fbpx
5 de enero 2018    /   CINE/TV
por
 

Black Mirror (4×06): Black Museum y el placer del dolor ajeno

5 de enero 2018    /   CINE/TV     por          
Compártelo twitter facebook whatsapp
thumb image

El Museo Negro de Rolo Haynes en el que para Letitia Wright (Black Panther) es una excusa para mostrar un catálogo de perversiones sadomasoquistas proporcionadas por la tecnología.

El capítulo dirigido por Colm McCarthy (Peaky Blinders, Sherlock) expone mejor que cualquier otro qué dañinos podemos ser. Los unos con los otros. Con nosotros mismos. Solo para conseguir placer.

El comienzo recuerda vagamente el tono de los episodios de La dimensión desconocida. Una gasolinera cerrada. Un museo en medio de la nada. Dos personajes. Uno cuenta historias. Otro escucha. Las historias toman forma…

Las historias funcionan como muñecas rusas: la principal contiene tres historias y estas contienen otras en forma de noticiarios o libros o cómics. Y todas relacionadas entre sí. Los seguidores de Black Mirror reconocen las referencias. Quienes no las recuerdan o reconocen tienen la sensación de un universo completo. (Aquí no está el mismo ejemplar de periódico que desde los años aparece en distintas series de televisión). Es un trabajo que los teóricos de la narración clasificarían como transtextual.

Este episodio debería servir como referencia para futuras producciones de televisión. Brooker mete tres historias (cuatro si consideramos la que contiene a las demás) en apenas 69 minutos. Sí. Un episodio que rompe el estándar de serie de 50 minutos. Aún con estos 19 minutos de más no es fácil.

La estructura de cada pequeña historia es similar:

  • Personas normales frustradas o desesperadas con problemas reales.
  • El investigador Rolo Haynes propone una solución tecnológica.
  • Los protagonistas están satisfechos con el resultado… hasta que aparecen contratiempos.

Black Mirror plantea ahora cuestiones que quizá en el futuro sean espinosas. La transferencia de la mente a una máquina (presente en tres de las historias) es una posibilidad que Ray Kurzweil, director tecnológico de Google, considera probable como pronto en 2045.

Adicción al dolor

La primera historia que narra Rolo trata de un médico se hace adicto al dolor —sin consecuencias físicas— con un dispositivo diseñado en principio para el diagnóstico de pacientes.

Lo realmente interesante de esta historia (escrita originalmente por Penn Jillette) es el apunte de nuestra sociedad actual. En un mundo cada vez más aséptico hay personas que buscan simular experiencias reales —más desagradables que placenteras— sin consecuencias.

(Explicaría la pervivencia de tradiciones bárbaras en el cada vez más tecnificado presente y cómo estas se retransmiten a los telespectadores. Quién sabe si de las carreras de sanfermines en las que los corredores llevan cámaras en la cabeza se podría pasar en un futuro no lejano a sentir las mismas sensaciones que los participantes).

Adicción al control

La segunda historia que cuenta Rolo trata una idea clásica en la literatura: el cuerpo como una máquina y la mente con una naturaleza propia. La idea de Descartes que el psicólogo Gilbert Ryle ridiculizó llamándola teoría del fantasma en la máquina. El teatro cartesiano, lo llaman otros filósofos.

Teatro cartesiano.
Teatro cartesiano. Trabajo de Pbroks13. Derivado de Jennifer Garcia. Wikipedia.

Brooker da por válida la teoría pero añade una perversión. La mente del marido tiene el control del cuerpo. La mente de la esposa es la espectadora cartesiana. El conflicto es inevitable.

En esta historia no hay buenos ni malos. Solo personas enfrentadas porque están obligadas a cohabitar 24 horas en un mismo recipiente. Sin embargo el marido acaba siendo un canalla al confinar la mente de la esposa a un monito en vez de una plácida eutanasia.

Adicción a crear daño

Con este episodio Charlie Brooker nos sugiere que el experimento Milgram (1961) quizá estaba equivocado. Para Milgram, los sujetos que provocaron dolor a otros con descargas eléctricas lo hicieron siguiendo órdenes.

Para Charlie Brooker, los visitantes del museo que provocan dolor al preso holográfico en la silla eléctrica lo hacen por puro placer. Estos visitantes saben que los sentimientos y las sensaciones del holograma son reales.

Los turistas no son diferentes al público que disfruta con la caza de una persona en el episodio Oso Blanco (Black Mirror 2×02) o quienes disfrutan con la humillación y el dolor de los participantes en el programa de 15 millones de méritos (Black Mirror 1×02). De alguna manera hay un gen sediento de sangre anterior a la aparición del ser humano. Quizá nosotros somos espectadores de Black Mirror porque las cosas malas… les pasan a otros. Quizá, quién sabe, el rechazo a las entregas de Netflix se deben en parte a que Brooker ha dejado atrás la negrura de los episodios británicos.

El cierre del episodio lo demuestra. Letitia Wright (la hija del preso) no se contenta con hacer justicia destruyendo el museo y acabando físicamente con Rolo Haynes. Condena a la conciencia del villano a sufrir un dolor eterno confiando en un colgante para el coche. ¿Acaso esto no la equipara de alguna manera con el monstruoso dueño del Museo Negro? Wright es una heroína moderna de las que no ofrecen la mano al villano cuando está en el precipicio. Es lo que tiene acercarse al monstruo… se acaba pareciendo a él.

El Museo Negro de Rolo Haynes en el que para Letitia Wright (Black Panther) es una excusa para mostrar un catálogo de perversiones sadomasoquistas proporcionadas por la tecnología.

El capítulo dirigido por Colm McCarthy (Peaky Blinders, Sherlock) expone mejor que cualquier otro qué dañinos podemos ser. Los unos con los otros. Con nosotros mismos. Solo para conseguir placer.

El comienzo recuerda vagamente el tono de los episodios de La dimensión desconocida. Una gasolinera cerrada. Un museo en medio de la nada. Dos personajes. Uno cuenta historias. Otro escucha. Las historias toman forma…

Las historias funcionan como muñecas rusas: la principal contiene tres historias y estas contienen otras en forma de noticiarios o libros o cómics. Y todas relacionadas entre sí. Los seguidores de Black Mirror reconocen las referencias. Quienes no las recuerdan o reconocen tienen la sensación de un universo completo. (Aquí no está el mismo ejemplar de periódico que desde los años aparece en distintas series de televisión). Es un trabajo que los teóricos de la narración clasificarían como transtextual.

Este episodio debería servir como referencia para futuras producciones de televisión. Brooker mete tres historias (cuatro si consideramos la que contiene a las demás) en apenas 69 minutos. Sí. Un episodio que rompe el estándar de serie de 50 minutos. Aún con estos 19 minutos de más no es fácil.

La estructura de cada pequeña historia es similar:

  • Personas normales frustradas o desesperadas con problemas reales.
  • El investigador Rolo Haynes propone una solución tecnológica.
  • Los protagonistas están satisfechos con el resultado… hasta que aparecen contratiempos.

Black Mirror plantea ahora cuestiones que quizá en el futuro sean espinosas. La transferencia de la mente a una máquina (presente en tres de las historias) es una posibilidad que Ray Kurzweil, director tecnológico de Google, considera probable como pronto en 2045.

Adicción al dolor

La primera historia que narra Rolo trata de un médico se hace adicto al dolor —sin consecuencias físicas— con un dispositivo diseñado en principio para el diagnóstico de pacientes.

Lo realmente interesante de esta historia (escrita originalmente por Penn Jillette) es el apunte de nuestra sociedad actual. En un mundo cada vez más aséptico hay personas que buscan simular experiencias reales —más desagradables que placenteras— sin consecuencias.

(Explicaría la pervivencia de tradiciones bárbaras en el cada vez más tecnificado presente y cómo estas se retransmiten a los telespectadores. Quién sabe si de las carreras de sanfermines en las que los corredores llevan cámaras en la cabeza se podría pasar en un futuro no lejano a sentir las mismas sensaciones que los participantes).

Adicción al control

La segunda historia que cuenta Rolo trata una idea clásica en la literatura: el cuerpo como una máquina y la mente con una naturaleza propia. La idea de Descartes que el psicólogo Gilbert Ryle ridiculizó llamándola teoría del fantasma en la máquina. El teatro cartesiano, lo llaman otros filósofos.

Teatro cartesiano.
Teatro cartesiano. Trabajo de Pbroks13. Derivado de Jennifer Garcia. Wikipedia.

Brooker da por válida la teoría pero añade una perversión. La mente del marido tiene el control del cuerpo. La mente de la esposa es la espectadora cartesiana. El conflicto es inevitable.

En esta historia no hay buenos ni malos. Solo personas enfrentadas porque están obligadas a cohabitar 24 horas en un mismo recipiente. Sin embargo el marido acaba siendo un canalla al confinar la mente de la esposa a un monito en vez de una plácida eutanasia.

Adicción a crear daño

Con este episodio Charlie Brooker nos sugiere que el experimento Milgram (1961) quizá estaba equivocado. Para Milgram, los sujetos que provocaron dolor a otros con descargas eléctricas lo hicieron siguiendo órdenes.

Para Charlie Brooker, los visitantes del museo que provocan dolor al preso holográfico en la silla eléctrica lo hacen por puro placer. Estos visitantes saben que los sentimientos y las sensaciones del holograma son reales.

Los turistas no son diferentes al público que disfruta con la caza de una persona en el episodio Oso Blanco (Black Mirror 2×02) o quienes disfrutan con la humillación y el dolor de los participantes en el programa de 15 millones de méritos (Black Mirror 1×02). De alguna manera hay un gen sediento de sangre anterior a la aparición del ser humano. Quizá nosotros somos espectadores de Black Mirror porque las cosas malas… les pasan a otros. Quizá, quién sabe, el rechazo a las entregas de Netflix se deben en parte a que Brooker ha dejado atrás la negrura de los episodios británicos.

El cierre del episodio lo demuestra. Letitia Wright (la hija del preso) no se contenta con hacer justicia destruyendo el museo y acabando físicamente con Rolo Haynes. Condena a la conciencia del villano a sufrir un dolor eterno confiando en un colgante para el coche. ¿Acaso esto no la equipara de alguna manera con el monstruoso dueño del Museo Negro? Wright es una heroína moderna de las que no ofrecen la mano al villano cuando está en el precipicio. Es lo que tiene acercarse al monstruo… se acaba pareciendo a él.

Compártelo twitter facebook whatsapp
El cine para primates no es tan distinto al nuestro
Les revenants: receta para una historia de terror francesa
Broadchurch nos pone de los nervios y nos hace adictos
Wes Craven: adiós a uno de los pilares del terror moderno
 
Especiales
 
facebook twitter whatsapp
Opiniones 3
  • Deja un comentario

    Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *