6 de febrero 2018    /   CINE/TV
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No te dejes engañar: ‘Big Little Lies’ no es una serie de marujas

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Un día un buen amigo o amiga al que tienes el alta estima por su buen gusto audiovisual te comenta:

—Estoy viendo una serie increíble.

—¿Ah, sí? ¿De qué va? —interrogas esperando que la respuesta te revele la nueva The Wire o algún spleepper muy gafapastoso.

—De un grupo de amas de casa ricas que se enfrentan por los problemas que tienen sus hijos en el colegio.

Es una somera aproximación a una trama que, seamos sinceros, no pinta trepidante. Además, los niños en sí no tienen problemas existenciales ni están enganchados al crack; son unos mocosos de apenas seis años y sus progenitoras se tiran de los pelos por un «aquí, tu hijo le ha dado un empujoncito a mi niña».

¿De verdad se puede hacer algo interesante con esa premisa? Desconfías del interlocutor. Igual lo sobrevaloraste teniéndolo en tan alta estima. Pero no está solo. Otro día, te dispones a ver la ceremonia de los Globos de Oro y después de escuchar el discurso de Oprah Winfrey y especular si sería una buena candidata demócrata que acabara con la poca autoestima que le debe quedar a Hillary Clinton, descubres que la serie se ha llevado cuatro estatuillas y que la crítica se ha rendido a los pies (mejor dicho, a los tacones) de sus pizpiretas protagonistas.

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Y barruntas que tal vez con la edad te han crecido prejuicios. Así que decides que, al fin y al cabo, son siete episodios y que en esas siete horas que invertirás viendo la serie no vas a escribir la Gran Novela Española ni vas a formular la vacuna contra el cáncer, así que ¿por qué no? Le das una oportunidad a la serie, sin mucho convencimiento, como quien vuelve a intentarlo con un novio aburrido porque su vida le parece aún más tediosa sin el interfecto.

Y entonces, acontece el milagro. Surge un enamoramiento que te impulsa al proselitismo, a seguir la estela del que te la recomendó, a pretender que todo bípedo mínimamente conocido la vea. Quieres comentarla, quieres analizarla, bulles en teorías que anhelas compartir antes de que se pase el arroz y otra serie le tome el relevo. Y, además, te das cuenta de cuántos prejuicios de cascarrabias llevas en el bolso, pues lo que acabas de ver es todo menos una serie de marujas.

Big Little Lies describe la sociedad capitalista de la mano de sus protagonistas, a las que la punta de la pirámide de Maslow les está practicando sexo anal sin vaselina. En la cúspide del sueño americano, en un chalet frente al mar, con unos buenos milloncejos en el banco, un marido forrado y descendencia fotogénica, la vida hiede y la sociedad bien pensante encarcela. Los personajes están aplastados por un mecanismo al que desearon pertenecer. Ninguno de ellos (ni hombres ni mujeres) es libre, aunque todos lo disimulan con ahínco. Y tampoco hay ni uno solo que resulte plano o previsible.

El argumento se aproxima a los tópicos como si fuera una carrera de obstáculos y los sortea grácilmente. Por ejemplo: la relación de las cinco protagonistas con el mundo laboral. Madeline (Resse Witherspoon) explica que las ocupaciones más buscadas en ese suburbio tan american dream son las de media jornada, pues les permiten seguir ejerciendo de madre abnegada de cara a la galería y, de paso, no volverse loca encerrada en una torre de marfil. Madeline, por ejemplo, trabaja de forma voluntaria en un teatro.

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Celeste (Nicole Kidman) echa de menos su trabajo de reputada abogada al que tuvo que renunciar por exigencias de su celópata esposo. La pobretona del grupo y a la sazón madre soltera, Jane (Shailene Wodley) busca desesperadamente un puesto para poder llegar a final de mes. A ella le gustaría poder quejarse de haber renunciado a su trabajo. Mientras que Renata (Laura Derm) se siente culpable por ser una exitosa mujer de negocios porque sabe que el resto de progenitoras la juzga por ello.

La única que parece estar feliz es Bonny (Zoë Kravitz) con sus cursos de yoga, aunque cuando la vemos en su trabajo, lo hacemos a través de la sardónica mirada de Madeline. Ninguna está a gusto con su relación con el trabajo, por muy diferentes que resulten los escenarios. La que lo necesita, la que lo añora, la que se avergüenza de él… Todas tienen lo que no quieren y en la disparidad de las situaciones es donde se constata que no hay un camino de baldosas amarillas, que no hay una fórmula magistral y que más allá de que unas se arroguen el derecho de jugar a las otras, lo más punitivo es el juicio que ejercen sobre ellas mismas.

Otro tema con el que la serie demuestra su habilidad para huir de lugares comunes es el del maltrato. En los primeros capítulos, parece que Celeste y Perry (Alexander Skarsgård) paseen por el lado más salvaje de sus deseos y hayan establecido una relación en que la pasión sexual se adereza con un ingrediente de violencia. Es lo que quiere pensar ella, es lo que le ha llevado a caer en una espiral que cada vez resulta más peligrosa y es lo que hace que el tratamiento del maltrato y, sobre todo de la víctima, resulte poliédrico.

Como lo es también el del maltratador, Perry, tan inseguro como violento, tan enamorado como destructor, sin mecanismos para controlar su rabia y, en definitiva, a la deriva. Y aunque no haya excusa para él y la tolerancia tenga que ser siempre cero, la traumática relación que mantiene la pareja, tan perfecta por fuera y tan dañina por dentro, ahonda en la complejidad de la violencia de género bajo la que acaso sobrevive un amor obsesivo.

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Otro de los puntos que no alejan la serie del marujismo es el discurso, fuera de campo, sobre la masculinidad. Los maridos de las protagonistas son los machos proveedores, triunfadores, ricachones, chulescos… y absolutamente aterrados. Han perdido su papel tradicional y al no encontrar otro, se infantilizan, se aferran a sus poderosas y menospreciadas mujeres como hijos temerosos y demuestran cuán perdidos están los hombres.

Ellas, en cambio, encuentran una salida a la sociedad que las estruja: la sororidad. Ese recurso alejado del capitalismo, casi tribal, que consiste en tejer lazos de comprensión entre mujeres. La escena final, con las protagonistas en la playa, refugiadas en el gran gineceo que han creado, que las hace más libres y fuertes, sirve para que le ganen la batalla a la opresión de sus vidas.

Es un final redondo en el que se muestra un lugar no tanto físico como mental, en el que habitar, en el que despegarse del juicio constante. Inquietan, únicamente, los prismáticos que observan a las protagonistas y que anuncian una segunda temporada, a la que ya se ha apuntado Meryl Streep. ¿Serán capaces los guionistas de esta serie producida por sus dos protagonistas de mantener el listón tan alto como lo han dejado? Tienen mucho a favor: las bases están bien asentadas y la serie rezuma un discurso esquivo con los tópicos y de una honestidad transgresora.

Un día un buen amigo o amiga al que tienes el alta estima por su buen gusto audiovisual te comenta:

—Estoy viendo una serie increíble.

—¿Ah, sí? ¿De qué va? —interrogas esperando que la respuesta te revele la nueva The Wire o algún spleepper muy gafapastoso.

—De un grupo de amas de casa ricas que se enfrentan por los problemas que tienen sus hijos en el colegio.

Es una somera aproximación a una trama que, seamos sinceros, no pinta trepidante. Además, los niños en sí no tienen problemas existenciales ni están enganchados al crack; son unos mocosos de apenas seis años y sus progenitoras se tiran de los pelos por un «aquí, tu hijo le ha dado un empujoncito a mi niña».

¿De verdad se puede hacer algo interesante con esa premisa? Desconfías del interlocutor. Igual lo sobrevaloraste teniéndolo en tan alta estima. Pero no está solo. Otro día, te dispones a ver la ceremonia de los Globos de Oro y después de escuchar el discurso de Oprah Winfrey y especular si sería una buena candidata demócrata que acabara con la poca autoestima que le debe quedar a Hillary Clinton, descubres que la serie se ha llevado cuatro estatuillas y que la crítica se ha rendido a los pies (mejor dicho, a los tacones) de sus pizpiretas protagonistas.

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Y barruntas que tal vez con la edad te han crecido prejuicios. Así que decides que, al fin y al cabo, son siete episodios y que en esas siete horas que invertirás viendo la serie no vas a escribir la Gran Novela Española ni vas a formular la vacuna contra el cáncer, así que ¿por qué no? Le das una oportunidad a la serie, sin mucho convencimiento, como quien vuelve a intentarlo con un novio aburrido porque su vida le parece aún más tediosa sin el interfecto.

Y entonces, acontece el milagro. Surge un enamoramiento que te impulsa al proselitismo, a seguir la estela del que te la recomendó, a pretender que todo bípedo mínimamente conocido la vea. Quieres comentarla, quieres analizarla, bulles en teorías que anhelas compartir antes de que se pase el arroz y otra serie le tome el relevo. Y, además, te das cuenta de cuántos prejuicios de cascarrabias llevas en el bolso, pues lo que acabas de ver es todo menos una serie de marujas.

Big Little Lies describe la sociedad capitalista de la mano de sus protagonistas, a las que la punta de la pirámide de Maslow les está practicando sexo anal sin vaselina. En la cúspide del sueño americano, en un chalet frente al mar, con unos buenos milloncejos en el banco, un marido forrado y descendencia fotogénica, la vida hiede y la sociedad bien pensante encarcela. Los personajes están aplastados por un mecanismo al que desearon pertenecer. Ninguno de ellos (ni hombres ni mujeres) es libre, aunque todos lo disimulan con ahínco. Y tampoco hay ni uno solo que resulte plano o previsible.

El argumento se aproxima a los tópicos como si fuera una carrera de obstáculos y los sortea grácilmente. Por ejemplo: la relación de las cinco protagonistas con el mundo laboral. Madeline (Resse Witherspoon) explica que las ocupaciones más buscadas en ese suburbio tan american dream son las de media jornada, pues les permiten seguir ejerciendo de madre abnegada de cara a la galería y, de paso, no volverse loca encerrada en una torre de marfil. Madeline, por ejemplo, trabaja de forma voluntaria en un teatro.

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Celeste (Nicole Kidman) echa de menos su trabajo de reputada abogada al que tuvo que renunciar por exigencias de su celópata esposo. La pobretona del grupo y a la sazón madre soltera, Jane (Shailene Wodley) busca desesperadamente un puesto para poder llegar a final de mes. A ella le gustaría poder quejarse de haber renunciado a su trabajo. Mientras que Renata (Laura Derm) se siente culpable por ser una exitosa mujer de negocios porque sabe que el resto de progenitoras la juzga por ello.

La única que parece estar feliz es Bonny (Zoë Kravitz) con sus cursos de yoga, aunque cuando la vemos en su trabajo, lo hacemos a través de la sardónica mirada de Madeline. Ninguna está a gusto con su relación con el trabajo, por muy diferentes que resulten los escenarios. La que lo necesita, la que lo añora, la que se avergüenza de él… Todas tienen lo que no quieren y en la disparidad de las situaciones es donde se constata que no hay un camino de baldosas amarillas, que no hay una fórmula magistral y que más allá de que unas se arroguen el derecho de jugar a las otras, lo más punitivo es el juicio que ejercen sobre ellas mismas.

Otro tema con el que la serie demuestra su habilidad para huir de lugares comunes es el del maltrato. En los primeros capítulos, parece que Celeste y Perry (Alexander Skarsgård) paseen por el lado más salvaje de sus deseos y hayan establecido una relación en que la pasión sexual se adereza con un ingrediente de violencia. Es lo que quiere pensar ella, es lo que le ha llevado a caer en una espiral que cada vez resulta más peligrosa y es lo que hace que el tratamiento del maltrato y, sobre todo de la víctima, resulte poliédrico.

Como lo es también el del maltratador, Perry, tan inseguro como violento, tan enamorado como destructor, sin mecanismos para controlar su rabia y, en definitiva, a la deriva. Y aunque no haya excusa para él y la tolerancia tenga que ser siempre cero, la traumática relación que mantiene la pareja, tan perfecta por fuera y tan dañina por dentro, ahonda en la complejidad de la violencia de género bajo la que acaso sobrevive un amor obsesivo.

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Otro de los puntos que no alejan la serie del marujismo es el discurso, fuera de campo, sobre la masculinidad. Los maridos de las protagonistas son los machos proveedores, triunfadores, ricachones, chulescos… y absolutamente aterrados. Han perdido su papel tradicional y al no encontrar otro, se infantilizan, se aferran a sus poderosas y menospreciadas mujeres como hijos temerosos y demuestran cuán perdidos están los hombres.

Ellas, en cambio, encuentran una salida a la sociedad que las estruja: la sororidad. Ese recurso alejado del capitalismo, casi tribal, que consiste en tejer lazos de comprensión entre mujeres. La escena final, con las protagonistas en la playa, refugiadas en el gran gineceo que han creado, que las hace más libres y fuertes, sirve para que le ganen la batalla a la opresión de sus vidas.

Es un final redondo en el que se muestra un lugar no tanto físico como mental, en el que habitar, en el que despegarse del juicio constante. Inquietan, únicamente, los prismáticos que observan a las protagonistas y que anuncian una segunda temporada, a la que ya se ha apuntado Meryl Streep. ¿Serán capaces los guionistas de esta serie producida por sus dos protagonistas de mantener el listón tan alto como lo han dejado? Tienen mucho a favor: las bases están bien asentadas y la serie rezuma un discurso esquivo con los tópicos y de una honestidad transgresora.

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