28 de junio 2019    /   CINE/TV
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Black Mirror 2019: el taxista, el dios y los amantes lejanos

28 de junio 2019    /   CINE/TV     por          
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Esperamos cada entrega de Black Mirror como un yonqui su droga. El yonqui sabe que el nuevo chute no le provocará las sensaciones de la primera vez. Como mucho, calmará su ansia, pero no pierde la esperanza.

Al menos, el descontento sigue un ritual conocido:

  1. La expectación
  2. El descontento
  3. Jurar no volver a ver Black Mirror

«Se volvió blando», dicen los detractores. Un comentario cuestionable.
«Dejó de ser crítica con la tecnología», se quejan otros. Qué frase tan desafortunada.

Artículo relacionado

Nuestro corazón oscuro

Black Mirror no ataca la tecnología. Al menos, no directamente. Cada episodio cuestiona el comportamiento humano. La tecnología es un instrumento.

Imaginemos una serie sobre un asesino que solo mata con cuchillos. ¿Consideraríamos que es una crítica sobre los cuchillos?

Black Mirror propone el encuentro entre pasiones primitivas y cachivaches sofisticados. Los resultados son con frecuencia desastrosos: no estamos preparados ni ética ni moralmente para manejar determinadas tecnologías.

Imaginemos las consecuencias sociales si pudiéramos bloquear la presencia ajena (Blanca Navidad) o destruir la reputación ajena con un clic (Nosedive).

Realmente, Black Mirror 2019 cumple con las premisas básicas de la serie, con la excepción del episodio interpretado por Miley Cyrus. Es un Black Mirror concentrado al 66%.

Los dos primeros episodios cumplen tres requisitos:

  1. Los protagonistas son personas corrientes.
  2. Una tecnología novedosa irrumpe y altera la vida de los protagonistas.
  3. Una moraleja más o menos expuesta.

Striking Vipers

El episodio propone una situación original y probable en unos años: dos amigos heterosexuales practican sexo —el uno con el otro— en un mundo virtual. Uno como mujer (Yahya Abdul-Mateen); el otro, como hombre (Anthony Mackie —Falcon en Los Vengadores).

Black Mirror
Black Mirror. Striking Vipers. Imagen: Netflix.

Hambre de piel

¿Es en una mera relación de bud sex (sexo entre amigos heterosexuales) en un espacio virtual? ¿Es una relación amorosa velada?

Lo interesante del episodio es cómo sofisticados avatares redefinen la identidad de las personas.

Los protagonistas se hacen preguntas: ¿Somos gais o estamos jugando? Pero Black Mirror no es un drama homosexual y los personajes pasan de puntillas por las respuestas. Son conscientes de que las etiquetas entorpecen el placer. Prefieren entregarse a la pasión sexual a través de los avatares.

Como sucede en otras series y películas, y a veces en la realidad, el sexo se transforma en amor… al menos para uno de ellos (Abdul-Mateen). Y esto es una fuente de conflictos.

Hambre de cariño

El sexo deja de ser un pasatiempo. Es una comunión espiritual entre personas que pertenecen a una misma generación y se sienten aisladas del mundo.

Abdul-Mateen no encuentra en las jóvenes que conquista la química, el compañerismo y la complicidad que desea.

«Se parece a Dennis Rodman», dice Abdul-Mateen sobre un camarero. Su joven conquista busca en el móvil la referencia para entender el chiste. Es una anécdota que refleja la incomunicación entre las distintas generaciones. Incomunicación cada vez mayor.

En tiempos del presentismo (me interesa lo que está aquí y ahora) muchas personas ignoran por completo incluso la cultura popular de quienes nacieron apenas una década atrás.

El final de Striking Vipers elude el drama y apuesta por conciliar la nueva forma de amor/amistad virtual con la vida cotidiana. Al alejarse del drama, Charlie Brooker (creador de Black Mirror) elude contentar al moralismo. Prefiere que el público medite sobre la propia identidad.

Smithereens

LONDRES, 2018.

Es el rótulo impresionado en pantalla sobre un coche VTC y un rascacielos de cristal al poco de comenzar Smithereens, un episodio que desasosiega tanto como Cállate y baila (Shut up and Dance).

LONDRES, 2018

No es un rótulo casual. Es una advertencia de Charlie Brooker:

«Esta es una historia ficticia… cercana a la realidad de nuestros días», parece decirnos.

El protagonista es un Andrew Scott alejado de su excesivo Moriarty de Sherlock. Scott es un taxista que secuestra a punta de pistola al becario de una red social llamada Smithereens. La intención del taxista es forzar una conversación telefónica con el creador de la red.

Black Mirror
Black Mirror. Smithereens. Imagen: Netflix.

El creador recuerda vagamente a figuras como Mark Zuckerberg y Jack Dorsey, fundador de Twitter, que se impone retiros de silencio digital como el fundador de Smithereens.

El sacrificio del siervo

En la primera mitad, el episodio se centra en el cerco policial al secuestrador. Hay una legión de intermediarios entre el taxista y el creador de Smithereens.

Brooker muestra que empresas como Facebook y Twitter tienen tecnologías más avanzadas que las policías de los países. Smithereens conoce la vida del taxista mucho antes que la policía británica y el FBI. Las fuerzas de seguridad pasan a depender de la información que la red social le confía.

En medio del drama, no falta la ironía, como la sugerencia de una empleada de la red social: la música relajante en espera no ayuda a relajarse a quien está al otro lado del teléfono.

Dios está en todas partes

Black Mirror
Black Mirror. Smithereens. Imagen: Netflix.

La segunda mitad del episodio desarrolla la conversación telefónica entre el taxista y el creador de la red. El creador elude desoye los consejos de su personal e invoca el modo Dios para hablar directamente con el taxista.

No parece casual que la edad del creador de la red y del taxista sea 33 años. Es la edad de Jesucristo cuando murió en la cruz según la tradición cristiana.

El creador es el dios omnipotente y omnipresente de su mundo —su red social— capaz de controlar las acciones de los usuarios (sus siervos). Haz clic aquí, mira quién te sigue, este vídeo te gustará, apoya esta causa…

El taxista reprocha a su dios la coerción de la libertad: ¿por qué haces esto tan adictivo? Y le relata cómo por atender a la iglesia digital provocó la muerte de su prometida. Así, este hombre anónimo es el Jesús que se sacrifica para difundir un mensaje.

Al margen de la analogía religiosa, lo interesante es que tanto el creador de la red y el hombre común tienen distintos lenguajes. El hombre poderoso está alejado de la realidad. Para él, la palabra empatía equivale a decir te escucho, te entiendo, de forma mecánica.

Realmente, ambos hombres son víctimas digitales: uno del monstruo que ha creado y otro por haberse dejado seducir por él. El episodio concluye recordando que las personas comunes son las verdaderas responsables de alimentar los monstruos digitales.

Sin embargo, los últimos planos del episodio revelan cinismo. El público que siguió el secuestro en directo a través de las redes vuelve a su vida cotidiana. El sacrificio del taxista ha sido en vano. El creador de la red vuelve a su retiro de silencio. El mundo marcha.

Rachel, Jack y Ashley Too

Broker propone un argumento ligero donde una adolescente, su hermana y la muñeca robot rescatan a una cantante en coma que está secuestrada por su tía. Aunque hay un uso perverso de la tecnología, el tono ligero y desenfadado aleja el episodio del universo Black MirrorEs un cuento de hadas juvenil.

Mezcla distintos temas ya tratados en la serie:

  • El huevo que guarda una copia digital de un cerebro humano (Blanca Navidad) es sustituido por una muñeca robótica.
  • La máquina que extrae información de un cerebro moribundo en San Junípero es empleada para sacar canciones de la cantante en coma Ashley/Cyrus.
Black Mirror. Rachel, Jack y Ashley Too. Imagen: Netflix.

Pero estos temas no están tratados con profundidad:

  • La muñeca Ashley no tiene dudas sobre su naturaleza: solo se queja de los bracitos sin manos.
  • La cantante Ashley no cuestiona la realidad como las protagonistas de San Junípero.

En estos tiempos de atracón visual, parece que Brooker considera necesario el episodio tras la intensidad de Smithereens.

El último episodio puede decepcionar pero queremos una nueva dosis de Black Mirror como el yonqui su droga.

Esperamos cada entrega de Black Mirror como un yonqui su droga. El yonqui sabe que el nuevo chute no le provocará las sensaciones de la primera vez. Como mucho, calmará su ansia, pero no pierde la esperanza.

Al menos, el descontento sigue un ritual conocido:

  1. La expectación
  2. El descontento
  3. Jurar no volver a ver Black Mirror

«Se volvió blando», dicen los detractores. Un comentario cuestionable.
«Dejó de ser crítica con la tecnología», se quejan otros. Qué frase tan desafortunada.

Nuestro corazón oscuro

Black Mirror no ataca la tecnología. Al menos, no directamente. Cada episodio cuestiona el comportamiento humano. La tecnología es un instrumento.

Imaginemos una serie sobre un asesino que solo mata con cuchillos. ¿Consideraríamos que es una crítica sobre los cuchillos?

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Black Mirror propone el encuentro entre pasiones primitivas y cachivaches sofisticados. Los resultados son con frecuencia desastrosos: no estamos preparados ni ética ni moralmente para manejar determinadas tecnologías.

Imaginemos las consecuencias sociales si pudiéramos bloquear la presencia ajena (Blanca Navidad) o destruir la reputación ajena con un clic (Nosedive).

Realmente, Black Mirror 2019 cumple con las premisas básicas de la serie, con la excepción del episodio interpretado por Miley Cyrus. Es un Black Mirror concentrado al 66%.

Los dos primeros episodios cumplen tres requisitos:

  1. Los protagonistas son personas corrientes.
  2. Una tecnología novedosa irrumpe y altera la vida de los protagonistas.
  3. Una moraleja más o menos expuesta.

Striking Vipers

El episodio propone una situación original y probable en unos años: dos amigos heterosexuales practican sexo —el uno con el otro— en un mundo virtual. Uno como mujer (Yahya Abdul-Mateen); el otro, como hombre (Anthony Mackie —Falcon en Los Vengadores).

Black Mirror
Black Mirror. Striking Vipers. Imagen: Netflix.

Hambre de piel

¿Es en una mera relación de bud sex (sexo entre amigos heterosexuales) en un espacio virtual? ¿Es una relación amorosa velada?

Lo interesante del episodio es cómo sofisticados avatares redefinen la identidad de las personas.

Los protagonistas se hacen preguntas: ¿Somos gais o estamos jugando? Pero Black Mirror no es un drama homosexual y los personajes pasan de puntillas por las respuestas. Son conscientes de que las etiquetas entorpecen el placer. Prefieren entregarse a la pasión sexual a través de los avatares.

Como sucede en otras series y películas, y a veces en la realidad, el sexo se transforma en amor… al menos para uno de ellos (Abdul-Mateen). Y esto es una fuente de conflictos.

Hambre de cariño

El sexo deja de ser un pasatiempo. Es una comunión espiritual entre personas que pertenecen a una misma generación y se sienten aisladas del mundo.

Abdul-Mateen no encuentra en las jóvenes que conquista la química, el compañerismo y la complicidad que desea.

«Se parece a Dennis Rodman», dice Abdul-Mateen sobre un camarero. Su joven conquista busca en el móvil la referencia para entender el chiste. Es una anécdota que refleja la incomunicación entre las distintas generaciones. Incomunicación cada vez mayor.

En tiempos del presentismo (me interesa lo que está aquí y ahora) muchas personas ignoran por completo incluso la cultura popular de quienes nacieron apenas una década atrás.

El final de Striking Vipers elude el drama y apuesta por conciliar la nueva forma de amor/amistad virtual con la vida cotidiana. Al alejarse del drama, Charlie Brooker (creador de Black Mirror) elude contentar al moralismo. Prefiere que el público medite sobre la propia identidad.

Smithereens

LONDRES, 2018.

Es el rótulo impresionado en pantalla sobre un coche VTC y un rascacielos de cristal al poco de comenzar Smithereens, un episodio que desasosiega tanto como Cállate y baila (Shut up and Dance).

LONDRES, 2018

No es un rótulo casual. Es una advertencia de Charlie Brooker:

«Esta es una historia ficticia… cercana a la realidad de nuestros días», parece decirnos.

El protagonista es un Andrew Scott alejado de su excesivo Moriarty de Sherlock. Scott es un taxista que secuestra a punta de pistola al becario de una red social llamada Smithereens. La intención del taxista es forzar una conversación telefónica con el creador de la red.

Black Mirror
Black Mirror. Smithereens. Imagen: Netflix.

El creador recuerda vagamente a figuras como Mark Zuckerberg y Jack Dorsey, fundador de Twitter, que se impone retiros de silencio digital como el fundador de Smithereens.

El sacrificio del siervo

En la primera mitad, el episodio se centra en el cerco policial al secuestrador. Hay una legión de intermediarios entre el taxista y el creador de Smithereens.

Brooker muestra que empresas como Facebook y Twitter tienen tecnologías más avanzadas que las policías de los países. Smithereens conoce la vida del taxista mucho antes que la policía británica y el FBI. Las fuerzas de seguridad pasan a depender de la información que la red social le confía.

En medio del drama, no falta la ironía, como la sugerencia de una empleada de la red social: la música relajante en espera no ayuda a relajarse a quien está al otro lado del teléfono.

Dios está en todas partes

Black Mirror
Black Mirror. Smithereens. Imagen: Netflix.

La segunda mitad del episodio desarrolla la conversación telefónica entre el taxista y el creador de la red. El creador elude desoye los consejos de su personal e invoca el modo Dios para hablar directamente con el taxista.

No parece casual que la edad del creador de la red y del taxista sea 33 años. Es la edad de Jesucristo cuando murió en la cruz según la tradición cristiana.

El creador es el dios omnipotente y omnipresente de su mundo —su red social— capaz de controlar las acciones de los usuarios (sus siervos). Haz clic aquí, mira quién te sigue, este vídeo te gustará, apoya esta causa…

El taxista reprocha a su dios la coerción de la libertad: ¿por qué haces esto tan adictivo? Y le relata cómo por atender a la iglesia digital provocó la muerte de su prometida. Así, este hombre anónimo es el Jesús que se sacrifica para difundir un mensaje.

Al margen de la analogía religiosa, lo interesante es que tanto el creador de la red y el hombre común tienen distintos lenguajes. El hombre poderoso está alejado de la realidad. Para él, la palabra empatía equivale a decir te escucho, te entiendo, de forma mecánica.

Realmente, ambos hombres son víctimas digitales: uno del monstruo que ha creado y otro por haberse dejado seducir por él. El episodio concluye recordando que las personas comunes son las verdaderas responsables de alimentar los monstruos digitales.

Sin embargo, los últimos planos del episodio revelan cinismo. El público que siguió el secuestro en directo a través de las redes vuelve a su vida cotidiana. El sacrificio del taxista ha sido en vano. El creador de la red vuelve a su retiro de silencio. El mundo marcha.

Rachel, Jack y Ashley Too

Broker propone un argumento ligero donde una adolescente, su hermana y la muñeca robot rescatan a una cantante en coma que está secuestrada por su tía. Aunque hay un uso perverso de la tecnología, el tono ligero y desenfadado aleja el episodio del universo Black MirrorEs un cuento de hadas juvenil.

Mezcla distintos temas ya tratados en la serie:

  • El huevo que guarda una copia digital de un cerebro humano (Blanca Navidad) es sustituido por una muñeca robótica.
  • La máquina que extrae información de un cerebro moribundo en San Junípero es empleada para sacar canciones de la cantante en coma Ashley/Cyrus.
Black Mirror. Rachel, Jack y Ashley Too. Imagen: Netflix.

Pero estos temas no están tratados con profundidad:

  • La muñeca Ashley no tiene dudas sobre su naturaleza: solo se queja de los bracitos sin manos.
  • La cantante Ashley no cuestiona la realidad como las protagonistas de San Junípero.

En estos tiempos de atracón visual, parece que Brooker considera necesario el episodio tras la intensidad de Smithereens.

El último episodio puede decepcionar pero queremos una nueva dosis de Black Mirror como el yonqui su droga.

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