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6 de noviembre 2018    /   CINE/TV
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‘Big Mouth’, todo lo que no te enseñaron sobre tu pene en el colegio

6 de noviembre 2018    /   CINE/TV     por          
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A pesar de que la irreverencia siempre ha permanecido latente en las series de animación de nuestro tiempo, su manera de acercarse a la sexualidad no ha sido especialmente brillante. Los Simpson, Padre de Familia o South Park han planteado fórmulas para abordar temas complicados a través del humor, pero a la hora de hablar de lo que pasa en nuestros cuerpos, de lo que sentimos o experimentamos, la respuesta unánime ha sido la de infantilizar el discurso. Hasta ahora.

Big Mouth es la serie que responde a esa necesidad. La necesidad que, como sociedad, tenemos de que se hable de nuestros penes y nuestras vaginas con naturalidad. Y eso hace la producción de Netflix: hablar de pubertad, pollas, tetas, coños, masturbación y deseo sexual. A veces cuesta decirlo en voz alta, ¿verdad? «Mi pene». A los personajes de Big Mouth no les cuesta nada. Sí, lo tienen más fácil: son monigotes animados. Pero ¿y qué?

Andrew, Nick y Jay. Tres chicos en pleno despertar sexual. A Andrew le preocupa estar demasiado salido y se plantea su orientación sexual. Nick está obsesionado con el desarrollo de su cuerpo; su pubertad sigue de vacaciones. Jay… Bueno. Jay simplemente quiere follar.

También hay chicas, claro. Siempre están, aunque no siempre su protagonismo es análogo al de los chicos. Aquí lo es. A Jessi le baja la regla por primera vez, se fuga con un chico y le habla a su vagina; no exactamente en ese orden. La madre de Jessi deja a su padre por una mujer. Missy, una suerte de Lisa Simpson de nueva generación, fantasea constantemente con Nathan Fillion y va descubriendo su sexualidad mientras se masturba.

Una exploración que, como en el resto de representaciones de la pubertad femenina que hace Big Mouth, se muestra con una normalidad inédita: no se ridiculiza su fragilidad ni se sexualiza su cuerpo. Ni siquiera cuando se habla de sujetadores push up o de la chica de la clase con las tetas más grandes. La perspectiva es siempre la misma: manifestar cómo se sienten los personajes ante los cambios que se están produciendo en sus cuerpos.

La pubertad de cada chico y chica se personaliza en forma de monstruo de las hormonas, una caricatura deforme que les acompaña en todo momento: siente y se excita junto a ellos, les acompaña en el llanto y les empuja hacia una dirección u otra. Es su compañero (o compañera, en el caso de las chicas) hormonal, siempre dispuesto a revolucionar su estado de ánimo.

Un reflejo, también, de nosotros mismos: es difícil no sentirse identificado con alguna de las situaciones, incluso más allá de la pubertad. La pubertad pasa; las hormonas se quedan.

Big Mouth no se desentiende de la realidad coetánea de sus protagonistas y la hace partícipe de sus diálogos. En ese proceso, el humor y el sarcasmo son claves. «Mándale una foto de tu polla. A las tías les encanta, sobre todo cuando se la mandas de repente, sin el menor contexto», le dice a Andrew su monstruo de las hormonas.

Al final, surge la magia: una comedia irreverente se convierte en una aproximación más que digna a la educación sexual. Dos temporadas, de momento, que te enseñan más sobre tus órganos sexuales y lo que pasa por tu cabeza durante la pubertad que todo lo que pudieras aprender en la suma total de tus años de colegio e instituto.

Conocerse a uno mismo; que te rompan el corazón; eyacular a todas horas; pelearte con tus padres; sentirte incomprendido; comprarte ropa que te haga sentir mejor. Está bien experimentar todo eso por primera vez. Para lo que viene después, mejor tener un compañero de viaje como Big Mouth.

A pesar de que la irreverencia siempre ha permanecido latente en las series de animación de nuestro tiempo, su manera de acercarse a la sexualidad no ha sido especialmente brillante. Los Simpson, Padre de Familia o South Park han planteado fórmulas para abordar temas complicados a través del humor, pero a la hora de hablar de lo que pasa en nuestros cuerpos, de lo que sentimos o experimentamos, la respuesta unánime ha sido la de infantilizar el discurso. Hasta ahora.

Big Mouth es la serie que responde a esa necesidad. La necesidad que, como sociedad, tenemos de que se hable de nuestros penes y nuestras vaginas con naturalidad. Y eso hace la producción de Netflix: hablar de pubertad, pollas, tetas, coños, masturbación y deseo sexual. A veces cuesta decirlo en voz alta, ¿verdad? «Mi pene». A los personajes de Big Mouth no les cuesta nada. Sí, lo tienen más fácil: son monigotes animados. Pero ¿y qué?

Andrew, Nick y Jay. Tres chicos en pleno despertar sexual. A Andrew le preocupa estar demasiado salido y se plantea su orientación sexual. Nick está obsesionado con el desarrollo de su cuerpo; su pubertad sigue de vacaciones. Jay… Bueno. Jay simplemente quiere follar.

También hay chicas, claro. Siempre están, aunque no siempre su protagonismo es análogo al de los chicos. Aquí lo es. A Jessi le baja la regla por primera vez, se fuga con un chico y le habla a su vagina; no exactamente en ese orden. La madre de Jessi deja a su padre por una mujer. Missy, una suerte de Lisa Simpson de nueva generación, fantasea constantemente con Nathan Fillion y va descubriendo su sexualidad mientras se masturba.

Una exploración que, como en el resto de representaciones de la pubertad femenina que hace Big Mouth, se muestra con una normalidad inédita: no se ridiculiza su fragilidad ni se sexualiza su cuerpo. Ni siquiera cuando se habla de sujetadores push up o de la chica de la clase con las tetas más grandes. La perspectiva es siempre la misma: manifestar cómo se sienten los personajes ante los cambios que se están produciendo en sus cuerpos.

La pubertad de cada chico y chica se personaliza en forma de monstruo de las hormonas, una caricatura deforme que les acompaña en todo momento: siente y se excita junto a ellos, les acompaña en el llanto y les empuja hacia una dirección u otra. Es su compañero (o compañera, en el caso de las chicas) hormonal, siempre dispuesto a revolucionar su estado de ánimo.

Un reflejo, también, de nosotros mismos: es difícil no sentirse identificado con alguna de las situaciones, incluso más allá de la pubertad. La pubertad pasa; las hormonas se quedan.

Big Mouth no se desentiende de la realidad coetánea de sus protagonistas y la hace partícipe de sus diálogos. En ese proceso, el humor y el sarcasmo son claves. «Mándale una foto de tu polla. A las tías les encanta, sobre todo cuando se la mandas de repente, sin el menor contexto», le dice a Andrew su monstruo de las hormonas.

Al final, surge la magia: una comedia irreverente se convierte en una aproximación más que digna a la educación sexual. Dos temporadas, de momento, que te enseñan más sobre tus órganos sexuales y lo que pasa por tu cabeza durante la pubertad que todo lo que pudieras aprender en la suma total de tus años de colegio e instituto.

Conocerse a uno mismo; que te rompan el corazón; eyacular a todas horas; pelearte con tus padres; sentirte incomprendido; comprarte ropa que te haga sentir mejor. Está bien experimentar todo eso por primera vez. Para lo que viene después, mejor tener un compañero de viaje como Big Mouth.

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