25 de enero 2018    /   CREATIVIDAD
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Birgit Palma actualiza el estilo juguetón de Memphis Group

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Alrededor de la k de la portada de la revista de Yorokobu de este mes de enero podría estar merodeando el espíritu de una silla. Esta k y el resto de letras tienen de ancestros unos muebles de colores, geométricos, que más que mesas y lámparas parecen pelotas y juguetes. Los inventaron en los años 80 un equipo de arquitectos y diseñadores llamados Memphis Group. Y entonces, en plena época de euforia creativa, dijeron que esa pila de objetos de cerámica, cristal y plástico eran posmodernistas. Por las asimetrías, los colores sin vergüenza y el exotismo loco.

Aquel grupo italiano dejó de diseñar objetos y muebles a finales de los 80, pero eso al estilo le dio igual. Ya había iniciado su propio camino y no necesitaba a quienes lo habían inventado. En los 90 se vieron aún muchas más piezas y más mobiliario de esta estética que recordaba a juguetes de guardería.

Persistió el recuerdo y así llegó, de sopetón, a esta portada. De aquella noción de diseño Birgit Palma montó estas letras. Imaginó que el papel blanco era un suelo y, como podía construir a su antojo, diseñó decenas de piezas geométricas, de «colores gominola», para formar la palabra Yorokobu.

birgit palma

A la directora de arte no le sorprende que estas piezas recuerden a los juegos de construcción para niños. Eso tiene mucho que ver con la idea de la que partió cuando empezó a plantearse qué hacer: «Para mí, la portada de Yorokobu es como un parque infantil donde pueden jugar los diseñadores».

A partir de esa idea, tomó un papel y garabateó un boceto. La idea a lápiz pasó después al ordenador. La ilustradora comenzó a trazar las letras y cuando ya las tenía en dos dimensiones, en una visión plana del mundo, añadió sombras, colores y matices que hicieron de inflador hasta darles un aspecto tridimensional. «Me gusta crear un efecto 3D mediante un juego óptico», indica. «Intento dar profundidad a las piezas desde el propio dibujo en vez de usar programas de 3D».

De lo que dibujó en una hoja a lo que vio después había un abismo. «Me dejé llevar. Dibujo en papel para desarrollar la idea pero luego, cuando me pongo a trabajar, veo cómo va cambiando. Es muy bonito descubrir hasta dónde puedes llegar a partir de un boceto», explica la autora de la portada. Y, al final, se detuvo un buen rato en los puntos y las sombras casi invisibles porque hay algo que le pierde: «meter detalles. Ayudan a captar la atención e invitan a perderse en la ilustración».

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Alrededor de la k de la portada de la revista de Yorokobu de este mes de enero podría estar merodeando el espíritu de una silla. Esta k y el resto de letras tienen de ancestros unos muebles de colores, geométricos, que más que mesas y lámparas parecen pelotas y juguetes. Los inventaron en los años 80 un equipo de arquitectos y diseñadores llamados Memphis Group. Y entonces, en plena época de euforia creativa, dijeron que esa pila de objetos de cerámica, cristal y plástico eran posmodernistas. Por las asimetrías, los colores sin vergüenza y el exotismo loco.

Aquel grupo italiano dejó de diseñar objetos y muebles a finales de los 80, pero eso al estilo le dio igual. Ya había iniciado su propio camino y no necesitaba a quienes lo habían inventado. En los 90 se vieron aún muchas más piezas y más mobiliario de esta estética que recordaba a juguetes de guardería.

Persistió el recuerdo y así llegó, de sopetón, a esta portada. De aquella noción de diseño Birgit Palma montó estas letras. Imaginó que el papel blanco era un suelo y, como podía construir a su antojo, diseñó decenas de piezas geométricas, de «colores gominola», para formar la palabra Yorokobu.

birgit palma

A la directora de arte no le sorprende que estas piezas recuerden a los juegos de construcción para niños. Eso tiene mucho que ver con la idea de la que partió cuando empezó a plantearse qué hacer: «Para mí, la portada de Yorokobu es como un parque infantil donde pueden jugar los diseñadores».

A partir de esa idea, tomó un papel y garabateó un boceto. La idea a lápiz pasó después al ordenador. La ilustradora comenzó a trazar las letras y cuando ya las tenía en dos dimensiones, en una visión plana del mundo, añadió sombras, colores y matices que hicieron de inflador hasta darles un aspecto tridimensional. «Me gusta crear un efecto 3D mediante un juego óptico», indica. «Intento dar profundidad a las piezas desde el propio dibujo en vez de usar programas de 3D».

De lo que dibujó en una hoja a lo que vio después había un abismo. «Me dejé llevar. Dibujo en papel para desarrollar la idea pero luego, cuando me pongo a trabajar, veo cómo va cambiando. Es muy bonito descubrir hasta dónde puedes llegar a partir de un boceto», explica la autora de la portada. Y, al final, se detuvo un buen rato en los puntos y las sombras casi invisibles porque hay algo que le pierde: «meter detalles. Ayudan a captar la atención e invitan a perderse en la ilustración».

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