bienestar al Buen Vivir
Los bienes relacionales son uno de los pilares del Plan Nacional del Buen Vivir de Ecuador, inspirado en la cosmovisión quechua, que impregna la Constitución del país. El Buen Vivir, derivado del quechua sumak kawsay, pone el acento en la calidad de la vida, en el tiempo compartido con los seres queridos y en los bienes relacionales, entre otras cosas. René Ramírez, secretario de Educación Superior, Ciencia, Tecnología e Innovación de Ecuador, en su libro La vida (buena) como riqueza de los pueblos, hace hincapié en esos bienes relacionales «que solo puedo poseer en un acuerdo con un otro». Y no solo eso: ha creado incluso elaboradísimos algoritmos para los bienes relacionales y el buen vivir. En estas nuevas fórmulas entran en juego variables como «tiempo social» (amor y amistad), «tiempo público» (participación cívica) o el tiempo «bien vivido» («tiempo empancipador dedicado a la contemplación»).
bienesrelacionales
Extracto del libro La vida (buena) como riqueza de los pueblos
Los bienes relacionales están profundamente relacionados a los espacios. A los espacios compartidos, a los espacios relacionales, a los espacios en red. Y encajan con el concepto de ciudad relacional que baraja la jurista María Naredo. Un modelo de ciudad relacional, fraguado con lazos intersubjetivos, tejido con capas de afectos: «el modelo ‘relacional’ propone formas de seguridad basadas en el encuentro, la relación y el diálogo. La seguridad, en el modelo relacional, pasa sobre todo por recrear el lazo social. No vaciar la calle, sino todo lo contrario: repoblarla de relaciones de vecindad, de buena vecindad también entre desconocidos. Para así poder confiar en que alguien nos va a echar una mano si nos ocurre algo en el espacio público, la vecina del quinto o el tendero de abajo». Por si fuera poco, la ciudad relacional dispone de un minucioso manifiesto, escrito por Enric Ruiz-Geli, que busca puentes, transversalidades y conexiones entre aquellos que la habitan.
Hace apenas unos años, ante el brutal ataque neoliberal de los espacios urbanos, el grito era considerar el espacio público como una inquebrantable ideología (libro de Manuel Delgado). El espacio público, en la nueva era (o interfaz relacional), aspira (quizá ya lo sea) a ser un espacio común. A un espacio donde el procomún –algo que es de todos y no es de nadie– sea la atmósfera y norma que todos respiren. El espacio común –la verdadera fábrica de los bienes relacionales– se deja intuir en prototipos urbanos, inacabados y colectivos como los que crea Ciudad Emergente en Chile. El espacio común palpita en los últimos ensamblajes humanos del planeta (plazas ocupadas, asambleas en plena calle). O en procesos-flujos como A Batata Precisa de Você de São Paulo o Ciudad Escuela, de Madrid, que incentivan mobiliario urbano construido con licencias (o espíritus libres), participación ciudadana y procesos de código abierto.
Los pensadores Antonio Negri y Michael Hardt consideran que la ciudad es a la multitud lo que la fábrica era para la clase obrera. La ciudad es un espacio común donde la multitud fragua su invención biopolítica. Y donde los bienes relacionales, barnizados con matizes quechuas y con las prácticas colectivas de la ética hacker, fluyen desconfigurando el miedo.

 

Imagina un nuevo tipo de bienes que no sean ni privados ni públicos. Bienes que desbordan las definiciones de «mercancía» o «producto». Bienes que no tienen precio ni pueden ser descritos como servicios. Bienes íntimamente ligados a las interacciones humanas, con componentes afectivos y comunicativos. Bienes basados en la relación de las personas. Imagina algo que va más allá de un objeto intercambiado gracias al mecanismo del trueque. Estaríamos hablando de una categoría nueva: los ‘bienes relacionales’. Bienes que exceden incluso el componente físico y que podrían encajar con algunas definiciones de «proceso».
El bien relacional no es ciencia ficción. Tampoco un concepto recién nacido. El término ‘bien relacional’, acuñado por primera vez por la filósofa Martha Nussbaum en 1986, podría definir aquellas «experiencias humanas en las que el bien es la relación por sí misma». La charla con un camarero que nos hace volver a un bar. La estantería de libros compartidos de un café. El paseo con un vecino que lleva a sus hijos al colegio. El clima acogedor de una conversación coral en una plaza.
Los bienes relacionales –concepto también desarrollado por el sociólogo Pierpaolo Donati, el economista Benetto Gui y la politóloga Carole Uhlaner– estarían habitados por intagibles como la confianza, la reciprocidad o la amistad. Y son co-consumidos y co-producidos al mismo tiempo por los sujetos involucrados en ellos. En el universo de los bienes relacionales, lo competitivo cede espacio a lo colaborativo. El compartir es la piedra angular de este nuevo ecosistema de bienes, relaciones y reciprocidades.
Del bienestar al Buen Vivir
Los bienes relacionales son uno de los pilares del Plan Nacional del Buen Vivir de Ecuador, inspirado en la cosmovisión quechua, que impregna la Constitución del país. El Buen Vivir, derivado del quechua sumak kawsay, pone el acento en la calidad de la vida, en el tiempo compartido con los seres queridos y en los bienes relacionales, entre otras cosas. René Ramírez, secretario de Educación Superior, Ciencia, Tecnología e Innovación de Ecuador, en su libro La vida (buena) como riqueza de los pueblos, hace hincapié en esos bienes relacionales «que solo puedo poseer en un acuerdo con un otro». Y no solo eso: ha creado incluso elaboradísimos algoritmos para los bienes relacionales y el buen vivir. En estas nuevas fórmulas entran en juego variables como «tiempo social» (amor y amistad), «tiempo público» (participación cívica) o el tiempo «bien vivido» («tiempo empancipador dedicado a la contemplación»).
bienesrelacionales
Extracto del libro La vida (buena) como riqueza de los pueblos
Los bienes relacionales están profundamente relacionados a los espacios. A los espacios compartidos, a los espacios relacionales, a los espacios en red. Y encajan con el concepto de ciudad relacional que baraja la jurista María Naredo. Un modelo de ciudad relacional, fraguado con lazos intersubjetivos, tejido con capas de afectos: «el modelo ‘relacional’ propone formas de seguridad basadas en el encuentro, la relación y el diálogo. La seguridad, en el modelo relacional, pasa sobre todo por recrear el lazo social. No vaciar la calle, sino todo lo contrario: repoblarla de relaciones de vecindad, de buena vecindad también entre desconocidos. Para así poder confiar en que alguien nos va a echar una mano si nos ocurre algo en el espacio público, la vecina del quinto o el tendero de abajo». Por si fuera poco, la ciudad relacional dispone de un minucioso manifiesto, escrito por Enric Ruiz-Geli, que busca puentes, transversalidades y conexiones entre aquellos que la habitan.
Hace apenas unos años, ante el brutal ataque neoliberal de los espacios urbanos, el grito era considerar el espacio público como una inquebrantable ideología (libro de Manuel Delgado). El espacio público, en la nueva era (o interfaz relacional), aspira (quizá ya lo sea) a ser un espacio común. A un espacio donde el procomún –algo que es de todos y no es de nadie– sea la atmósfera y norma que todos respiren. El espacio común –la verdadera fábrica de los bienes relacionales– se deja intuir en prototipos urbanos, inacabados y colectivos como los que crea Ciudad Emergente en Chile. El espacio común palpita en los últimos ensamblajes humanos del planeta (plazas ocupadas, asambleas en plena calle). O en procesos-flujos como A Batata Precisa de Você de São Paulo o Ciudad Escuela, de Madrid, que incentivan mobiliario urbano construido con licencias (o espíritus libres), participación ciudadana y procesos de código abierto.
Los pensadores Antonio Negri y Michael Hardt consideran que la ciudad es a la multitud lo que la fábrica era para la clase obrera. La ciudad es un espacio común donde la multitud fragua su invención biopolítica. Y donde los bienes relacionales, barnizados con matizes quechuas y con las prácticas colectivas de la ética hacker, fluyen desconfigurando el miedo.

 

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Opiniones 5
  • El hombre vivió 10 mil años como bosquimán. Y en la caza, la presa se compartía siempre. Era una regla natural. Si un grupo cazaba y coincidía con otro y ambas acertaban a la posible presa, llevaba más carne el que estaba más cerca del corazón, y, en extremis si uno fallaba y el otro acertaba, algo se llevaba el que fallaba. El que acertaba, sabía que a él le podría pasar lo mismo. Este simple criterio, fue útil antes que el hombre empezara a domesticar animales, y con ello la primera noción de territorio. Con la creación de la moneda, invento maravilloso que permite acumular «trabajo en ella» los bienes no se tenían que transportar para cambiarlos. A veces eran muy pesados. Eso facilitó en mucho la diversidad de la producción y la creación de valor. En extremis, el trueque posee esa limitación, que quizás pueda ser superada gracias a la aparición de Internet. Pero siempre, los intercambios serán equivalentes. Depende del valor que cada quien asigne a lo que intercambie, y de cuanta información dispone. Se supone que debe ser simétrica, en el caso de el trueque. La idea que está detrás de esto, es que nadie «acumule riqueza», para lograr una suerte de intercambio «justo». Tal cosa es esfímera y poco práctica. En tal, caso mejor usamos bitcoins -sin estar apegados a ningún banco central- y que se intercambien los bienes. Total eso siempre se hace.

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